Capítulo Único
El frío mármol del lavabo era un contraste cruel contra sus manos temblorosas. Draco Malfoy miraba su reflejo en el espejo roto, la imagen distorsionada parecía un retrato burlesco de lo que había sido. Sus ojos grises, ahora enrojecidos y hundidos, eran los de alguien mucho mayor que sus dieciséis años. «Esto no puede seguir así».
El aire estaba cargado con el olor a humedad y lejía, mezclado con el leve perfume de la colonia que aún llevaba, un vestigio de su vida pasada, esa donde los Malfoy eran intocables. Ahora, todo se sentía como una farsa. Su familia estaba en ruinas, sus días estaban contados, y la misión que el Señor Tenebroso le había impuesto pesaba sobre sus hombros como un yugo insoportable.
Apoyó ambas manos en el lavabo, inclinándose hacia adelante. Su cabello platino caía desordenado sobre su frente, y las gotas de agua que caían de su mentón parecían lágrimas, aunque no había llorado. No podía llorar. Si lo hacía, admitiría que estaba perdiendo el control. «Eres un Malfoy, no puedes romperte», se repetía como un mantra, pero la verdad lo asfixiaba: ya estaba roto.
La puerta del baño se abrió de golpe, interrumpiendo su espiral de pensamientos. Draco alzó la vista de golpe, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Allí estaba él, Harry Potter, con su cabello alborotado, las mejillas encendidas y esa mirada que siempre lo desafiaba. Pero esta vez, no había desafío en sus ojos; había algo más, algo crudo y peligroso.
―¿Qué haces aquí, Malfoy? ―preguntó Harry, su voz firme, aunque había un leve temblor en ella.
Draco se enderezó, alzando la barbilla en un intento de recuperar algo de dignidad. La rabia, siempre a flor de piel, se encendió en su interior. «Por supuesto que tenía que ser Potter», pensó con amargura. «Siempre tiene que entrometerse».
―No es asunto tuyo, Potter ―espetó, con más veneno del que pretendía.
Harry dio un paso hacia él, y Draco retrocedió instintivamente, sus dedos cerrándose en torno a su varita dentro del bolsillo de su túnica. «No puede saberlo, no puede saber nada».
―Sé que estás tramando algo ―dijo Harry, acercándose más. Su mirada ardía con una intensidad que hacía que Draco quisiera apartar la vista, pero no podía―. Te he visto, Malfoy. No eres el mismo.
Draco rió, un sonido vacío que rebotó en las paredes del baño.
―¿Y qué sabes tú de mí, Potter? ―escupió, sintiendo cómo su rabia se mezclaba con el miedo―. No tienes idea de lo que estoy pasando.
El silencio que siguió fue sofocante. Harry no respondió de inmediato, y eso solo aumentó la presión en el pecho de Draco. «¿Por qué no me deja en paz? ¿Por qué siempre tiene que intentar ser el héroe?».
―Tienes razón ―dijo Harry finalmente, con una calma que solo lo enfureció más―. No sé lo que estás pasando, pero sé que estás metido en algo oscuro. Y no voy a dejar que lo hagas.
Fue la gota que colmó el vaso. Draco sacó su varita con un movimiento rápido, apuntando directamente al pecho de Harry. Su respiración era errática, y sus manos temblaban.
―¡No te acerques a mí, Potter! ―gritó, su voz quebrándose al final.
Harry no retrocedió. Su varita también estaba en alto, sus ojos verdes clavados en los de Draco. La tensión era palpable, como si el aire mismo hubiera decidido contener la respiración.
Y entonces, todo explotó.
―¡Sectumsempra! ―gritó Harry, sin pensar.
El hechizo cortó el aire como un cuchillo, y Draco apenas tuvo tiempo de sentir el impacto antes de que el dolor lo atravesara. Cayó hacia atrás, su espalda golpeando el suelo húmedo. El calor de su propia sangre comenzó a empapar su camisa, y un grito ahogado escapó de sus labios.
«Esto es el final». Fue lo único que pensó mientras su visión se nublaba, el sonido del agua corriendo en el fondo mezclándose con los pasos apresurados de Harry acercándose.
Pero lo último que sintió antes de que todo se volviera negro no fue miedo ni odio. Fue algo más extraño: alivio. «Al menos, ya no tendré que seguir luchando».
***
El primer indicio de que seguía vivo fue el olor a pociones. Era un aroma fuerte, acre, y con un toque de hierbas que Draco reconocía al instante. «La enfermería». El pensamiento cruzó su mente como un rayo antes de que pudiera abrir los ojos.
El segundo indicio fue el dolor. Era un latido sordo en su pecho y costados, como si su cuerpo estuviera recordándole lo cerca que había estado del final. Intentó moverse, pero el simple acto de respirar le costaba, y el peso de las sábanas parecía una carga insoportable.
«Potter». La imagen del hechizo, del dolor, y del rostro de Harry flotó en su mente. No podía recordar mucho después de caer al suelo, pero sabía que había estado allí, junto a él. Había sentido su presencia incluso en medio de la oscuridad.
