Todo lo que quedó

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Summary

El día que murió su padre, Sayuri Tachibana entendió dos cosas al mismo tiempo: que la familia que conocía nunca había sido completamente real, y que saber demasiado tiene un precio que no sabe como pagar. Todo a su alrededor se resume a mentiras. La persona en quien más confiaba le mintió. La que había ocupado el lugar que su madre dejó vacío, la que le enseñó que podía volver a confiar en alguien, resultó ser la grieta por donde entró todo lo demás. Ahora es testigo protegida. Tiene un apellido nuevo, un cabello que no reconoce del todo en el espejo, y un viñedo en Georgia que no sabe manejar. También tiene a alguien a su lado con un nombre que no es del todo el suyo y un pasado que cuenta por partes, y que tres meses atrás era la persona indicada para una vida perfecta. Mentiras y más mentiras. Ella no eligió nada de esto. Ni el lugar, ni lo que es ahora, ni siquiera lo quiere a él. Pero la vida que tenía ya no existe. Y esta, por ahora, es la única forma que tiene para sobrevivir.

Genre
Drama
Author
itsnowing
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Osaka. Siete meses antes.

La lluvia había empezado antes del amanecer, como si llevara horas esperando el momento exacto en que la ciudad estuviera lo suficientemente desprotegida para caer y quedarse indefinidamente, aunque no era una tormenta fuerte —en Osaka, a finales de octubre, la lluvia no necesitaba ser violenta para resultar agotadora—, sino ese tipo de llovizna fina y constante que se filtra por las rendijas, que empaña los cristales desde el interior y hace que el mundo exterior se vea siempre a través de una capa de vaho. Desde el piso treinta y dos, la ciudad parecía un mapa borroso, las luces de los coches se arrastraban como gotas de tinta sobre el asfalto brillante y los edificios se difuminaban en tonos grises que se confundían con el cielo.

Osaka todavía estaba despertando cuando Sayuri Tachibana abrió los ojos.

El reloj marcaba las 6:12. Permaneció acostada unos segundos, mirando el techo blanco mientras escuchaba el sonido amortiguado de la lluvia contra los ventanales. Había algo en esa hora, ese momento muerto entre la noche y el día, cuando el sol todavía no se atrevía a asomarse y las farolas seguían encendidas, que la hacía sentirse suspendida en el tiempo. Como si el mundo entero estuviera en pausa, y ella fuera la única persona lo bastante despierta para notarlo.

La pantalla del teléfono iluminó la mesita con un resplandor azulado. Diecisiete notificaciones. Tres correos de la universidad. Dos mensajes de Mika, el primero decía “estoy en el infierno” acompañado de una foto de su café derramado sobre los apuntes, el segundo simplemente “no es broma, me voy a cambiar a arte”, por supuesto mensajes mandados a la una de la mañana. Cuatro alertas financieras que su padre le había obligado activar —noticias financieras— y que seguro ya habría leído antes de que ella terminara su desayuno. Y un mensaje de Naomi, aunque era seguro que la encontraría en el departamento aún.

No olvides desayunar antes de salir. Y ponte un abrigo, está haciendo frío.

Sayuri soltó una pequeña exhalación. No exactamente una risa. Algo más suave, más cerca de un suspiro que calentaba su pecho.

Naomi Tachibana llevaba cuatro años viviendo con ellos, y en ese tiempo había aprendido a leerla de una manera que nadie antes había logrado. Sabía que Sayuri se saltaba comidas sin darse cuenta, que el frío la ponía de mal humor antes de las diez, que no respondía bien a las órdenes, pero tampoco a la indiferencia. Lo había aprendido con paciencia, con errores al principio y después con una fluidez que a Sayuri le daba vergüenza admitir, pero agradecía. Cuatro años no eran mucho en términos de ser una familia, pero en términos de Sayuri, porque le costaba dejar que alguien se acercara, era casi un milagro.

