Aflicción ; Luke Hemmings

Summary

Sabía que estaba mal quererlo, que posiblemente cuando muriera sería castigada horriblemente en el infierno, pero cuando lo veía a los ojos era algo que no podía evitar, una llama en el pecho que no se molestaba en apagarse. Que duraría toda la eternidad.

Genre
Romance
Author
Cari
Status
Complete
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Quizás me estaba volviendo loca. No encontraba otra explicación razonable para lo que sentía. Nunca me había sucedido algo así y el hecho de que estuviera ocurriendo justo en vísperas de la boda hacía todo mil veces más complicado.

Había crecido en una ciudad pequeña, esas donde todo el mundo se conoce, volviendo casi imposible mantener secretos. Por lo que, cada segundo que pasaba, sentía que el mundo se me caía a pedazos, temiendo que se descubriera todo. Que nos castigaran, que nos alejaran.

Fui criada bajo la religión católica, de modo que todos los domingos podía vérsenos desfilar por la plazuela hasta la iglesia, con pequeños velos cubriendo nuestros rostros. Éramos 5 hermanas: Angelique, Meribeth, Millicent, Destiny y yo, cada una con poco más de un año de diferencia y primaria terminada. A pesar de no pertenecer a una clase social alta, mis padres se habían esforzado para que aprendiéramos a leer, escribir, bordar, coser, cocinar y ser excelentes mamás.

El orgullo de la familia. Tan guapas, tan educadas, tan devotas a la iglesia. Se esperaba mucho de unas niñas tan pequeñas.

Apenas Angelique (la mayor) cumplió quince fue pedida en matrimonio por el hombre que era alcalde en ese entonces, pero ella estaba aterrada; aquel sujeto le triplicaba la edad y se había encaprichado desde tres años atrás.

Mi padre estaba encantado, por supuesto. El matrimonio traería prestigio a la familia, si alguien tan importante en la ciudad decidía casarse con la hija del humilde sastre Connery quizás nos traería suerte a las demás hermanas.

Sin embargo, mi madre no podía hacerle eso a Angelique. Una noche la ayudó a escapar, dejándola refugiada en el convento.

En ese entonces yo tenía doce años y nunca supe de quién fue la idea de condenar a Angelique de tal forma. Tanto mi padre como el alcalde enloquecieron, recuerdo horas de gritos interminables y una ocasión en que intentaron sacarla de ahí, pero la Madre Superiora no lo permitió y finalmente se rindieron.

Al año siguiente fue Meribeht quien contrajo matrimonio con él y hasta la fecha sólo la vemos en Navidad.

Cuando cumplí dieciséis y Millicent quince, comenzamos a recibir propuestas de matrimonio. Maestros, granjeros, universitarios, chicos que trabajaban haciendo las grandes construcciones que ahora rodeaban la ciudad, pasaban diariamente por el negocio de mi padre a pedir nuestras manos. A todos los rechazaba, con la excusa de que aún no cumplíamos la mayoría de edad, pero yo sabía que eso no le importaba; él quería para nosotras hombres con los que nunca fuéramos a sufrir, hablando económicamente.

Para mí era un alivio, a penas había hablando dos o tres veces con todos ellos. Y eso sólo porque mi padre nos había permitido trabajar en la sastrería con él.

Aunque no podía decir lo mismo de Millicent; estaba enamorada de un chico que vendía dulces en el mercado. Cada mes íbamos a comprarle caramelos solamente para que pudieran conversar cinco minutos. Al principio pensaba que era un simple capricho de mi hermana, cuando de repente empecé a notar que aquel dulcero pasaba todos los días frente a la sastrería mientras mi padre no estaba, ambos se escabullían juntos. Hasta que un día simplemente escaparon.

A consecuencia de eso, se nos prohibió a Destiny y a mí interactuar con hombres... Y con cualquier otra persona durante largos meses.

Odiaba el hecho de que el error de Millicent repercutiera en nosotras, por lo que pasaba día y noche peleando con mi padre, esperando que me dejara recuperar mi vida normal y que no estropeara la adolescencia de Destiny.

Para sorpresa de todas, el castigo desapareció de repente, justo a tiempo para asistir al baile que se ofrecería en la alcaldía.

