CONDENA

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Summary

Cuatro años no fueron suficientes para borrar aquella noche. Porque cuando vives atrapada entre el dolor y la culpa, el amor deja de parecer una salvación… y se convierte en otra condena.

Genre
Drama
Author
Maricruz
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

El inicio de todo

—Deja de molestarme, ¿quieres? Simplemente no quiero hablar.

Mi voz salió más cortante de lo que esperaba.

La psicóloga suspiró cansadamente, como si ya hubiera escuchado esas palabras demasiadas veces.

—Sé que no quieres hacerlo, y al principio respeté eso, pero ya llevamos cuatro años sin avances —su tono comenzaba a sonar frustrado—. Mar, eres mi paciente. Déjame ayudarte. Si sigues sin hablar, no puedo hacer nada por ti.

Solté una pequeña risa amarga.

—No quiero ni necesito tu ayuda. Además, te seguirán pagando… incluso sin tus malditos avances.

Me levanté de inmediato y salí del consultorio dando un portazo.

No estaba enferma.

Yo sabía lo que vi.

Y nada haría cambiar eso. Mucho menos una psicóloga que solo me soportaba por el dinero que recibía por “tratarme”.

Solo necesitaba empezar de nuevo.

Aunque, si pudiera elegir, volvería al inicio de todo… solo para evitar su muerte.

Sus palabras seguían resonando en mi cabeza.

Sabía que se cumplirían.

Por eso vivía con miedo… todos los malditos días.

Apenas entré a la casa, escuché su voz.

—Tu psicóloga nos contó lo que pasó.

Otra vez lo mismo.

Cerré los ojos con cansancio.

—Necesitas ayuda, entiéndelo.

—No sabes lo que dices.

—Soy tu madre y sé perfectamente lo que digo, jovencita.

Una risa vacía escapó de mis labios.

—Tú no entenderías nada… Dejé de considerarte mi madre hace mucho tiempo.

Su expresión cambió de inmediato.

—No me hables así.

—Te hablo como te lo mereces.

—¡Ya pasaron cuatro años! ¿No te das cuenta? ¡Te estás destruyendo tú sola!

Sus palabras golpearon algo dentro de mí.

Pero no porque tuviera razón.

Sino porque nadie entendía.

Y nadie lo haría jamás.

Esta era mi condena por aquella noche.

Solo quería descansar… fingir que mi vida era normal. Como la de cualquier otra persona.

Solo eso.

Nada más.

—No quiero escuchar tus reclamos —murmuré intentando contener el temblor en mi voz—. Suficiente tengo con la psicóloga que no hace más que joderme la vida.

Mi madre me observó en silencio unos segundos.

—Te arrepentirás de lo que estás haciendo, Mar.

Aparté la mirada.

—No lo haré…

Subí a mi habitación sin intención de seguir escuchando a nadie.

El silencio del cuarto me envolvió apenas cerré la puerta.

Tomé nuestro álbum de fotos y me senté lentamente sobre la cama.

Mis dedos recorrieron las imágenes mientras los recuerdos comenzaban a regresar.

Las risas.

Las pijamadas.

Las conversaciones absurdas sobre el futuro.

Todo desapareció en un abrir y cerrar de ojos.

—Vas a estar bien…

Su voz hizo que mi pecho se tensara.

La observé con desesperación mientras sujetaba su mano con fuerza.

Podía sentir su dolor como si fuera mío.

—Él vendrá por ti… y sabes que será así… —susurró con dificultad.

Las lágrimas comenzaron a caer sin control.

—¡Todo es mi culpa! —mis sollozos apenas me dejaban respirar—. No me dejes… por favor…

Sus dedos temblaron entre los míos.

—No confíes en nadie…

Sentí esas palabras aplastando mi pecho.

No podía respirar.

No podía moverme.

Abrí los ojos sobresaltada.

Mi respiración era agitada y el sudor cubría mi piel.

Me levanté rápidamente de la cama.

Necesitaba una ducha fría.

Necesitaba dejar de escuchar esa voz en mi cabeza.

Pero era imposible.

Esas palabras eran mi perdición.

Me recordaban lo miserable que se había vuelto mi vida… y la certeza de que, tarde o temprano, todo volvería a repetirse.

No importaba que hubieran pasado cuatro años.

Él vendría por mí.

Mirar el cielo siempre traía recuerdos.

La brisa movía mi cabello con una calma cruel mientras caminaba hacia el edificio donde todo ocurrió.

Como todos los días.

Necesitaba recordar con claridad.

Aunque cada vez doliera más.