Abrió los ojos lentamente, parpadeando contra la luz suave que llenaba la enfermería. Todo estaba en calma, excepto por el sonido de las cortinas ondeando ligeramente y el rasgueo de una pluma en algún rincón. Giró la cabeza con cuidado, y lo vio.
Harry estaba sentado en una silla junto a su cama, la cabeza gacha mientras escribía algo en un pergamino. Sus gafas estaban ligeramente torcidas, y su cabello estaba aún más desordenado de lo habitual. Draco lo observó en silencio, sin saber si debía hablar o simplemente cerrar los ojos y fingir que no lo había visto.
«¿Por qué está aquí?». La pregunta le retumbó en la mente, acompañada de un torbellino de emociones que no podía controlar. Rabia, vergüenza, confusión... pero también algo más, algo que no quería nombrar.
―Estás despierto.
La voz de Harry lo sacó de su trance. Draco no se había dado cuenta de que había dejado de escribir y lo estaba mirando ahora, con esos ojos verdes que parecían ver más allá de lo que él quería mostrar.
―¿Qué haces aquí? ―preguntó Draco, su voz ronca, apenas un susurro.
Harry dejó el pergamino a un lado y se inclinó hacia él, con los codos apoyados en las rodillas.
―Quería asegurarme de que estuvieras bien.
Draco soltó una risa amarga que le provocó un tirón de dolor en el pecho.
―¿Bien? ―repitió, su tono afilado como una daga―. Claro, Potter. Estoy espléndidamente bien. Es difícil estar mejor después de que alguien casi te despedaza como a un trozo de carne.
Harry apretó los labios, sus ojos verdes llenos de algo que Draco no podía descifrar. Culpa, tal vez. O remordimiento. Pero Draco no estaba interesado en perdonarlo. No esa noche.
―No quería... ―comenzó Harry, pero Draco lo interrumpió.
―¡No querías! ―su voz era un susurro feroz, apenas contenido―. Por supuesto que no querías. ¿Pero eso cambia algo?
El silencio que siguió fue insoportable. Harry no se movió, no intentó justificarse. Solo lo miró, su rostro sombrío, como si cargara con el peso del mundo. Y por un momento, Draco quiso gritarle, golpearlo, hacer algo para romper esa quietud.
Draco desvió la mirada, incapaz de soportar la sinceridad en su voz. «Siempre tan noble, tan lleno de buenas intenciones». Era exasperante.
―No importa ―murmuró, fijando la vista en el techo―. De todas formas, estoy acostumbrado a que intenten matarme.
Harry se enderezó en su silla, y Draco sintió su mirada fija en él.
―¿Qué significa eso?
Draco cerró los ojos, deseando que Harry se fuera, pero al mismo tiempo... no quería quedarse solo. Había pasado tanto tiempo enfrentándose a todo en soledad, cargando un peso que nadie más entendía. Y ahora, por primera vez, alguien estaba allí.
―No tienes idea de lo que está pasando, Potter ―dijo finalmente, su voz apenas audible. ―Y no quiero hablar de ello contigo.
El silencio que siguió fue pesado, pero Harry no se movió. Draco podía sentir su persistencia, como si estuviera esperando que él continuara.
―Pero si quieres saberlo tanto ―continuó Draco, sin abrir los ojos―, todo se está desmoronando. Mi familia, mi futuro, yo mismo. Y tú... Tú no puedes hacer nada al respecto. Así que deja de intentar ser el héroe.
Cuando volvió a abrir los ojos, Harry seguía allí, mirándolo con una intensidad que lo desarmó.
―Vete ―murmuró finalmente, girándose hacia un lado para darle la espalda. El movimiento le dolió, pero no tanto como la presencia de Harry―. No necesito tu compasión.
―Tal vez no pueda arreglarlo todo, pero puedo estar aquí ―dijo Harry, su voz baja pero firme―. No tienes que enfrentarlo solo.
Draco no supo qué responder. Había algo en la forma en que lo decía, algo que parecía real, auténtico. Y por primera vez en mucho tiempo, permitió que una pequeña chispa de esperanza se encendiera en su interior.
No dijo nada más, y Harry tampoco. Pero esa noche, cuando el silencio envolvió la enfermería, Draco no se sintió tan solo como antes.
***
La enfermería estaba en penumbras cuando Draco abrió los ojos. Por un momento, pensó que estaba solo, que finalmente Potter había entendido que su presencia no era bienvenida. Pero no. Allí estaba, en la misma silla incómoda, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza inclinada hacia el suelo, como si estuviera debatiendo consigo mismo si quedarse o irse.
Draco no dijo nada al principio. En lugar de eso, lo observó desde la penumbra, sus pensamientos una maraña de emociones contradictorias. El enojo seguía allí, un nudo apretado en su pecho, pero ahora estaba teñido de algo más: agotamiento.
―¿Sigues aquí? ―Su voz rompió el silencio, áspera por el sueño y el resentimiento.
Harry levantó la cabeza de inmediato. Había algo en sus ojos, una mezcla de cansancio y terquedad, que hizo que Draco sintiera una punzada de incomodidad.
