La condena del alféizar

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Summary

Después de perder a su esposa e hija en un accidente brutal, un reconocido general de policía queda consumido por el dolor, la culpa y los recuerdos de una vida que ya no existe. Meses después, despierta atrapado en una habitación silenciosa donde la luz no calienta, las puertas no se abren y el tiempo parece haberse detenido. Allí descubrirá que hay destinos peores que la muerte. Porque algunas personas no mueren… solo se convierten en sombras hechas de arrepentimiento.

Genre
Horror
Author
Juannin
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

La condena del alféizar

Nunca creí que esto pudiera pasar, pero pasó.

Y fue tan fugaz, tan enredado de emociones y sensaciones que apenas pude entenderlo cuando ya había terminado.

Hay cosas que uno hace sin saber por qué.

Cosas que siente sin querer sentir.

Fuerzas que se apoderan del cuerpo, del pensamiento, del alma, como si todo lo que uno cree controlar fuera, de repente, una mentira.

Estaba —o eso creo— de pie en el alféizar de la ventana, viendo la tarde caer lenta, casi perezosa.

Los rayos del sol atravesaban el cristal, iluminando la habitación como si quisieran devolverle vida a un lugar que ya no la tenía.

Una habitación que, aunque ahora se me antojaba irreconocible, todavía guardaba en algún rincón profundo de mí la sensación cálida de hogar.

Un hogar que conocía el sonido de las risas que llenan un invierno.

Un hogar que alguna vez abrigó a una familia.

La mía.

Y aun así, ese fue el día en que se me llenaron los ojos de lágrimas, lágrimas pesadas, gruesas, incapaces de caer sin desgarrar algo por dentro.

He visto cosas horribles —soy el general del departamento de policía de mi ciudad—, cosas que se clavan en la memoria como ganchos de hierro.

Pero nada, absolutamente nada, se compara a aquello.

El recuerdo vuelve una y otra vez, como si quisiera advertirme algo que ya sé, como si disfrutara de verme romperme.

El auto rojo… el regalo por el que tanto trabajé… aplastado bajo un camión de carga para los niños del orfanato.

El metal doblado como papel húmedo.

El vidrio hecho polvo.

El olor a combustible mezclado con algo más profundo, más triste.

Corrí.

Corrí sin pensar.

Corrí como si pudiera llegar antes de que lo inevitable sucediera.

El conductor del camión estaba vivo: una contusión leve, nada más.

Pero las personas atrapadas en el automóvil… esas voces distorsionadas por el hueco estrecho donde estaban comprimidas… esos gritos que no pude reconocer…

Ese sonido todavía vibra dentro de mí.

Llamé a una grúa.

Ordené levantar el camión.

No quería pensar quién podía estar dentro, pero ya lo estaba pensando.

Ya lo sabía, de alguna forma sucia e instintiva.

Cuando por fin lograron sacar a los heridos, dos cuerpos fueron llevados en camillas, cubiertos a medias con sábanas blancas.

Corrí para identificar a esas personas, para avisar a sus familiares.

Ese era mi deber.

Pobre imbécil.

Eran ellas.

Mis dos luces en medio del vacío.

Mi esposa.

Mi hija.

Y aún puedo oírla, aún la escucho como si estuviera viva…

mi niña, con su voz rota, diciendo:

—Papá, llegaste… ¿podemos jugar a las muñecas cuando volvamos a casa?

No sé qué me aplastó más: si el camión sobre el carro, o esas palabras sobre lo que quedaba de mi alma.

Ella no sobrevivió a la cirugía.

Tenía un pedazo de metal incrustado en el pecho.

La sacaron del quirófano en silencio.

Mi esposa murió antes, abrazándola, intentando recibir ella todo el impacto.

Intentando salvarla.

Las dos murieron creyendo que la otra viviría.

No volví a casa esa noche.

Ni la siguiente.

Esperé los cuerpos para despedirlas como merecían.

Como mis dos mundos.

Como las únicas luces que dejaban el resto en completa oscuridad.

Los días siguientes fueron una agonía tibia, lenta, pegajosa.

No dormí.

Las escuchaba: la risa de mi hija resonando donde no había nadie; la voz firme, dulce y cansada de mi esposa regañándome por no lavar la taza de café.

Giraba la cabeza.

Veía sombras.

Eran ellas.

O quería que fueran ellas.

Se desvanecían como humo apenas intentaba verlas de frente.

Pensé que estaba loco.

Luego pensé que me estaba volviendo loco.

Luego ya no pensé nada.

Viví unos meses más.

No sé cómo.

Y no sé por qué.

Pero lo irónico es que lo que yo no pude sostener con toda mi fuerza, lo sostuvo una simple cuerda de dos metros.

Noventa segundos.

Noventa segundos fueron suficientes para terminar con lo poco que quedaba.

Ahora estoy aquí.

La habitación está igual… y no está igual.

La luz entra pero no calienta.

El aire se mueve pero no lo siento.

Mis pasos no hacen sonido.

Intento abrir la puerta.

No se mueve.

Intento respirar.

No sé si respiro.

Intento hablar.

No se oye nada.

Me acerco a la ventana.

Estoy ahí.

Y detrás de mí… veo mi cuerpo.

Colgado.

Quieto.

Inmóvil como una fotografía que nadie quiere ver.

Al principio pensé que era una ilusión, una consecuencia de la falta de sueño, del trauma, de la culpa.

Me negué.

Me dije que no podía ser.

Me dije que esto debía tener una explicación racional.

Pero cuanto más intento tocar algo, cuanto más intento salir, cuanto más intento romper este silencio, más me doy cuenta de que no estoy vivo…

ni estoy muerto del todo.

No soy un fantasma.

Eso sería demasiado simple.

Lo que soy ahora es algo más cercano a…

una colección de errores.

Una sombra hecha de arrepentimiento.

Una presencia sin forma atrapada en el eco de su propio recuerdo.

He buscado por días —o lo que creo que son días— si hay un lugar al que ir, un sitio donde encontrarlas, un camino más allá de esta puerta.

No hay nada.

Solo un silencio espeso que me envuelve como un sudario frío.

Solo esta habitación, que ahora es cárcel.

Solo esta ventana, que ahora es castigo.

Solo estos recuerdos, que ahora son tortura.

Y me doy cuenta, finalmente, de algo que nunca quise ver:

No estoy aquí por la cuerda.

Estoy aquí por la decisión que tomé.

Y por la que no tomé.

Estoy aquí porque el dolor fue más grande que el amor.

O eso creí en ese instante.

Y así termina mi historia.

Y comienza mi condena.

Una que no tiene fin, porque no hay muerte para quien ya murió mal.