El lugar seguía igual.

Frío.

Vacío.

Las paredes deterioradas parecían guardar el eco de aquella noche, como si todavía estuvieran manchadas por mis recuerdos.

Mis pasos resonaban suavemente mientras avanzaba lentamente por el edificio.

Y entonces lo sentí otra vez.

Esa sensación.

Como si alguien estuviera observándome desde la oscuridad.

Mi respiración se volvió inestable.

Miré alrededor intentando encontrar algo… cualquier cosa.

Pero no había nadie.

O eso creí.

Escuché pasos.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Me escondí rápidamente detrás de unas cajas mientras intentaba controlar mi respiración.

Entonces apareció.

Una figura vestida completamente de negro.

Era alto, de espalda ancha. Sus manos permanecían dentro de los bolsillos mientras observaba exactamente el lugar donde ella había caído aquella noche.

Sentí el aire atorarse en mi garganta.

El asesino.

Tenía que ser él.

Retrocedí por accidente…

y choqué con una caja.

Mierda.

Mis manos comenzaron a temblar.

No solo mis manos.

Todo mi cuerpo.

Las lágrimas nublaron mi visión mientras él comenzaba a acercarse lentamente.

Este era mi final.

Pero, de repente, algo pareció detenerlo.

Sus pasos se alejaron.

El silencio volvió a envolver el lugar por unos segundos hasta que reaccioné.

Me levanté rápidamente y corrí detrás de él.

Tenía que ver su rostro.

Necesitaba hacerlo.

Al salir del edificio, encontré dos caminos distintos.

—¡Maldita sea!

Mi respiración era inestable.

No pude seguirlo.

No fui capaz porque el miedo volvió a detenerme.

Como siempre.

El frío se intensificaba con la lluvia. Algunas personas corrían apresuradas bajo sus paraguas; otras se refugiaban dentro de las tiendas mientras observaban la tormenta desde las ventanas.

Nunca entendí por qué hacían eso.

Al final, solo eran gotas de lluvia.

No dolían. No lastimaban.

Solo te recordaban que seguías viva al sentir cada gota deslizarse sobre tu piel.

Mi mirada se detuvo en un pequeño gato negro que estaba acurrucado cerca de la acera. Maullaba desesperadamente mientras observaba a las personas pasar sin prestarle atención.

Me acerqué despacio, intentando no asustarlo.

Cuando nuestros ojos se encontraron, lo supe.

Estaba solo.

Igual que yo.

Lo tomé con cuidado entre mis brazos y, para mi sorpresa, no se resistió. Caminé más rápido bajo la lluvia; no quería que el pequeño terminara resfriándose.

Cuando entré a mi habitación, lo dejé suavemente sobre la cama. Busqué unas toallas y comencé a secarlo con cuidado.

Sus pequeños ronroneos hicieron que algo dentro de mí se suavizara un poco.

Al menos… a él no le caía mal.

—Desde ahora, tu nombre será Lith.

El gato levantó la mirada hacia mí. Sus ojos verdes parecían observarme con atención, como si realmente entendiera mis palabras.

No pude evitar sonreír apenas.

—Veo que estás de acuerdo, pequeño Lith. Te traeré comida… no salgas de aquí.

La puerta detrás de mí se abrió de golpe, haciéndome sobresaltar.

—Me asustaste…

—Pensaste que era esa persona, ¿verdad? —su voz sonó fría y cansada—. ¿Cuántas veces tengo que decirte que esa persona no existe? Todo está en tu cabeza.

Sus palabras me quemaron la garganta.

Aparté la mirada inmediatamente y comencé a subir las escaleras.

—No me ignores cuando te hablo.

—Hago lo mismo que tú conmigo, ¿no? ¿Acaso está mal?

—No me respondas con ese tono. ¿Y qué haces con esa comida? Tú ya ni siquiera cenas.

Apreté los labios con fuerza.

—¿No era eso lo que querías? Entonces déjame en paz.

No respondió.

Y yo tampoco quería seguir escuchándola.

Mientras observaba a Lith comer sobre la cama, una extraña sensación me invadió.

Como si, por primera vez en mucho tiempo… no estuviera completamente sola.

Lo tomé en brazos y me acurruqué junto a él.

Sus ronroneos eran suaves.

Tranquilos.

Casi reconfortantes.

—Miau… miau…

Sentí su pelaje rozando mi rostro y abrí lentamente los ojos.

El reloj marcaba las seis de la mañana.

Me levanté de inmediato para alistarme e ir al colegio. Mientras freía unos huevos en la cocina, Lith me observaba fijamente desde la mesa.

