Capítulo 1: El cielo de ceniza
En el año 3001, la tierra de Takatuki no perdonaba a nadie. Las montañas escupían fuego sin descanso, y el cielo permanecía cubierto por una costra gris de humo que apenas dejaba pasar la luz. Respirar dolía. Vivir ahí no era una elección: era una adaptación o una condena.
En medio de ese infierno existía Daka, el hogar de los Fugoki. Sus cuerpos no eran como los de otros hombres: sus manos tocaban la lava sin consumirse, sus pies caminaban sobre roca ardiente, y sus pulmones filtraban el veneno del aire como si hubieran sido forjados dentro del volcán mismo. Nadie fuera de esas tierras entendía cómo sobrevivían, y los Fugoki no tenían ningún interés en explicarlo. Daka no aparecía en mapas; el humo la protegía, o quizá la ocultaba. Para el resto del mundo, simplemente no existía.
Esa noche, sin embargo, el fuego no era el único que dominaba el cielo.
Después de meses de sequía, la tormenta llegó sin aviso. La lluvia cayó con violencia, como si el cielo intentara apagar el mundo de un golpe. El agua golpeaba la roca al rojo vivo generando explosiones de vapor que envolvían la ciudad en una neblina espesa y silbante, mientras los truenos retumbaban con tal fuerza que se sentían en los huesos. Era una guerra entre elementos, y nadie había preguntado a los Fugoki si querían ser su campo de batalla.
Dentro de una cabaña apartada del palacio del Rey Tlar, el caos tenía otro nombre.
—¡Papá! ¡No va a llegar! —gritó Samyra desde el rincón, con los brazos cruzados sobre el pecho como si pudiera contener el pánico dentro de su propio cuerpo. Tenía la voz rota de tanto esperar.
Sery no respondió. Caminaba de un lado a otro frente al catre donde yacía Ugi, midiendo el cuarto con pasos cortos y tensos, sin apartar los ojos de ella. Ugi apenas resistía. Su respiración era un hilo, irregular y débil, y la sangre manchaba las telas improvisadas con una insistencia que no dejaba lugar para el optimismo. El calor del volcán ya no era suficiente para mantenerla consciente.
Afuera, algo crujió en las vigas. Parte del techo comenzó a gotear
—Aguanta —murmuró Sery. No supo si se lo dijo a ella o a sí mismo.
La puerta se abrió de golpe. El curandero entró empapado, cubierto de ceniza húmeda, con un maletín metálico apretado contra el pecho como si fuera lo único valioso en el mundo. No perdió tiempo en saludos.
—No hay pulso estable —dijo mientras examinaba a Ugi con manos que ya no temblaban porque lo habían visto todo—. Si no lo saco ahora, mueren los dos.
El silencio que siguió fue más pesado que la tormenta.
Sery miró al curandero. Miró a Ugi. Asintió.
El procedimiento comenzó de inmediato. Afuera, el viento golpeaba la cabaña como si quisiera arrancarla de raíz. Dentro, el curandero trabajaba con la precisión fría de alguien que ha aprendido a separar sus manos de su cabeza. Samarra se aferró a su propio silencio en el rincón, los ojos cerrados, los labios moviéndose sin sonido.
Entonces el bebé nació.
Pero no lloró.
Solo se escuchaba la lluvia golpeando la piedra.
Sery sintió cómo el tiempo se detenía. No metafóricamente: el mundo entero pareció aguantar la respiración junto con él.
—Respira —susurró el curandero.
Un segundo. Luego otro.
El llanto llegó, fuerte y vivo, y Sery dejó escapar el aire que no sabía que estaba reteniendo. Samarra abrió los ojos. Incluso el viento pareció ceder un poco.
Horas después, la tormenta empezó a retirarse. Ugi despertó, débil pero entera.
—Mi hijo —susurró.
Sery lo acercó con cuidado. Ella lo recibió como se reciben las cosas que casi se pierden: con las dos manos, sin respirar, como si el mundo pudiera arrebatárselo en cualquier momento. Lo acomodó contra su pecho y, por primera vez en toda la noche, sonrió.
El niño se movió. Buscó. Abrió los ojos.
El tiempo pareció romperse.
No había blanco en ellos. No había iris, ni pupila, ni reflejo de la lámpara. Solo oscuridad. Dos pozos negros que no devolvían la luz, sino que la absorbían, como si la claridad entrara en ellos y no encontrara el camino de vuelta.
Ugi dejó de respirar por un instante.
Sery retrocedió un paso, instintivamente, antes de poder pensarlo.
El curandero apartó la mirada.
—No puede ser —murmuró.
Afuera, un último trueno retumbó, y luego llegó el silencio. No el silencio ordinario del fin de una tormenta, sino algo más denso, como si el mundo entero estuviera escuchando.
—Si alguien lo ve... si el rey se entera... —empezó el curandero.
No terminó la frase. No hacía falta.
Sery miraba al niño. El bebé había dejado de llorar y lo observaba con una quietud que no correspondía a ningún recién nacido que Sery hubiera visto. No era la quietud del sueño ni del agotamiento. Era la quietud de algo que evalúa, que registra, que espera.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Y junto con él llegó una certeza imposible de explicar y difícil de sacudirse: ese niño no pertenecía al mundo que él conocía.
—Esto no debe vivir —dijo el curandero. Su voz no era cruel. Era, si acaso, asustada.
Ugi reaccionó antes de que nadie pudiera moverse. Apretó al niño contra su pecho con la fuerza que uno encuentra solo cuando no hay otra opción.
—No —dijo. Una sola palabra. Sin espacio para réplica.
Sery permaneció inmóvil. Los ojos negros del bebé seguían fijos en él.
Lentamente, extendió la mano y tocó la frente del niño. Estaba caliente, más de lo que debería estar ningún ser vivo recién llegado al mundo.
—Se quedará —dijo. No miró al curandero. No dudó—. Se ocultará entre nosotros. Nadie sabrá lo que es.
Samyra, desde su rincón, exhaló despacio. Era la primera vez en toda la noche que nadie le preguntó su opinión, y sin embargo fue la única que asintió en silencio, como si ya lo hubiera decidido antes que los demás.
Ugi cerró los ojos y abrazó al pequeño.
Sery respiró hondo.
—Su nombre será Hakkok.
Afuera, entre las últimas gotas de lluvia, el humo comenzó a levantarse de nuevo. Daka volvía a ocultarse detrás de su velo de ceniza, igual que siempre, igual que desde antes de que ninguno de ellos naciera.
Pero ya no estaba en paz.