Take my breath away ; Luke Hemmings

Summary

"si sólo por hoy no tengo miedo, déjame sin aliento".

Genre
Romance
Author
Cari
Status
Complete
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Desde muy joven comprendí que para conseguir lo que quieres es necesario hacer sacrificios. Supongo que siempre lo tuve claro.

A los 15 años, mi padre había prometido a la familia Maxwell que sería la esposa de su hijo mayor, Andrew. Y, de ser por papá, nos hubiéramos casado ese mismo año, pero Andrew quería esperar a terminar su carrera universitaria antes de adentrarse a la vida de casado. Todos aceptaron sus condiciones, puesto que en el futuro heredaría la cigarrera que su padre y el mío fundaron en conjunto.

Conocía a Andrew de toda la vida, básicamente. Los domingos nos reuníamos a desayunar en mi casa y los viernes por la tarde asistíamos al rancho de los Maxwell. Ahí Andrew me había enseñado a montar a caballo y yo le enseñaba a dibujar. Aún recuerdo que tenía 12 cuando me enamoré de él. Y 18 cuando me rompió el corazón por primera vez.

Su padre logró conseguir que estudiara en la capital, por lo que sólo lo veía durante las vacaciones, cuando regresaba a casa. En el momento en que supe que sería su futura esposa hice todo lo que tenía en mi poder para que me considerara digna, pues crecí con la idea de que una esposa debía ser inteligente, respetuosa, abnegada y dar una buena imagen en sociedad...; así que convencí a mi madre de dejarme estudiar inglés y francés, puesto que no tenía permitido ir a la universidad y no estaba dispuesta a que Andrew me considerara inferior a él. Terminé la secundaria y mientras llegaba la fecha de la boda trabajé en la cigarrera como secretaria.

Una noche antes de año nuevo recuerdo que mi padre me había mandado a recoger unas cartas que le llegaron a su oficina. Y entre las sombras encontré a Andrew besando a la asistente de su padre, Patricia era su nombre.

Nunca dije nada, no estaba dispuesta a cancelar mis planes de casarme y supuse que simplemente se trataba de una pequeña aventura, algo que duraría hasta que él volviera a la universidad.

El siguiente semestre observé a Patricia todo el tiempo, desde cómo caminaba hasta cómo se vestía, su manera de interactuar con hombres y mujeres a su alrededor. Usaba labial rojo y el cabello rizado suelto sobre los hombros, también noté que todas sus faldas y vestidos le llegaban a la altura de la pantorrilla. A mí mi madre me elegía la ropa para el trabajo, pues decía que al ser aún muy chica no podía lucir de cierta forma.

Pero con el primer sueldo que gané decidí comprarme un vestido nuevo y, por supuesto, un labial rojo, el cual estrené en la fiesta de bienvenida de Andrew; por fin había vuelto a casa con su título de Ingeniero Químico y gracias a mi nuevo aspecto conseguí que bailara conmigo toda la noche.

Lo contrataron casi de inmediato como gerente de calidad. Yo iba y venía por la cigarrera llevándole café. Me sentía especial cuando empezó a reconocerme por el sonido que hacían mis tacones contra el suelo, cuando me invitaba a cenar solo los dos una vez por semana y cuando nos escapábamos para durar horas y horas besándonos dentro de su auto.

Me creí la mujer más feliz del mundo en esos días, y el corazón me terminó de estallar de felicidad cuando por fin puso fecha a la boda: 4 de noviembre.

Tan sólo tenía 1 mes para planear todo lo necesario, pero siendo sincera yo casi no tuve participación. Nuestros padres se encargaron de todo: invitados, lugar, comida, música, arreglos, fotografías e incluso el vestido de novia, el cual odiaré el resto de mi vida.

Alcancé a cumplir 17 antes de casarnos. A pesar de que la gran misa se llevó a cabo en la parroquia de la ciudad, la fiesta fue muy sencilla, con sólo personas cercanas que realmente nunca conocí. Bailamos, cenamos y saludamos a todos. Y antes de terminar la fiesta, Andrew me tomó de la mano y me llevó en auto a la que sería nuestra nueva casa. Esa noche perdí mi virginidad con el hombre que amaba, incluso aún recuerdo cómo se sintió quedarme dormida entre sus brazos.

