Zafiro

All Rights Reserved ©

Summary

Descripción --- Hay lugares que parecen hechos para esperar. El kiosco "El Abregú" es uno de esos. Abierto veinticuatro horas en un barrio de Mataderos, Buenos Aires, es el tipo de sitio donde la gente entra a comprar soledad en atado de veinte o a buscar un vino barato para olvidar. Pero también es el único lugar del barrio donde se consiguen discos de rock nacional escondidos en una cajita de madera, como un tesoro que no todos merecen encontrar. Ahí atiende Tomás, un pibe que aprendió a cuidar las cosas de su abuelo Lalo, un viejo de mandíbula cuadrada que conoció a Spinetta antes de que el Flaco fuera el Flaco. Ahí cae Zoé, una piba de ojos color caramelo y dedos mordidos, que entra a buscar un disco y se queda a buscar algo que ni sabía que había perdido. Esta es una historia de amor. Pero también es una historia de pérdidas. De kioscos que cierran. De viejos que se van. De hijas que nacen con nombre de piedra preciosa y se enferman de algo que no tiene nombre. De padres que venden su herencia para pagar quimioterapias. De madres que trabajan dos turnos y aprenden a dormir en sillas de hospital. No es una historia fácil. Pero es verdad. No pasó, pero es verdad. Porque hay amores que no se miden en años. Hay duelos que no se terminan. Hay niñas que se llaman Zafiro porque su bisabuelo quería un nombre que brillara aunque todo alrededor se apague.

Genre
Drama
Author
Dylan
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1


El último turno


El timbre de la puerta sonó con ese chirrido cansino que tenían todos los kioscos de barrio después de años de abrir y cerrar sin descanso. El 24, le decían los vecinos, aunque el cartel decía Kiosco "El Abregú" en letras rojas descascaradas. Tomás ni levantó la cabeza. Estaba limpiando la máquina de café con un trapo de mostrador, esa rutina de las dos de la tarde que repetía desde los quince años.


El kiosco era del abuelo. Un viejo de mandíbula cuadrada que abrió el negocio en el '89 convencido de que en un país donde todo cierra a la siesta, un lugar abierto todo el día era una mina de oro. Y no se equivocó. El padre de Tomás, contador público, nunca entendió por qué alguien querría tener un negocio abierto veinticuatro horas para vender discos que ya nadie escucha. Pero el abuelo Lalo le había enseñado cosas que no están en ningún plan de estudios: que la música no tiene horario, que la gente llora igual a las tres de la mañana que a las tres de la tarde, y que siempre hay alguien que necesita encontrarse con un disco en el momento justo. La madre de Tomás, profesora de historia del arte, siempre lo bancó. "Lo que hace tu abuelo no es vender música", le decía. "Es cuidar memoria".


Adentro del local hacía fresco. Las paredes estaban cubiertas de afiches viejos: Serú Girán, Los Redondos, Sumo, Soda Stereo. Un ventilador de pie giraba lento, moviendo el aire pesado de esa siesta de febrero en Buenos Aires. Afuera el cielo estaba plomizo, amenazando lluvia, pero todavía no largaba.


La piba entró con olor a tierra mojada y a ese perfume de vainilla que venden en las ferias. No llevaba paraguas. Tenía el pelo recogido en un rodete desprolijo, unos jeans gastados en las rodillas y una remera de los Redondos tan gastada que parecía heredada de algún recital del '89. Tomás levantó la vista justo cuando ella apoyó las dos manos en el mostrador -uñas mordidas, una pulsera de hilo rojo en la muñeca-.


-¿Tenés La Máquina de Hacer Pájaros? -preguntó. La voz le salió un poco quebrada, como si la pregunta fuera una excusa para otra cosa.


Tomás sonrió. No pudo evitarlo.


-El primero o el segundo?


Ella lo miró fijo. Ojos color caramelo, de esos que ya vieron demasiadas despedidas y aún así siguen preguntando.


-El segundo. Películas.


-Uf -Tomás silbó bajito, apoyando el trapo sobre el mostrador-. Ese es más difícil. Pero...


Hizo una pausa. La piba no le sacaba los ojos de encima.


-Pero tengo uno. Prensado original. Lo guardo atrás, no lo pongo en la vidriera porque si no me lo llevan puesto.


-¿Me lo mostrás?


Tomás asintió y se dio vuelta. Abrió la cajita de madera que el abuelo Lalo escondía entre los atados de Marlboro y los encendedores, detrás del mostrador. Los discos estaban ahí, envueltos en bolsas de plástico, como tesoros que nadie merecía encontrar por accidente. Rebuscó un momento y sacó uno. La tapa un poco gastada en las puntas, pero el vinilo impecable.


Cuando se dio vuelta, ella estaba justo atrás, tan cerca que sintió el olor a vainilla otra vez.


-Este -dijo Tomás, mostrándoselo como quien muestra una carta guardada bajo la manga.


Ella agarró la funda con las dos manos. Pasó los dedos por el borde, suave, igual que hacía el abuelo Lalo. Tomás sintió algo raro en el pecho, como cuando un disco viejo empieza a girar y antes de que suene la primera canción ya sabés que te va a gustar.


-¿Cuánto pedís? -preguntó ella, sin levantar la vista del disco.


-Prestado -dijo Tomás, antes de pensarlo.


Ella frunció el ceño y levantó la cabeza.


-¿Cómo?


-Prestado. Me lo devolvés cuando lo escuches. No hay apuro.


-No me conocés.


-Te conozco. Tenés los dedos de alguien que cuida las cosas.


Ella se quedó callada. Pasó los dedos por el borde del disco otra vez. El ventilador seguía girando. Un colectivo frenó en la esquina. El olor a café recién hecho se mezclaba con el de vinilo viejo y el de vainilla que ella traía pegada en la ropa.


-Me llamo Zoé -dijo ella, apretando el disco contra el pecho.


-Tomás.


-Tomás -repitió, como probando el nombre.


Afuera, finalmente, empezó a llover. Esa lluvia fina y pegajosa de Buenos Aires que parece que no va a mojar pero termina calando hasta los huesos. Zoé miró el agua, después el disco, después a Tomás.


-¿Y si llueve toda la noche?


-El kiosco está abierto. Dije veinticuatro horas.


Ella sonrió. Por primera vez, una sonrisa completa, de esas que arrugan los ojos.


-Entonces capaz vuelvo a buscarlo antes.


Y salió caminando despacio, con el disco apretado contra el pecho como un paraguas que no sirve para la lluvia pero sirve para otra cosa.


Tomás se quedó mirando la puerta un buen rato. Después agarró el trapo y siguió limpiando la máquina de café. Pero no pudo dejar de sonreír.


El abuelo Lalo, que había estado acomodando cajas en el depósito con la puerta entreabierta, asomó la cabeza con una sonrisa de oreja a oreja.


-¿Viste que te dije, pibe? -dijo, secándose las manos en el delantal-. Los sábados a la noche pasan cosas.


-No es sábado, abuelo. Es martes.


-Bueno. Los martes a la tarde también. El kiosco no entiende de días.


Y se fue silbando bajito una canción de Spinetta que Tomás no reconoció pero le sonó a domingo.


---