Prólogo
Lawrence se separó de ella lentamente, dejándole los labios hinchados y enrojecidos por la presión de sus besos. Con una devoción pausada, bajó la boca hacia sus pechos, esmerandose en morderlos y chuparlos, delineando su silueta con las manos hasta perderse entre sus muslos.
Idilia, con el cuerpo totalmente erizado, sensible, erecto, enredó los dedos en el cabello de Lawrence y empujó su cabeza con firmeza contra su entrepierna. Una sonrisa pícara se dibujó en su rostro perlado en sudor.
—Lawrence, amo lo que me haces pero yo también quiero chupar.
Lawrence levanto la cabeza y la miro con las cejas alzadas.
—¿Estas segura, amor?
La sonrisa pícara de ella se ensancho. Claro que lo estaba.
Lawrence se río suavecito y se echó boca arriba, ella repartió besos por su pecho y abdomen pálidos. Cuando su boca envolvió la virilidad de Lawrence con una succión decidida y constante, él no pudo evitar arquear la espalda, aferrándose al colchón. Una de sus manos busco el cabello de ella, acariciándolo mientras los jadeos dictaban el ritmo.
—¡Amor!...no pares—Susurro él debilmente—
Ella siguió con lo suyo, pero una breve risita satisfactoria vibro entre sus labios y el miembro de Lawrence. Le gustó escucharlo así.
Sin embargo, el deseo de poseerla por completo fue mayor. Tras unos minutos, Lawrence le hizo un sutil gesto para que se detuviera. La tomó por la cintura, ayudándola a recostarse de nuevo. La besó con calma, recorriendo su cuello con los labios una vez más, mientras sus dedos se perdían en los mechones rubios de ella.
Acaricio la quijada de ella con suavidad, mirándola con esa picardía que solo nace de la total confianza. Ella lo miraba desde abajo, con el rostro encendido, respirando con agitación y fascinación mientras sus manos delineaban la espalda de Lawrence. Se besaron una y otra vez, saboreándose sin prisa, con la certeza de que se pertenecían.
—Lawrence... —Susurró Idilia, un gemido suave que se perdió contra su cuello mientras sentía el dulce embiste de él.
La intensidad subió de golpe, impulsada por una pasión que quemaba despacio. Lawrence se sentó en la cama, buscado más control tomo las piernas de ella, colocándolas sobre sus hombros, abriéndola por completo para él, para unirse más profundamente.
—Sienteme, amor—Susurro el pelinegro mirandola desde arriba, sonriendole—
—¡Lawrence!—Gimió ella, arqueando la espalda, aferrandose a las sábanas mientras su vientre se contraia cada vez más ante el clímax qué le había sido prometido.
—¡Lawrence! Me vas a volver loca...
Él se rió, complacido. Esa era exactamente la idea.
Pasados unos pocos minutos...
—Lawrence... quiero intentar algo—Dijo ella, recuperando el aliento.
—¿Así? Picarona... ¿qué es?
Ella lo guió con suavidad hasta dejarlo de espaldas en el colchón y se subió a su regazo. Se inclinó para acariciarle el rostro, y Lawrence le sostuvo las manos, entrelazando sus dedos mientras la miraba. Entre ambos, con una lentitud tortuosa, tomaron la virilidad de Lawrence y se unieron.
La mujer se mordió el labio inferior, conteniendo un gemido, y tras un par de minutos de menearse sobre él, buscando su propio ritmo, le dio la espalda a Lawrence. Quedó sentada sobre su regazo, mirando hacia la pared.
—Debería montarte más seguido—Soltó ella, echando la cabeza hacia atrás.
Lawrence jadeó, sintiendo cómo la nueva posición lo presionaba en lo más profundo. Se sentó a su espalda, estirando los brazos para tomarle la cara y girarla todo lo posible, para así poder devorarle los labios.
—¡Eso mismo digo yo, amor!
Lawrence se dejó caer de nuevo, arrastrándola consigo. Le sujetó la cintura con firmeza, dictando el compás desde abajo. El roce húmedo de sus cuerpos unidos se volvió el único sonido constante, una música carnal que Lawrence detallaba con toda su morbosidad.
Y ella igual.
—¡Amor! Esto se siente demasiado bien... —Susurró el nombre de ella, completamente perdido en la sensación de su interior.
Ella, buscando aún más profundidad en cada embestida, subió sus piernas sobre las de Lawrence, sellando el espacio entre ambos.
Ese ajuste final fue la gota que derramó el vaso, hundiéndolos a los dos en el clímax.
