El poder del cristal más fuerte: Ecos Lunares

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Summary

En la remota región de Moonareth, bajo el año 557 del Calendario Fragmentado, la magia reside en el corazón de los cristales elementales. Sato, un joven que solo conoce la vida tranquila de su pueblo, parte con la ambición de forjar su nombre como guerrero. Sin embargo, su viaje pronto se desvía hacia un abismo de peligros donde la gloria importa menos que el simple hecho de seguir con vida. Lo que comenzó como una búsqueda de gloria se transforma en una pesadilla de escala regional. Demonios sedientos de poder y una oscura organización que busca limpiar su pasado se han lanzado a la caza de tres cristales legendarios, reliquias cuyo inmenso poder elemental podría decidir el futuro de la región. Atrapado en este fuego cruzado, el joven no solo deberá sobrevivir a fuerzas que escapan a su comprensión, sino también a las crecientes sombras que amenazan con devorarlo desde su propio interior.

Genre
Fantasy
Author
Rudolfi0
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 0: Del fin al inicio.

Región de Moonareth, Año 567 del Calendario Fragmentado. “Reino Cristalino”.

En un escenario de caos y destrucción, se hacía presente el Reino Cristalino. Reino que alguna vez fue una tierra próspera, símbolo de unión y fuerza entre naciones, pero ahora... estaba en guerra. Todos los demás reinos habían caído. Solo quedaba uno en pie, y cada alma que aún respiraba luchaba con todo lo que tenía para evitar su caída.

Solo quedaban ruinas, humo y cadáveres de quienes, hasta hace unas horas, habían sido defensores de la esperanza.

El suelo estaba teñido de rojo. El cielo, cubierto por una bruma espesa, ocultaba por completo al sol.

En medio de aquel infierno, una mujer de cabello blanco, vestida con un traje negro y naranja, se encontraba arrodillada. Su brazo izquierdo sangraba y su respiración era entrecortada. En su hombro, un extraño emblema brillaba débilmente: el símbolo de una organización que aún luchaba por restaurar la luz.

La mujer alzó la mirada, confundida. Rota. Observaba los restos del campo de batalla como si su mente se negara a aceptar la verdad. A su alrededor, más personas con el mismo uniforme intentaban ponerse de pie. Algunos heridos, otros en completo silencio y muchos... sin vida.

Entonces, una voz la trajo de vuelta a la realidad.

—¡Capitana, aquí vienen!

Giró la cabeza y vio a una joven de cabello naranja corriendo hacia ella. Sus ojos, encendidos como fuego, transmitían la urgencia de lo inevitable. Su grito fue la única advertencia antes del desastre.

Una lluvia de flechas eléctricas cayó del cielo como un castigo divino. No hubo tiempo para gritar. Ni siquiera para dudar.

—¡Crea coberturas individuales, ya! —ordenó la mujer de cabello blanco con firmeza.

La otra asintió y, usando su Aura Superior, manipuló los escombros que la rodeaban. Trozos de piedra y metal se alzaron de inmediato, formando barreras improvisadas que cubrieron a cada uno de sus compañeros, incluyéndolas.

Por unos segundos, el estruendo cesó. Las coberturas resistieron lo peor del ataque. Y cuando el polvo se disipó, las barreras se desplomaron, revelando a los guerreros aún con vida... exhaustos, heridos, pero de pie.

Entonces, cayó.

Una figura descendió del cielo como una sombra maligna. Su energía azulada vibraba en el aire como un rugido contenido. Al tocar el suelo, provocó un cráter leve... y una presión que aplastaba el alma.

A su alrededor, otras cuatro figuras aparecieron con movimientos sincronizados. Su sola presencia bastaba para entenderlo: no eran humanos.

La mujer de cabello blanco se incorporó con dificultad. Su cuerpo temblaba, pero no de miedo... sino de furia, recordando la visión que tuvo hace muchos años.

—Tal como lo vi... todo esto estaba escrito —murmuró con voz baja, cargada de determinación—. Pero no dejaré que termine así.

—¡PREPÁRENSE! —rugió.

Y entonces, todos los guerreros con el emblema en sus brazos corrieron hacia el frente, gritando con una mezcla de dolor, ira y esperanza.

Las cinco figuras enemigas hicieron lo mismo.

Y así... comenzó el último combate.

Diez años antes...

Región de Moonareth, Año 557 del Calendario Fragmentado.

