Capitulo 1: El Hallazgo
Cuartel General del FBI – Oficina del Subdirector, Washington D.C.
Lunes, 23:34 Horas.
El Subdirector terminó de organizar los expedientes en los casilleros blindados de su oficina. El silencio del edificio a esa hora era absoluto, roto únicamente por el zumbido del aire acondicionado. Estaba a punto de alcanzar la puerta cuando el teléfono de su escritorio —la línea directa, la que solo conocían cinco personas en todo el país— comenzó a sonar.
«¿Quién carajos tiene este número?», pensó, sintiendo una punzada de frío en la nuca.
Regresó al escritorio y levantó el auricular. No dijo nada; esperó a que el otro lado hablara primero.
—¿Ho... hola? —La voz al otro lado temblaba, saturada de estática—. Necesito ayuda, por favor. He escuchado ruidos extraños en la casa de mi vecino.
El Subdirector apretó el auricular con fuerza. Un civil llamando a la oficina privada del segundo al mando del FBI para denunciar un problema doméstico no era un error de marcado; era una brecha de seguridad nacional.
—Señor, quédese donde está —respondió con voz gélida, manteniendo la calma profesional—. Enviaremos una unidad especializada de inmediato.
Colgó el teléfono. Estaba perturbado, y con razón. Un hombre en su posición no teme a los criminales, teme a la pérdida de control. Que un desconocido hubiera bypassado el conmutador central del Hoover Building significaba que el sistema había sido vulnerado desde adentro.
Barrio de Georgetown, Washington D.C.
Martes, 00:23 Horas.
Los Agentes Especiales Albert Williams y Jill Dixon bajaron del Crown Victoria negro. La calle estaba inusualmente desierta, iluminada por faroles que proyectaban sombras alargadas sobre el césped perfectamente cortado de las casas.
—¿Por qué el Subdirector no se molestó en pedirle el nombre al denunciante? —preguntó Williams, con un rastro de irritación en la voz mientras revisaba su arma reglamentaria—. Nos manda a ciegas a una zona residencial a medianoche.
Dixon observó la fachada de la casa, buscando señales de movimiento en las ventanas del segundo piso.
—Es posible que le preocupara más la brecha de seguridad que la denuncia en sí —respondió ella, con la mirada fija en la puerta principal—. Para alguien en su puesto, una llamada no filtrada es más peligrosa que un homicidio.
Williams se aproximó a la entrada con el arma en guardia baja, mientras Dixon inspeccionaba el jardín, donde la maleza ya empezaba a devorar los peldaños de madera. La casa tenía ese aspecto de abandono que hiela la sangre; no era una propiedad descuidada, era una propiedad olvidada.
—¿Hay alguien ahí? —la voz de Williams sonó profesional, pero tensa. El silencio que devolvió la casa fue absoluto, denso como el plomo.
Dixon soltó un suspiro de impaciencia, aunque sus ojos escaneaban las sombras con una agudeza que contradecía su tono.
—Por favor, Williams, ¿vas a quedarte ahí analizando el aire? A este paso es más fácil echar la puerta abajo y terminar con esto —soltó ella, aunque Williams notó un brillo de inquietud en su mirada cuando ella evitó mirar hacia las ventanas rotas del piso superior.
Williams no esperó más. Tras un último aviso al vacío, descargó una patada seca cerca de la cerradura. La madera cedió con un estrépito que pareció despertar a todo el vecindario.
Al ingresar, el haz de sus linternas cortó la oscuridad hasta detenerse en el centro de la sala. El olor los golpeó antes que la imagen: un cadáver, rígido y boca abajo. Tenía una perforación vertical en el abdomen, una herida quirúrgica y brutal que la posición del cuerpo mantenía sellada a presión.
Williams se quedó petrificado, incapaz de apartar la vista de la herida. Dixon, en cambio, rodeó el cuerpo con paso calculado, evitando pisar el fluido hemático que comenzaba a secarse en la alfombra.
—Williams, mira esto —dijo ella, señalando con la linterna una pequeña luz led que parpadeaba sobre una mesa ratona—. Un iPhone. Ochenta por ciento de batería.
Dixon se puso un guante de látex con un chasquido seco.
—Esta casa no tiene corriente eléctrica desde hace cinco años. ¿Cómo demonios se cargó este teléfono?
Residencia Abandonada, Georgetown.
00:45 Horas.
Dixon acababa de meter el celular en una bolsa de evidencias cuando el teléfono personal de Williams vibró en su cinturón. El identificador de llamadas no mostraba ningún número. Solo decía: S.D. (Subdirector).
Williams atendió, alejándose un poco del hedor que emanaba el cuerpo.
—¿Han podido asegurar alguna evidencia? —La voz del Subdirector llegó fría, filtrada por la estática de una línea que sonaba demasiado limpia.
—Es un desastre, señor —respondió Williams, frotándose la nuca con una mano enguantada—. Lo único que tenemos es un cadáver con una incisión vertical en el abdomen y un teléfono celular que no debería estar cargado.
Hubo un silencio del otro lado de la línea. Un silencio que duró tres segundos exactos, como si el Subdirector estuviera procesando una información que ya temía recibir.
—Salgan de ahí ahora mismo —ordenó el Subdirector, su voz ahora era un susurro autoritario—. Vuelvan a la oficina. Tenemos que hablar... y la noche apenas está comenzando.