―No iba a dejarte solo ―respondió Harry, como si fuera lo más obvio del mundo.
Draco apretó los labios.
―¿Y qué te importa? ―replicó, su tono lleno de amargura―. No eres mi salvador, Potter. No necesitas jugar al héroe conmigo.
Harry no respondió de inmediato. En lugar de eso, se inclinó hacia atrás en la silla, cruzando los brazos sobre el pecho.
―Tal vez no, pero tampoco puedo fingir que no pasó nada.
Esa respuesta hizo que la sangre de Draco hirviera.
―¡Claro que no puedes! ―exclamó, olvidando por un momento el volumen de su voz. Se incorporó en la cama, ignorando el dolor punzante que recorría su torso―. Eres Harry maldito Potter, ¿no? Siempre tienes que hacer lo correcto, siempre tienes que ser el bueno.
Harry lo miró, sorprendido pero no intimidado.
―¿Por qué te molesta tanto que me quede? ―preguntó, con una calma que solo enfureció más a Draco―. No estoy aquí para mí. Estoy aquí porque...
Se detuvo, como si las palabras se le atascaran en la garganta. Draco lo miró fijamente, esperando, exigiendo una respuesta.
―¿Porque qué? ―lo presionó, su voz más baja pero no menos afilada.
Harry suspiró, su mirada bajando hacia sus manos.
―Porque me importa, Malfoy. Porque aunque no lo creas, no quería hacerte daño.
Draco sintió que su corazón daba un vuelco, pero se obligó a no mostrar nada. Era Potter. El niño que vivió. El chico que había rechazado su amistad. No podía... no debía creerle.
―Si realmente te importara, no estarías aquí, atormentándome con tu presencia ―murmuró finalmente, girándose hacia el otro lado de la cama.
Harry no respondió, pero tampoco se movió. Draco lo sintió allí, una constante irritante y desconcertante, hasta que el cansancio volvió a vencerlo.
***
La tercera noche, Draco ya no podía ignorar la presencia de Harry. Desde el momento en que la puerta de la enfermería se abrió y el sonido de sus pasos llenó el silencio, algo dentro de él se quebró. Había pasado todo el día debatiéndose entre la rabia y algo que no quería nombrar, una emoción que llevaba enterrada desde los once años, cuando Harry había rechazado su oferta de amistad con esa mirada desafiante que lo había dejado humillado.
Desde entonces, había intentado convencerse de que lo odiaba. Pero ahora, mientras lo veía acercarse, con ese brillo de culpa en los ojos verdes y las manos nerviosas escondidas en los bolsillos de su túnica, Draco se dio cuenta de que no podía odiarlo. Nunca había podido.
―¿No tienes mejores cosas que hacer? ―preguntó Draco cuando Harry se sentó en la misma silla de siempre. Su tono era más cansado que hostil, como si toda la fuerza de su enojo se hubiera desvanecido.
Harry lo miró, ladeando la cabeza.
―Probablemente sí ―admitió, con una pequeña sonrisa que no alcanzó sus ojos―. Pero estoy aquí.
Draco soltó un suspiro y giró la cabeza hacia el techo, fijando la vista en las vigas de madera.
―Eres insoportable, Potter.
Harry no respondió de inmediato, y por un momento, el silencio se instaló entre ellos. Pero esta vez no era incómodo. Era algo más. Algo que Draco no sabía cómo describir.
Finalmente, Harry rompió el silencio.
―No tienes que hablar conmigo si no quieres ―dijo en voz baja―. Pero estaré aquí, por si acaso.
Esa simple declaración hizo que algo dentro de Draco se aflojara. Había pasado tanto tiempo guardándose todo, escondiendo su miedo, su angustia, incluso su odio hacia sí mismo, que las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
―¿Qué haces cuando no tienes elección, Potter? ―preguntó, su voz apenas un susurro―. ¿Qué haces cuando todo lo que haces está mal y no puedes escapar?
Harry lo miró fijamente, sorprendido por el cambio repentino.
―¿A qué te refieres?
Draco cerró los ojos, incapaz de soportar la intensidad de esa mirada.
―El Señor Oscuro está en mi casa ―confesó, cada palabra un peso que lo aplastaba―. Mis padres están bajo su control. Si no hago lo que me ordena, los matará. Me matará.
Harry se inclinó hacia adelante, sus ojos verdes brillando con algo que Draco no pudo identificar.
―Draco...
―¡No me llames así! ―lo interrumpió, su voz quebrándose. Las lágrimas ardían en sus ojos, pero se negó a dejarlas caer. No frente a Potter―. No sabes lo que es vivir así. Tener miedo todo el tiempo. Saber que no tienes futuro.
Harry extendió una mano, pero no lo tocó. La dejó suspendida en el aire, como si temiera que cualquier movimiento pudiera hacer que Draco se desmoronara por completo.
―Tienes futuro ―dijo Harry, su voz firme―. No tienes que hacerlo solo.