“Pueblo Hoja de Otoño”. (Territorio del Reino Gran Árbol)

En un pequeño pueblo ubicado en el remoto sureste, rodeada por colinas verdes y vastos campos de cultivo, vivía Sato, un joven de 18 años con una melena oscura como la noche y unos ojos negros llenos de determinación. Aquella mañana, los primeros rayos del sol se filtraban entre las hojas de los altos árboles que bordeaban el camino principal, tiñendo el pueblo con una luz dorada y cálida. El aire olía a pan recién horneado y a tierra húmeda, vestigios del riego matutino.

Las casas de madera, modestas pero acogedoras, estaban decoradas con macetas colgantes llenas de flores silvestres. El sonido de las aves despertaba a los pueblerinos, mientras los niños corrían, reían y lanzaban piedritas al arroyo que cruzaba el pueblo.

Sato caminaba por una de las calles principales, con paso firme y tranquilo, cargando un balde de leche en cada mano. Sus brazos, acostumbrados al esfuerzo diario, se movían con naturalidad. Vestía una camisa de lino clara, algo arrugada por la actividad, y un pantalón sencillo de trabajo. A pesar de la rutina, su rostro mantenía una expresión serena, casi alegre, disfrutando cada momento de aquella sencillez.

Al pasar frente a una casa, una abuela se asomó por la ventana.

—¡Buenos días, Sato! —gritó la abuelita con voz cascada, pero amable.

—¡Buenos días, señora Marla! —respondió él con energía, deteniéndose por un instante para dejar uno de los baldes en su puerta—. La leche de hoy está más fresca que nunca.

—Siempre tan trabajador —dijo la abuelita con una sonrisa—. Tu madre estaría orgullosa de ti.

Sato asintió, con una mezcla de gratitud y nostalgia en la mirada. Luego retomó su camino, saludando a otros vecinos que le dirigían gestos amables desde sus puestos de trabajo: el panadero que sacaba una nueva tanda de bollos al horno, el herrero que ya hacía resonar su martillo en la fragua, y una niña pequeña que le ofreció una flor a cambio de una sonrisa.

Así transcurrían sus mañanas, en una rutina que, aunque repetitiva, envolvía al pueblo en una armonía cotidiana y cálida.

Al caer la tarde, cuando el sol comenzaba a ocultarse tras las colinas y el cielo se teñía de tonos anaranjados y violetas, el pueblo se cubría con una luz suave y melancólica. Las sombras se alargaban, y una brisa fresca recorría las calles, agitando levemente las ramas de los árboles y las cortinas de las ventanas entreabiertas.

Sato caminaba por el suelo empedrado de la calle principal, con el último balde vacío en mano. El murmullo del arroyo cercano y los últimos trinos de las aves acompañaban su paso, mientras el cansancio del día se hacía notar en sus hombros. A pesar de ello, una sonrisa tranquila se dibujaba en su rostro. Había algo reconfortante en cumplir con su rutina, aunque su mente comenzaba a divagar hacia horizontes más lejanos.

Frente a él, la pequeña tienda de su amiga Tiya se alzaba más adelante, adornada con un cartel colgante con letras pintadas a mano que decían: “Productos frescos y algo más”. Al entrar, una suave luz cálida escapaba por las ventanas, y el aroma a hierbas secas y frutas dulces impregnaba el aire.

—Llegó el último —anunció Sato al entrar, dejando con suavidad el balde sobre el mostrador de madera pulida.

Tiya levantó la vista de unos frascos que estaba organizando en un estante. Su cabello castaño, recogido con una trenza desordenada, caía por su hombro mientras sus ojos brillaban con alegría al verlo.

—¡Buen trabajo, repartidor del mes! —dijo con una sonrisa traviesa, colocando un frasco en su lugar.

—Ja, ja... muy graciosa —dijo Sato, rodando los ojos con una sonrisa cansada.

—Hablo en serio —respondió Tiya mientras se apoyaba en el mostrador—. Eres muy responsable. La mayoría se quejaría de andar de casa en casa repartiendo leche, pero tú lo haces sin protestar. Y siempre llegas a tiempo.

—Bueno, no es tan terrible. Caminas, ves gente, respiras aire fresco... Aunque a veces los baldes parecen pesar el doble —bromeó él, estirando los brazos hacia atrás.

Tiya soltó una pequeña risa y luego tomó un trapo para limpiar el mostrador mientras hablaba.

—Sí, pero aún así, lo haces cada día sin quejarte. Yo me volvería loca si tuviera que recorrer medio pueblo todos los días cargando esos baldes.

—Supongo que ya estoy acostumbrado —dijo Sato, encogiéndose de hombros—. Además, si no lo hago yo, ¿quién lo haría? No quiero que la señora Marla se quede sin leche.

—Eres un buen tipo, Sato —dijo ella con una sonrisa genuina—. Siempre ayudando a todos, sin esperar nada a cambio.