Pero la felicidad no duró mucho. Apenas regresamos de la luna de miel me enteré de que ya no trabajaba más en la cigarrera, mi esposo se había encargado de despedirme él mismo. Decía que le sería de más utilidad en casa y, desgraciadamente, mi padre apoyó esa decisión.

Pasaba los días platicando con las empleadas del hogar, aprendiendo a cocinar y leyendo novelas. Mientras que en las noches era feliz sobre el regazo de Andrew.

Tan sólo unos meses después me había enterado que estaba embarazada. Nuestro primer hijo me llenaba de ilusión, sin embargo había sido el peor de mis embarazos, no dejaba de vomitar y prefería pasarme el día en pijama.

Entre más me crecía el útero empecé a notar la lejanía de Andrew, no me besaba, no me abrazaba y no me deseaba en absoluto. Intenté reconquistarlo volviéndome a arreglar, aunque me fuera difícil usar tacones con el peso que cargaba; le tenía la cena lista todos los días sin excepción, pero había ocasiones en que ni siquiera se dignaba a aparecer en casa.

A veces oía a las empleadas murmurar por los pasillos que el señor seguramente se había conseguido a otra mujer. Deseaba con todas mis fuerzas que no fuera cierto, pero algo en el fondo del corazón me hacía creer lo contrario. Así que decidí averiguarlo por mi cuenta.

En mi cumpleaños 18 preparé una gran comida de la que quedé orgullosa; quería presumirla con Andrew, por lo que a su hora de almuerzo me encaminé a la cigarrera para sorprenderlo.

Sigo recordando mis zapatos salpicados y el gran vacío que se me formó en el estómago cuando me lo encontré en el estacionamiento, dentro de su auto con otra mujer. Supongo que el estruendo del plato los sorprendió, pues ni siquiera pasó un minuto y ya tenía a Andrew frente a mí secándome las lágrimas, mientras que detrás suyo escapaba Patricia acomodándose la falda.

Lo que sigo sin recordar es qué tanto me dijo ese día, pero a veces pienso que nunca lo escuché, estaba demasiado concentrada en mis sentimientos.

Me animé a contarle lo que sucedió a mis padres, esperaba recibir palabras reconfortantes de su parte; sin embargo lo único que conseguí fue un gran sermón que concluyó con: “Agnes, debes perdonar a tu esposo por el bien de la criatura que llevas dentro... Y por el bien de la empresa”.

Seguí su consejo y actué como si aquel incidente nunca hubiera ocurrido, porque quizás mi familia tenía razón; no valía la pena arriesgar mi matrimonio por un error. Y, a pesar de que no fui yo quien lo arruinó, todos los días intentaba encontrar una nueva forma de hacer que Andrew no me dejara de amar.

Todo marchó bien hasta que di a luz. Era un niño. Le pusimos el nombre de su padre, porque era una tradición familiar que debíamos conservar. Todos se alegraron con la llegada de nuestro bebé, incluso a mí se me fue la tristeza un tiempo, pero sabía que durante el postparto Andrew se veía con otra mujer, lo notaba en el olor dulce que emanaba su cuerpo.

Me dediqué de lleno a la maternidad y definitivamente es algo de lo que no me arrepiento. Hice feliz a mi hijo tanto como pude y a la par intentaba confrontar a mi esposo cada noche que llegaba con la camisa sutilmente manchada de labial. Quiero creer que llegué a su límite, porque una de las tantas ocasiones gritó:

—¡Estoy enamorado de Patricia! ¿Es lo que querías oír? Pues aquí tienes la verdad, Agnes. Nos amamos desde que estábamos en secundaria, es la mujer a quien quería como esposa, pero a veces no haces elecciones porque quieres, sino porque te convienen. Y entiende que el hecho de que estemos juntos es pura conveniencia.

Sentí que el mundo se me venía abajo, pues el único hombre al que había amado y entregado todo no me correspondía. Quizás para él siempre fue una obligación estar conmigo, mientras que mi amor era sincero desde que tengo memoria.

