Capítulo 1
En este mundo las personas siempre fueron crueles conmigo, me golpearon, me hicieron sentir menos, me insultaron hasta el punto en el que ya no sabía qué hacer con mi vida. Desde que tenía diez años solo quería liberarme de todo lo que alguna vez fui y por una vez ser libre.
Un día, todo desapareció en mí: el dolor de las cicatrices, el pánico que causaban las personas en mí y las heridas mentales que siempre hubo en mí. Solo un día, todo cambió.
Terminaba de arreglar los frenos de la moto de Thiago, cuando llamaron mi nombre, me levanté de mi lugar y tomé el trapo para limpiar mis manos; Charly, uno de mis compañeros de trabajo, me dijo que me buscaban en la puerta. Me quedé con la duda de quien podía estar buscándome, pero no podía estar seguro, solo dejé lo que estaba haciendo y fui a la entrada para ver de quien se trataba.
Había una chica que estaba en su celular y llevaba una paleta dentro de su boca, que movía de un lado al otro, como si estuviera desesperada o impaciente. Me acerqué más, su cabello era largo, le llegaba hasta la cadera y era castaño oscuro, cubría levemente su rostro, pero no lo suficiente como para no ver los movimientos que hacía con la paleta. Ella levantó la mirada del celular y mordió la paleta que crujió dentro de su boca.
Su ropa era algo ajustada y de cuero, o al menos, la chamarra negra que llevaba. Llevaba puesto un pantalón de mezclilla ajustado, enmarcando suficiente sus piernas y caderas; por último, llevaba un top negro, que la hacía ver su estómago plano, también su cintura, no era pequeña, pero si tenía forma, además de que no tenía nada de pechos.
Nunca había conocido a una persona que describiera todo lo contrario de mi tipo ideal en una chica. Solo por eso, reí levemente en mi mente, pero mi rostro permaneció en constante calma.
Ella acomodó levemente su cabello hacia atrás y sacó una tarjeta de uno de los bolsos de su chaqueta y leyó el nombre que había escrito en ella. La tarjeta era del taller en el que estábamos, pero alguien había escrito mi nombre en ella, con tinta azul, para resaltar del logotipo de la tarjeta.
—¿Elian? —me miró y volvió a morder la paleta con una frustración contenida.
—¿Quién pregunta? —tomé la tarjeta, ella regresó su mirada a su celular.
Miré la pantalla, viendo un vídeo de una carrera de motos. La había visto hace algunas semanas, había perdido una apuesta en la que yo solo me había metido, el competidor de la motocicleta con colores verde lima y negra fue más rápido y mejor del piloto que yo había elegido. El solo hecho de recordar que yo había perdido, me llenaba de rabia.
El vídeo terminó y ella apagó su celular, lo guardó en su chaqueta mientras sacaba el palito de plástico que le pertenecía a la paleta que estaba mordiendo.
—Me dijeron que aquí trabajaba uno de los mejores mecánicos… —reí levemente—. ¿Te tienes muy poca autoestima o por qué te ríes?
—Ni siquiera te he dicho si soy a quien buscas… —hizo una mueca de fastidio—. Pero si soy Elian. ¿Quién te habló de mí, cómo para decir que era uno de los mejores mecánicos?
—Mi mecánico… —la miré. Ella volteó a ver hacía afuera del taller, seguí su mirada, viendo una camioneta blanca—. Me dijo que se iba a ir de viaje y no la podía arreglar.
—No sé si te lo comentó, pero aquí solo es un taller de motos… no se reparan autos, ni camionetas. Puedo hacerle un diagnóstico muy básico, pero no confíes mucho en mí, no soy muy bueno con autos. —ella rio con ironía y metió su mano izquierda en el bolso de su chaqueta.
—Está en la parte de atrás… —sacó su mano y me extendió las llaves.
Las tomé y me acerqué a la camioneta, la rodee levemente, apenas notando la lona color azul marino que cubría algo. Cuando llegué a la parte de atrás de la camioneta, metí la llave en la cerradura, para bajar la pequeña puerta que tenía y la baje, logrando subir en la camioneta. Tomé una de las orillas de la lona y la levanté levemente logrando ver que había: era una bestia verde lima con negro, carenada, con neumáticos desgastados justo en los bordes, una distinguida marca que solo tienen las motos que se llegan a tumbar hasta rozar el asfalto.
