El rey ladrón

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Summary

«Dios creó el mundo perfecto, pero se quedó sin presupuesto para los pobres. Bienvenidos a Alzkazopa, el reino donde un asesino desesperado busca la corona mientras un ángel vigila su caída.»

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prologo

“Puedes cambiar el mundo y aun así no perdonarte.

Y a veces la gente te elige no por quien fuiste, sino por lo que tu culpa te impide volver a ser. El mundo no busca tu mejor versión, sino la versión de ti que ya no puede hacer daño. Aunque el mundo a menudo confunde ambas cosas”

Prologo:

“Hermosa es la mariposa, pero está tan encerrada en un capullo para florecer que aún no ha visto la luz, no como antes. Ese capullo no puede abrirse por sí solo; se está comiendo el interior. Ojalá alguien venga y le haga un agujero para que pueda ver la luz, y quizás no muera adentro.”

Fausto caminaba hacia su casa. Hacía calor y la transpiración se le pegaba en la espalda, justo en esa línea entre la mochila y la camiseta. Pasó por una calle llena de carteles del Rey. Arrancó uno. El papel era de mala calidad y dejaba una película de polvo negro en las yemas de los dedos si lo sostenías por mucho tiempo.

Miró la lista. Estaba el número 25. Último. El papel decía que la lista era decreciente según quién era más popular. Él era el menos popular. Se quedó mirando el número 25 y sintió un ruido en el estómago, un “glorp” agudo, lleno de líquido y aire. Tenía hambre. Fausto tenía 22 años y vivía en este reino que Dios había creado hace cinco años como inicio al “plan perfecto” que buscó. La gente decía que era para “empezar de cero.” Todo muy bonito.

El cielo estaba azul. Un azul aburrido, plano. El pasto estaba verde y cortado parejo. Era un lugar de caricaturas donde cada uno tenía su propio dibujo. Era como estar en una caricatura japonesa feliz. Pero eso era en el centro, en Alzkazopa, donde el tren daba vueltas en círculos todo el día haciendo un zumbido eléctrico constante que, si prestabas atención, te taladraba el oído. Fausto ya ni miraba eso. Llegó a su barrio. Aquí el “diseño de Dios” se había quedado sin presupuesto.

Las casas eran cajas de ladrillo hueco sin revocar. Había olor a agua estancada mezclado con fritura vieja. Todas las casas tenían rejas. Rejas en las ventanas, rejas en las puertas, rejas en los patios. Parecían jaulas para gente pobre. Le temblaban las manos. Miró su casa, una estructura gris con manchas de humedad que parecían mapas de países que no existen. ¿Cómo voy a ser Rey si vivo en este basural? pensó. Se rascó el brazo. Tenía la piel seca.

Entró. Dentro, el aire estaba caliente y pesado. Sus padres estaban tirados en el piso, durmiendo en un colchón de dos plazas que tenía el forro descosido en una esquina, dejando ver la goma espuma amarillenta. Había tierra en los rincones, pelusas grises que se movían apenas cuando él abrió la puerta. La luz estaba cortada.

¿Para qué nos hacen vivir esto? pensó Fausto, sintiendo el sabor metálico del mate lavado que había estado tomando durante tres días.

"Dios es un pelotudo. Si bajás a la tierra para hacerme pasar hambre, sos un hijo de puta"

Fue a donde guardaba las cosas y agarró el arma. El metal estaba frío y tenía olor a aceite rancio. La había comprado para que no lo mataran los narcos del barrio. Ahora le pesaba en la mano. Le transpiraba la palma. Tengo que robarle a los ricos. Nadie hace nada. Soy candidato a rey, necesito comer. Nadie va a pensar que tengo hambre. Lo hago y listo. Vamos. Le empezó a temblar la pierna derecha, un tic nervioso que le daba cuando no comía. Se metió el arma en el pantalón.

Miró el sobretodo negro, que tenía olor a humedad. Salió a la calle. Miraba en todas direcciones. Se cruzó con un perro flaco que se lamía una pata lastimada. Fausto sentía que caminaba raro, como si tuviera que pensar cada paso: levantar el pie, mover la rodilla, apoyar el talón. No te tropieces, no te tropieces, se decía. Le picaba la cabeza bajo el gorro. Se rascó fuerte con las uñas sucias. Caminó siete minutos.

El cielo se puso gris oscuro, color asfalto mojado. Iba a llover y el aire olía a tierra. Llegó a la tienda. Eran las 7 de la tarde. No había nadie en la calle, solo el ruido del viento moviendo una chapa suelta en algún techo cercano. Por un instante, Fausto dudó. No era una duda noble ni heroica; era una falla del sistema. El crimen parecía una opción más en el menú de un día arruinado. Volver a casa significaba lo mismo de siempre: nada. Ni comida, ni padres, ni ese mandato gastado de ser amoroso como Dios manda. Dios, si existía, llevaba años sin dar señales. Ya le daba igual.

