1. Desapariciones - I
Mañana del 23 de marzo, Calabozos del cuartel de Balerno
Aún no creo todo lo que pasó. Fui tan estúpido, todo fue mi culpa y ya era demasiado tarde para maldecir mi egoísmo, el daño estaba más que hecho. Fue como si algo me hubiera impulsado a... ¡Claro que no! Fue por mi propia estupidez...
Es otro día aquí en el calabozo del cuartel. Es irónico cómo fui a parar al mismo lugar donde había puesto a varios malhechores, tomando en cuenta que no hay mucho crimen en Balerno. El único que he visto esta semana a parte de los carceleros fue al capitán. Esa vez, sólo me arrojó una mirada de lástima y decepción sin decirme una palabra. Yo era menos que un ser inmundo en su presencia.
Me pusieron en la peor de las celdas, al final de un pabellón oscuro y solitario, encadenado como un traidor de ambos tobillos. Extrañamente sentía mucha hambre, aún después de mis dos porciones diarias de pan y carne seca. No era que no estaba acostumbrado a pasar algún tiempo sin comer, pero nunca me había afectado de tal forma. Tampoco sentía frío, algo en ese lugar me había cambiado, empezaba a escuchar “susurros” de algún lenguaje que no entendía. En cuanto intentaba conciliar el sueño y aún con el hambre insensate, lo único que veía era... a todos ellos, en ese claro...
Desperté bruscamente cuando abrieron la celda, quizás hoy iba a ser el día de mi juicio. Los guardias me llevaron al mismo cuarto donde me interrogaron desde ese maldito día. Al entrar, estaba de pie un hombre alto, caucásico y de porte amenazante. Había otro hombre pálido sentado en una silla a la esquina opuesta de la mesa, vestía una gabardina con un sombrero negro y llevaba una libreta de cuero en la mano.
—Diga su nombre completo y rango —enunció el hombre alto.
—Sargento primero Augusto Leponte señor —respondí pálido. —Gracias sargento, tome asiento —dijo ofreciéndome la silla—. ¿Sabe por qué está aquí?
—Sí… sí señor —empecé a sudar—. Por la desaparición de mis subordinados, los cabos Lucas Perbor y Heinen Kaultz. También de... de lo que pasó después...
—Muy bien sargento, habla con Leopoldo Castellán, mariscal y comandante de Vastios —continuó el hombre con un tono más sereno—. Al fondo tiene al oficial Leyshander, quién llevará las anotaciones. Sargento Leponte, dada la gravedad de su situación, entienda que no le recomiendo mentir. Quiero que me dé con lujo de detalle y con exactitud, todo lo que recuerda del día diez de marzo en adelante. Empiece justo antes de la desaparición de los cabos.
Incliné la cabeza hacia atrás mirando al techo, respiré hondo y solté un suspiro. Miré al hombre con lástima, porque cada vez que cuento esta historia me hundo más y más en la tumba de la culpa.
—Mariscal Leopoldo y oficial Leyshander, sólo pido que no me juzguen enseguida por lo que están a punto de escuchar...
—¿No ha empezado y ya tiene exigencias sargento? —manifestó el mariscal con una mirada de desprecio—. Empiece de una vez y deje de imponer “exigencias”.
—Le pido disculpas señor —expresé torpemente—. Desde hace tres años, soy el encargado de las rondas del tercer turno, de nueve de la noche a seis de la mañana. Empezamos desde la plaza central hacia las murallas, alternando direcciones, siempre en grupos de dos. Hay un puesto de control en cada puerta principal, donde tenemos que registrar la ronda con los centinelas y avisarles de cualquier posible situación, incluyendo desvíos por las calles o rutas no programadas. En el raro caso de una emergencia, nos dirigimos a los puestos de guardia más cercanos para esperar refuerzos o enviar guardias al centro de mando.
—El diez de marzo, recuerdo que asigné a Lucas y a Heinen a patrullar la muralla este y sur, pasando por el distrito de Juncos y Alto Alba. Por mi parte, yo iba con el cabo Halmer Volkesh hacia la parte norte para cubrir también el distrito de Abarravón. Esa noche, no hubo mucho movimiento como era de esperar, así que subimos a la muralla alrededor de la una de la mañana. Desde allí vimos cinco carretas con el estandarte de Masol, era costumbre que durante todo este mes los comerciantes de ciudades cercanas especialmente los masolinos, nos visitaran de noche o madrugada para surtir las tabernas, ya que Balerno recibe mucha gente por el festival lunar del treinta de marzo. Masol es particularmente famosa por su cerveza de raíz y las tabernas de Balerno no escatimaban en comprarles grandes cantidades de barriles.
—Escoltamos las dos carretas hacia El Hurón Rojo, la gran taberna de Abarravón. Allí descargaron tantos barriles que perdimos la cuenta. Nos brindaron unas jarras, pero dije que aún estábamos de turno, aunque terminé aceptando por insistencia de Halmer. De vuelta a las puertas nos despedimos de los masolinos y regresamos a la muralla, eran ya las tres de la mañana. Bajamos a las cuatro para la ronda en Abarravón y a las cinco pasamos por el palacio del conde, terminando en el Cruce de Belengas. Ya eran las seis, así que nos detuvimos en la panadería de Guirome para desayunar.
—A las siete y media de la mañana y ya de regreso al cuartel, el capitán Mercer nos informó que ni Heinen ni Lucas se habían reportado en los puestos de control de la puerta sur y que ningún centinela de esa zona los había visto. Empecé a entrar en desesperación, me dio coraje y antes de que el capitán terminara, salí corriendo rumbo al distrito de Juncos. Escuché gritar a Halmer que me detuviera un momento, pero lo ignoré completamente. Ya me alcanzaría con las instrucciones del capitán.