Me agaché frente a ella. El olor a metal caliente y goma quemada me resultó muy reconfortante. Pero mi vista se fue exclusivamente al número que llevaba pintada la moto, un número en blanco, el número veintiuno. Entonces empecé a notar todos los detalles de la moto, por lo que quité la lona por completo y miré cada uno de los detalles en esa moto. Era la misma moto del video que ella estaba viendo hace unos instantes.
La volteé a ver, ella solo miraba a mi dirección con una mueca de indiferencia.
—¿Es tuya esta ZX-10R? —asintió.
—Es mía. Yo la conduzco.
Reí levemente. Esto debía ser una broma.
—¿Tú conduces esta bestia? —pregunté, aún sin creer lo que estaba pasando. Dejé que mi mano se deslizara por el carenado frío. La fibra de carbono vibraba bajo mis dedos, casi como si la máquina tuviera pulso.
—¿Tengo que repetirlo o es que la grasa te tapó los oídos? —soltó ella, acercándose a la camioneta con pasos pesados de sus botas de cuero.
Sentí como algo pulsó en mi mejilla, mientras la veía con un poco de incredulidad. —¿Quién eres?
—Soy Mika. Y esa “bestia”, como la llamas, tiene un problema en el shifter que me está costando décimas de segundo en cada cambio.
Me bajé de la camioneta de un salto, quedando frente a ella.
Era más baja que yo, tal vez el metro con setenta centímetros, no era tan baja en realidad, pero apenas yo alcancé el metro con ochenta centímetros o eso pensaba. Aún con eso su presencia llenaba el espacio que nos rodeaba. El olor a combustible dulce que emanaba de la moto se mezclaba con el aroma a cereza de su paleta, lo que hizo que volteara a ver sus labios. Eran delgados, tenían la forma marcada, como cuando las mujeres se la dibujan antes de rellenarla con el labial, pero a diferencia de ella, es que no estaba usando maquillaje, menos labial o brillo que los hiciera relucir un poco; aunque sus labios estaban rojizos por la paleta que se estaba comiendo hace unos momentos.
Apenas miré sus labios por una fracción de segundo. Levanté mi mirada a sus ojos, eran cafés, casi negros, tenía las pestañas cortas pero eran muchas, no estaban curvadas hacia arriba, como cuando les ponían rímel, simplemente estaban al natural, como el resto de su piel. Realmente empezaba a pensar que su aspecto físico no le importaba en nada y que se sentía cómoda al natural.
—Escucha, Mika —pronuncié su nombre con lentitud, viendo cómo sus ojos se entrecerraban—. He visto tus carreras. Eres agresiva, entras pasado el vértice y levantas la moto a puro pulmón. Pero esta ZX-10R no tiene un problema de cambios.
Ella soltó una carcajada seca, sin pizca de gracia.
—¿Ah, sí? ¿Y qué tiene, según tú, “el mejor mecánico”?
Miré hacia la moto y luego regresé la mirada a ella. —si me ayudas a bajarla, empezaré con su diagnóstico.
Ella suspiró, mirando a la moto. No dijo nada, solo saco una liga para el cabello y lo amarro en una coleta despreocupada y subió a la parte trasera de la camioneta. No me moví, solo la miré, notando más de su cuerpo de lo que debía hacerlo. Podría decir que tenía un buen cuerpo, pero ella seguía muy alejada de mi tipo ideal.
—¿Lo tengo que hacer solo yo?
Me acerqué y le ayudé a bajar con sumo cuidado la moto. Disfruté cada segundo de volver a tocar esa moto, como no tenía idea.
La metimos al taller y fuimos a mi área, donde Charly ya había quitado la otra en la que estaba trabajando —pertenecía a Thiago y se la tenía que regresar antes de que terminara la semana—, debía trabajar lo más rápido posible. Con el espacio libre pude empezar con el diagnostico, casi enseguida.