—¡Ah! ¡Me vengo...!—Murmullo ella de forma casi inaudible, jadeando—
—¡Yo también me vendré, amor! —Dijo Lawrence jadeando y cerrando los ojos—
Ambos se corrieron al unísono. Lawrence detuvo el movimiento de cadera. Respiro entrecortado. Ella dio un par de mecidas más, sonriendo y riéndose.
A nivel de pelvis se separaron pero Lawrence la hizo mirarlo de frente, sentada en su regazo. La abrazo con todas sus fuerzas, uniendo sus labios con insistencia.
Ya tiempo después. Años en realidad, en lo que no se vieron, pero que quedaron en muy buenos términos...
Una verdad los vuelve a unir.
Ambos en una cafetería, compartian anécdotas, como si el tiempo no hubiera pasado. Aunque ella, que estaba cada vez más inquieta, le dice...
—Lawrence, vine a verte porque ya no puedo más con esta mentira de que lo mejor era criarla sola...han pasado cinco años.
Lawrence deja su vaso sobre la mesa y la mira con ambas cejas alzadas. Ha estado rara desde que se vieron, pero cuando le preguntaba si todo estaba bien, ella desviaba el tema o se reía con evidente nerviosismo.
Pero tal parece que ahora junto toda su valentía para decirle lo que la tiene así.
—Espera amor, ¿De que hablas? ¿Criar a quien?
—Lawrence...—Le tomo las manos por encima de la mesa—Tenemos una hija.
Lawrence abrió mucho sus ojos azul verdoso.
—Una hija...—No era pregunta, desvío la mirada, aun con las manos de su amada entre las suyas—
—¿Lawrence?—Lo llamo ella en un susurro tímido—
—¡Apuesto a que es hermosa, siendo tú su mama, seguro es una belleza!
La mujer se puso rígida. Admite que esa respuesta no la esperaba, pero al menos no es la negación absoluta o la ira que imaginaba.
Lawrence ya más tranquilo, giro una de las palmas de ella y la acaricio con la yema de sus dedos. Su postura era relajada, su cara demostraba...paz. Ella recuerda ese gesto, era uno que él hacía cuando luego de tener relaciones, se quedaban hablando, y Lawrence la observaba y acariciaba ya sin doble intensión, solo cariño.
—No negare que me duele enterarme de ella ahora...pero, tendrás tus razones. Tranquila amor. No te culpo—Dice Lawrence casi que un susurro, con una sonrisa que le iluminó toda la cara—
La rubia empezó a llorar, no supo si de tristeza o de alivio.
—Amor ¡no llores!—Apretó las manos de ella con más fuerza, inclinandose un poco sobre la mesa—
Idilia ipeo, se seco como pudo con una de sus manos. Luego se permitió sonreír de auténtica dicha.
—Podre verla ¿verdad?
La mujer sonrió y se río entre sus abundantes lágrimas.
—¡Por supuesto!
La vio y sintió un flechazo paternal qué no tenía precedentes. Ahí, rubia, como su madre, eso junto a otros rangos. Pero sus ojos, azul verdoso. Son como los de él...
Ya no era la niña pequeña que conoció aquella, vez, pero siempre sería su niña.
La observó, le tomó la mano y le dio una suave vuelta. Su vestido rojo pasión giro con gracia...
Toda una princesa. Su princesa.
Tomo la otra mano de ella, la puso de cuerpo completo de frente y luego contra su pecho atrayendola con ternura.
Ella entendió el mensaje con una sonrisa, le puso una mano en el hombro, luego tomó la otra de su padre, él la abrazo por la cintura con respeto. Comenzaron un lento balanceo.
Sonrio con toda la sinceridad y honestidad que su ser permite y es capaz de mostrar delante de su mujercita.
Puede que se haya enterado de ella cinco años después pero...desde la primera vez que la vio, supo que no serían necesarias razones para amarla.
Su corazón fue reclamado en ese instante, y no hizo ni haría nada para cambiarlo.
Nadie pensaría que es el mismo hombre que luego agarraría con fuerza e ira a un profesor que se paso de listo y de calenturiento, sangano, con varias de sus alumnas y vecinas, entre ellas la señorita entre sus brazos y sus vals.
Porque un día, la felicidad de su hija se vio atacada...
—Papa.
Lawrence sintió un escalofrío, esta más que acostumbrado a que lo llame así. Ese nombre tan simple pero significativo era todo para él. Pero esta vez...
Había algo que no estaba bien.
—Hay algo que quiero decirte.
—¡Claro, querida! Cuéntame lo que quieras—Responde el de traje, tomándola de las manos, inclinandose un poco al ser más alto que ella—
Le daba una curiosidad enorme qué era eso tan importante, porque tanta intriga.