Draco lo miró, sus ojos plateados llenos de lágrimas que finalmente no pudo contener. En ese momento, algo cambió. Harry ya no era solo el niño que lo había rechazado a los once años, ni el enemigo que lo había atacado en ese baño. Era alguien que estaba allí, que lo escuchaba, que le ofrecía algo que Draco había olvidado cómo se sentía: esperanza.
Esa noche, Draco habló. Le contó todo. Sobre la misión, sobre su miedo, sobre cómo no quería ser un asesino. Harry lo escuchó sin interrumpirlo, sin juzgarlo, solo estando allí. Y cuando finalmente terminó, cuando todas las palabras que había guardado durante meses se derramaron como un torrente, Harry hizo algo que Draco nunca habría esperado.
Draco vio cómo la mano de Harry, temblorosa, bajaba lentamente hasta descansar en el borde de la cama. Su mirada estaba fija en él, intensa y decidida, pero también llena de una vulnerabilidad que Draco no esperaba.
―¿Por qué estás aquí, Potter? ―preguntó Draco en un susurro, su voz rota por la emoción.
Harry se inclinó más cerca, tanto que Draco podía sentir su aliento cálido contra su piel.
―Porque no puedo dejarte solo ―respondió Harry, con una honestidad que lo desarmó por completo.
Y entonces sucedió. Fue Harry quien cerró la distancia, sus labios encontrando los de Draco en un movimiento inseguro pero lleno de intención. El beso fue suave al principio, como si ambos estuvieran probando el terreno, pero pronto se volvió más firme, más decidido. Draco sintió que algo se rompía dentro de él, una barrera que había mantenido erigida durante años, y en su lugar quedó una sensación de calor que lo envolvió por completo.
El sabor de Harry era una mezcla de dulzura y algo más profundo, algo que hablaba de todo lo que había guardado en silencio. Draco se encontró aferrándose al borde de la sábana, como si temiera que el momento se desvaneciera si se movía demasiado rápido. Pero Harry no se apartó. Sus labios se movieron con una ternura que lo dejó sin aliento, y cuando finalmente se separaron, ambos respiraban con dificultad.
―Esto no cambia nada ―murmuró Draco, aunque sus palabras carecían de fuerza.
Harry sonrió, una curva suave en sus labios que parecía iluminar la habitación.
―No, claro que no ―dijo, pero había algo en su tono que decía lo contrario.
Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Draco se permitió dormir con una sensación de paz que había creído perdida.
***
La cuarta noche, Draco no pudo evitar sentir un nudo de anticipación en el estómago. Algo había cambiado entre ellos. El beso de la noche anterior seguía fresco en su memoria, como un eco que se negaba a desvanecerse. Intentó convencerse de que todo había sido un impulso, un error que ambos podrían ignorar, pero cuando Harry entró en la enfermería esa noche, su corazón traicionero latió con fuerza.
Harry parecía diferente. Más tranquilo, pero también más decidido. Caminó directamente hacia la cama de Draco, y esta vez no se sentó en la silla. En lugar de eso, se inclinó ligeramente contra la pared, cruzando los brazos mientras lo miraba con esos ojos verdes que siempre parecían leerlo como un libro abierto.
―Hola ―saludó Harry, con una pequeña sonrisa.
―Hola ―respondió Draco, intentando sonar desinteresado, aunque sabía que fallaba miserablemente.
El silencio que siguió no era incómodo, pero estaba cargado, como si ambos estuvieran esperando a que el otro hablara primero. Finalmente, fue Harry quien rompió el silencio.
―He estado pensando mucho en esto ―dijo, su voz suave pero firme―. En nosotros.
Draco arqueó una ceja, intentando ocultar cómo esas palabras lo hacían sentir.
―¿Nosotros? ―repitió, como si la idea fuera absurda.
Harry rió entre dientes, un sonido bajo y cálido que hizo que algo en el pecho de Draco se apretara.
―Sí, nosotros. No finjas que no sabes a qué me refiero.
Draco desvió la mirada, sintiendo cómo el calor subía a sus mejillas.
―No sé qué esperas que diga, Potter.
―Nada ―respondió Harry rápidamente―. No espero nada. Pero necesito decirte algo.
Draco volvió a mirarlo, y el peso en el aire pareció intensificarse. Harry se acercó un paso, dejando que sus brazos cayeran a los costados.
―Siempre me has gustado, Draco. Desde que nos conocimos.
El corazón de Draco dio un vuelco. Abrió la boca para responder, pero Harry lo detuvo levantando una mano.
―Déjame terminar. Siempre me has gustado, pero nunca supe cómo acercarme a ti. Desde el principio, esa actitud tuya... fría, arrogante, siempre poniendo barreras entre nosotros. Me alejaste antes de que pudiera intentarlo.
Draco sintió un nudo en la garganta. Quiso protestar, decir que había tenido sus razones, que no sabía cómo ser de otra manera, pero las palabras de Harry seguían llegando como una corriente imparable.
―Y luego, todo lo demás... la rivalidad, las peleas. No ayudó. Pero nunca dejé de fijarme en ti. Nunca dejé de preguntarme quién eras realmente, debajo de todo eso.
