Capítulo 1
Antes de él, el amor era una palabra incómoda. No porque no creyera en ella, sino porque nunca lo había experimentado.
Aprendí que vivir, a veces, no se siente como un regalo; más bien, como una condena. Sobrevivir es más que comer, tomar agua y descansar correctamente. Sobrevivir es aguantar injusticias y sabotajes de quienes creen que su vida es menos miserable si arruinan la tuya.
Aprendí a estar sola, pero no de esas soledades tranquilas que uno elige adoptar, sino de las que pesan. Las que te enseñan a no esperar demasiado, a no ilusionarte con rapidez, a tener siempre una salida de emergencia.
Había amor en mí, sí. Pero estaba atado en el fondo de mi alma con cadenas que yo no elegí tener, envuelto en capas de “Mejor no”, “No es el momento”, “Tal vez no le gusta”.
A veces un vacío se instalaba dentro de mi pecho, como un eco de lo que faltaba, resonando en cada rincón de mi ser. Era un espacio oscuro y frío, donde se acumulaban mis anhelos no cumplidos y mis sueños marchitos. Sentía que, en cada latido, ese vacío se hacía más profundo, como si mi corazón intentara recordar lo que era sentirse completo, pero solo lograba amplificar la ausencia.
Era como un agujero negro que absorbía toda la luz y esperanza, dejándome con una sensación de inquietud constante. Cada vez que pensaba en mi bienestar, ese vacío se expandía, haciéndome sentir que algo vital me hacía falta. Mi alma gritaba por ayuda, pero el silencio era tan abrumador que no había palabras para traducir mi dolor. Era un vacío que pesaba más de lo que podía soportar, como si llevara sobre mis hombros el peso del mundo, y cada intento de llenarlo solo hacía que se sintiera más pesado.
La soledad me consumía cada vez más, y, al principio, intenté llenarlo con amistades, con hobbies, con experiencias nuevas. Pero ninguna de ellas parecía ofrecer la respuesta. Cada risa compartida y cada nueva aventura parecían ser solo un vendaje temporal sobre una herida que nunca sanaba.
Con frecuencia, antes de dormir, cerraba los ojos y dejaba que mi mente se perdiera en momentos que sabía que jamás pasarían. Imaginaba unos brazos rodeándome, sosteniéndome, como si ese abrazo pudiera unir todos los pedazos rotos de mi alma.
Pero siempre despertaba sola.Con la misma sensación de peso en el pecho y la certeza silenciosa de que esos brazos no existían para mí, en un mundo que a menudo se sentía vacío.
No es que anhelara ser salvada por alguien. No buscaba promesas ni finales felices. Solo anhelaba un refugio que no doliera, un lugar donde pudiera bajar la guardia sin miedo a ser castigada por hacerlo.
Me acostumbré a vivir alerta, a no necesitar mucho, a convencerme de que la autosuficiencia era una forma de fortaleza, no de abandono. Decía que estaba bien, y a veces hasta lo creía.
Pero había noches —esas en las que el silencio se vuelve abrumador— en las que la verdad se hacía evidente: no quería estar sola para siempre. Solo no sabía cómo no estarlo sin perderme en el intento.
En ese momento yo no buscaba amor, buscaba silencio.Y sin saberlo, estaba a punto de encontrar algo diferente.








