Krénel y los Exhalados

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Summary

Desde hace siglos, los últimos vestigios de la humanidad sobreviven bajo la montaña de Prasca mientras una niebla letal emerge cíclicamente del abismo, trayendo consigo criaturas capaces de marchitar cuerpos en segundos. Krénel, un joven marcado por una deformidad en la pierna y relegado a las grutas, está convencido de que las Exhalaciones están cambiando. Mientras los Caballeros Centinelas continúan librando una guerra condenada a repetirse, él desarrolla un sistema capaz de alterar el destino de Prasca. Cuanto más se acerca a la verdad, más comprende que el horror del abismo no es lo que parece… y que algunas cosas dentro de la montaña jamás debieron sobrevivir.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: Prasca y la Exhalación

Criptus — Bóveda de la familia Míber

Pese a haber estado tantas veces en el Criptus, jamás he logrado acostumbrarme a su despiadado frío.

No es el mismo que endurece mi pierna. Es algo distinto, incrustado más adentro, en el pecho, como si hubiese aprendido a vivir entre mis costillas desde la última Exhalación..

Froto las manos contra la piedra porosa del escritorio, aunque sé que es un gesto inútil. Una manía vacía.

Mis ojos pesan como una montaña.

¿Cómo se supone que alguien pueda conciliar el sueño cuando se vive junto al abismo?

El metal pulido refleja la realidad. Ojeras profundas. La piel apagada.

Ya no quiero volver a hacerlo.

Si cierro los ojos, esa voz...

—Krénel… corre…

Cabello blanco. Dientes desprendiéndose uno a uno. Y al final… solo huesos.

Una lágrima deforma las líneas del carbón.

Paso la palma sobre el rollo en un gesto absurdo, como si todavía pudiera corregirlo.

La gente aparenta que nada ocurre. Caminan por el pasillo circular de un lado a otro, como si el simple acto de esperar pudiera cambiar algo.

Tejemos, forjamos… pero el resultado jamás cambia.

Son golpes vacíos en la niebla.

Extiendo el ungüento de hierbas sobre mi pierna derecha. El dolor apenas desaparece.

Vuelvo al trabajo.

Me sacudo el cansancio del rostro y acerco nuevamente el pergamino.

Casi está listo.

Los trazos han cobrado sentido para mí. El carboncillo raspa la superficie con una aspereza familiar mientras esbozo la última secuencia de la estructura.

Finalmente, está completo.

Alzo el rollo con ambas manos, casi con reverencia. No es una garantía, pero, si funciona adecuadamente, esto debería solucionar los retrasos.

Tal vez esta vez podamos adelantarnos a ellos.

El aire cambia.

Una sonrisa amarga me cruza el rostro.

Es un cambio sutil en la presión. Mis manos tiemblan y una opresión aplasta mi pecho.

Ese olor que me enferma: putrefacto, añejo…

No puedo contener el vómito. Caigo de rodillas.

—¡No! —presiono mi costado—. ¡Aún no es tiempo!

La lámpara titubea. Una vez, otra.

Y entonces—

¡BRRUUUUMMM!

El sonido del cuerno atravesó la montaña entera.

—¡Atención, habitantes de Prasca! ¡Exhalación en camino! ¡Abandonen sus labores y desciendan al Criptus de inmediato!

Retumbó la voz del gobernador.

Krénel guardó el rollo bajo la túnica, asió su bastón y salió de la bóveda familiar, caminando hacia los corredores del Criptus.

La escalera en espiral lo recibió. En su ascenso, la montaña parecía regurgitarlo, girando a su alrededor.

A su lado, varias personas descendían apresuradamente, rozándolo apenas al pasar.

Cuando emergió, todo era distinto.

El pasillo circular se abría ante él como un anillo tallado en el interior del mundo.

En el centro, una columna gruesa ascendía hasta perderse en la altura, surcada por grutas que comenzaban a vaciarse.

Krénel avanzó contracorriente, zigzagueando entre cuerpos apresurados que chocaban entre sí.

La aglomeración de la puerta principal lo detuvo.

—¡Krénel, por la roca eterna! ¿A dónde crees que vas? —la voz emergió desde la gruta de hilandería.

Laila dejó caer el hilo al verlo.

—No hay tiempo para explicaciones —dijo Krénel sin detenerse—. Debo llegar al comandante Tanúr.

Ella salió apresuradamente de la gruta y lo sujetó del brazo.

—¿Te aplicaste las hierbas?

Krénel apartó la mirada un instante.

—Madre, no ahora.

—Tu pierna se endurece con el frío, lo sabes— reprendió ella

—Escúchame, si logro hablar con Tanúr, quizá podamos evitar que más personas...

—¡No! ¡Al Criptus, ahora!

La mandíbula de Krénel se tensó bajo su mirada..

