Me salvó la vida porque no come carme muerta.

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Summary

¿Te gustaría saber como un psicópata tuvo miedo a su propio reflejo? Seguimos la historia del protagonista quién nos cuenta su relato hasta que se detiene repentinamente en cierto punto ¿por qué? es la cuestión. No te confíes demasiado porque yo no tengo filtros. Espero que tengas estómago fuerte.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1: Menciones del pasado.

Observación: Está es una obra ficticia, los nombres de los personajes son escogidos al azar y no representan ni difaman a nadie en la vida real. Algunos nombres de localidades, ubicaciones y lugares si son existentes y se escogieron únicamente para la coherencia y el realismo de la historia. Sin embargo no se afirma o sugiere que los acontecimientos mencionados se hayan dado en dichos sitios. Se menciona la advertencia de no practicar las acciones de riesgo para la vida mencionadas en el texto. El texto en sí puede describir escenas muy crudas y ser demaciado gráfico en cuanto sus descripciones. NO APTO PARA PERSONAS SENSIBLES. Tampoco está dirigido a menores de 18 años, puede que incluya lenguaje obsceno y la producción del contenido (la escritora) no se hace responsable de las acciones del lector que vaya mas allá de los escritos.

Modo de lectura: Las palabras en cursivas expresan: un acento distinto, un idioma diferente o un nombre real, mi compadre.

Los pensamientos dentro de las escenas se identificará con asterisco y cursiva *Lo sé, no soy estúpido*

mientras que los diálogos que pausan la narrativa se identificarán con líneas de guión a ambos lados. -espero que quede claro-

Los paréntesis () solo serán utilizados para explicar cosas técnicas para ayudar al lector a comprender mejor.

Adicional: Si desea el lector tener una mejor experiencia le sugiero poner música de fondo. -Personalmente tengo una playlist de Spotify para este tipo de escenarios, muy populares para los podcast de terror y los Creepypastas, aquí les dejo el link-

https://open.spotify.com/playlist/15zBCNAZWkk00kjkKDlqgq?si=MBAL4lGnT8uUK2QXOztJug&pi=zAwgz5NPSMiS5


Prólogo:

el dolor no empieza de golpe. O tal vez sí, pero cuando llega es tan fuerte que uno deja de distinguir entre el cuerpo y el resto del mundo.

Harry Murphy se quedó sentado en el suelo del pasillo con la espalda apoyada contra la pared. No podía respirar bien como si algo subiera apretado dentro de él como como si sus órganos quisieran salir de él por su propia voluntad. No sentía frío, más bien ardor que se expandía por su interior. Comouna garra que raguñaba desde dentro. -YumiWrites.


Una vez escuché la frase: “Eres lo que comes”, citaba el profesor de biología mientras sostenía un ají dulce, tan grande y rojo como una manzana; de hecho, eso parecía. Capicúa annuum, recuerdo, del género Capsicum frutescens, originario de Las Américas, con un área de origen nuclear situada en las laderas andinas de Bolivia y el sur de México. Particularmente me gustaban, y no solo por su dulzor; más bien era por el sonido, digámosle… carnoso, al masticarlo: un sonido húmedo y hueco, algo que no es igual al morder una manzana. Era ese matiz sensorial indescriptible lo que me resultaba reconfortante. De hecho, el sonido es muy similar a los efectos de sonido de Mortal Kombat, si sabes a lo que me refiero, claro.


Pero bueno, lo que mencioné al principio cobra más sentido si me das un momento para explicarte cómo fue que… ja, llegamos a este punto.




— ¡Alan! Es la segunda vez esta semana. ¿Qué está pasando con vos? ¿Será que usted no me está contando todo?

Grita la fastidiosa mujer de baja estatura, con esos ojos sumisos y una voz que, en constantes regaños, ya empezaba a enfurecerme.


—Perdóneme, mamá. Usted sabe que no busco problemas, pero si le tengo que dar a alguien una cucharada de su propio chocolate, sabe que lo voy a hacer.




