Capítulo 1
Todo comenzó una hermosa mañana de tertulia, entre las grandes paredes de este cuarto donde solo se escucha el eco de mi respiración y la de mi hermana. Me presento: me llamo Santiago, tengo 17 años y hace una semana me vine a vivir a la ciudad de Medellín, Colombia. Hoy se supone que debe ser otro día más (o eso creía). Bueno, ahí va:
—Santiago, levántate, se te va a hacer tarde para organizarte. —Tengo pereza, hermana. Mucha, pero mucha pereza. —Vamos, niño, tu primo no te puede esperar toda la mañana. -De acuerdo.
Con esto me levanto de la cama y me dirijo directo al baño a bañarme. Mientras me baño, pienso en todas las situaciones que me han pasado la última semana, pues pasé de estar en la comodidad de mi casa a estar en otra desconocida donde no conozco a nadie y apenas me puedo ubicar. No es que extrañe a mi pueblo, pues no, la verdad lo que extraño es a mis papás. Es raro, siempre he vivido al lado de mi mamá y la extraña.
—Listo, ya estoy. Voy a bajar a desayunar. —¡Primitooo! ¿Cómo estás? ¿Ya estás listo? —Ya lo estoy, el lento es otro. —¿Cuál nena? Jajaja. —Seguí jodiendo y verás. —Sí, sí, sí, muévete. Te espero dentro de 15 minutos. —Atrevido.
Después de hablar con mi primo, bajé al primer piso por mi desayuno, pero no estaba, entonces me tocó esperar durante un largo rato. Al final, sí estuvo listo.
—Tía, ¿cómo estás? —Bien, ¿y tú, Pablo? —Bien. Tía, ¿estás Santiago? —Sí, está desayunando. —Ya voy —grité. —Muévete, lento. —No lo acoses, fue mi culpa, ¿sí? —intervino mi hermana. —Ya voy a subir a cepillarme, ¡ehhh! —Muévete.
Subí a la carrera, me cepillé y volví a bajar.
—Ya estoy, vámonos. —Casi que no. —Vamos. Chao, Omaira. —Chao, tía. —Chao, que les vaya muy pero muy bien. Cuidado se pierden. —Sí, ¿escuchaste, Pablo? Estoy en tus manos. —Vamos, niño.
Odio estas lomas de mierda, no sé cuántas veces voy a repetirlo. Es algo a lo que no me acostumbro de esta ciudad: sus horribles lomas.
—Estás todo sudado con solo subir eso. —Oye, ya te lo dije una vez: sufro de exceso de glándulas sudoríparas, y con estas lomas y el calor, sudo el doble. —Ah, vamos mejor.
(Otra cosa que odio es el Metroplús y el Metro. Antes de que me funen, les diré mis razones: resulta que cuando me subo al Metroplús o al Metro me siento como una salchicha mal envuelta. No sé por qué, pero tener a tanta gente pegada a mi cuerpo y con malos olores en un lugar medio cerrado no es de mi agrado. Seamos sinceros, a nadie le puede gustar esa sensación tan pegajosa y tan olorosa, ¡aj!).
—¿Por qué esa cara, niño? —Por nada, primo. —Ya casi llegamos. -De acuerdo. —Aquí es, vamos. —Aja, yo estudio por acá cerca, ¿sabes? —Sí, lo sé. ¿Qué libros necesitas? —Necesito unos libros de derecho. —Vamos a ver si los encontramos.
¿Pueden creer que hemos caminado por casi una hora? Nooo, qué pereza, tengo seeed y perezaaa.
—Ya llegamos, este es el último lugar que nos queda por visitar, entonces ¡yaaa! —Está cerradooo, ¡qué mierdaaaa, nooo! —Sí, no. Ya vamos pa’ la casa, ya no encontramos esa vaina. —Qué gonorrea, me quiero tirar de un puente. —Ahhh, qué porquería de libro te pidieron. —Pues ya, vamos pa’ la casa. ¿Has hablado con tu hermana? —No, ya le voy a decir que ya vamos para la casa. —Bueno.
Un rato después...
—Tengo sed, quiero algo frío. —Vamos a la tienda que hay por la casa. —Vamos. —Buenas. —Buenas. —¿Quieres helado? -Si. —Ok, llevemos helado y esto. ¿Cuánto es? —Son 9.900 —respondió una voz ronca. —“¿Este quién es?“, pensé. —Diez... Nooo, espera, jajaja. Ay, sí, diez.
(Me equivoqué, ¡qué pena! Pero bueno, no creo que se lo tome tan personal).
—Diez, ¡señooooorrr! ¡Señorrr! ¡Señoooorrr! —Yo... ¿me acaba de decir viejo? —¡Niñoooo! —¡Vamos, Pablooo! —Jajaja, creo que le caes mal, jajaja. ¿Te parece gracioso? Me acabo de decir señor. —Bueno, te lo buscaste. ¿Cómo le quitas el billete de esa manera? —Fue accidental, no pensé que se lo tomaría tan en serio. —Pues sí se lo tomó, jajaja. —No te pases. Tú me vas a ayudar a vengarme. —Ah, claro que no. —Sí, y punto.