—No es momento para tus obsesiones, Krénel —continuó ella, con la voz quebrada—. ¿Acaso has perdido la cordura?

Krénel apretó los puños.

Por un instante, el ruido de Prasca pareció alejarse.

—Él tenía razón… En Prasca, la tradición pesa más que la montaña.

Con un gesto brusco se zafó, abriéndose paso entre la multitud hacia el exterior.

Laila quedó petrificada, siguiéndolo con la mirada mientras desaparecía entre la multitud.

Entonces Maida, su hermana mayor, se acercó desde la gruta de hilandería, enrollando lana apresuradamente entre las manos.

—Ya sabes porque esta así, Laila —murmuró—. Desde la ultima Exhalación ya no es el mismo. Ni siquiera pisa la gruta.

La mujer cerró los ojos un instante, ignorando los hombros que chocaban contra ella al pasar.

Ajustó el pañuelo blanco sobre su cabeza y soltó el aire lentamente.

—Voy por él. Adelántate. Nos vemos abajo.

—Está bien… pero no me hagan esperarlos demasiado.— Asintió Maida, rozándole la barbilla con suavidad.

A las afueras de Prasca, el suelo vibraba bajo los pies de Krénel.

Granjeros corrían con gallinas bajo el brazo mientras arreaban bestias hacia la Cueva de los Rebaños. El aire se espesaba con polvo, sudor y angustia.

Después de avanzar varios metros, una voz ronca irrumpió entre el caos:

—¡Escuadrón de contención! ¡Verifiquen sellos! ¡Ni un resquicio de piel expuesto!

Un círculo de treinta Caballeros Centinelas permanecía reunido más adelante. Ajustaban correas, tensaban arcos y revisaban filos bajo la luz opaca del exterior.

Algunos apostaban monedas al aire. Otros simplemente esperaban.

Krénel se detuvo frente al cerco humano.

—¡Caballeros! Por favor… permítanme hablar con el comandante Tanúr. Es urgente.

—Lo que faltaba… el maldecido de los Míber —contestó uno—. Pensé que después de lo que le pasó a tu amiguito al fin nos dejarían descansar.

—Cuida tu lengua, Acal… —intervino uno de los capitanes.

El Joven, de coleta larga hasta la cintura, mantenía una mano apoyada sobre la empuñadura de su espada.

—No deberías hablar de él así. Como si nosotros no fuéramos culpables.

Hubo un breve silencio.

Luego otro centinela resopló desde el fondo:

—Que pase, capitán. Pero si la Exhalación lo despedaza, no será asunto nuestro.

Krénel pasó a través de las armaduras metálicas.

Las miradas lo siguieron. Algunas burlonas, otras indiferentes. Hasta que finalmente quedó frente a Tanúr.

El comandante afilaba una lanza sentado sobre un bloque de piedra. Sus ojos verdes permanecían fijos sobre el filo, con la calma de alguien acostumbrado a vivir junto a la muerte.

—Comandante… disculpe esta interrupción. Sé que no es el mejor momento, pero necesito mostrarle algo.

Tanúr apenas levantó la vista.

El pulgar recorrió lentamente el filo de la lanza.

—¿Qué haces aquí afuera?—cuestionó, mirando su bastón.

—Refúgiate. Tu madre debe estar buscándote.

Krénel tragó saliva, pero no retrocedió.

—Las Exhalaciones están cambiando. Si continúan usando las mismas formaciones, habrá más muertes. Tengo un nuevo sistema que puede ayudar a Prasca.

Tanúr se incorporó lentamente.

Su sombra cubrió a Krénel por completo.

Los ojos del comandante bajaron un instante hacia la pierna débil del muchacho. Luego volvieron a su rostro.

—¿Ayudar?

Una sonrisa torcida apareció entre los centinelas.

—Vamos, comandante… si apenas puede sostener ese bastón de cojo.

Las risas estallaron alrededor. Krénel apretó el pergamino bajo la túnica.

—No busco lástima de nadie —dijo entre dientes—. He encontrado patrones distintos en las Exhalaciones. Si logramos transmitir la información más rápido entre escuadrones… podríamos anticiparnos. Coordinar mejor nuestros movimientos.

Sacó el rollo y lo extendió frente a él. Tanúr apenas le dedicó una mirada.

— “Comunicadores”… “Reestructuración mediante sistema de eslabones”…

Su expresión se endureció.

El acero silbó al instante en el aire. La lanza atravesó el pergamino y lo desgarró de arriba abajo.

Krénel se quedó inmóvil. Los fragmentos del papel ondularon con el viento antes de caer sobre el suelo.

—Ya tengo suficiente de esos malditos comunicadores —gruñó Tanúr—. Y ahora vienes a traerme más basura.

Clavó la lanza en el suelo.