—Pequeño Lith, te serviré un poco de leche luego. Y cuando regrese del colegio, te compraré tus croquetas, ¿sí?

—¡¿Qué hace ese gato en la casa, Mar?!

La voz de mi madre hizo que apretara la mandíbula.

—Es mi amigo.

—No puede quedarse. Tendrás que echarlo… o lo haré yo.

La miré fijamente.

—Atrévete… y verás cómo yo también me voy. Y eso significa que papá dejará de darte dinero, ¿verdad?

Guardó silencio.

Ni siquiera fue capaz de mirarme.

Solté una pequeña risa amarga antes de tomar mi mochila.

—Pequeño Lith, ya me voy. Cuando vuelva, tendrás tus croquetas.

El viento rozaba mi piel mientras caminaba bajo la lluvia.

No sabía si eso era algo bueno o malo.

Solo me recordaba que seguía existiendo.

Las gotas comenzaron a caer con más fuerza, pero no me importó.

Nunca entendí por qué las personas corrían desesperadamente buscando dónde cubrirse.

Aunque, supongo, ellos tampoco entendían por qué yo seguía caminando bajo la lluvia como si nada.

Las miradas siempre parecían juzgarme.

Por existir.

Por respirar.

Por seguir aquí.

Entré al salón y me senté al fondo, como siempre.

El tiempo pasó lento. Pesado.

Entonces lo vi.

Un chico… acariciando a Lith desde la ventana del colegio.

Mi respiración se detuvo.

Parpadeé varias veces.

No podía ser real.

Debía estar imaginándolo otra vez.

Cuando regresé a casa, abrí rápidamente la puerta de mi habitación.

—Hola, pequeñito Lith… ya te sirvo comida.

El gato corrió hacia mí soltando pequeños maullidos.

Fruncí ligeramente el ceño.

—Hoy juraría haberte visto en el colegio… pero eso no tiene sentido, ¿verdad? Tú estuviste aquí todo el día…

Lith respondió con otro suave maullido.

Solté una pequeña risa.

—Claro… eso pensé.

Me cambié de ropa lentamente.

Por un momento, sentí algo extraño.

Como si todo fuera normal.

Como si yo fuera normal.

—¿Qué quieres hacer, Lith?

El gato comenzó a ronronear.

—¿Salir a caminar?

Otro maullido.

—Lo tomaré como un sí. Vámonos antes de que ella llegue.

Nunca imaginé que caminar junto a un gato pudiera sentirse tan… tranquilo.

Tan ligero.

—Vamos a comprarte algo, Lith. Una correa, ropa… lo que quieras.

Entramos a una pequeña tienda para mascotas.

Mis ojos recorrieron los diminutos accesorios mientras Lith observaba todo desde mis brazos.

—Nunca creí que existiera tanta ropa para gatos… aunque seguro todo te quedará bien.

Un escalofrío recorrió lentamente mi espalda.

Entonces escuché una voz detrás de mí.

—¿Podrías prestarme a tu gato para probarle esto?

El susurro fue tan cercano que mi cuerpo se paralizó.

Sentí una mano rodear suavemente mi cintura.

—¿Te encuentras bien?

Sus manos eran cálidas.

Demasiado cálidas.

Mi corazón comenzó a latir rápidamente mientras mi respiración se volvía inestable.

No quería girarme.

No quería encontrarme con otra mirada que me juzgara.

No otra vez.

—Nadie te hará daño.

Su voz sonó extrañamente sincera.

Entonces me giró suavemente hacia él… y me abrazó.

Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.

Porque esas palabras…

eran exactamente lo que siempre había querido escuchar.

—Mi marea…

Sentí el cuerpo pesado.

Cuando abrí los ojos lentamente, un escalofrío recorrió mi espalda.

Ese no era mi cuarto.

El dolor en mi cabeza era insoportable.

Intenté incorporarme, pero el mareo me obligó a detenerme.

Lo primero que pensé fue en Lith.

¿Quién cuidaría de él si yo no estaba?

Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos.

—Miau… miau…

Levanté la mirada rápidamente.

—¿Lith?

El pequeño saltó hacia mí de inmediato.

Lo abracé con fuerza mientras intentaba controlar el temblor en mis manos.

—Mi pequeño Lith… Todo estará bien. No dejaré que te pase nada.

—Veo que ya despertaste. ¿Cómo te sientes?

Levanté la mirada sobresaltada.

Un chico estaba apoyado cerca de la puerta observándome con tranquilidad.

—¿Quién eres tú? —pregunté retrocediendo—. ¿Qué quieres de mí?