Sin embargo la chica lejos de querer contar algo chistoso o incluso...travieso.
Lágrimas no tardaron en correr por sus bellos ojos. Lawrence sintió que alguien le metió una mano en el pecho y estrujo su corazón hasta casi destrozarlo.
—¿Me creerías si te digo que...algo horrible me paso en la secundaria?
Lawrence frunció el ceño, no entendía. ¿Que paso?
—Papa, a mi...un profesor...
Le contó lo que ocurrió, como él malnacido, en su oficina...
Morgan no tardó nada en comenzar a sollozar, se tapo la boca con una mano, gipeando, su pecho se contrajo dolorosamente, víctima de la aflicción.
—¡Mi amor!
Lawrence reacciono rápido, la abrazo contra su pecho, conteniendo a su hija, acariciando su cabello.
Escucho sus sollozos.
—¿¡Como pudo hacerme esto!? ¡Confíe en él! ¡Todas confiamos en él!
Lawrence la estrecho, ahí entendió una cosa.
Por más que él quiso dejar su vida de torturador, de aquel capaz de no solo secuestrar criminales, sino tirarlos en el sótano de su casa, privarles de sus derechos por semanas, susurrandoles una y otra vez con una voz fría y carente de empatia hacia ellos por sus retorcidos actos, hasta que éstos rogaban ir con la policía misma.
Todo, con tal de volver a escuchar la voz de él nunca más.
Esa vida que dejo por el bien de su hija, queriendo ser un buen padre ¡y tener una vida normal...!
Tal parece que tendrá que abrir el sótano una vez más, para darle paz a su niña.
Qué
asi
sea.
Ambos estaban sentados en un lugar tranquilo, Lawrence tenía aún fuertemente abrazada a su niña contra su pecho, escuchando todos y cada uno de sus sollozos, sintiendo su ropa empapada.
—Hija...¿Sabes quien fue?
Como si fuera poco...resultó no solo ser profesor.
Sino también un vecino de la comunidad.
Mismo que unos días antes de, curioso...¡irse del maldito estado quien sabe cuanto tiempo! Tuvo las...de decirle a Morgan que la vería en su regreso al vecindario. Y esto va y se lo dice en la acera del frente de su propia casa.
¡El muy descarado encima se lo dice enfrente de su propia casa!
La chica entró llorando a la casa. Subiendo rápido las escaleras. Lawrence y la vieron desde la sala.
—Hija, ¿que ocurre?—Pregunto su madre alterada, hace un momento ella dentro de lo que cabe estaba bien—
—¡Déjenme en paz porfavor!—Gritó Morgan desde su cuarto, se escuchó en todo el pasillo hasta las escaleras.
Lawrence e Idilia se miraron sin entender. Eso hasta que los ojos verdes de la mujer rubia miraron por la ventana. Se cubrió la boca con la mano, queriendo llorar también.
Lawrence no había entendido el gesto hasta que ella susurra:
—Es él. Él fue quien a nuestra hija...
Él dirige su atención afuera. Aquel maldito profesor les sonrió con arrogancia.
El pelinegro apretó el puño.
—¿No se supone que estaba en custodia? ¿No se supone que la escuela lo estaba investigando por las agresiones?—Pregunta la mujer al aire.
Lawrence se dio una idea de que mierda había pasado.
—Amor...es oficial. Si esta aquí. Es porque la escuela y la policía lo soltaron.
—¡Lawrence! ¡No pueden hacer eso! ¡Tiene varias denuncias en su contra! ¡A atacado al menos a quince chicas!
Lawrence frunció el ceño. Sonrió con amargura absoluta.
—¿Te crees que eso les importa, amor? Las escuelas no hacen nada. Lo he escuchado mil veces—A medida que hablaba, su voz se rompía más—
—¿Entonces...estábamos condenados a ver a ese tipo todos los días? ¿Con riesgo de que...lo vuelva a hacer?—Pregunta ella, horrorizada, mirando al suelo—
El pelinegro arrugó aun más el entrecejo. ¡Por supuesto que no!
Lawrence con el dato de que el sujeto se iria de "vacaciones" tendría una excusa pero perfecta para que nadie sospeche porque el maldito no ha aparecido en días por su trabajo.
¡Es estúpidamente ideal! ¡Nadie preguntaría por él!
Espero hasta la noche para hacerlo, que es cuando hay menos gente en la calle.