—Llevamos siglos luchando contra los exhalados… ¿y crees que unos simples garabatos cambiarán algo?

—Las fantasías no ganan guerras, muchacho.

Krénel lo desafío con la mirada.

—Los muertos tampoco.

Las risas alrededor se extinguieron.

Durante un instante, la mirada de Tanúr descendió hacia el asta de la lanza.

El pulgar rozó distraídamente un grabado desgastado cerca de la empuñadura.

“Orvek”.

La mandíbula del comandante se tensó apenas.

Una grieta fugaz.

Luego señaló la montaña con firmeza.

—No olvides cuál es tu lugar. Los de tu estirpe pertenecen a las grutas. Grábatelo a fuego: eres más útil entre hilos y sombras.

El silencio se volvió denso.

—Y es la última vez que lo digo —continuó—. Vuelve al refugio… o haré que te arrastren de los cabellos hasta allí.

Entonces, una nube de polvo comenzó a elevarse al norte.

Magnimus. Bestias enormes de pelaje gris ceniza, cubiertas por correas de carga y placas ligeras de metal. Sus zancadas hacían temblar la tierra mientras avanzaban a toda velocidad.

Los centinelas volvieron la vista hacia ellos y les abrieron paso con visible recelo.

Las criaturas se detuvieron y el jinete del centro se retiró el casco.

—Krén… —dijo con severidad—. ¿Qué rayos haces aquí afuera?

Era Liem Míber, un joven de cabello rojizo y una cicatriz atravesándole la boca.

Por un instante, Krénel intentó responder. Pero las palabras murieron al ver los fragmentos del pergamino dispersos sobre el suelo.

Los Magnimus comenzaron a agitarse. Uno de ellos arañó la tierra con desesperación.

—Liem, debemos irnos ya —advirtió uno de los jinetes, tensando las riendas—. La nube viene demasiado rápido.

—Sí… el centurión debe estar rabiando —añadió el otro.

Liem volvió la vista hacia Krénel y, por un segundo, el guerrero desapareció.

—Krén… por favor —murmuró—. Sé lo que Brítar significaba para ti. Pero comprende… no podemos perder a nadie más.

Krénel apretó los puños hasta sentir dolor en los dedos. Recogió lentamente el pergamino roto. Luego alzó la mirada, buscando alguna grieta en la decisión de Liem.

No encontró ninguna. Así que se echó a correr hacia Prasca.

Detrás de él, los jinetes lo siguieron y luego se desviaron hacia el oeste de la montaña.

Krénel acortó el camino entre las piedras hasta que la figura de su madre emergió de entre el polvo.

—¡Gracias a Prasca! —Laila lo sujetó de los hombros y lo abrazó con fuerza—. No vuelvas a hacerme esto, hijo… por favor.

Krénel no correspondió al abrazo. Apartó sus brazos lentamente.

Laila lo observó en silencio. El temblor en su labio inferior apenas logró contenerse.

Luego se adentraron en la montaña.

—¡Sellando puerta! —gritaron los fornidos porteros.

La gran roca circular comenzó a girar sobre los rieles tallados, cerrando lentamente la entrada de Prasca.

La montaña parecía devorar a su propia gente. Una nube de polvo se alzó, ocultando el umbral.

Entonces, una voz infantil irrumpió en el pasillo circular.

—¡Mamá! ¡Mali! —gritó la niña con la voz quebrada—. ¡Mali se quedó afuera!

—¿Qué…? —la madre palideció—. Pero si estaba con nosotras hace un momento…

—Espérame aquí —susurró.

Y echó a correr.

Llegó a la puerta.

—¡Por favor, abran! ¡Mi perrito se quedó afuera! —suplicó, mientras golpeaba la roca sin parar.

El sonido era seco. Inútil. Nadie respondió.

La puerta terminó de cerrarse. Un golpe profundo selló el mundo exterior.

Krénel y su madre escucharon el llanto de la mujer, pero continuaron descendiendo hacia el Criptus con la mirada baja.

En la falda occidental, Liem y los demás jinetes detuvieron a sus Magnimus frente a una columna de hierro forjado que emergía del subsuelo.

En la parte superior, dos manos de metal unidas por las muñecas alzaban los dedos como ramas de acero.

Liem desmontó.

Giró uno de los dedos hacia adentro y extendió otro en línea recta.

El mecanismo despertó. Una compuerta se abrió en lo profundo del tronco metálico.

Se inclinó hacia la abertura.

—Comunicador Liem, reportándose por el Conducto de la Orden.

El metal vibró.

Y desde las entrañas de la montaña, una voz profunda respondió:

—¿A qué se debe este retraso?

Los jinetes se tensaron.

Sus rostros palidecieron mientras la enorme masa gris avanzaba en el horizonte rápidamente.