Chapter 1
Capítulo 1: El desorden de los esquemas
Nunca fui de las que creían en el destino, ni en los hilos invisibles, ni en que una pantalla pudiera cambiarte la vida. En esa época, mi mente estaba ocupada con las clases de la universidad; caminaba con paso firme y el corazón blindado, sin buscar a nadie. Entonces apareció él. Estudiaba Medicina Veterinaria y le faltaban apenas dos años para incorporarse y empezar sus prácticas profesionales.Cuando nos citamos por primera vez, fui con el escudo de la friendship por delante. Si soy sincera, físicamente no era lo que me solía gustar de los hombres: llevaba el cabello largo hasta el cuello y tenía unos rasgos amazónicos muy marcados, una mirada profunda que parecía venir de la selva misma. Pero el tiempo, que es sabio y no pide permiso, empezó a desarmarme. Nos dimos cuenta de que compartíamos un universo entero en común.Un día, desafiándolo entre risas, le dije que si algún momento alguien quería ser mi pareja, tendría que pedírmelo de una manera muy especial. Y lo hizo. Con una nobleza que me derritió el escudo, creó ese momento para mí. Le di la oportunidad, sin saber que me estaba entregando a la historia que me marcaría para siempre.Capítulo 2: Un mundo menos cruelPasar el tiempo con Mateo era sumergirse en una magia pura. Estar juntos iba más allá de lo físico; hacer el amor con él era entrar en una dimensión mística. Cuando nuestras pieles se tocaban, el espacio alrededor parecía desvanecerse, el ruido del mundo exterior se apagaba por completo y quedábamos envueltos en una atmósfera casi sagrada, donde el tiempo dejaba de existir. Había una sincronía perfecta en cada respiración, en cada caricia, como si nuestros cuerpos recordaran una promesa antigua. Sentíamos que las barreras físicas se borraban por completo hasta volvernos una sola alma, una fusión de energías tan intensa y pura que nunca antes —ni después— volví a experimentar.Él tenía una sensibilidad oculta tras su cabello largo. Recuerdo las madrugadas en las que, con la respiración aún agitada y la complicidad a flor de piel, me cantaba al oído una canción de Manuel Medrano. Me miraba fijo, como queriendo tatuarme sus ojos en la memoria, y su voz arrastraba esas palabras: “Como tus manos sacudían todos esos problemas de mí y me hacían olvidar lo cruel que era el mundo…” Yo, sintiéndome desarmada por tanta verdad, le pedía que no me cantara eso, y él solo me respondía abrazándome más fuerte: “Es que así me siento”.Era nuestra canción. En medio de esa intimidad rebelde, él me decía entre risas —pero con una certeza que me calaba los huesos— que si el destino se torcía y las cosas no se daban entre nosotros, igual me buscaría para ser amantes, porque su cuerpo simplemente no sabría cómo olvidar el mío. Pero las prácticas profesionales lo llamaron lejos, y decidimos terminar. Así lo quiso él. Con el alma rota, dejé la universidad y me refugié en las clases particulares de inglés, soñando con irme del país para sanar la ausencia. Conocí a alguien más, intentando llenar el vacío, pero el hilo con Mateo seguía tenso en la distancia.Capítulo 3: El veredicto del destinoY entonces, volvió. Apareció con los ojos cargados de arrepentimiento, confesando que había sido un estúpido por haberme dejado ir y suplicando una oportunidad. El amor renació con un fuego tan limpio que en semanas ya diseñábamos el futuro: planeamos casarnos y elegimos los nombres de los hijos que vendrían. Si era niño, se llamaría Julián; si era niña, Judith. Estábamos tocando el cielo.Pero la vida real guarda reveses devastadores. Pocas semanas después, descubrí que estaba embarazada del chico con el que había estado antes de su regreso. Con el dolor más profundo de mi alma, sabiendo perfectamente que cada palabra significaba una despedida eterna, me paré frente a él y se lo dije. Esperé gritos, reproches, desprecio. Pero Mateo me entregó la prueba de amor más grande que he recibido: se quedó. Me acompañó durante todo mi embarazo, sosteniéndome la mano, dándome ánimos y cuidando mis pedazos rotos, aun sabiendo que cada día que pasaba nos acercaba al final.Capítulo 4: El escudo digitalNació mi hija y, tal como lo dictaba la fría lógica de la realidad, nos alejamos. Dejó de haber mensajes, llamadas, encuentros. Pasaron cinco años de un silencio absoluto. Hoy tengo mi hogar, mi pareja y mi rutina, pero el pasado se quedó congelado en un rincón sagrado de mi pecho. La prueba viviente es mi pequeña, que lleva el nombre de ese futuro que nos fue negado: Judith. Un homenaje silencioso que me acompaña todos los días.En esta era digital, sé que podría buscarlo en Facebook con un solo clic. Sé que ya debe ser un veterinario graduado. Pero no lo hago. He construido un escudo: prefiero vivir con la duda antes que ver una fotografía que me confirme que ya tiene otra familia, aunque imaginarlo me desgarre el alma. Prefiero quedarme con el recuerdo intacto del hombre que me amó con locura, que fue un caballero hasta el último segundo y que tal vez hoy sea un buen padre en algún rincón del mundo.Capítulo 5: Un hermoso caosAcepto que "ya fue". He aprendido a convivir con esta nostalgia que a veces me hace sonreír por lo vivido y otras me hace llorar por lo que no pudo ser. Si el destino decide cruzar nuestros caminos alguna vez, mi único deseo genuino es verlo feliz.Sin embargo, si soy completamente honesta con el papel, sé que la memoria de la piel no entiende de años ni de compromisos. Si el mundo, que a veces es ridículamente pequeño, nos pone frente a frente y él me pide una última noche, una última mirada para recordar lo bien que se sentía abrazarnos, sé que no lo dudaría. Sé que pasaría por encima de mi presente solo por volver a ser uno con él, aunque sea como una despedida definitiva. Sé que removería cimientos y destrozaría realidades, pero para dos almas que se quedaron suspendidas en una canción, eso no sería un error... sería, simplemente, nuestro hermoso caos.