Lo detallo desde el otro lado de la calle oscura, donde ni siquiera había luces de poste. Joven, como en sus treinta, moreno, cabello oscuro, sonrisa confiada. Viendolo bien, entendió porque varias chicas caían rendidas ante él. Y porque su propia hija decía que era guapo (antes de enterarse de quien era...claro)
Porque la maldad se esconde detrás de una cara coqueta.
Lo ha estado vigilando desde que estuvo en la acera de enfrente, le extraña que no se haya ido a su viaje ya, pero no importa, ahora esta justo donde lo necesita.
El profesor iba de la mano con una chica tres o cuatro años mayor que su hija. Apretó el puño, fruncio el ceño, se alarmo ¿acaso este desgraciado esta a nada de...?
Vio que se despidió de la chica con un beso en los labios y siguió como si nada. Metiéndose las manos en los bolsillos. Diambulando por los escaparates de los establecimientos cerrados de los vecinos. Al parecer Lawrence solo podría concentrarse en lo que fue a hacer, y menos mal.
Lo noqueo en una esquina con un golpe seco y metálico en la nuca. Lo cargo sobre su hombro, mirando a los lados como es la costumbre por sus años en esto. Lo metió en la cajuela y ¡se fue ya!

Entro a su casa, bajo hasta el sótano y dejo caer "accidentalmente" al sujeto. Saco las cuerdas y la mordaza, lo aseguro de brazos y piernas. Luego subió las escaleras, apago la luz y cerró el sótano.
Ya pasado un tiempo corto, los gritos del sujeto le eran ya algo insoportables, al principio se reía entre dientes pero Dios que molestos se han vuelto.
Lawrence prendió la luz de un solo tironcito y el clásico click. La luz amarilla iluminó la silueta trajeada de él. Soltó la cuerda. Se sentó a dos escalones de la puerta.
—¿Qué quiere, dinero? ¡Le daré lo que sea! ¡Solo déjeme ir!
El hombre pelinegro sonrió mientras se iba levantando con paciencia.
Lawrence saco algo del bolsillo interno de su traje, se lleva un habano a los labios, del bolsillo de su pantalón extrae un encendedor dorado, enciende el habano y la luz ilumina por un segundo su rostro severo. Cerró los ojos y cuando lo tomó entre sus dedos dejó salir el humo despacio, dejando que la nube gris flote sobre el tipo.
Terminó de bajar las escaleras y se puso de cuclillas frente al aterrorizado joven pervertido amarrado, tirado en el suelo.
Sus ojos brillaron como los de un depredador.
—No, muchacho. No busco dinero. Busco hacerte pagar por cada lagrima que le hiciste derramar a mi hija y a sus amigas, nuestras vecinas. Pero tranquilo no esperes la muerte, porque no te la voy a dar.
El profesor comenzó a temblar. Lawrence sonrió con sadismo, él mismo con el que le sonreia a todos los que en el pasado antes de su hija Morgan estuvieron en ese lugar.
—Ella tiene mi mirada ¿sabes? pero no mi paciencia, en cambio yo...hay chico, no sabes con quien te haz metido—Se levanto y le dio la espalda, mientras volvía a darle una calada al puro—
—¡No puede dejarme aquí! ¡No soy a quien busca!
—Los testimonios y la angustia nerviosa de las chicas dice otra cosa.
—¡Espere...no puede!—El joven profesor pasó del terror a la ira, y si indignación:
—¡MALDITO INFELIZ! ¿Quien se cree para hacerme esto! ¿¡No sabe quien soy!? ¡A mi me adoran en la comunidad, los demás profesores en la secundaria!
Lawrence detuvo sus pasos.
—¿Qué quien soy? Un ciudadano común, muchacho. Solo alguien que odia la injusticia. Y que hará contigo lo que la policía no hizo en su momento: darte una lección.
El pervertido rechino los dientes.
Y gritó de nuevo:
—¡MALDITO INFELIZ!
Lawrence se río. Continuó subiendo los escalones, sonando la madera vieja con ligeros crujidos debido al peso, el tiempo y el prolongado uso. Antes de abrir la puerta para salirse de ahí, le dice con tono curioso:
—Si, soy un maldito, pero este maldito aun así, te hará la vida miserable. ¡Hasta luego!
Esto último lo dijo sonriendo de lado a lado.
El profesor tuvo un tic a un lado de la cara, abrió la boca de la impresión.
—¡NO! ¡Espere!
La puerta se cerró.
Lawrence se sentó en la barra de su bar casero, justo a unos pasos de la puerta que daba al sótano donde se escuchaban claramente los gritos de auxilio del tipo. Sonrió de nuevo, más amplio.