Se incorporó lentamente y apartó las mantas. El suelo estaba tibio bajo sus pies descalzos gracias a la calefacción central, esa clase de calor silencioso que nunca se notaba hasta que salías a la calle y el frío de octubre te golpeaba en la cara recordándote lo artificial que era todo en hogar. El penthouse Tachibana era una casa perfecta, luces automáticas, cortinas motorizadas, un sistema de seguridad que probablemente registraba cada respiración. También estaba la mansión principal, donde habían vivido hasta que su padre decidió que el penthouse era más práctico para sus horarios, pero ella sabía que le traían viejos recuerdos, pero para ella seguía siendo el espacio que asociaba con la infancia, con esos jardines grandes, pasillos largos, esa sensación de que el mundo exterior quedaba suficientemente lejos para ignorarlo y ser feliz. Aquí arriba todo era más limpio, más controlado. A veces sentía que vivía dentro de un hotel demasiado caro donde todo estaba diseñado para que no tuviera que preocuparse por nada, y donde, curiosamente, terminaba preocupándole todo.

Se dirigió al baño aún medio dormida, recogiéndose el cabello con una mano. El reflejo que la recibió en el espejo era el mismo de siempre: ojeras leves, piel clara, labios secos por el aire acondicionado. Y ese cabello. Castaño oscuro en apariencia, completamente ordinario bajo la luz artificial del baño. Pero cuando el sol de la mañana lo alcanzaba, cosa que pasaría en unas horas, si la lluvia lo permitía, los reflejos cobrizos aparecían sin aviso, rojizos y cálidos, como si el cabello guardara un secreto que solo se revelaba con esa cálida luz. La gente lo notaba siempre. Le preguntaban qué tinte usaba, qué técnica, qué salón. Ella respondía que ninguno, y la mayoría no le creía.

Pero ese era su más vivido recuerdo de su madre.

Elara Brennan había llegado a Japón desde Irlanda siendo adolescente, siguiendo a una familia que veía en el país una oportunidad que en su ciudad natal no ofrecía, al menos en ese tiempo no lo hacía. Era brillante con los idiomas, curiosa hasta el exceso, y tenía ese tipo de libertad en la manera de moverse por el mundo que solo tienen las personas que crecieron sin demasiadas paredes. En Japón había encontrado a Haruto. En Haruto había encontrado algo que parecía sólido. Y durante un tiempo lo fue. Pero Japón como esposa de un empresario de élite era una vida completamente distinta, aún peor con las expectativas que esperaban de ti en este país, y esa diferencia, que al principio parecía manejable, fue creciendo con los años como algo que nadie nombra hasta que ya no cabe en la habitación.

Sayuri tenía siete años cuando la encontraron. No recordaba casi nada del día en sí, solo fragmentos, el olor del pasillo, el sonido de los pasos de alguien corriendo, la cara de su padre con una expresión que nunca antes le había visto y que después tampoco volvió a ver exactamente igual. Lo que sí recordaba, con una claridad que el tiempo no había logrado difuminar del todo, eran los meses que siguieron. Los niños en la escuela no tenían filtro. Nunca lo tienen a esa edad. Decían las cosas exactamente como las entendían, que fue de la peor manera posible, y Sayuri había aprendido muy pronto que la única defensa contra eso era no mostrar que no le dolía. Aunque primero paso por la rebeldía, pero con el tiempo fue distancia. Después fue simplemente la forma en que era, y ya nadie recordaba que había habido otra versión.

Lo peor no era recordarla. Lo peor era que la voz se había ido. En algún momento entre los ocho y los diez años, sin que Sayuri pudiera señalar el instante exacto, había dejado de poder reproducir el sonido en su mente. Podía recordar el cabello, podía recordar la forma en que movía las manos cuando hablaba, podía recordar el olor de su ropa. Pero la voz era una frecuencia sin cuerpo que ya no sabía cómo encontrar. Y a veces pensaba que eso era peor que haberlo olvidado todo de golpe porque un día la había perdido por completo sin poder señalar cuándo.