Al día siguiente me despertó con el desayuno en la cama, habló conmigo durante horas y horas tratando de convencerme de que las cosas que dijo no eran ciertas, que estaba muy borracho y lo hice enojar, pero que ahora su vida entera éramos el pequeño Andrew y yo. Nos llevó a pasear al zoológico para que el niño se divirtiera y por la noche me invitó a cenar como hacía tiempo atrás. Me costó un poco más, pero lo perdoné nuevamente, aunque nunca pude deshacerme de esa espinita que me quedó en el corazón.

Poco tiempo después su padre murió. Fue algo que nos tomó a todos de sorpresa, pero en cuestión de días Andrew ya se encontraba ocupando su puesto. No pasó mucho para que mi padre decidiera jubilarse, dejándolo a él ahora como único dueño y director general. Hubo una gran fiesta en su honor, de la cual no recuerdo casi nada.

Fue una época feliz; con todo el dinero que ganaba Andrew logró conseguir una casa mucho más grande y en la mejor zona de la ciudad. Duplicó el número de empleadas domésticas y añadió a la lista un guardia (que estaba todo el día frente a las rejas de la propiedad) y un par de choferes.

Tuvimos dos hijos más, otro niño y una niña. A la niña le quise poner mi nombre, pero Andrew la llevó a registrar solo y le puso el nombre de su madre, Isabelle. Nuestro último niño se llamó James.

Veía cada año pasar a través de grandes fiestas de Navidad y los cumpleaños de mi esposo, las fiestas infantiles que les hacía a nuestros hijos por cada ocasión que se le ocurriera, festivales de escuela y aniversarios de la cigarrera. Para la sociedad éramos una familia feliz, pero en casa las relaciones se deterioraban.

Yo temía quedarme sola con 3 niños, por lo que decidía ignorar por completo el hecho de que Andrew se hubiera cansado de mí. Me limitaba a observarlo cada que tenía oportunidad: durante los desayunos, siempre con su periódico en mano y de ahí hasta que nos acostábamos a dormir, me concentraba en la forma que su pecho subía y bajaba al mismo ritmo que el mío.

Me cuestioné muchas veces si había sido culpa mía, si era que ya no lucía tan guapa como antes o si simplemente a él le agobiaba no poder estar con su amada.

Puedo asegurar que pasé años sin si quiera un beso suyo, apenas me tomaba de la mano. Aunque me arreglara, limpiara, cocinara y me esforzara por ser una buena esposa..., nunca era suficiente. Ni siquiera los hijos que le di podían hacer que Andrew me amara.

—¿Por qué no puedes amarme? — pregunté un día que nos quedamos solos desayunando en el jardín.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Que todos los días te preparo tus comidas favoritas con mis propias manos, me levanto temprano para maquillarme y peinarme, así cuando te vayas al trabajo te lleves esa imagen de mí. Te espero todas las noches con la cama arreglada y lencería puesta y nunca me has volteado a ver. Yo siempre te amé, Andrew. Siempre accedí a tus peticiones, incluso antes de estar casados. ¿Entonces por qué no me amas?

Su fría mirada aún me es difícil de olvidar, al igual que su respuesta: —Estás loca, Agnes.

Me resigné a la idea de que seríamos un matrimonio fracasado. No había forma en que Andrew olvidara a su gran amor y tampoco podía evitar que estuvieran juntos a mis espaldas.

Me deprimí demasiado, había días en que ni siquiera salía del cuarto, en el que dormía sola. Pensé en dejarlo o en contarle a todo el mundo cómo me engañaba, pero con nada de eso podría sentirme feliz otra vez.

Un buen día decidí volver a arreglarme y llevar a mis hijos de paseo, aprovechando que no estaba su papá. Fue cuando al acercarme al portón de la casa lo vi. Supe en ese preciso momento que existía el amor a primera vista, lo notaba en su mirada y quiero pensar que él lo notó en la mía.

Luke era el nuevo socio de mi esposo, lo había ido a buscar para hablar de negocios; el guardia nos presentó y tuve que explicarle que Andrew no se encontraba, pero que podía esperarlo en casa. No pareció agradarle mucho la idea, por lo que se despidió agachando la cabeza y diciendo:

—Que tenga buen día, señora Maxwell.

No tardó mucho en subirse de nuevo a su auto y comenzar a arrancar. Lo observé a través del parabrisas hasta que se perdió en la lejanía.