Chapter 1
Había una vez, en un reino llamado Nubelland, una princesa. Su nombre era Nuvia. Era diferente, pero única. Todos en el reino la adoraban y su madre, la reina Nadia, la trataba como un tesoro maravilloso, como una joya frágil y brillante. Para ellos, Nuvia es el sol. Es la calma. Es la esperanza. Pero a pesar del amor que recibía, dentro de ella habitaba un vacío que no sabía explicar. Una sombra que no desaparecía, incluso cuando todo a su alrededor parecía perfecto.
Una noche, el reino celebraba el Día Lunar con un gran banquete. Todo el pueblo se reunía en la sala común del palacio, sentados alrededor de una larga mesa de madera blanca. Reían, disfrutaban de los platillos que solo podían probar en esa fecha, y danzaban al ritmo de una música que, según decían, la misma luna había elegido para ellos. Sin embargo, a pesar de la alegría que llenaba el palacio, había alguien que solo quería alejarse.
La princesa Nuvia observaba con calma cómo los demás se divertían. Incluso su madre, que solo solía mostrarse en noches como aquella, sonreía entre la multitud, dejándose llevar por la celebración. Pero dentro de Nuvia, la alegría no lograba entrar. Sentía el pecho extraño, como si algo ligero y pesado se hubiera instalado ahí sin pedir permiso. Su respiración era tranquila por fuera, pero por dentro parecía más lenta.
Sus manos descansaban sobre su vestido azul, frías, aunque el salón estaba lleno de calor y risas. Y en el fondo de su garganta habitaba un silencio que no era cómodo ni triste... solo vacío. Miró a su madre por última vez antes de salir del salón, dejando atrás la calidez y la alegría del pueblo. Afuera, el aire era distinto. Caminó entre las nubes blancas que rodeaban el palacio, y en ellas podía ver el reflejo de la luna llena: tan grande, tan lejana. La luna era todo lo contrario a ella. Mientras el cielo brillaba, Nuvia sentía cómo la oscuridad habitaba en su interior.
Y en el fondo, muy en el fondo, sabía que aquello no iba a cambiar, que esa sombra siempre encontraría la forma de quedarse con ella. Sin darse cuenta del rumbo que tomaban sus pasos, terminó frente a la entrada del Mundo Prohibido, aquel del que había escuchado historias oscuras y susurros temerosos por todo Nubelland. Decían que nada bueno habitaba allí. Que todo lo que cruzaba no volvía siendo lo mismo.
"Tal vez... ese mundo es perfecto para mí", pensó. Sus pies se detuvieron justo sobre la línea invisible que separaba ambos mundos. El aire ahí era distinto. Más frío, más oscuro, como si incluso el tiempo dudara en avanzar. Sus ojos miraron hacia atrás. El palacio seguía envuelto en luces y música. Su madre no había notado su ausencia. Nadie lo había hecho. Y por primera vez, Nuvia sintió que desaparecer sería fácil. Así que... cruzo la línea.
Al cruzar, el ambiente se volvió distinto para Nuvia. Era cálido, como el cariño que recibía de su padre antes de partir. La noche se volvió más hermosa. Única, como ella. Ya no era el lugar que todos temían. Ya no. Ahora, se convirtió en un lindo bosque. Los árboles estaban llenos de una vida de la cual Nuvia también añoraba. El sonido de los animales resonaba por el bosque, haciendo eco entre las zarzas. No eran simples espinas, sino dedos retorcidos que emergían de la tierra como si algo debajo respirara con odio. Se alzaban lentamente, crujían al estirarse, y cada una parecía buscar algo que atrapar.
Negras.
Vivas.
Hambrientas.
Algunas se enroscaban entre sí, formando muros imposibles. Otras se extendían como venas sobre el suelo, pulsando débilmente, como si la magia que las sostenía tuviera corazón propio. Quien se acercaba demasiado podía jurar que las zarzas reaccionaban. Y en lo más profundo de ese laberinto de espinas, donde la luz dejaba de tener sentido, algo más parecía respirar junto a ellas. Nuvia se acercó cada vez más, pero no las tocó. Se limitó a observarlas, una por una. Le fascinaba la forma en que se movían: sin reglas, sin nadie que les indicara cómo hacerlo. Le fascinaba incluso el sonido que emitían al rozarse entre sí.
De pronto, las zarzas se detuvieron. Nuvia no comprendía lo que estaba pasando. Miró a su alrededor, pero todo parecía igual, como si aquello fuera completamente normal. Cuando volvió la mirada hacia ellas, las zarzas se movían otra vez, pero ya no de la misma forma: ahora se abrían, creando un camino. Nuvia no dudó más. Caminó entre ellas, sin entender por qué.
El camino fue corto. Sin esperarlo ya se encontraba del otro lado del muro. Las zarzas se juntaron de nuevo, cerrando el camino, y así, creando un muro. El ruido de los animales y de las zarzas se detuvieron. Nuvia observó con detenimiento lo que había a su alrededor. El bosque había cambiado. Solo había pasto seco y rosas negras, casi marchitas. A unos pasos, había un castillo. Uno muy diferente al palacio de Nubelland. Este era oscuro, vacío y a la vez tan cálido.
Sus pies se movieron por si solos, como si ya conociera el lugar. Subió las escaleras antes de llegar a la puerta y abrirla. Sus pasos hicieron eco entra las paredes de madera negra. El castillo estaba lleno de polvo y suciedad. Pareciera que no había sido habitada durante un largo siglo. La luna seguía ahí, acompañándola. En las ventanas había imágenes: en una estaba ella con el cabello negro, largo y liso. Parecía un retrato de alguien que fue y es respetada. En otra había rosas negras como las que vio antes de entrar al castillo. Y por último estaba la luna en forma de diosa.
Dentro de aquel palacio oscuro y silencioso, habitaba una doncella. Su doncella. Aquella mujer que siempre ha estado a su lado, se encontraba al inicio de las escaleras, observándola desde el segundo piso. La mujer sonrió con levedad. Lo que tanto había deseado, por fin estaba ante ella. Lo que tanto le había rogado a la luna se cumplió. Caminó con una calma tenebrosa. Bajó las escaleras haciendo resonar sus tacones negros de punta fina. Nuvia, confundida giró su cabeza hacia las escaleras clavando sus ojos en la joven mujer.
La doncella se acercó a ella manteniendo esa sonrisa sobre sus labios rojos y dijo: "Bienvenida a casa, majestad"
Nuvia le sonrió de vuelta. Por fin, había encontrado el hogar que tanto estaba buscando. Que tanto había deseado. Ya no había reglas ni miradas esperando siempre lo mejor de ella. Ya no. Solo estaba la seguridad del que siempre había tenido en el pecho clavada en lo más profundo de su ser. Nuvia supo en ese momento que el miedo y el vacío, lo rota y lo confundida que estaba, ya se había ido. Había desaparecido. Porque su hogar no era ese castillo lleno de luz y alegría donde siempre esperaban lo mejor, sino que era ese bosque oscuro que todos temían, pero que ella amaba.
Nuvia no era la princesa de Nubelland. Nunca lo fue. Ella era la reina del Mundo Prohibido. La soberana del palacio de Lunaria. Y, por primera vez... estaba en casa.