Abrió el grifo de agua fría y se lavó la cara con más fuerza de la necesaria.

No debía pensar en eso tan temprano. Esa era una de las reglas no escritas que había aprendido a los catorce, las emociones complicadas se gestionan mejor después del café.

Hoy tenía seminario de comportamiento organizacional, la materia que había elegido como puente entre su doble titulación en Administración y la carrera de Psicología que llevaba en paralelo, y que era lo más cercano que había encontrado a estudiar algo que realmente le interesara, una reunión del consejo estudiantil donde Mika discutiría con alguien por cuarta semana consecutiva, dos horas de tutoría que llevaba posponiendo desde el lunes, y una cena corporativa organizada por una de las subsidiarias de su padre. Un jueves normal. O lo más parecido a normal que podía existir en su vida.




Cuando bajó al comedor, el aroma a café recién hecho llenaba el espacio. No ese café aguado de las máquinas expendedoras, sino el de grano importado que su padre recibía en cajas sin etiquetas y que Naomi preparaba cada mañana con una precisión que parecía ritual.

Naomi estaba sentada junto a los ventanales revisando su Tablet, como había esperado encontrarla. Vestía un cárdigan beige holgado y pantalones de lino color crema, el cabello oscuro recogido en un moño bajo del que escapaban algunos mechones que parecían colocados a propósito. Llevaba puestos los pendientes de perlas pequeñas que usaba casi todos los días —un regalo de Haruto del primer aniversario—, y había una taza de genmaicha junto a su codo que ya humeaba menos de lo que debería, lo que significaba que llevaba despierta bastante tiempo.

Levantó la vista apenas escuchó los pasos de Sayuri. Y sonrió, una sonrisa que arrugaba ligeramente la comisura de sus ojos.

—Buenos días.

Sayuri tomó asiento en su lugar de siempre, de espaldas a la ventana, porque detestaba la luz directa por la mañana y dejó que el calor del café en sus manos le recordara que al menos una cosa iba bien.

—Buenos días —respondió, con la voz aún ronca.

Naomi dejó la tablet a un lado y la miró con esa atención suya que no era intrusiva pero sí total. Como si realmente estuviera viéndola.

—Dormiste tarde otra vez. Qué fue esta vez, ¿las notificaciones o las noticias?

Sayuri alcanzó una tostada. La mantequilla ya estaba a temperatura ambiente, porque Naomi siempre la sacaba del refrigerador veinte minutos antes de que ella bajara, porque sabía que a ella así le gustaba. Esas pequeñas cosas que Sayuri había empezado a notar con los años y que la desarmaban más de lo que cualquier gesto grandioso podría haberlo hecho. Cuatro años de pequeñas cosas acumuladas eran, descubrió, una forma muy eficaz de abrirle la puerta a su alma a alguien que había decidido mantener afuera.

—Las dos —admitió—. También puede que me hubiera encontrado un documental sobre calamares gigantes a eso de las dos de la madrugada.

Naomi soltó una risa suave. No esa risa educada que se usa para mostrar que algo fue gracioso, sino una risa real pero ligera.

—¿Calamares gigantes? —preguntó riéndose aún.

—Estaban discutiendo si realmente existen o es un invento de los pescadores noruegos para vender esas camisetas feas a los turistas. Fue bastante convincente.

—Tendremos que verlo juntas alguna noche.

Sayuri no respondió de inmediato. No porque no quisiera, sino porque la oferta y esa naturalidad con la que Naomi asumía que había noches que compartir, que existía un nosotras en el futuro, seguía siendo algo a lo que no terminaba de acostumbrarse del todo. No porque fuera algo reciente. Sino porque cada vez que ocurría seguía sorprendiéndola un poco, como si una parte de ella todavía esperara que todo se acabara.