—Ay, hijo, ya no me busques más problemas. Yo sé que usted es un muchachito vivo, pero, no quiero que en una de esas le den un mal golpe.




“Un mal golpe”, pensé. ¿Quizás fue eso lo que le provocó la hemorragia interna a Harry? No, debió ser la fibra de vidrio que mezclé con su comida: pequeñas cantidades, sí, pero constantes. Como sea, una cosa no me culpa de la otra.




—¿Y será que su marido vendrá hoy?


—Alan, no hable así. Si llega tarde es porque está trabajando, pero eso no le salva de la charla que tenemos pendiente sobre el incidente en la escuela.


—Sí, madre, discúlpeme. Voy a subir a mi cuarto.




En cuanto di la espalda, los músculos de mi cara se tensaron en un arco de desprecio. Creería que estos jóvenes americanos tendrían coraje, pero es mi culpa por hacerme expectativas. Si bien el tema de mi nacionalidad —colombiano, dominico-estadounidense— ya no será más motivo de burla o tabú, ahora tengo otros problemas con los que lidiar: problemas como Jordán Bell.




Recuerdo la primera vez que la vi: su pelo ondulado y castaño se movía como las olas del mar bajo la brisa de otoño; una piel rosa pálida; esbelta, aun siendo talla L; amigable, carismática, y todas las estupideces que tiene una chica estúpida de preparatoria. Pero había algo en su estúpida actitud que, más que incomodarme, me causaba… esa lástima que resulta graciosa: como cuando ves a alguien en su bicicleta siendo perseguido por un perro. Y esa lástima, para nada amarga, hubiera quedado como una observación a la distancia, una etiqueta mental para otro personaje NPC más de mi vida, de no haber sido por sus ojos: ojos sumisos.




Con una actitud para nada tímida, fue directamente hacia mí para preguntarme:


—¿Te gusta el béisbol?


—Esto es América, tú dime.


—Luces como alguien que juega baloncesto.


—¿Es porque soy negro?


—Jajá, no. Es por tu postura. ¿Me equivoco?




No sé cómo, pero terminamos hablando más de lo que suelo permitir. Ella era tan sutil al preguntar; sabía preguntar. Hacía las preguntas correctas. Ya, lo admito: fue bastante inteligente al sacarme plática con temas de los que soy experto. Aunque en su mayoría eran sobre mí, pero nunca preguntó por mi acento ni algo relacionado. A veces soltaba incoherencias que yo no demoraba en corregir, y esa mirada sumisa solo me observaba con las pupilas dilatadas, casi como si fuera a llorar, asintiendo como si yo fuera la personificación de la verdad.




Los días transcurrieron y las charlas se extendieron. Jordán siempre tomaba la iniciativa: iba a sentarse conmigo cuando me veía solo, me saludaba a la distancia, y algunas veces su mirada se encontraba con la mía —solo que esta estaba vacía, al estar sumergido en mis propios pensamientos—, hasta que despertaba, y lo primero que veía era esa mirada sumisa.




Nunca estuvimos en la misma clase; de hecho, yo estaba un grado más alto y solo me falta uno para salir de esa miserable escuela. Era evidente: yo le gustaba, y a mí no me molestaba. Solo que era una extraña relación, de dos personas que hicieron un acuerdo de convivencia tan rápido que se saltaron las partes de tomarse más tiempo para conocerse. Como cuando necesitas la ayuda de un desconocido y todo pasa tan rápido que olvidas preguntar su nombre; para entonces ya es demasiado tarde para preguntar: ambos saben que sería demasiado incómodo indagar por nombres a esa altura del juego. Así era nuestro trato.




Pronto, la distancia corporal se acortó. Había tenido alguna relationships antes, pero no concluyeron de la mejor forma. De todos modos, no me gustan los finales felices. La frase de sierre era: “Siempre eres tú, Alan”. Pero con Jordán… podía ser yo.