¿Que estás haciendo?
La noche, arquitecta sigilosa, desplegaba su manto sobre la ciudad de Whitby, envolviendo cada rincón en un velo de misterio que susurraba promesas de ensueño y secretos que solo los insomnes podían percibir. En lo alto, las estrellas, diminutos faros suspendidos en la inmensidad del firmamento, centelleaban como cómplices silenciosas que custodiaban los secretos del cosmos. La luna, silenciosa barca de plata, navegaba el cielo y bañaba la ciudad con su luz espectral. Su resplandor se derramaba sobre la vasta extensión del mar, transformando la superficie oscura en un espejo danzarín donde el vaivén de las olas tejía delicados hilos luminosos. A lo largo de la costa, las luces de la ciudad resplandecían con una delicadeza casi etérea, como si estrellas curiosas hubieran descendido para descansar junto al océano.
Desde el horizonte, la brisa marina, fría y cargada del perfume salobre del océano, ascendía hasta el Skyview Serenity, encaramado en lo más alto del Hotel Luna Llena como un santuario de exclusividad suspendido entre las nubes. Su diseño elegante y sus amplios ventanales panorámicos ofrecían un abrazo visual que se extendía hasta abarcar todo el horizonte, donde el cielo, el mar y las luces de la ciudad se fundían en un lienzo tocado por un hechizo eterno.
Desde la majestuosa azotea de una de las suites, una figura solitaria se recortaba contra el disco pálido de la luna. Vestido de negro, con la seda ceñida a su cuerpo esbelto, aquel hombre parecía formar parte de la propia noche. El viento, tímido y cauteloso, rozaba apenas el borde de su larga chaqueta, como si incluso vacilara antes de atreverse a tocarlo.
Su cabello, una cascada de blanco impoluto, se agitaba con suavidad como nieve suspendida en el aire, creando un contraste deslumbrante con la oscuridad que lo envolvía. Sus ojos celestes, serenos como un lago en absoluta calma, parecían no reflejar nada y, sin embargo, encerraban una belleza imposible de ignorar.
Había en él algo que trascendía lo meramente humano, una luminosidad silenciosa que evocaba constelaciones lejanas y mundos inalcanzables. Su belleza, etérea y perturbadora a la vez, poseía esa rara cualidad de grabarse en la memoria con la misma inevitabilidad con la que una estrella deja su estela en la inmensidad del cielo.
Sus dedos, largos y pálidos, tamborileaban un ritmo irregular sobre la barandilla metálica, una percusión nerviosa que rompía la quietud.
—Qué hermosa noche... —murmuró.
De repente sintió cómo su teléfono vibraba sin cesar, reclamando su atención.
Sacó el aparato del bolsillo, la pantalla iluminando su rostro por un instante. La expresión sombría que lo había dominado hasta entonces se suavizó al ver el nombre.
Es ella...
Deslizó suavemente su dedo por la pantalla, llevándola a su oído.
—Hola… —dijo con suavidad.
—Cyrus, ¿ya estás en el hotel? —preguntó, la voz llena de alegría y preocupación.
—Sí… justo acabo de llegar.
—¿Por qué no me avisaste? Quería ir a recogerte.
—Lo siento… se adelantó el vuelo. Todo fue un poco rápido.
—Tenía tantas ganas de recogerte… ¿No quieres verme, Cyrus?
—Claro que quiero verte… pero no quería molestarte tan tarde.—añadió, dejando que un pequeño escalofrío de culpa pasara por su pecho.
—¡Qué cosas dices! —una risa ligera cruzó la línea—. ¿Crees que podría dormir con la emoción que tengo de verte?
—Lo sé… pero deberías descansar. Ya es tarde.
—Está bien, tú también ve a dormir. Pasaré a verte mañana por la mañana, entre las 8 y las 9.
—Buena noche.
—Aa, espera, no cuelgues.
—Dime...
—¿Has hablado con Edward?
Edward...