Los adultos en su vida habían hecho siempre dos cosas, observarla con pena como si fuera un experimento que resulto mal o corregirla radicalmente como si fuera un error que todavía tiene solución. Naomi siempre fue distinta. No la obligaba a hablar cuando no quería, no caminaba en puntillas alrededor del recuerdo de su madre, ni hacía esas pausas incómodas cuando alguien mencionaba el incidente. Simplemente estaba ahí de una forma maternal que no sabía que extrañaba. Y eso le bastaba.

—¿Mi padre sigue dormido? —preguntó Sayuri, aunque sabía que era una pregunta innecesaria, pero quería llenar el silencio.

Naomi negó suavemente.

—Lleva despierto desde las cinco. Estuvo en su estudio un rato, creo que viendo documentos. Después llamó a alguien en algún país donde son las once de la noche. Ahora está en la ducha.

Haruto Tachibana dormía menos que nadie que Sayuri conociera. Como si descansar fuera una pérdida de tiempo que no podía permitirse. Había veces que ella bajaba a las tres de la madrugada y veía la luz encendida bajo la puerta del estudio, esa luz amarilla que se filtraba evidenciando de que alguien seguía trabajando mientras el resto del mundo dormía. Su padre era un hombre hecho de horarios imposibles y de silencios largos, de correos que se responden a cualquier hora, de cenas de negocios que se alargaban hasta medianoche. Y aunque nunca lo decía, Sayuri sospechaba que esa necesidad de mantenerse siempre ocupado no era solo ambición. Era también una forma de no tener que quedarse quieto y que su mente lo domine. De no tener que pensar en ciertas cosas.

Justo entonces, él apareció. Traje oscuro, casi negro, tan bien cortado que parecía una extensión de su cuerpo con una corbata azul marino. El teléfono en la mano derecha, como siempre. Su cabello que de a poco se volvía plateado aún estaba ligeramente húmedo en las puntas, y aunque acababa de salir de la ducha, ya estaba completamente presentable.

—Sayuri —saludo, con esa voz suya grave y medida.

Ella levantó apenas la vista de su taza.

—Papá.

Haruto se acercó lo suficiente para dejar una mano breve sobre su hombro antes de alcanzar el café que Naomi le había preparado sin que él lo pidiera. Un gesto pequeño y rápido. Pero Sayuri sabía que significaba algo, porque su padre no era un hombre naturalmente afectuoso. No abrazaba y tampoco decía te quiero al colgar el teléfono. No preguntaba cómo había estado tu día a menos que hubiera algo específico que necesitara saber. Su lenguaje de amor era otro, era levantarse antes del amanecer para leer los correos que pudieran afectar el futuro de su hija, era asegurarse de que la calefacción estuviera encendida antes de que ella se despertara, era recordar fechas que nunca mencionaba en voz alta pero que siempre señalaba de alguna manera.

Se sentó junto a Naomi y bebió café negro sin añadir nada. Leyó sus mensajes con esa concentración absoluta que tenía, cada notificación una pieza de un rompecabezas que solo él podía ver. Su expresión era impenetrable, pero Sayuri había aprendido a leer los pequeños signos, la forma en que apretaba la mandíbula cuando algo no le gustaba, la manera en que su pulgar se detenía un segundo de más sobre la pantalla cuando había malas noticias.

—¿Tienes la presentación hoy? —preguntó sin levantar la vista.

—La próxima semana.

—Hm.

Eso significaba que sí lo recordaba. Sayuri sintió un pequeño alivio que no estaba dispuesta a admitir en voz alta.

El teléfono de Haruto vibró. Su expresión cambió apenas un segundo, una tensión en la mandíbula, una rigidez en los hombros que desapareció tan rápido que cualquiera que no lo conociera lo habría perdido. Pero Sayuri lo vio. Y algo en su pecho se tensó también, sin saber todavía por qué, sin saber que ese gesto pequeño, esa fracción de segundo en que su padre perdía la calma y la recuperaba, era una pieza de algo mucho más grande que todavía no podía ver.

