Un cuadro de mentiras
Entré a la iglesia.
Ahí estaba él.
Con esos hoyuelos que se marcaban cada vez que reía, con esa sonrisa agradable a la vista de cualquiera y sus cejas gruesas, que hacían parecer pequeños sus ojos. Ojos que alguna vez iluminaron mi mundo. Siempre brillaban, incluso cuando intentaba aparentar ser un hombre frio y rudo.
Entonces comprendí que todo lo que decían mis amigos era cierto.
Mi esposo —el hombre que habia enterrado hacía poco tiempo— estaba casándose con la mujer que yo tanto admiraba.
Miré a mi alrededor. Mis compañeros de trabajo estaban presentes, ocultos bajo capuchas que cubrían parte de sus rostros, aunque ni siquiera eso podía esconder la lástima con la que me observaban. Incluso los invitados parecían confundidos al notar a personas tan extrañas mirándome fijamente.
Todo parecía una broma cruel.
Me costaba respirar. Empecé a ver los rostros borrosos.
Llevaba un vestido negro, el mismo luto que aún guardaba por el hombre con el que había decidido adoptar una hija. Caminé tambaleándome entre las sillas. Quería enfrentarlo, gritarle, exigir respuestas… pero apenas podía mantenerme en pie.
Con dificultad logré salir de la boda de mi esposo.
Era irónico.
Dolorosamente irónico.
Pero el hecho de que estuviera vivo tambien era peligroso, porque significaba que aquellas grabaciones podían ser reales. Las mismas que demostraban que él era el responsable de la muerte de la mitad de mis compañeros del servicio secreto.
Antes de “morir”, dejó inconcluso un operativo. Su voz aparecía en las grabaciones. También estaban las firmas que autorizaba aquella misión que terminó siendo una trampa. Una emboscada donde murieron mis compañeros… y donde, como último acto de amor, me escondieron y sesacrificaron por mí.
Ese lugar me dejó secuelas: problemas mentales, lagunas de memoria y noches enteras incapaz de dormir.
Ahora estaba a cargo de su madre enferma, de su hermana con problemas mentales, de su equipo de trabajo —la mayoría mercenarios insoportables— y de la hija de su exnovia muerta.
Tenías varios trabajos para pagar los tratamientos, medicamentos y deudas.
Todo para descubrir que él estaba vivo… y con otra mujer.
Sé que suena egoísta, la forma en que me expreso pero eso era lo único que podía pensar en medio del enojo, la tristeza y aquella absurda felicidad de saber que seguía respirando.
Cuando llegué a casa, mi mejor amiga ,Lara, cuidaba a su bebé. Ella también había dejado muchos proyectos de lado para ayudarme a criar a nuestra hija.
Entré y vi el altar que aún le tenía.
Tomé las fotos de nuestra boda y las lancé al suelo. Grité mientras arrojaba las velas todavía encendidas. Caí derodillas y lloré desconsoladamente.
¿Lloraba por la traición?
Lara me observó en silencio antes depreguntar:
—Entonces… ¿es verdad?
Y por primera vez me pregunté en qué momento se arruinó todo.
Tal vez mi destino ya estaba escrito desde que tenía nueve años.
Cuando tenía nueve años, mi madre me llevó al hospital.
Apenas llegamos, nos hicieron pasar de inmediato al consultorio. Allí nos atendió una doctora que irradiaba belleza y nobleza. Al salir, vi a una mujer con uniforme blanco de la marina. Su gorro cubría parte de su rostro mientras reía junto a otros militares.
Mi madre se agachó a mi lado y me susurró:
—Ella es la misma doctora que nos atendió. ¿Ves cómo esos hombres se ponen firmes cuando la ven? Le muestran respeto porque es suboficial.
Lo primero que pensé fue que algún dia voy a ser como ella.
No sé si era admiración o envidia, pero aquel sentimiento jamás desapareció.
Cuando cumplí la mayoría de edad, me enliste en la armada. Pedí un préstamo para convertirme en suboficial, aunque todo resultó más difícil de lo que imaginaba. Mi estatura de un metro sesenta y mi cuerpo delgado y frágil no ayudaban demasiado.
En mi segundo día de entrenamiento, unos chicos ricos comenzaron a acosarme. Hacían lo que querían y nadie parecíadetenerlos. Yo me sentía ahogada. Quería escapar.
Hasta que un día un coronel gritó mi apellido y ordenó que lo acompañara a su oficina.
Imaginé lo peor: que iban aexpulsarme, que decepcionaría a mi familia… o tal vez me acosaría. .
El miedo se apoderó de mí.
Cuando entré a la oficina, me sorprendió ver a varias personas sentadas alrededor de una mesa redonda observándome fijamente. Había de todo: desde un hombre elegantemente hasta alguien que parecía un vagabundo.
Pero mis ojos se detuvieron en un grupo de chicos altos, de ojos azules y trajes impecables.
El coronel habló:
—Te vi entrenando. Y es evidente que no eres muy buena. Pero siéntate y guarda silencio.
Obedecí, sintiendo vergüenza, cómo podía humillarme así frente a todos.
Entonces comenzaron a mostrarme fotografías y videos de mujeres torturadas, haciendoles cosas horribles, Imposibles de olvidar.
Terminé llorando.
Pensé en mi infancia. En todo lo que sufrí por culpa de aquel profesor que dejó una marca permanente en mí. Un trauma que jamás desapareció.
El coronel me observó antes de continuar:
—Queremos que trabajes para el servicio secreto, haciendote pasar como pareja de Tomás.
Señaló a uno de los chicos de trajes.
—Es hacker, empresario y encontró esta información mientras rastreaba quién entraba en sus servidores. Tú no eras la elegida para esta misión, pero a la chica original le ocurrió algo… y Tomás ya la había presentado como su pareja. Para tu suerte, eres muy parecida a ella.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—Tu trabajo será fingir ser una adolescente y hacer exactamente lo que te pidamos. Hay personas peligrosas que creen que eres lo más importante para Tomás. Eso significa que tu vida y la de tu familia están en riesgo.
El coronel apoyó las manos sobre la mesa y me miró fijamente.
—Nos gustaría entrenarte, aunque no es como si tuvieras muchas opciones.
Salí de esa habitación caminando rápido. Después corrí.
Corrí mientras lloraba.
Entré a mi habitación y empecé a guardar mi ropa en una maleta temblando. Nunca me consideré una persona fuerte.
Entonces apareció un militar con un sobre en las manos.
Fotos de mi familia.
De mi casa.
De todo lo que hacían.
—El coronel fue duro, pero tiene razón—dijo—. Tu familia está en peligro. Ya creen que eres importante para ese chico. Lo único que puedes hacer es seguir adelante.
El militar se presentó como Julián y tomo mis maletas.
—Ven conmigo. Irás a un lugar de entrenamiento especializado. No estarás sola; hay otras dos chicas en tu situación. Solo tendrás que besar a un chico… presentable, respetado. Mucha gente te protegerá. Solo piensa que un hombre atractivo te dará algunos besos y todo se resolverá.
No tuve otra opción que seguirlo, Julián pintó un cuadro pero estaba lleno de mentiras.
Y aun así… una parte de mí queria creerle, porque no tenía alternativa.