El nombre lo recorrió como un escalofrío. Solo escucharlo llenó su mente de caos, luces que quemaban, colores chillones que gritaban, movimientos excesivos, una cacofonía visual que lo desbordaba.
En pocas palabras, Edward era una contaminación visual.
—Cyrus, ¿estás ahí? ¿Pasa algo?
La pregunta lo trajo de vuelta al presente.
—Edward... sí, claro. Perdona, estoy agotado. El viaje... hablamos mañana, ¿sí?
—¡Espera! no cuelgues...
—Buenas noches. Nos vemos mañana —respondió, colgando suavemente, mientras un hilo de cansancio y alivio se entrelazaba en su pecho.
Se quedó fijo en la pantalla, mientras el viento, se convertía en un aliento helado que le calaba hasta el tuétano, arrancándole un suspiro que no sabía si nacían del miedo o de la promesa de lo inminente.
—Es bueno escucharte tu voz...
De pronto, la pantalla se iluminó nuevamente.
"Nuevo mensaje"
Lo abrió con un leve temblor en los dedos.
El calor que aquella voz había dejado en su pecho se extinguió al instante.
[Papá:] No hagas nada vergonzoso… te estoy observando
Apenas leyó el mensaje, un peso frío se instaló en su pecho. Sus ojos se tornaron grises, como si alguien les hubiera arrebatado todo su brillo.
No era la primera vez que lo sentía: la vigilancia silenciosa, la crítica implícita, la indiferencia disfrazada de autoridad. Por un instante pensó en borrar la conversación, en escapar de la imposición invisible que lo seguía incluso a kilómetros de distancia, pero su pulgar quedó suspendido sobre la pantalla.
"No hagas nada vergonzoso…”
La frase resonaba en su mente. No era solo una advertencia: era un recordatorio de que jamás podría sentirse libre bajo la sombra de una aprobación que nunca llegaría. Se sintió solo, a la deriva, preguntándose quién era realmente más allá de la fría mirada de su padre.
[Cyrus:] Tranquilo… no haré nada.
¿Qué podría hacer? Nunca hago nada si tu permiso.
Se apoyó en la barandilla, dejando que la altura y la soledad le recordaran lo pequeño que se sentía. Sus ojos se alzaron hacia la luna, cargada de preguntas que no sabía formular, como si esperara que la luz fría le diera alguna respuesta.
—Dime, madre… ¿No podría ser tan solo una persona normal?
El suspiro que siguió no fue un sonido, sino un gemido arrancado de sus entrañas, un chirrido áspero en la arteria misma del silencio. Desvio la marada al mar.
¿Acaso este es mi castigo?
Se quedó absorto en la inmensidad del paisaje, como si todo lo demás hubiera dejado de existir. El mundo se desvaneció a su alrededor hasta no quedar más que el murmullo del viento, entrelazado con el rumor constante del mar.
Uno… dos… tres…
Se inclinó un poco más hacia adelante, atraído por una llamada silenciosa y profunda, como si en la vasta oscuridad del océano existiera algo que lo convocara desde sus profundidades.
Cuatro… cinco…
—¿Qué estás haciendo?
La voz lo arrancó del abismo en el último instante, quebrando el hechizo que parecía envolverlo. Se detuvo de inmediato, quedando paralizado durante unos segundos. El número que seguía quedó suspendido en sus labios, incapaz de tomar forma.
El viento, que hasta entonces había sido una brisa suave, sopló con mayor fuerza, trayendo consigo el aroma salado y crudo del mar, como un presagio de lo indomable. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Sus dedos se aferraron con más fuerza a la barandilla, hasta que la presión volvió blancos sus nudillos.
¿Quién es? ¿Cuándo llegó? ¿Me habrá escuchado?
En lo alto del Hotel Luna Llena, la noche apenas comenzaba a desplegar los primeros actos de su verdadero drama. Y la oscuridad… no era más que el murmullo previo a la gran función.