Draco lo miró fijamente, incapaz de procesar lo que estaba escuchando. Harry Potter, su enemigo, su rival, el chico que lo había rechazado en el Expreso de Hogwarts hacía años, le estaba confesando que siempre había sentido algo por él.
―¿Por qué ahora? ―preguntó finalmente, su voz apenas un susurro.
Harry dio un paso más, quedando tan cerca que Draco podía sentir su calor.
―Porque no puedo seguir fingiendo que no me importas. No después de lo que me contaste anoche. No después de ver cuánto estás cargando solo.
Draco sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas, pero las parpadeó rápidamente. No quería llorar frente a Harry otra vez.
―No sé qué decir ―admitió, su voz quebrada.
―No tienes que decir nada ―respondió Harry, con una sonrisa suave. Lentamente, alzó una mano y la colocó sobre la de Draco, entrelazando sus dedos.
El contacto fue suave, pero lleno de significado. Draco lo miró, y algo dentro de él se rompió. Tal vez era el cansancio, tal vez el peso de todo lo que había confesado, o tal vez simplemente la necesidad de no sentirse tan solo. Pero esa noche, dejó caer todas las barreras.
―Quédate conmigo esta noche ―susurró, apenas capaz de creer que lo estaba diciendo.
Harry lo miró, sorprendido, pero asintió. Sin decir nada más, se sentó en el borde de la cama y luego se deslizó con cuidado bajo las sábanas.
No fue nada más que cercanía. Ninguno de los dos hizo ningún movimiento más allá de eso. Harry pasó un brazo alrededor de Draco, y por primera vez en mucho tiempo, Draco se permitió relajarse completamente. Se acurrucó contra Harry, sintiendo el latido constante de su corazón, y se dejó llevar por una paz que apenas recordaba.
Por primera vez, Draco no soñó con el peso de las expectativas ni con el miedo a lo que vendría. Solo soñó con el calor de un abrazo que prometía que no estaba solo.
***
La quinta noche, Draco supo desde el momento en que Harry entró en la enfermería que algo estaba por cambiar. Había algo distinto en su andar, en la determinación de su mirada. Draco se sentó más erguido en la cama, dejando a un lado el libro que había estado fingiendo leer.
Harry lo saludó con una pequeña sonrisa antes de sentarse en la silla junto a la cama, como lo había hecho cada noche anterior. Sin embargo, esta vez, el silencio entre ellos no era cómodo ni cargado de tensión; era expectante.
―Draco ―dijo Harry finalmente, rompiendo la quietud. Su voz era baja, pero firme―. Necesitamos hablar.
Draco sintió cómo un nudo se formaba en su estómago. Había aprendido en las últimas noches que cuando Harry adoptaba ese tono, lo que seguía era importante.
―¿Sobre qué? ―preguntó, tratando de mantener su tono casual, aunque sabía que sus manos traicionaban su nerviosismo al apretar la sábana con fuerza.
Harry inclinó su cuerpo hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas mientras entrelazaba las manos.
―Sobre lo que viene después de esto.
Draco arqueó una ceja, aunque su corazón comenzó a latir más rápido.
―¿Qué quieres decir con “después de esto”?
Harry lo miró directamente, sus ojos verdes brillando con intensidad.
―Quiero ayudarte, Draco. A ti y a tus padres. No quiero que tengas que volver a esa casa, ni a esa vida.
Las palabras de Harry lo golpearon como una ráfaga de aire frío. Durante años, había creído que no había salida, que su destino estaba sellado. Pero aquí estaba Harry, ofreciéndole algo que nunca había considerado una posibilidad: una forma de escapar.
―¿Cómo? ―preguntó, su voz temblorosa.
Harry respiró hondo antes de responder.
―La Orden del Fénix. Podemos esconderlos, a ti y a tus padres. Hay lugares seguros donde Voldemort no podrá encontrarlos.
Draco apartó la mirada, su mente trabajando frenéticamente.
―¿Por qué harías esto por mí?
―Porque no quiero que sigas sufriendo ―respondió Harry, su tono lleno de sinceridad―. Porque nadie debería vivir con ese peso. Y porque... porque me importas.
Draco cerró los ojos, sintiendo cómo sus emociones se agitaban dentro de él. Parte de él quería aceptar la oferta de inmediato, aferrarse a la esperanza que Harry le ofrecía. Pero otra parte estaba aterrada, paralizada por el miedo a las represalias, al futuro incierto.
―No sé si puedo hacer esto ―admitió, su voz apenas un susurro.
Harry se inclinó más cerca, hasta que sus rostros estaban a solo unos centímetros de distancia.
―No tienes que decidir ahora ―dijo suavemente―. Pero quiero que sepas que estoy aquí para ti, Draco. Pase lo que pase.
Draco lo miró, sus ojos grises encontrando los verdes de Harry. Había algo en esa mirada que lo hacía sentir que, tal vez, solo tal vez, no estaba completamente perdido.
―Gracias ―murmuró, sin saber qué más decir.
