Introducción
El día lluvioso de junio parecía interminable. Las ventanas del autobús se empañaban mientras la temperatura caía en picada. La única visión era una vasta oscuridad, ocasionalmente interrumpida por el parpadeo de las luces amarillas del autobús, que proyectaban sombras inquietantes en los rostros cansados de los pasajeros. Hoy se cumplía la tercera semana sin electricidad, la tercera semana de histeria por parte de una población que no encuentra una solución para esta crisis.
Se dice que todo esto sucedió por las bajas temperaturas que llegaron de manera inesperada, las máquinas no eran lo suficientemente avanzadas, ni estaban preparadas para soportar tales niveles. Lo increíble es que en estas tres semanas no ha caído ni un copo de nieve, todo ha sido protagonizado por la lluvia, una lluvia que cae tan fuerte y fría, que sentirías que cae hielo en su lugar.
La peor parte llega con la noche. El frío se arrastra lentamente hasta los huesos, como si quisiera quedarse allí para siempre. Ya nadie recuerda cuándo fue la última vez que salió el sol. Sobre ellos, el cielo permanece inmóvil: gris, opaco y pesado, como una promesa rota.
Aunque todos los días continúo con mi rutina de trabajo, cada día que pasa le encuentro menos importancia a seguir, ¿de qué sirve un periodista si no tiene para imprimir sus ideas? Esa pregunta retumba por mi mente cada mañana que me levanto y cada noche cuando me voy a acostar. Todos los días me siento en mi cubículo para intentar contar historias, como no hay electricidad, nos las ingeniamos de manera escrita, pero mi mente siempre se queda tan nublada como ese cielo que me recibe cada madrugada.
Hoy en día no sé si la electricidad regresará, vivimos en una sociedad en donde la necesitamos en prácticamente cada una de nuestras actividades, estaba en nuestro día a día. Ya no sabemos salir a correr sin un reloj que nos midiera las pulsaciones, ni unos audífonos que nos aislaran de cualquier distracción de la vida.
Lo único que quiero es escapar de aquí, volver a la sociedad, a esa vida tranquila, donde no me preocupaba por cómo llegaría al trabajo por fuertes lluvias, a una vida en donde cada mañana al despertar el sol iluminaría mi rostro y así mi camino a recorrer.