—Debo irme —dijo él, poniéndose de pie. Pero antes de girarse hacia la puerta, miró a Sayuri. No de pasada, realmente la miró, con esa intensidad suya que aparecía en los momentos menos esperados, como si estuviera grabando algo en su memoria—. La lluvia empeorará esta noche. No vuelvas sola, llama al chofer.

Luego salió, y el comedor volvió a sentirse demasiado grande.

Naomi bebió un sorbo de té antes de hablar.

—¿Vas a ir a la cena corporativa?

Sayuri hizo una mueca mientras untaba mermelada en la tostada.

—¿Tengo opción?

—No realmente —admitió Naomi, y en su voz había un dejo de disculpa genuina.

—Entonces sí.

Eso arrancó una sonrisa de Naomi, de esas que arrugaban sus ojos.

—Intenta no pelearte con ningún heredero arrogante esta vez.

—Ese día, él empezó —respondió Sayuri, tan automático que hasta ella misma casi se rio.

—Le lanzaste vino encima. En la recepción de Año Nuevo —hizo una pausa dramática—. Delante de su padre.

—Se lo tenía merecido. Estaba hablando de más, decía que debería estar orgullosa de que alguien tan bien posicionado como él se fijara en mí, a pesar de... —hizo una pausa que no necesitó completar.

Naomi no preguntó a pesar de qué. No necesitaba. Pero su expresión se suavizó de una manera que a Sayuri le revolvió el estómago. No era lástima. Era algo más cercano al reconocimiento, y eso era peor porque significaba que Naomi entendía sin que ella tuviera que explicar nada. Que la conocía.

—A veces me pregunto cómo una persona tan inteligente puede ser tan tonta al mismo tiempo —murmuró Naomi, y su voz era tan suave que casi sonó como un cumplido.

—¿Yo o él?

—Él. Siempre son ellos —dijo riéndose y Sayuri la acompaño con la risa.

Y durante unos segundos, mientras la lluvia seguía cayendo con esa perseverancia gris y monótona, Sayuri sintió algo extraño. Normalidad y tranquilad. Una sensación cálida y frágil, como una pompa de jabón que podía reventarse con el mínimo roce. Como si realmente estaban destinadas a ser una familia, no de las perfectas como en las películas sino algo más genuino, hecho de pequeños gestos, café y documentales sobre calamares a las dos de la madrugada. Como si pudiera confiar en que así siempre sería su vida.

Y quizá por eso no notó el instante exacto en que Naomi desvió la mirada hacia su celular bloqueado sobre la mesa que se encendió mínimamente mostrando una notificación. No notó el leve temblor en sus dedos antes de apagarlo y meterla bajo el mantel, ni la forma en que su respiración se detuvo apenas medio segundo, ni la manera en que sus hombros se tensaron y se relajaron en el espacio de un parpadeo, como alguien que acaba de tomar una decisión que no le gusta pero que ya no puede cambiar de parecer.

Como tampoco notó la expresión de Naomí cuando leyó el mensaje que había aparecido en la pantalla de su dispositivo minutos antes, mientras ella aún bajaba al comedor, y que ahora —y desde que llegó— se mantenía con la pantalla apagada boca abajo sobre el lino blanco del mantel.

Ese solo mensaje, de alguien sin registrar.

El directorio debe aprobarse antes de fin de mes. No sigas retrasando el proceso.

Naomi bebió un sorbo de té. Sonrió cuando Sayuri volvió a hablar. Respondió con la calidez de siempre, con esa precisión suya para decir exactamente lo que cada momento necesitaba.

Y Sayuri no notó nada. Porque Naomi llevaba cuatro años aprendiendo y pretendiendo estar bien frente a ella. Porque Sayuri, era demasiado observadora para su propio bien, pero todavía no había aprendido a mirar en la dirección correcta.