Harry sonrió, una expresión cálida y reconfortante que hizo que algo dentro de Draco se aflojara. Entonces, con una lentitud que le dio tiempo para detenerlo si lo deseaba, Harry se inclinó y lo besó de nuevo.
Fue un beso suave, casi casto, pero estaba cargado de promesas. Promesas de protección, de apoyo, de un futuro que Draco nunca había imaginado para sí mismo.
Cuando Harry se apartó, ambos se quedaron en silencio, pero no había necesidad de palabras. Todo lo que importaba estaba dicho.
Esa fue la última noche que Draco pasó en la enfermería. A la mañana siguiente, las heridas de su cuerpo estaban casi completamente curadas, pero las de su alma habían comenzado a sanar mucho antes, gracias al chico que había trastocado su mundo desde el momento en que se conocieron.
***
Después de aquella última noche en la enfermería, Draco nunca volvió a ver el mundo de la misma manera. Algo dentro de él había cambiado irremediablemente. Su corazón, que siempre había estado blindado por el orgullo y el temor, ahora latía con una mezcla de esperanza y vulnerabilidad que no había conocido antes. Harry había sido la chispa que encendió esa transformación, y aunque el camino que les esperaba estaba lleno de incertidumbre, Draco estaba dispuesto a enfrentarlo.
Los meses que siguieron fueron un torbellino de eventos confusos, una danza frenética entre el deber y el deseo, entre la supervivencia y la resistencia. El Señor Oscuro había intensificado su ofensiva, y cada día parecía acercarlos más a un abismo del que no había escapatoria. Draco aceptó la ayuda de Harry y la Orden del Fénix para proteger a sus padres. Lucius y Narcissa fueron escondidos en un lugar seguro, lejos del alcance de Voldemort, pero el precio de esa protección era alto. Draco no podía abandonar su papel en la guerra.
Convertirse en un espía para la Orden fue una decisión que no tomó a la ligera. Sabía que cada mentira que decía, cada mensaje que transmitía, lo acercaba más al borde de un precipicio. Voldemort era un amo despiadado, y Draco vivía con el constante temor de que descubrieran su traición. Pero en medio de esa tensión insoportable, estaba Harry. Su presencia era un recordatorio de que no estaba solo, de que había algo más allá de la oscuridad que los envolvía.
La guerra se intensificó, cobrando un precio que ninguno de ellos estaba preparado para pagar. Hogwarts, que había sido un refugio y un hogar para tantos, se convirtió en un campo de batalla. Las paredes que habían presenciado risas y aprendizajes ahora resonaban con gritos de desesperación y el eco de hechizos letales. Cada enfrentamiento dejaba más cicatrices, no solo en sus cuerpos, sino en sus almas.
Draco luchaba no solo contra los enemigos visibles, sino también contra los demonios internos que lo acosaban. Las noches se llenaban de pesadillas, de recuerdos de las decisiones que lo habían llevado a ese punto. Pero incluso en sus momentos más oscuros, encontraba consuelo en los ojos de Harry. Cada mirada, cada toque, era un recordatorio de que aún había algo por lo que valía la pena luchar.
El enfrentamiento final llegó casi tres años después, en un evento que parecía el clímax inevitable de una tragedia que había comenzado mucho antes de que ellos nacieran. La batalla en Hogwarts fue un torbellino de magia y caos. Draco, herido y agotado, apenas podía mantenerse en pie, pero sus ojos no se apartaron de Harry. Había algo casi sobrenatural en la forma en que Harry se movía, como si estuviera destinado a ese momento.
Cuando Voldemort cayó, el mundo pareció detenerse. Pero la victoria tuvo un precio. Harry también cayó, su cuerpo desplomándose en el suelo. Draco sintió que el aire abandonaba sus pulmones mientras corría hacia él, ignorando el dolor de sus propias heridas. El rostro de Harry estaba pálido, casi translucido, y durante un momento que pareció eterno, Draco temió que lo había perdido.
Durante días, Harry permaneció inconsciente. Draco no se apartó de su lado, velando por él con una devoción que no necesitaba palabras. Los medimagos trabajaron incansablemente para estabilizarlo, pero el daño que había sufrido era profundo, tanto física como mágicamente. Draco se aferraba a cada pequeño signo de mejora, a cada respiración que Harry lograba tomar por su cuenta.
Finalmente, Harry abrió los ojos, y el alivio que Draco sintió fue tan abrumador que apenas pudo contener las lágrimas. La guerra había terminado, pero el costo había sido devastador. Narcissa había sacrificado su vida para proteger a Draco y a Harry en un momento crítico. Fred Weasley, con su risa contagiosa, se había convertido en un recuerdo que dolía profundamente. Incluso Dumbledore, cuya presencia había sido una guía constante, había caído.
El mundo mágico se encontraba en ruinas, pero en medio del caos de la reconstrucción, hubo una decisión que tomó a muchos por sorpresa: Hogwarts reabriría sus puertas para permitir que los estudiantes que habían abandonado sus estudios a causa de la guerra pudieran completarlos. Draco y Harry, junto con muchos otros, regresaron para cursar su último año.