Él desvió la mirada, sintiéndose un poco incómodo con el cumplido.

—Solo intento hacer lo que me toca.

Tiya dejó el trapo a un lado y lo observó en silencio por unos segundos. Luego, con tono sincero y suave, le preguntó:

—Nunca te lo había preguntado Sato, pero... ¿Tienes algún sueño? ¿Algo más que quieras hacer o lograr, más allá de repartir leche?

Sato la miró, sorprendido por la pregunta inesperada.

Tiya esbozó una sonrisa cálida y añadió:

—Porque yo creo que sí. Te conozco desde que éramos niños... y siempre he pensado que eres capaz de hacer grandes cosas.

Sato soltó una breve risa, incrédulo ante lo que acababa de oír.

—¿Qué dices? —dijo entre risas, sin poder ocultar su sorpresa.

Tiya apoyó los codos sobre el mostrador, con una expresión tranquila pero sincera.

—Eso que dije. ¿Cuál es tu sueño?

Sato abrió la boca, pero no respondió de inmediato. Bajó la mirada, pensativo, y luego soltó una risa nerviosa.

—No lo sé... supongo que nunca me lo había preguntado.

Tiya sonrió con amabilidad, sin presionarlo.

La conversación terminó con una despedida sencilla, pero la pregunta quedó rondando en la mente de Sato como un eco persistente.

Mientras la noche caía sobre el pueblo, Sato caminaba hacia su hogar. Las luces de las casas comenzaban a encenderse una a una, y el murmullo del viento acariciaba los árboles que bordeaban el camino. Las primeras estrellas se asomaban tímidamente en el cielo, y el aire se volvía más frío conforme caminaba.

El joven continuó avanzando en silencio, escuchando el crujir de la grava bajo sus pies. Llevaba las manos en los bolsillos y los hombros ligeramente encorvados, como si cargara con un peso invisible.

Ya en casa, repitió su rutina habitual: encendió la estufa, se duchó, preparó una cena sencilla y se sentó a comer en silencio. Pero las palabras de Tiya resonaban con fuerza en su mente.

“¿Tienes algún sueño? ¿Algo más que quieras hacer o lograr, más allá de repartir leche?“.

Aquella pregunta no lo dejaba en paz.

Más tarde, ya acostado, Sato giró en su cama una y otra vez, incapaz de encontrar descanso. Finalmente, suspiró con resignación y se levantó. Caminó descalzo hasta la ventana y abrió ligeramente la cortina.

La luna iluminaba los campos lejanos con una luz suave y plateada. El viento soplaba entre los árboles, haciendo que las hojas susurraran secretos olvidados. Todo el pueblo dormía, pero en su interior, Sato sentía que algo despertaba.

Se quedó mirando el paisaje, perdido en sus pensamientos, mientras las imágenes de su infancia regresaban a su memoria: historias de valientes guerreros enfrentando monstruos, salvando aldeas y luchando contra el mal... auténticos héroes.

—¿Y si pudiera ser uno de ellos? —murmuró, casi sin darse cuenta—. ¿Y si... estoy hecho para algo más que esto?

Bajó la mirada y apoyó la frente contra el vidrio frío.

—No sé si tengo lo necesario... pero tampoco quiero quedarme aquí toda la vida preguntándome qué habría pasado si lo hubiera intentado.

Cerró los ojos un momento, respirando hondo. En su pecho, el deseo de vivir una verdadera aventura comenzaba a latir con fuerza.

A la mañana siguiente, Sato se presentó en la tienda de Tiya con una bolsa de cuero colgada al hombro y con una vestimenta casual de viajero. Su expresión era decidida, y sus pasos firmes hablaban más que mil palabras.

Tiya, al verlo entrar, levantó una ceja con curiosidad y esbozó una sonrisa burlona.

—¿Y ahora qué? ¿También repartirás queso? —bromeó mientras acomodaba unas botellas sobre el mostrador.

Sato negó con la cabeza y se acercó con una chispa especial en los ojos. Había algo distinto en su mirada.

—La pregunta que me hiciste ayer me hizo pensar... —dijo con voz segura—. Y me decidí. Voy a cumplir mi sueño de pequeño, convertirme en un gran guerrero.

Tiya lo miró sorprendida. Luego rió con ternura.

—¿Te estás burlando? —preguntó Sato, fingiendo molestia mientras fruncía el ceño.

—¡No, no! —se apuró a decir ella, agitando las manos—. ¡me tienes impresionada, Sato! Nunca imaginé que tú, el repartidor estrella del pueblo, soñaras con convertirte en un gran guerrero. Es... inesperado —dijo, cubriéndose la boca mientras aún reía.

