PRÓLOGO
“El niño equivocado”
La lluvia golpeaba las calles del Callao como si quisiera arrancarles el cansancio a los trabajadores nocturnos. El olor a sal, gasolina y aceite quemado se mezclaba con el viento frío de la costa limeña.
Miguel Cruz secó sus manos ennegrecidas con un trapo viejo mientras ayudaba a su esposa beta a bajar de la mototaxi improvisada que un vecino les había conseguido.
—Resiste un poco más, Amelia… ya llegamos…
Ella apretó su mano entre contracciones, sudando, aterrada y feliz al mismo tiempo.
A varias calles de distancia, una camioneta negra de lunas polarizadas se detenía frente al mismo hospital.
—¡Llamen al director del hospital ahora mismo! —ordenó un escolta.
Dentro del vehículo, una omega de rostro delicado respiraba con dificultad mientras un alfa sostenía sus manos con desesperación.
Dos familias.
Dos mundos.
Un mismo destino.
Horas después, los llantos de dos recién nacidos rompieron el silencio de la madrugada.
—Es un alfa sano —anunció una enfermera.
En otra habitación: —Es un omega masculino.
Y entonces… ocurrió.
La enfermera observó primero la habitación humilde de los betas. Luego la suite privada improvisada para la poderosa familia Lancaster.
Su mandíbula tembló.
Toda su vida había visto lo mismo: alfas y omegas hermosos viviendo cuentos perfectos mientras los betas sobrevivían recogiendo migajas.
Sus dedos se cerraron alrededor de las pulseras de identificación.
Y en un instante de resentimiento… cambió el destino de dos niños.