I
Ari podía observar todo desde ahí. Sentada desde el tejado de su casa y con los brazos tocando sus zapatos; su cabello, largo hasta los hombros, no más ni menos, se enredaba entre su rostro, empujado por el viento. Con un vago esfuerzo apartaba la maraña de sus ojos para contemplar el movimiento, siempre lento, del pequeño pueblo. Los niños jugaban afuera, lanzando luces por sus manos. Simples chispas que destellaban y desaparecían. Se perseguían entre sí, corriendo por ahí y por allá, perdiéndose, gritando y riendo, en dirección al jardín central.
Los adultos, por su parte, en su vida ajetreada. Caminando apresurados, hablando rápidamente entre ellos. Otros se limitaban a mirar alrededor, cuidándose de solo ellos sabrán qué. Algunos cuchicheando sobre chismes por lo bajo como quien no quiere ser escuchado. Los más despreocupados hablaban entre sí sin cuidar el volumen sin temor a ser juzgados.
Mientras Ari miraba sus temblorosas manos, el cielo gris cedió ante la presión, dejando caer las primeras gotas. Una a una iban rodeando todo a su paso.
– Pelota – murmuró Ari con su mano extendida y la voz temerosa. El agua dejó de caer sobre ella para formar una esfera inestable que se rompió en un par de segundos.
Sin detenerse para pensar en lo ocurrido, se levantó con premura dirigiendo sus pasos hacia la destartalada escalera de mano que amenazaba con romperse en cualquier momento. Antes de bajar se permitió mirar hacia arriba. La lluvia acariciaba su cara y las nubes grisáceas dominaban el cielo, el aroma a tierra mojada se filtraba por su nariz y el sonido seco de la lluvia golpeando cada rincón del pueblo le daba una sensación de paz desconcertante. Bajó la escalera rápidamente, dando un brinco desde el tercer peldaño. El barro casi le hace resbalar, pero logró mantenerse en pie. Con pasos apresurados buscó refugiarse en su casa, hasta que escuchó unas voces acercarse.
– ¿Te enteraste de lo que pasó con Eneida? – preguntó Ophelia.
– Supe que se la llevaron por verbar a sus hijos – Respondió Ingrid.
– Ya suponía que andaba en malas andadas – añadió Ophelia – tanto que ocurre aquí. Suficiente tenemos con que el pueblo esté en lista roja. Y ahora anda sin cuidado enseñando lo que no debería – dijo en un tono de desprecio mientras se acomodaba su collar.
– No culpes a la mujer, Ophelia, lo que preocupa ahora son sus hijos – musitó con tristeza en su voz – Pasaré a verlos en un rato. Los pobres deben estar asustados.
– No tienes remedió – contestó Ophelia.
Las voces se esfumaron poco a poco calle abajo. Ari se escabulló hasta llegar a la puerta principal. Entró hacia la estancia, sumida en sus pensamientos. Miró a su alrededor. En la alacena, como ya era costumbre, solo dos panes duros, algo de papa y frijoles, seguramente esa sería la cena de hoy. Sobre la mesa el cántaro que usaban para sacar agua del pozo, aún se encontraba a la mitad. Sus padres todavía no regresaban. Solo atinó a sentarse en una pequeña silla vieja de madera. No podía asegurarlo, pero sospechaba que estaba ahí incluso antes de su nacimiento. Era vieja, como casi todo en esa pequeña choza.
Pensaba en lo que Ingrid había mencionado. La situación en el pueblo era terrible. Si era verdad lo que decía, más le valía andarse con cuidado. Ingrid era una mujer de carácter admirable, o al menos eso opinaba Ari, siempre dispuesta a ayudar a quien lo necesita, sin importar lo que otros decían. “Eso es lo que me falta”, pensaba cuando la miraba caminar calle arriba o calle abajo “decisión”.
– Pelota – exclamó, está vez sin esconder su voz.
El agua de su empapado brazo se arrastró para formar una pequeña esfera de agua sobre su palma. “Uno, dos, tres, cuatro, cinco”. Contó en su mente y cuando llegó a cinco la pequeña pelotita de agua estalló, salpicando el transparente líquido sobre su rostro.
Solo atinó a remover el agua con el brazo. Una emoción y miedo recorrió todo su cuerpo. Rápidamente volteó hacia la ventana, nerviosa por pensar que alguien podría haberla visto. Nunca había logrado mantenerla más allá de tres segundos. Dos segundos no era mucho, pero era un avance. Miraba su mano, abriéndola y cerrándola en un compás que únicamente ella comprendía. Se preguntaba cuánto tardaría en aprender lo necesario para valerse por sí misma. Salir por fin de ese pueblucho era su sueño desde que recordaba. Era el lugar donde había crecido, sí, pero sabía de buena fuente que había mejores oportunidades. El ruido seco de la puerta cerrarse le sacó de su ensimismamiento. Sus padres habían llegado.