—Tranquila, Mar. No voy a hacerte daño

Sus palabras quedaron suspendidas en el silencio de la habitación.

—¿Por qué me trajiste aquí?

—No podía dejarte sola. ¿Qué crees que habría pasado si lo hacía… cariño?

Fruncí el ceño inmediatamente.

—¡Preferiría eso a estar con un desconocido!

En un segundo, sujetó mi rostro con firmeza.

—No vuelvas a decir algo así.

Su tono hizo que un escalofrío recorriera mi cuerpo.

Intenté apartarlo, pero apenas logró moverse.

—¡Suéltame! Necesito volver a casa.

—Es lo que menos quiero hacer.

Me rodeó con sus brazos lentamente.

Su cuerpo desprendía una calidez inquietante.

—Déjame…

—No quiero.

Sus brazos se aferraron más a mí.

Y, extrañamente…

no sentía miedo.

No como normalmente lo hacía.

—¿Sabes que esto podría considerarse un secuestro, verdad?

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Sí… y no sabes cuántas veces imaginé hacer algo así.

Mi respiración se detuvo.

—Solo para poder abrazarte así… y sentir tu olor como ahora.

Su voz era suave.

Oscura.

Como una melodía capaz de arrastrarte lentamente hacia la locura.

—Suéltame… por favor —susurré.

Él acercó ligeramente su rostro al mío.

—Nos volveremos a ver, mi marea.

Apenas me soltó, tomé a Lith entre mis brazos y salí rápidamente de aquella habitación.

Cuando logré salir de la casa, levanté la mirada hacia una de las ventanas.

Él seguía ahí.

Observándome.

Y su mirada…

definitivamente no era la de un desconocido.

*

—Creo que lo mejor es llevarla a un psiquiátrico. Ya estoy cansado de esto.

—No lo permitiré. ¿Qué crees que dirán nuestros conocidos si se enteran?

Cada palabra era un puñal directo a mi pecho.

Abrí los ojos lentamente, solo para que supieran que estaba despierta… para que dejaran de hablar de mí como si no estuviera ahí.

—¿Cómo estás?

—¿Dónde está Lith?

—En la casa.

—¿Acaso no vas a saludar a tu padre? —su voz, tan hostigadora como siempre, hizo que apretara los dientes.

—Quiero estar sola… váyanse.

—¿Qué acabas de decir?

No pensaba responderle.

No a él.

—Será mejor irnos —intervino ella antes de que la discusión empeorara.

La puerta se cerró y el silencio volvió a llenar la habitación.

Pero mi mente… no se callaba.

Las dudas se enredaban unas con otras, asfixiándome.

¿Quién era ese chico?

¿Fue real… o solo otra ilusión?

¿Era él… o alguien completamente distinto?

Necesitaba respuestas.

—Buenas noches… disculpe la molestia —mi voz salió más débil de lo que esperaba—. Quería saber qué me sucedió. No recuerdo nada.

—Te desmayaste en una tienda —respondió con simpleza—. Un chico te trajo y luego se fue.

Un chico.

Otra vez esa palabra.

—Ah… gracias.

—Firma aquí y podrás retirarte.

—Está bien…

Bajé la mirada mientras firmaba.

Entonces… ¿todo había sido producto de mi mente?

¿O no?

La única duda que seguía clavada en mí era la misma:

¿quién era el chico que me llevó al hospital?

—¿Lith? Ya llegué, pequeño…

El sonido de sus patitas apresuradas contra el suelo me recibió.

—Miau… miau…

Una pequeña sonrisa apareció en mi rostro sin darme cuenta.

—Lo siento… debí asustarte.

—Me parece absurdo que hables con un gato, pero no con tu psicóloga —su voz cortó el momento—. ¿Cuántas veces tengo que decirte que necesitas ayuda? Estoy cansada de ti, Mar.

Cansada.

Siempre lo estaba.

—Entonces llévame al psiquiátrico —respondí sin mirarla—. Si tanto te molesto…

Hice una pausa mientras sentía cómo la rabia se mezclaba con algo mucho más profundo.

—Ah, cierto… te preocupa lo que dirán de ti, ¿verdad?

No respondió.

Como siempre.

Tomé a Lith entre mis brazos y me dirigí a mi habitación.

No quería que me viera llorar.

No otra vez.

Y mientras cerraba la puerta…

volví a sentirlo.

Esa sensación.

Como si no estuviera sola.

Como si alguien… siguiera observándome.

Y por primera vez en mucho tiempo,

supe que no era mi imaginación.