Empujó la puerta. El lugar olía a metal frío y a detergente barato, esa combinación que prometía limpieza pero nunca consuelo. Una melodía alegre flotó desde algún parlante viejo, una canción diseñada para tranquilizar a nadie en particular. Detrás del mostrador había dos mujeres. Una rondaba los cuarenta y cinco años; la otra, apenas veinte. Madre e hija, aunque Fausto no necesitó saberlo para entenderlo. Se sonrieron y se hablaron con la confianza automática de quienes todavía creyeron que el mundo era un lugar negociable. Cuando levantaron la vista y saludaron, lo hicieron con una cordialidad tan genuina que dolió. Fausto sintió esa emoción como algo lejano, mal descargado. La reconoció tarde. La extrañó. Fue un recuerdo sin fecha, una sensación que pensó que había archivado para siempre.

Levantó la mano y les devolvió el saludo. Un gesto educado, casi ridículo. Como si estuviera ensayando ser alguien normal. Caminó hasta los refrigeradores. Las puertas transparentes devolvieron su reflejo, partido por las luces blancas. Se quedó ahí, fingiendo elegir una bebida, mientras su cuerpo le suplicó que se fuera. Que saliera corriendo.

Que se quebrara. Que llorara como si todavía sirviera de algo. No quiero. No quiero, por favor. Cortenla. La felicidad ajena rebotó en su cabeza como un ruido insoportable. Pensó que iba a dar la mitad de lo que le dieran. Pensó que nadie merecía esto. Pensó que era un parásito, un idiota más que soñó con cambiar algo, pero que aún no se había cambiado a sí mismo. Su mano no respondió. El arma pesó más de lo que debería. Cada vez que intentó sacarla, su mente se vació, como si alguien apagara la luz justo antes del acto. Tembló. No de rabia. No de hambre. De miedo. Cuando finalmente gritó, su voz salió rota, amplificada por el pánico.

—¡Me van a dar todo el dinero que tienen! ¡Ya! —No hubo furia en el tono, solo una urgencia quebrada, aguda. En su cabeza, las imágenes de una vida civilizada, los modales, la paciencia, las filas ordenadas se disolvieron. Ahora solo existía el ruido blanco del miedo zumbando en sus oídos.

Las dos mujeres se congelaron, como si el aire alrededor se hubiera solidificado. La madre se movió. No fue un ataque, pero el miedo de Fausto distorsionó la realidad. Vio su mano bajar hacia el mostrador y el mundo se redujo a ese único movimiento. Va a sacar un arma, gritó su instinto. El tiempo se detuvo. Fausto quiso detenerse, quiso gritar “¡No!“, pero la orden ya había salido de su cerebro reptil. El dedo obedeció antes que la conciencia. El estrepito no solo se escuchó; le golpeó el pecho. No fue un disparo, fue una fractura en la realidad. La música alegre se cortó en seco, reemplazada por un zumbido agudo. Y entonces, la gravedad hizo el resto. La mujer no cayó como en las películas, de forma dramática y lenta.

Simplemente, sus piernas dejaron de funcionar. Se desplomó como un muñeco al que le cortan los hilos, golpeando el suelo con un ruido sordo, final. Fausto dejó de respirar. El olor a pólvora quemada, agrio y metálico, llenó el espacio minúsculo, borrando el aroma a detergente barato. Su mente se negó a procesar la imagen. Le di en el hombro, pensó, desesperado. Tiene que ser el hombro. Solo quería asustarla. Pero entonces el grito de la chica le taladró el cerebro.

No fue una palabra. Fue un sonido puro, animal, que le erizó la piel y le confirmó lo que sus ojos se negaban a ver. Se acercó. La boca abierta. La negación todavía está viva. No fue el hombro. Al fondo de la tienda había una puerta. Un cuarto pequeño, sin promesas. Fausto se aferró a esa salida como si fuera una idea brillante, como si hacer algo todavía pudiera deshacer lo anterior. Agarró a la chica y la empujó hacia allí. Ella no entendió nada.

Se resistió apenas, más por confusión que por fuerza. Cuando vio el arma, cuando comprendió que seguía cargada, se dejó llevar. Fausto no metió el cuerpo con ella. No pudo. No quiso que viera eso. No quiso que nada de eso existiera. La respiración se aceleró hasta marearlo. La música siguió sonando, puntual, indecente. A través de la puerta que intentó cerrar se escuchó la voz temblorosa de la chica: —La mataste, hijo de puta. Al oír esas palabras, el miedo lo alcanzó de lleno. La sensación de la piel fría de la chica se le quedó pegada en las manos, como un residuo imposible de lavar. Solo pensó en cerrar la puerta del lugar, en sellarla, en impedir que alguien entrara.

En su cabeza ya divagaba como en el reino, esas celdas sucias iban a permanecer bien abiertas a su llegada.

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