Volver a Hogwarts fue extraño, casi surrealista. Los pasillos que antes estaban llenos de vida ahora se sentían silenciosos, marcados por la ausencia de aquellos que nunca regresarían. Pero también era un lugar de sanación, un espacio donde podían empezar a reconstruirse, no solo como magos, sino como personas.
Una tarde, mientras caminaban por los terrenos de Hogwarts poco antes de la graduación, Harry se detuvo repentinamente. Draco lo miró, confundido, hasta que vio el anillo que Harry sostenía en sus manos.
―Sé que somos muy jóvenes aún para casarnos ―dijo Harry, su voz temblando ligeramente―, pero sé que quiero hacerlo algún día, si me das la oportunidad.
Draco se quedó en silencio, mirando el simple aro de oro. No era extravagante ni ostentoso, pero tenía un significado que iba más allá de las palabras. Representaba todo lo que habían superado juntos, todo lo que habían perdido y todo lo que aún podían ganar.
Con una sonrisa que apenas podía contener, Draco tomó el anillo y lo deslizó en su dedo. No necesitaban más palabras. En ese momento, mientras se miraban el uno al otro, supieron que habían encontrado algo que ninguna guerra, ningún dolor, podría destruir.
La reconstrucción del mundo mágico sería larga y ardua, pero con cada paso que daban juntos, Draco y Harry sabían que estaban construyendo algo más fuerte que cualquier hechizo: un futuro compartido.
***
El baño de prefectos estaba envuelto en un silencio casi solemne, interrumpido solo por el leve murmullo del agua que llenaba la enorme bañera de mármol. La luz de las velas flotantes proyectaba sombras suaves en las paredes, creando un ambiente íntimo y cálido. Draco estaba dentro de la bañera, apoyado contra uno de los bordes, con los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia atrás. Su cabello rubio, húmedo y alborotado, caía en mechones desordenados sobre su frente.
Harry llegó en silencio, pero Draco no necesitó abrir los ojos para saber que estaba ahí. Entró con cautela, cerrando la puerta detrás de él con un suave clic. Draco levantó la vista al escuchar los pasos familiares y sintió una calidez reconfortante en el pecho al verlo. Harry llevaba una camisa blanca y unos pantalones oscuros, pero su cabello alborotado y sus gafas ligeramente torcidas le daban un aire despreocupado que siempre lograba desarmar a Draco.
―Sabía que estarías aquí ―dijo Harry con una pequeña sonrisa mientras se acercaba―. ¿Qué haces aquí solo sin mí? ―preguntó Harry mientras se acercaba, dejando caer su túnica al suelo y comenzando a desabrocharse la camisa.
―Pensando ―respondió Draco con una sonrisa pequeña y algo melancólica―. Mañana dejamos este lugar.
Harry no dijo nada más, ingresando a la enorme bañera. En lugar de eso, se detuvo frente a Draco y levantó una mano para apartar un mechón de cabello rubio que había caído sobre su frente. Draco cerró los ojos ante el gesto, inclinándose inconscientemente hacia el toque.
―Mañana nos graduamos ―murmuró Harry.
Hubo un momento de silencio entre ellos, uno que no estaba lleno de incomodidad, sino de una tensión palpable, un entendimiento tácito de lo que estaba a punto de suceder. Draco abrió los ojos y lo miró, sus pupilas dilatadas, reflejando la luz de las velas.
―Harry... ―susurró, su voz apenas un aliento.
―¿Qué pasa? ―preguntó Harry suavemente, sus manos ahora descansando en la cintura de Draco.
―¿Sobre qué piensas? ―preguntó finalmente frente a él, lo suficientemente cerca como para que sus rodillas se tocaran bajo el agua.
Draco abrió los ojos y lo miró. La luz de las velas hacía que los ojos verdes de Harry brillaran de una manera que siempre lo dejaba sin aliento.
―Sobre nosotros ―admitió, su voz apenas un susurro.
Harry extendió una mano y la colocó sobre la mejilla de Draco, acariciándola suavemente con el pulgar.
―¿Y qué piensas? ―preguntó, su tono lleno de ternura.
Draco no respondió con palabras. En cambio, se inclinó hacia adelante y presionó sus labios contra los de Harry en un beso que fue suave al principio, pero que rápidamente se volvió más profundo y urgente. El agua se agitaba a su alrededor mientras se acercaban más, sus cuerpos buscando contacto en cada movimiento.
Harry dejó que sus manos se deslizaran por la espalda de Draco, explorando la piel húmeda con una mezcla de reverencia y deseo. Draco respondió envolviendo sus brazos alrededor del cuello de Harry, acercándolo aún más, hasta que no quedó espacio entre ellos.
―Harry... ―murmuró Draco contra sus labios, su voz temblando ligeramente―. Hazme tuyo esta noche.
Harry se detuvo, sus ojos verdes buscando los de Draco con intensidad.
―¿Estás seguro? ―preguntó, su voz cargada de preocupación y cuidado.