—Disculpe sargento —dijo el oficial con la libreta desde la esquina del cuarto—, tomando en cuenta su repentina desesperación, ¿usted es amigo o familia de alguno de los desaparecidos o me equivoco?
—Ambas cosas, oficial —respondí sollozando—. Mire, conozco a Lucas y a Heinen desde la academia, hace unos diez años atrás. Nos volvimos buenos amigos desde entonces, incluso fui el padrino de Heinen en su boda y… también estoy comprometido con la hermana de Lucas.
—Entiendo, aprecio su honestidad sargento. Por favor continúe —indicó el oficial quitándome la mirada y apuntando en su libreta.
—Sí señor. Corrí con todo lo que pude a Juncos, pedí ayuda a unos colegas de las barracas de Alto Alba para cubrir la mayor parte de las zonas donde hubieran estado Lucas y Heinen. Antes que llegara Halmer con el capitán, ya éramos poco más de quince hombres dispersados por Juncos, Alto Alba y las murallas este y sur. Lo único que pensaba era en no regresar a casa con las manos vacías. Pregunté puerta por puerta, todas las tabernas, incluso interrogué a los centinelas. Dijeron que sólo marcaron en la puerta este a eso de las once y media de la noche. Ya eran las tres de la tarde y no había avances, ni pistas... ¡Era como si se hubieran esfumado en el aire!
—El capitán me pidió que fuera a casa a descansar ya que él se encargaría a partir de allí. Había emitido una orden de búsqueda en toda la ciudad y organizado patrullajes fuera de la muralla. Los familiares ya habían sido avisados, de hecho, cuando salí corriendo en la mañana, el capitán había enviado a Halmer para comprobar que no estuvieran en sus casas. Yo sabía que no era mi culpa, pero ¿qué podría hacer ahora?
—Antes de regresar a casa, pasé donde Karla, mi prometida y hermana de Lucas. Me recibió su madre, la señora Mariana, dijo que Karla y su padre estaban en la muralla sur ayudando en la búsqueda apenas fueron avisados. Karla me había dejado ese mensaje con su madre por si yo me presentaba allí. Contuve mi llanto, la abracé y le dije que no se preocupara, que yo iba a encontrar a Lucas cueste lo que cueste. Me propuse ir a la muralla sur de inmediato, pero Mariana me ofreció caldo antes de partir.
—Luego de comer muy rápido, salí a eso de las cuatro desde Barrio El Tejón y pasé por la casa de Heinen que estaba a pocas calles. Me topé con su hermano, Balten Kaultz, que iba saliendo en ese momento. Me dijo que ya estaban al tanto de lo sucedido y ahora toda su familia está en la búsqueda de su hermano y que él había regresado por unas provisiones para llevar a la muralla sur. Le conté que me dirigía hacia allá también, por lo que Balten me preguntó si sabía algo más, pero le dije que estaba igual que él, sin rastros. Mientras caminábamos, sugirió que, si no aparecían en la ciudad, podríamos buscar en el bosque. Aunque no se me había ocurrido esa idea, le dije que ninguno de los centinelas de las puertas los vio salir así que era poco probable, pero Balten insistió en que no descartara esa posibilidad.
—Balten y yo llegamos a las cuatro y media a la puerta sur y consultamos con los centinelas, mencionaron que la guardia había formado brigadas de búsqueda afuera de las murallas pero que hasta ahora no los habían encontrado. Firmé con el centinela y ambos salimos, aprovechamos que aún habían de dos a tres horas de luz, así que le dije a Balten que se adelantara con su familia mientras yo buscaba a Karla. Balten me dejó algo de comida y agua de sus provisiones por si lo necesitaba luego.
—No me encontré con Karla, así que decidí incursionar más al bosque y pasar la noche fuera de las murallas por si los veía. Me propuse buscar cerca del río Tánir, que está a poco menos de una legua de la ciudad. Tenía en cuenta eso que había mencionado Balten, pero algo no me terminaba de convencer, ¿cómo rayos salieron por alguna de las puertas sin ser vistos? ¿Acaso tenían algún asunto urgente fuera de la ciudad y se escabulleron por otro lado? ¿O es que aún seguían dentro de la ciudad esperando mi ayuda? Nada de esto me hacía sentido, pero tenía que hacer algo de todas formas.
—A dos leguas al sur de la ciudad y siguiendo el curso del Tánir, hay una vieja cabaña que usa la guardia de Balerno a veces como refugio. Está justo antes de entrar a la parte más profunda del bosque. No era sorpresa llegar y encontrar guardias o centinelas allí. Ya caída la noche, encontré la cabaña vacía, encendí la linterna y aseguré la puerta con la tranquilla. Me recosté un momento y no me di cuenta cuando caí rendido al sueño, naturalmente por no descansar en casi todo el día.
—Recuerdo que me despertó un ruido, cuando me levanté noté que había olvidado cerrar la ventana y soplaba una brisa fría que terminó extinguiendo la linterna. De pronto, escuché unas pisadas provenientes del oeste de la cabaña. Pensé en salir por si eran ellos, pero me detuve en seco, me levanté lentamente y miré por la ventana en esa dirección. Lo único que vi fueron arbustos moverse y pensé que, si hubieran sido Lucas o Heinen, ya ambos hubieran llegado aquí o tocado la puerta. Esperé un momento, encendí la linterna y salí de la cabaña empuñando mi espada, vi a duras penas unas huellas parecidas a las de un oso enorme. Regresé rápidamente, aseguré la puerta y cerré todas las ventanas; iba a esperar al alba para continuar la búsqueda.