En el taller empezó a hacer calor y tuve que quitarme parte del uniforme que usábamos, un overol negro de mangas largas. Era negro para que no se viera sucio por la cantidad de grasa, líquidos u otra cosa con las que siempre trabajábamos. Solo pude desabotonar el overol y quitarme las mangas largas, para luego atarlas en mi cintura y poder sentir un poco de aire.
Llevaba una camiseta negra sin marcas. Dejaba ver mis brazos, ante mis compañeros no había problema, ellos me habían conocido hace tanto tiempo, que no se sentían incómodos al ver las cicatrices que tenían en mis brazos. Pero entonces recordé que ella estaba aquí…
La volteé a ver y ella me veía detenidamente, como si me estuviera analizando. No había arrogancia en su mirada, mucho menos prejuicio, simplemente me miraba como si estuviera estudiando, y el objeto de estudio era yo, no sabía si para bien o para mal.
Miré mis brazos, ya tenía varios tatuajes que cubrían parte de ciertas cicatrices, pero aún se veían ciertos relieves de ellas. También por la inseguridad de dejar mis brazos únicamente con las cicatrices, empecé a hacer brazo y pecho, para que no solo se fijen en esas cicatrices, sino en todo lo demás. Aunque… ¿a quién quería engañar?
Sabía perfectamente que solo veían las cicatrices y siempre hablaban de ellas. Siempre preguntaban si me las había hecho en peleas callejeras, en la cárcel o en algún otro lugar. Ni siquiera había estado en la cárcel. Solo por las cicatrices y los tatuajes, me metían en ese estereotipo de que soy ese tipo de persona.
—¿Qué es lo que miras?
—tu tatuaje —la miré con incredulidad, ella señaló el más grande que abarcaba mi hombro y parte del pecho. Me lo había hecho en una fiesta hace tanto tiempo, solo era un ave fénix en blanco y negro. En un tiempo realmente no sabía que decir que significaba, poco a poco empecé a encontrarle un significado al tatuaje, pero luego entendí que a nadie le debo explicaciones—. Es muy bonito…
La miré y me reí nervioso. Era la primera persona que decía ese tipo de cosas, respecto a alguno de mis tatuajes.
Preferí ignorarla por un momento y volví a la moto. Ella me observaba muy detenidamente, como una madre que está cuidando a su hijo.
Después de encender la moto y terminar de revisar por lo que ella vino, fue cuando la volví a ver.
—Huele —dije simplemente, señalando el escape—. Huele a mezcla rica. Estás quemando más gasolina de la que necesitas. El sensor de oxígeno está fallando o la ECU, que es la computadora de la moto, tiene un mapa de inyección basura. Por eso te “tose” al salir de las curvas lentas. No es el cambio, es que el motor se ahoga antes de darte el torque.
Mika se quedó callada. Por primera vez, la indiferencia en su rostro flaqueó y fue reemplazada por una chispa de curiosidad genuina. Se cruzó de brazos, dejando que la chaqueta de cuero se tensara en sus hombros.
—Mi mecánico tardó tres días en decirme que no sabía qué era. ¿Por qué debería confiar?
—Bien lo dijiste… soy el mejor.
Mika sostuvo mi mirada un segundo más de lo necesario. El crujido del último trozo de caramelo de su paleta fue el único sonido que rompió el zumbido de los ventiladores del taller.
—El mejor, ¿eh? —repitió, y esta vez la ironía no era un ataque, sino un desafío—. Demuéstralo. Mi próxima carrera es el sábado en el circuito de la periferia. Si la moto no responde como debe en la primera chicana, no solo no te pagaré, sino que me encargaré de que ese título de “mejor mecánico” se oxide más rápido que una cadena sin lubricar.
—No trabajo bajo amenazas, preciosa —respondí, y parece que ese apodo no le gustó, por cómo su cuerpo reaccionó de forma negativa. Limpié una mancha de aceite inexistente en el tanque verde lima—. Trabajo bajo resultados. Pero si quieres que esta bestia respire de nuevo, necesito que me dejes la llave de la ECU. No puedo re mapear a ciegas.
Ella vaciló. Esa moto era su vida, se notaba en cómo se tensaba cuando yo me acercaba demasiado al motor. Sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo y lo dejó caer en mi palma. Su tacto fue breve, pero sus dedos estaban fríos, contrastando con el calor que emanaba de mi propio cuerpo por el esfuerzo.