—¿Podrías decírmelo sin reírte? —replicó él, cruzado de brazos, con un tono de molestia.

Tiya respiró hondo, controlando la risa, y alzó las manos en señal de rendición.

—Tienes razón, lo siento. No me burlo de ti, de verdad. Solo que me tomó por sorpresa —hizo una pausa, bajando la voz con más seriedad—. ¿Y a dónde piensas ir?

Sato enderezó la postura y respondió con firmeza:

—Al Reino Gran Árbol. Me voy a inscribir en el Centro de Guerreros para empezar a batallar. Ahí es donde los grandes héroes comienzan su camino, ¿no?

Tiya lo miró con los ojos muy abiertos. Parpadeó un par de veces antes de soltar una pregunta simple pero directa:

—¿Sabes pelear?

La pregunta cayó como un balde de agua fría. Sato se quedó inmóvil unos segundos, mirando al vacío, como si la idea recién se le cruzara por la mente.

—No... —dijo lentamente, y luego, levantando el mentón con renovada determinación, añadió—. Pero puedo aprender.

Tiya se quedó en silencio, preocupada. Por un momento, pareció dudar, pero al ver la firmeza en los ojos de Sato, esa inquietud se desvaneció. Su expresión se suavizó y una sonrisa cálida se asomó en su rostro.

—Espera un momento —dijo con dulzura.

Sin decir nada más, se dio la vuelta y desapareció en la parte trasera de la tienda. Sato, curioso, esperó en silencio. Al cabo de unos instantes, Tiya regresó con algo en las manos: un collar con un cristal bicolor, mitad azul y mitad naranja. El colgante brillaba suavemente al reflejar la luz del sol que entraba por la ventana.

—¿Qué es eso? —preguntó Sato.

—Es un cristal que me dio mi madre. Significa mucho para mí. Es lo último que me dejó antes de fallecer, y es lo más valioso que tengo de ella... Quiero que lo tengas y lo lleves contigo en tu aventura.

Sato abrió los ojos con sorpresa y negó con la cabeza.

—No puedo aceptarlo. Es muy importante para ti.

—No te lo estoy dando —dijo Tiya, colocando el collar entre sus manos—. Te lo estoy prestando. Cuando cumplas tu sueño, me lo devolverás... y me contarás todo lo que viviste.

Sato dudó por un instante, pero al ver la sinceridad de Tiya, lo aceptó.

Cerró el puño con fuerza alrededor del cristal y alzó la mirada, asintiendo con determinación.

—Lo prometo. Gracias, Tiya... de verdad.

Tiya lo acompañó hasta la salida del pueblo. El camino, cubierto de tierra y bordeado por árboles y campos, se extendía hacia el horizonte, bañado por la suave luz del amanecer y el murmullo del viento entre los árboles. Allí, en el borde del pueblo, se detuvieron.

Sato bajó la mirada un momento, con una expresión entre agradecida y apenada.

—Gracias por todo, Tiya... y perdón por irme así, de la noche a la mañana. Sé que dejé el trabajo tirado...

Tiya negó con la cabeza, sonriendo con dulzura.

—No te preocupes. Ya trabajaste suficiente. Ahora es momento de abrir las alas y emprender el vuelo.

Entonces, sacó algo de su bolsillo y lo puso en las manos de Sato: una pequeña bolsa de cuero.

—Aquí tienes —dijo—. Son diez cristales de cobre. Tu sueldo del mes.

Sato la miró sorprendido y se negó de inmediato.

—No, Tiya... no puedo aceptarlo. Ya me has dado demasiado.

Pero al verla, sus palabras se ahogaron. Tiya tenía los ojos llenos de lágrimas, aunque aún mantenía esa sonrisa cálida que tanto lo reconfortaba.

—Por favor... acéptalo. Te ayudará en el camino. Y para mí es suficiente con saber que estás persiguiendo tu sueño.

Sato observó el rostro de Tiya con tristeza. Por un momento dudó en recibir el dinero, pero finalmente la tomó con cuidado, como si fuera algo frágil.

—Muchas gracias Tiya... —murmuró conmovido.

Tiya no respondió. En su lugar, dio un paso adelante y lo abrazó con fuerza.

—Te deseo lo mejor, Sato. Te estaré esperando cuando cumplas tu sueño.

Sato la rodeó con los brazos, cerrando los ojos por un instante.

—Volveré, Tiya. Te lo prometo.

Y con paso firme, se alejó por el sendero, dejando atrás su hogar... y dando el primer paso hacia el destino que lo aguardaba.

Con la luz del amanecer bañando sus pasos, Sato se alejó. Y así, comenzó su aventura.