El alcalde era cliente frecuente de la sastrería, por lo que toda la familia obtuvo invitaciones. Tenía un presentimiento extraño acerca de ello, pero no lo pude confirmar hasta que llegamos al lugar.

Era la primera vez que Destiny asistía a un evento de este tipo, por lo que se mostraba nerviosa y algo aturdida, aunque pronto se adaptó al baile junto conmigo. Nos divertimos por horas y, a pesar de sentir los pies cansados, seguíamos bailando con cada muchacho que nos invitaba. Hasta que nuestros padres nos llamaron, los acompañaba el alcalde y su hijo.

—Señores, ellas son mis hijas. Marion, la mayor y Destiny, la más chica. Con dieciséis y catorce años, respectivamente.

Comprendí de inmediato que la presentación era para el joven Ashton Irwin, quien tuvo los ojos puestos en nosotras todo ese tiempo.

—Marion, ¿quisiera bailar conmigo? —preguntó.

Por instinto volteé a ver a mi padre en busca de aprobación, quien asentía efusivamente detrás de él. Yo no podía emitir palabra alguna, así que en respuesta tomé la mano que me ofrecía.

Ashton era un joven bien parecido, alto y de porte elegante, con unos ojos verdes que ponían nervioso a cualquiera. Solía verlo cuando iba con su padre a la sastrería desde hace años atrás, pero yo no le prestaba atención, era demasiado mayor para mí. Incluso ahora.

Mientras bailábamos me habló sobre sus viajes al extranjero, su carrera universitaria y sus planes de casarse pronto. Sabíamos de él gracias a lo que contaban: era el hijo menor, se había ido del país para estudiar medicina, justo acababa de terminar, especializándose en medicina familiar. Siempre había sido un chico brillante, eso decían los que habían estudiado aquí con él. Y, con el dinero de su familia, era obvio que buscarían la mejor universidad para él.

Sólo no entendía por qué regresar a su pueblo natal a conseguir esposa, teniendo en cuenta que seguro conoció un montón de mujeres lindas fuera de aquí.

—¿Qué hay de usted, Marion? ¿Qué quiere hacer de su vida?

—Bueno... —pensé y pensé demasiado, ya que los últimos años me había hecho a la idea de que mi única misión era casarme y tener hijos, pero no quería hablar sobre eso; además, me daba vergüenza no tener nada interesante que contar después de todo lo que él había dicho—. Me gusta trabajar con mi padre.

—Claro, lo imaginaba. ¿Planea continuar con el negocio familiar?

—Por supuesto, me encantaría manejarlo, pero mi mamá siempre dice que cuando me case todo podría ser distinto. Ya sabe, las prioridades cambian...

—¿Así que le gustaría casarse?

El tema del matrimonio siempre fue incómodo para mí. Si bien mis padres llevaban casados toda una vida y parecía funcionarles, yo no podía evitar verlo como una obligación más que como un deseo.

Tragué saliva de repente, sintiendo cómo me recorría sudor por la espalda y las manos me comenzaban a transpirar. De inmediato lo solté, por vergüenza.

—Yo..., apenas cumpliré diecisiete; muchos dicen que ya debería tener como tres hijos, pero no sé... —sabía que el rostro se me había tornado color rojo y el tartamudeo no ayudaba en nada—. ¿Me disculpa un momento? Necesito aire fresco.

Sin esperar respuesta me apresuré a encontrar el jardín. Las veces que llegué a asistir a los bailes me sirvieron para explorar el edificio y encontrar lugares tranquilos por si quería alejarme un rato de todas las personas; el jardín interior era mi favorito, pues las noches frías ayudaban a que casi nadie se acercara ahí.

Llegué corriendo y en cuanto los zapatos tocaron el césped me dejé caer de rodillas. Los nervios, el baile, el vestido y la desesperación con la que tomé esa ruta de escape habían logrado hacerme suplicar por aire.

—Señorita, ¿está bien? —escuché por primera ocasión la voz que me perseguiría por el resto de mi vida. Quise contestar, pero a duras penas me fue posible controlar mi agitada respiración, por lo que simplemente asentí y al levantar la mirada me enamoré de sus ojos pequeños y su cabello ondulado.