—Vendré mañana a última hora para ver el progreso —sentenció. Se dio la vuelta, desatando su la coleta despreocupada que había hecho, cubriendo la mitad de su trasero, pero antes de salir, se detuvo y me miró por encima del hombro—. Por cierto, Elian...
—¿Qué?
—El fénix de tu hombro... —hizo una pausa, y por un momento la chica ruda de la paleta desapareció, dejando ver a alguien que también entendía lo que era quemarse hasta las cenizas—. Le falta una sombra en el ala izquierda para que parezca que realmente está volviendo a volar. Piénsalo.
Salió del taller sin esperar respuesta. El eco de sus botas de cuero resonó hasta que el sonido del motor de su camioneta se alejó por la avenida.
Me quedé solo con la ZX-10R. Mis compañeros empezaron a soltar silbidos y bromas pesadas, pero yo no los escuchaba. Me fijé en mi brazo, en las cicatrices que el tatuaje intentaba rescatar. Por primera vez en años, alguien no me había preguntado cómo me las hice, sino que había sugerido cómo hacer que el símbolo que las cubría fuera más fuerte.
Pasé la mano por el asiento de la moto. Olía a ella: cereza sintética y gasolina.
—Mañana a última hora, ¿eh? —susurré para mí mismo, tomando la computadora para conectarla a la “bestia”.
Las horas pasaron volando, cuando me di cuenta. Ya era hora de cerrar, lo sabía más porque Dante estaba en la puerta del taller, medio bailando con una nueva falda. Yo siempre era el último en irse a casa, el que cerraba todo, Dante —uno de mis únicos dos amigos afuera del taller—, era el que venía a recogerme antes de las once de la noche, porque siempre olvidaba la noción del tiempo.
Dejé todo acomodado y cubrí la moto, antes de irme a cambiar y lavar parte de mi cuerpo lleno de grasa. Cuando salí a la entrada, Dante estaba sentado en una de las bancas que había, mientras acariciaba los dobleces de la falda.
—te he dicho que no te pongas falda a tales horas de la noche —él me miró con una expresión de fastidio—. Las personas son crueles y no entienden a aquellos que son diferentes.
—Yo no soy diferente… —se levantó y se acercó abrazando mis hombros—. Además, recuerdo que dijiste que te gustaba cuando uso falda…
Reí levemente. Él se iba a alejar, pero lo acerqué a mí tomando su cintura, que siento que es más pequeña que la de Mika, y lo besé. Él simplemente correspondió.
Me separé luego de unos segundos y saqué mi moto, dándole a Dante los cascos que siempre usábamos; él salió moviendo levemente sus caderas, y pude terminar de cerrar el taller, apagando luces y cerrando la cortina. Salí por la puerta de la cortina y la cerré con llave antes de ir hacía Dante, quien solo me ofreció el casco.
—Vamos con Thiago… quiere que le haga un tatuaje… —se colocó el casco.
—¿Otro más? —asintió.
Subí al asiento de la moto y luego Dante, sentándose de un solo lado. Prendí la moto y arranqué, fue cuando Dante abrazó con fuerza mi cintura.
En el camino, escuchaba muchas cosas y veía algunas más. Las principales eran como chicos y chicas cruzaban la calle, el sonido del claxon de los autos por la desesperación de que los de adelante no avanzan de inmediato cuando la luz cambia a verde. Siempre era lo mismo, solo que veía detenidamente a los grupos de amigos que cruzaban la calle, eran pequeños, de dos a cuatro, en muy pocos había una sola chica; los miraba cruzar y hablar, del día pesado que habían tenido, y de lo que iba a venir al siguiente día.
