Una amarga despedida (Julio)
Querido H:
No me preguntes el por qué, no me busques, ni lo intentes. Ya no hay más, no puede haberlo. Lo sabíamos desde el principio, no debimos arriesgarnos. Quiero y no puedo olvidarlo. Tú me desconciertas, lo sabes. Esto se ha acabado, no está bien.
Pero el mayor problema de todo es que lo sabíamos; sabíamos las consecuencias, sabíamos lo que perdíamos. Y aún así lo ignoramos, nos arriesgamos. Fue bonito mientras duró, pero no podemos seguir así. Escondiéndonos, ocultándonos de las miradas curiosas, de los rumores desconcertantes. Besos robados, caricias disimuladas, miradas cómplices. Nunca fue más, no podía ser más. Si tan solo no te hubiese mirado ese día, si no hubiese descubierto el secreto de tus ojos verdes. Lo que después me esperaría.
Pero... ¿a quién engaño? Tarde o temprano hubiese pasado. ¿Crees en el destino? Yo sí, y pienso que estábamos destinados a eso y después todo me llevaría a esto. A escribirte una carta de despedida, con lágrimas en los ojos.
Todo fue como tú siempre me decías: “Una dulce tentación”. Pero ahora que lo pienso mejor, me doy cuenta de que quizás para ti solo fue un juego, tentación con todas las letras. Y todos sabemos que “Tentación” no es lomismo que “Amor”; son dos conceptos diferentes, y uno no lleva al otro. Por eso mismo, justo porque me doy cuenta de que tú lo sabías desde el principio, esto se acaba. Es el fin de la dulce tentación, de este hermoso error.
Hasta nunca.
May.
P.D Te amé.
El bolígrafo cae sobre la mesa de madera con un golpe seco, retumbando en el silencio hueco de la habitación. Me quedo observándolo durante un largo rato, con los dedos aun temblando por la fuerza con la que lo sostenía.
Silencio.
Solo el tic-tac incesante y rítmico del reloj de pared llena el espacio; un sonido que solía ser un murmullo de fondo, camuflando nuestros silencios incómodos y las respiraciones agitadas que compartíamos. Ahora resuena como un martillo golpeando un yunque, contando los segundos de mi nueva realidad. Todo lo que necesitaba decir —y todo lo que debí haber mantenido enterrado— está ahora grabado en este trozo de papel fino y frágil.
Doblo la carta con un cuidado agonizante y la meto en el sobre; mis movimientos son lentos, como si estuviera manipulando una bomba de relojería a punto de estallar. Lo sostengo con fuerza, con los nudillos blancos por la determinación.
Escribir esta carta, dejarlo todo atrás y abandonarlo a su suerte... ha sido duro; más difícil que dejar mi hogar hace cinco años, más difícil que empezar de cero en este pueblo. Pero no puedo dejar que ella salga herida. No estoy dispuesta a permitir que Clare pague por mis errores, incluso si eso significa romper mi propio corazón en mil pedazos irreparables en el proceso.
Mis pasos pretenden ser firmes mientras camino por la calle principal, sin embargo siento las rodillas temblar bajo la tela de mi pantalón de lino. El sol de la tarde comienza a caer, proyectando sombras largas y esqueléticas sobre el pavimento, como si fueran jueces que siguen atentamente mi camino. Paso por delante de la cafetería de mi tía, el lugar donde el aire siempre huele a granos tostados y canela; hoy ese olor solo me causa náuseas.
No, May. No mires atrás. No seas cobarde. Esto es lo correcto.
El buzón se alza en la esquina, un verdugo azul y oxidado que espera mi sentencia. Deslizo el sobre por la ranura, pero mis dedos se niegan a soltarlo. Me quedo allí, como una estatua de mármol, mientras el viento silba entre los árboles. Cierro los ojos, tomando una bocanada de aire profunda y temblorosa que me quema la garganta y, finalmente, suelto el agarre. La carta golpea el fondo con un golpe seco, como si realmente estuviera vacía y no contuviera mis sentimientos desbordados.
Eso es todo. El puente está quemado. No hay vuelta atrás.
No voy a casa, tampoco regreso a la cafetería; no me siento capaz de enfrentarme a los ojos afilados de mi tía ni a sus exigencias en este momento. En lugar de eso, me siento en un banco a esperar que llegue el cartero. Veo el mundo pasar, pero siento como si todo siguiera ocurriendo demasiado deprisa y yo fuera incapaz de cogerle el ritmo.
No soy consciente de si han pasado minutos u horas —no llevo mi móvil encima, ni siquiera reloj—, pero tras un lapso indeterminado de tiempo escucho las botas del cartero resonar por toda la calle. Es un hombre de rutinas, indiferente a las vidas que transporta en su carrito amarillo. Abre el buzón, recoge las cartas —mi carta— y se aleja sin dedicarle una segunda mirada. Sin ser si quiera consciente de que ahora porta mi dolor, mi sufrimiento, mis secretos.