Jamás había experimentado ese sentimiento, sólo escuchado sobre él. Esperaba que algún día llegara un hombre que me hiciera sentir que el tiempo se detenía... Un amor que me diera el valor para dejarlo todo atrás. Y esa noche sentí que lo encontré.

—Sí —respondí—, sólo necesitaba un poco de aire fresco. Es abrumador allá adentro.

—Ni que lo diga —me dio la razón, ofreciéndome una sonrisa—. Acabo de llegar a la ciudad, el alcalde me invitó personalmente. Tenía la impresión de que este era un pueblo chico, pero cuando entré en el salón y lo vi lleno de gente... —soltó un suspiro—. Quizás me equivoqué, ¿cierto?

—No sabría responderle —contesté apenada—. El alcalde suele tener invitados de todas partes y, como sabrá, el baile es en honor a su hijo; estuvo fuera del país varios años, no dudaría en que trajo consigo muchos amigos.

—Ya veo —volvió a sonreír. Apartó la mirada y siguió concentrado en lo suyo.

Evitaba lo más posible verlo a la cara de nuevo, pero de vez en cuando le echaba una que otra mirada. Había algo en él que parecía distinto a los demás, una sensación pacífica y atractiva que lo rodeaba. Llevaba puesto un suéter y un par de pantalones color beige; no decía nada, sólo veía hacia el salón donde se encontraba toda la gente bailando.

—¿Qué hace usted afuera? —pregunté, pues realmente me causaba curiosidad.

—Sentí extraño no conocer a nadie, pensé que el baile sería mejor si lo veía desde aquí.

Señaló con el mentón, provocando que volteara la mirada hacia donde él. En parte tenía razón, todo parecía sacado de una escena de película, con las personas vistiendo sus mejores prendas y la música alegre sonando hasta afuera.

—¿No baila?

Volteó a verme, con una sonrisita dibujada en los labios, y negó con la cabeza.

—Debo admitir que no soy muy bueno, ¿qué hay de usted?

—Me encanta. Lo cierto es que en fiestas así bailo hasta que ya no puedo más. No es complicado, ¿sabe? No la mayoría del tiempo, sólo debes moverte al ritmo que están tocando. Los bailes típicos sí toman un poco más de tiempo, pero a los foráneos se les perdona.

Él soltó una risa, manteniendo los ojos fijos en mí. Tan azules, como el agua cristalina, como estar viendo el cielo en las mañanas. Me dio un vuelco el corazón. Supuse que yo le gustaba también, había visto la manera en que los muchachos que querían casarse conmigo me veían; aunque pronto se me borró el pensamiento.

Era una locura.

Pero la tensión entre nosotros era palpable. Me cosquilleaba en el pecho, me dejaba sin aliento. Lo escuché tragar saliva repetidamente, como si estuviera nervioso. Y, a pesar de que desviaba la vista un montón de veces, siempre regresaba a mirarme. Así como yo a él.

Me hubiera gustado que me invitara a bailar, pero lucía más decidido a quedarse afuera que a entrar. No sabía de qué hablarle, nunca fui buena conversando y parecía que él tampoco, por lo que permanecimos en silencio durante minutos, sólo viendo la inmensidad del cielo nocturno. Hasta que divisé a mi padre dentro del salón, dando vueltas para buscarme. Y a Ashton Irwin platicando con Destiny y mamá.

—Tengo que regresar, seguro mis padres me buscan —dije.

—Entiendo. Fue un placer conocerla...

Él arqueó un poco las cejas, como esperando una respuesta, la cual no dudé en darle.

—Marion Connery.

—Luke Hemmings, para servirla.

No supe reaccionar, sólo me fui, deseando poder alejar de mi mente el vivo recuerdo de su atractivo rostro y la sensación calurosa que venía con él. Me preguntaba a qué había venido a la ciudad, si trabajaría en las construcciones, o en la alcaldía, si sería maestro, o alguien importante para haber sido invitado como nosotros.

Regresamos a casa antes de la media noche, pues al día siguiente no podíamos perdernos la misa de 8:00.

Ningún domingo en la vida había faltado a la iglesia, así hiciera frío, lloviera o me sintiera enferma; y nunca había sentido deseo de dejar de asistir, hasta que vi al apuesto Luke Hemmings presentándose como el nuevo sacerdote. Y él me vio a mí al quitarme el velo para recibir la comunión.