Aunque una de las cosas que terminan llamando más mi atención era como intentaban coquetear con Dante en cada semáforo rojo en el que nos debíamos detener, me daba risa que lo hacían conmigo frente a ellos, sin pensar que yo podía ser la pareja de él, aunque nadie se daba cuenta de que no era una chica; él realmente parecía una chica: siempre dejaba crecer su cabello hasta los hombros y lo decoloraba hasta dejarlo rubio, era delgado con una cintura pequeña, piernas largas que se sentían como la porcelana, podía decir que tenía un trasero redondo y bien formado, que también atraía miradas, y aunque fuera alto, aunque un poco menos que yo, siempre atraía miradas, cuando pensaban que es mujer. Además de que tiene un rostro con una apariencia andrógina, no sabrías decir si era chico o chica, hasta que abre la boca para hablar, además de esos ojos azules, demasiados claros y lindos, que te hipnotizan con solo verlos. Y con el casco puesto, confundía más.
Pensaría que se darían cuenta porque Dante es como una tabla de madera en la parte superior de su cuerpo, es muy plano, no tiene pechos o algo que llegué a resaltar de esa parte a través de sus playeras ajustadas que siempre llevaba. Pero después de conocer a Mika hoy, con la esa inexistencia de pechos que tenía, empezaría pensar que Dante podría ser como ella… bueno, no como ella, sino que si hay chicas que no tenían pechos.
Llegamos al departamento de Thiago, estacioné la moto en el estacionamiento, como siempre lo hacía cada vez que no estaba su moto. El lugar era lo opuesto al caos de Dante: olía a desinfectante, café cargado y libros viejos. Thiago nos recibió en la puerta, con su habitual expresión de piedra y una camiseta negra que apenas contenía la anchura de sus hombros. Era levemente más bajo que nosotros dos, como de la estatura de Mika, tal vez un poco más alto, a veces su rostro se veía muy tierno, pero cuando estaba enojado —como en esta ocasión—, no parecía nada tierno.
—Llegan tarde —dijo Thiago, su voz era un barítono seco que siempre marcaba el límite. Ni siquiera miró la falda de Dante, aunque este le hizo una reverencia exagerada antes de entrar.
—El deber llama, “Thiaguito” —Dante dejó su casco en la mesa y empezó a sacar su equipo de tatuar de una mochila de cuero gastado—. Además, Elian se quedó embobado con una moto verde lima, y se dio cuenta de mí hasta que empecé a bailar.
Thiago rio. —la única forma de alejarlo de las motos es jugando con su lívido… Ahí te hace caso hasta que le das lo que él quiere.
—no soy así —fruncí el ceño, mientras me recargaba en la pared y miraba como Dante empezaba a apropiarse de la mesa de café que tenía al lado del sillón—. No solo pienso en sexo y en motos.
Thiago arqueó una ceja, finalmente interesado mientras se quitaba la camiseta para dejar su espalda al descubierto. Se sentó a horcajadas en una silla, ofreciendo su piel limpia como un lienzo.
—¿ah… sí? —preguntó Thiago, con una leve sonrisa irónica—. Por algo nos conociste, ¿no?
Suspiré frustrado. No podía negar eso. Dante es mí… a lo que muchos le dicen “llamada de botín”, y yo soy la suya. Lo había conocido en una fiesta a la que Thiago me había invitado, y por esos momentos había cambiado mi gusto por Thiago por Dante. Pero eso es otra cosa.
—¿Qué moto te llevaron ahora? —me miró y luego suspiró—. ¿Significa qué la mía tardará más? —asentí levemente.
—Una ZX-10R —respondí, sentándome en el sofá mientras observaba a Dante ponerse los guantes de látex con una parsimonia casi ritual.
Thiago pareció sorprenderse ante mi respuesta. Lo sabía, casi nunca llevaban ese tipo de motos al taller, mucho menos de carreras como la que Mika había llevado el día de hoy.
—Es la moto de la carrera en la que apostamos hace algunos días.
Thiago me miró con sorpresa. —¿La de Hermes? —preguntó con sorpresa y emoción en su voz, algo que muy pocas veces pasaba.
Asentí. —Pero, quien dice que es su piloto… es una chica…
—¿Mika? —preguntó y yo asentí—. Si, lo sé…
—¿lo sabes? —fruncí el ceño.
—Hermes solo es su sobrenombre. —respondió.
—no es fácil ver a una chica en carreras donde la mayoría son hombres —habló Dante, poniéndose un cubrebocas. Y comenzó a preparar la piel de Thiago—. Aunque ver a chicas rudas, es algo que me gusta más que tatuar…
—La verdad… es que ella no es lo que esperarías de una chica —volví a hablar.