―Por favor ―lo interrumpió Draco, levantando una mano para tocar la mejilla de Harry―. No sé qué pasará después de esto. No sé qué nos espera fuera de estas paredes. Pero sé que te amo, y quiero que seas tú.
Harry cerró los ojos, inclinando su rostro hacia la caricia. Su corazón estaba latiendo con fuerza, no por nerviosismo, sino por la profundidad del momento. Cuando abrió los ojos de nuevo, había una determinación en ellos que hizo que Draco se sintiera expuesto y al mismo tiempo completamente seguro.
―¿Estás seguro de esto? ―preguntó Harry, sus manos apretando ligeramente la cintura de Draco.
Draco asintió, su mirada firme.
―Nunca he estado más seguro de nada en mi vida.
Harry tomó una respiración profunda, asimilando la importancia de las palabras de Draco. Luego, lo besó de nuevo, esta vez con una pasión controlada, sus manos moviéndose con lentitud mientras acariciaba cada centímetro de piel que podía alcanzar.
Después de un rato, Harry rompió el beso y tomó a Draco de la mano, guiándolo fuera de la bañera. Ambos salieron, dejando que el agua resbalara por sus cuerpos mientras se dirigían al borde, donde Harry colocó un par de toallas grandes sobre el mármol y lanzó un hechizo sobre la puerta del baño.
―Ven aquí ―murmuró Harry, ayudando a Draco a recostarse sobre las toallas antes de unirse a él.
El mármol frío contrastaba con la calidez de sus cuerpos, pero ninguno lo notó. Harry se inclinó sobre Draco, besándolo nuevamente mientras sus manos exploraban con más confianza, arrancando suspiros y gemidos de los labios de Draco, sus dedos deteniéndose en los remanentes de la cicatriz del Sectumpsempra. La maldición que los había unido.
―Eres perfecto ―murmuró Harry contra su piel, dejando un rastro de besos por su cuello y clavícula.
Draco arqueó la espalda, sus manos enredándose en el cabello oscuro de Harry mientras sus cuerpos se movían juntos en un ritmo lento y sincronizado.
―Por favor, Harry... ―susurró Draco, su voz quebrada por la emoción―. Te deseo tanto...
Harry levantó la cabeza para mirarlo, sus ojos verdes brillando con una mezcla de amor y deseo.
Harry no necesitó más confirmación. Se inclinó hacia adelante y capturó los labios de Draco en un beso profundo, lleno de todo el amor y la pasión que había contenido durante años. Draco respondió con igual intensidad, sus manos enredándose en el cabello de Harry mientras sus cuerpos se presionaban el uno contra el otro. Harry dejó un rastro de besos por el cuello y el pecho de Draco, cada toque arrancando suspiros y jadeos de los labios del otro.
Harry se detuvo un momento para mirarlo. Draco estaba radiante, su cabello desordenado y su pecho subiendo y bajando rápidamente. Sus mejillas estaban sonrojadas, y había una vulnerabilidad en sus ojos que lo hacía lucir casi etéreo.
―Eres hermoso ―murmuró Harry, inclinándose para besar su clavícula.
Draco dejó escapar un pequeño sonido que era mitad risa y mitad gemido.
―Y tú hablas demasiado ―replicó, pero sus palabras carecían de mordacidad.
Harry sonrió contra su piel antes de levantar la cabeza para mirarlo directamente.
―Si en algún momento quieres que me detenga, solo dilo, ¿de acuerdo?
Draco asintió, su garganta apretada por la emoción.
―No voy a querer que te detengas.
Con esa última promesa, Harry lo besó de nuevo, sus manos explorando el cuerpo de Draco con una mezcla de reverencia y deseo. Sus movimientos eran lentos y cuidadosos al principio, asegurándose de que cada caricia fuera bien recibida, pero la pasión entre ellos pronto se volvió imposible de contener.
El agua de la bañera reflejaba el movimiento de sus cuerpos, las velas parpadeaban, y el mundo más allá del baño de prefectos desapareció por completo. Esa noche, no había guerra, no había responsabilidades, solo dos jóvenes que se entregaban completamente el uno al otro, compartiendo un momento que quedaría grabado en sus memorias para siempre.
Cuando finalmente se recostaron juntos al borde de la bañera, con sus cuerpos entrelazados y sus respiraciones aún entrecortadas, Draco apoyó la cabeza en el pecho de Harry, escuchando los latidos de su corazón.
―¿Estás bien? ―preguntó Harry, su voz baja y cargada de ternura.
Draco asintió, cerrando los ojos mientras una pequeña sonrisa se dibujaba en sus labios.
―Más que bien.
Harry acarició su cabello, besando suavemente su frente.
―Te amo ―murmuró, y Draco sintió que su pecho se llenaba de una calidez indescriptible.
―Yo también te amo, Potter ―respondió, con un tono que era más afectuoso que burlón.
Esa noche, en el baño de prefectos, sellaron un capítulo de su historia que no necesitaba palabras para ser entendido. Era amor en su forma más pura, un refugio en medio de la tormenta.