Capitulo 1
La casa de Jimin era demasiado silenciosa para ser una casa con una niña de cinco años.
Grande, ordenada, fría en su perfección. Todo en su lugar. Todo controlado. Menos una cosa: la niña.
—¡No quiero otra niñera! —gritó Hannah cruzándose de brazos en el centro de la sala.
Jimin estaba de pie cerca de la ventana, con el teléfono en la mano. Traje todavía puesto, corbata floja, cara de no haber dormido bien en días.
—Esta es la última entrevista, Hannah —dijo él sin levantar la voz
—Dijiste eso con la otra también.
—Esa no te gustó.
—Ninguna me gusta.
Silencio.
Jimin suspiró por la nariz, cansado.
—Solo… prueba, ¿si?
La niña lo miró con cara de “te estoy juzgando toda tu vida”.
—Si no me gusta, la botas.
—No se dice “bota”.
—La despides
—Eso.
La puerta sonó.
La asistente entró primero.
—Señor Park, la última candidata.
Jimin asintió.
—Que pase.
Y entonces ella entró.
Rosé.
Normal. Sin maquillaje exagerado. Ropa sencilla. Una mochila vieja colgando del hombro. Mirada firme, pero con algo de nervio escondido en el fondo.
No venía a impresionar a nadie.
Venía a sobrevivir.
Hannah la miró de arriba abajo.
Rosé también la miró a ella.
Dos segundos.
Y la niña frunció el ceño.
—¿Sabes cocinar? —preguntó Hannah directo.
Rosé parpadeó un segundo.
—Sí… un poco.
—¿Sabes gritar más fuerte que yo?
—Eso… no creo.
La niña la evaluó como si fuera una competencia.
Jimin se quedó en silencio, observando todo.
Rosé giró la mirada hacia él por primera vez.
Y se quedó congelada.
Porque lo reconoció.
Tarde.
Demasiado tarde.
Su cara no cambió mucho por fuera… pero por dentro sí.
Jimin también la estaba mirando.
Fijo.
Sin parpadear.
Como si el mundo se hubiera detenido en medio de una frase.
—…Rosé —dijo él al fin.
Su voz salió más baja de lo normal.
La asistente miró confundida.
—¿Se conocen?
Nadie respondió.
Rosé tragó saliva.
—Yo… no sabía que era usted.
Jimin soltó una risa corta, sin humor.
—Claro que no.
Hannah levantó la mano entre los dos.
—Ok, esto es raro. ¿Se gustan o se odian?
Silencio incómodo.
Rosé bajó la mirada rápido.
Jimin no respondió.
—Hannah —dijo él al fin—, ve a tu cuarto.
—¿Ya? Pero ni empezó lo divertido.
—Ahora.
La niña bufó y se fue arrastrando los pies.
Puerta cerrada.
Silencio otra vez.
Más pesado.
Rosé apretó la correa de su mochila.
—Si esto es un problema, me voy —dijo rápido.
Jimin dio un paso hacia ella.
—No es tan simple.
—Para mí sí.
Otro silencio.
Jimin la miró como si estuviera intentando entender algo que no encajaba.
—¿Necesitas el trabajo? —preguntó él.
Rosé dudó medio segundo.
—Sí.
Directo. Sin orgullo.
Solo verdad.
Jimin asintió lento.
—Entonces siéntate.
Rosé no se movió.
—¿Eso es un sí o un no?
Jimin la miró fijo.
—Eso es “tenemos que hablar”.
Ella tragó saliva.
Y se sentó.
Porque no había otra opción.
Jimin se quedó de pie, caminando lento por la sala.
Como si estuviera ordenando sus pensamientos antes de hablar.
—Hace años… —empezó él— desapareciste.
Rosé bajó la mirada.
—No desaparecí.
—Eso dijeron.
—No es lo que pasó.
Jimin se detuvo.
La miró otra vez.
—Entonces explícame.
Silencio.
Rosé apretó las manos.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque nadie me va a creer.
Jimin se rió apenas.
—Yo te creí una vez.
Rosé levantó la cabeza rápido.
—Y después no.
Golpe directo.
Silencio fuerte.
Jimin bajó un poco la mirada.
—Me dijeron que te fuiste cuando nació nuestra hija.
Rosé cerró los ojos un segundo.
Como si esa frase le doliera físicamente.
—No me fui —dijo ella más bajo.
—Entonces ¿qué pasó?
Rosé lo miró.
Y por primera vez no parecía la misma chica nerviosa de la entrevista.
—Pasaron cosas que tú no viste.
Jimin dio un paso más cerca.
—Te busqué.
Rosé soltó una risa corta.
—No lo suficiente.
Eso lo dejó quieto.
-------------------------------------------------------------------------------------------
Desde el pasillo se escuchó una vocecita.
—¿Ya puedo salir?
Hannah.
La tensión se rompió de golpe.
Rosé se levantó rápido.
Jimin también.
Como si nada hubiera pasado.
Como si todo siguiera “normal”.
Pero no.
Nada era normal.
La puerta se abrió.
Hannah entró corriendo y se pegó a Rosé otra vez.
—Me gustas —dijo sin filtro.
Rosé parpadeó.
—¿Por qué?
—Porque no tienes cara de aburrida.
Jimin soltó una risa mínima, casi involuntaria.
Rosé también, apenas.
Hannah miró a su papá.
—La quiero.
Jimin la miró.
Luego miró a Rosé.
Mucho más tiempo del necesario.
—¿Aceptas? —preguntó él.
Rosé dudó.
La vida la estaba empujando contra una pared.
Sin opciones.
Sin aire.
Sin escape.
Y aún así…
asintió.
—Sí.
Silencio.
Jimin no sonrió.
Solo la miró como si acabara de abrir una puerta que llevaba años cerrada.
—Empiezas mañana —dijo él.
Rosé bajó la cabeza.
—Está bien.
Y cuando se dio la vuelta para irse…
Jimin habló otra vez.
—Rosé.
Ella se detuvo.
No miró atrás.
—Esto no es solo un trabajo —dijo él.
Silencio largo.
Rosé cerró los ojos un segundo.
—Ya me di cuenta.
Y salió.
La puerta se cerró.