—¿Por qué no? —preguntó Thiago—. Le deben gustar las motos, como a ti, tienen algo en común, más que las demás chicas.
—Lo sé… pero eso no llama mi atención. —ambos me miraron sin creer lo que había dicho. Dante encendió la máquina. El zumbido eléctrico llenó el silencio del departamento—. Bueno… ¿por qué me debería gustar eso en específico? Prefiero ser el único que tiene ese gusto… y así, toda la razón en ese tema…
—eres muy soberbio… —contestó Thiago.
Dante rio y se acercó a la espalda de Thiago, apoyando con delicadeza una mano adornada con anillos, que se veían a través del látex, sobre el hombro del otro. El contraste era brutal, hasta cierto punto: la piel blanca y tensa de Thiago frente a la delicadeza de Dante y el vuelo de su falda mientras se acomodaba para empezar el trazo.
—Quédate quieto, amargado —susurró Dante, y por un segundo, la locura en sus ojos se transformó en una concentración absoluta—. Vamos a terminar esa sombra que te falta. Y empezamos con el nuevo.
Me quedé observándolos. El zumbido de la aguja de Dante se mezclaba en mi cabeza con el rugido del motor de Mika. Dos mundos distintos, pero ambos igual de intensos.
—¿Qué pensaste al conocerla? —volvió a hablar Thiago luego de algunos minutos.
—que es todo lo contrario a mi tipo ideal.
—¿Qué? ¿No es una mami de noventa, sesenta, noventa? —habló Dante, con una falsa imitación de un acento cubano.
—en realidad no… —reí levemente—. Es más alta de lo que pido… tal vez unos diez centímetros o menos… no tiene la piel blanca, es más como si fuera de caramelo. Además de que ella no es una noventa, sesenta, noventa.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Thiago con una leve sonrisa cómplice.
—Vi su cuerpo perfectamente. Pude calcular algunas medidas, pero no estoy del todo seguro.
—¿Y cuánto fue, señor físico? —miré a Dante.
—de cadera, tal vez cien centímetros o más… Tenía un trasero algo grande para mí gusto —Dante rio—. De cintura, tal vez… setenta y algo. Y de pecho… unos ochenta y tantos… Ella tiene una inexistencia de pechos, demasiado notable.
—pensé que así te gustaban… Dante tiene lo mismo —el nombrado alejó la máquina del cuerpo de Thiago, antes de darle un golpe en cabeza, haciéndolo quejarse.
—Yo soy hombre… obviamente no voy a tener pechos… —dijo Dante enojado.
—Ya lo sé… pero me gusta ese detalle en Dante… —mencioné—. En chicas, no es lo que desearía... no es mi tipo.
Thiago soltó una carcajada seca, sin despegar la vista de la pared mientras la aguja de Dante seguía trabajando en su omóplato.
—Como quieras, Elian. De todos modos, no creo que ella te hiciera mucho caso —Thiago hizo una mueca cuando Dante profundizó el trazo—. Dicen que tiene novio, uno de sus patrocinadores del circuito. Jamás se fijaría en alguien como tú.
Me quedé en silencio. El “alguien como tú” resonó en las paredes del departamento, mezclándose con el olor a desinfectante. Sabía a qué se refería: el mecánico con cicatrices, el tipo que vive de noche y que solo tiene una moto vieja y dos amigos que apenas encajan en la sociedad.
—No me interesa si se fija en mí o no —sentí una punzada de irritación que no supe explicar—. Solo me interesa que su moto deje de toser en las curvas.
Dante me miró de reojo, con una sonrisa maliciosa bailando en sus labios, aún con el cubrebocas se podía notar cuando él sonreía de esa forma. No dijo nada, pero su silencio fue más ruidoso que cualquier broma.
Me levanté del sofá y caminé hacia la ventana, mirando las luces de la ciudad. Mañana a última hora ella volvería al taller. Volvería con su irritación en su mirada y la idea de que tal vez su moto no estaba bien reparada; debía callarle ese pensamiento, que todavía no existía, o tal vez ya.