Capítulo 1: El eco de la campana
La humedad de Londres no se parece a la de Santiago. No es un frío que te espabile; es una capa densa que se te pega a la ropa, que se filtra por los poros y te llena los pulmones de un aire que huele a alfombra vieja, a encierro y a desesperación.
Llevo tres años aquí. O tal vez son cuatro. Cuando el miedo se convierte en tu rutina, los días dejan de tener nombre y solo se dividen en dos estados: cuando él está cerca y cuando él está por llegar.
La habitación en el segundo piso de la tienda es pequeña. Las paredes están empapeladas con un diseño floral que alguna vez fue beige, pero que ahora luce un tono amarillento, como los dientes de un cadáver. Desde mi cama puedo escuchar el crujido constante de las maderas abajo. El piso inferior solía ser una tienda de artículos para el hogar, un lugar con olor a madera pulida y cera. Ahora, detrás de las pesadas cortinas de terciopelo rojo que él instaló, el ambiente es distinto. Hay un olor a perfume barato mezclado con desinfectante industrial. Un olor que intenta camuflar la podredumbre de lo que ocurre cuando se apagan las luces principales.
—¿Estás despierta, mi niña?
Su voz.
No necesitó gritar. Su voz siempre viaja en un susurro pausado, arrastrando las erres con esa calidez fingida que me revuelve el estómago. Escucho sus pasos en la escalera. Uno. Dos. Tres. La madera gime bajo su peso. Él nunca camina rápido. ¿Para qué lo haría? Sabe que no tengo a dónde ir. Sabe que las ventanas están selladas con tornillos por fuera y que la puerta principal requiere una llave que solo vive en el bolsillo de su abrigo negro.
Me incorporo lentamente, tapándome con la sábana raída. El frío de la habitación me golpea los hombros desnudos. Miro mis manos; están temblando. Odio que tiemblen. Odio demostrarle que su sola presencia altera los latidos de mi corazón hasta hacerme sentir que me voy a asfixiar.
La puerta se abre sin necesidad de tocar. Ahí está él.
Viste un suéter gris impecable, el cuello de la camisa blanca perfectamente almidonado. Si alguien lo viera en la calle, pensaría que es un profesional, un hombre chileno que vino a expandir sus horizontes a Inglaterra, alguien educado y amable. Tiene esa sonrisa. Esa maldita sonrisa que usa cuando me trae el desayuno o cuando me limpia las lágrimas después de una mala noche. Una sonrisa que es más peligrosa que un cuchillo afilado.
—Te traje té —dice, entrando a la habitación con una taza de porcelana. El vapor sube perezosamente en el aire frío—. Estás pálida. No me gusta que te descuides. Sabes que todo lo que hago, lo hago para protegerte.
Se sienta en el borde de la cama. El colchón se hunde y, por instinto, mis piernas se encogen buscando la pared. Él lo nota. Sus ojos, oscuros y fijos como los de un reptil, se entrecierran apenas un milisegundo antes de volver a esa expresión de ternura manipuladora.
—¿Todavía me tienes miedo? —pregunta, estirando la mano para acomodarme un mechón de pelo detrás de la oreja. Sus dedos están helados—. Pensé que ya habíamos pasado esa etapa. Después de todo lo que hemos vivido juntos... de todo lo que dejamos atrás en Chile. Tu hermana te soltó la mano, mi amor. Ella te dejó aquí. Pero yo no. Yo te recogí. Te di un techo. Te di un propósito.
Cada palabra es un golpe calibrado con precisión quirúrgica. Tu hermana te abandonó. Estás sola. Nadie te busca. Sin mí, no eres nada. Ese es el mantra que me repite día tras día, noche tras noche, sembrando la duda en mi propia mente. A veces, en la profunda oscuridad de la madrugada, llego a dudar de mis propios recuerdos. ¿De verdad mi hermana me dejó? ¿O fui yo la que arruinó todo? El miedo más profundo no proviene de los monstruos, sino de la duda constante sobre si tu propia mente te está traicionando.
—Gracias por el té —susurro, obligando a mi voz a sonar sumisa. Es un juego de supervivencia. Si actúo como la víctima perfecta, él baja la guardia.
Él sonríe, complacido, y me acaricia la mejilla con el dorso de la mano.
—Hoy habrá más movimiento abajo —dice, levantándose y caminando hacia la puerta—. Necesito que te prepares. Ponte el vestido azul. El que te compré la semana pasada. Te ves hermosa con él.
Se detiene en el umbral y me mira de reojo.
—Y recuerda... el mundo exterior es peligroso para alguien que no habla el idioma. Aquí estás a salvo. Conmigo.
La puerta se cierra y escucho el clic metálico de la cerradura. Estoy encerrada otra vez.
Dejo la taza de té en la mesa de noche sin probar una sola gota. No confío en nada de lo que viene de sus manos. Me levanto y me acerco a la pequeña rendija de la ventana que no está completamente cubierta por el contrachapado. Afuera, el cielo de Londres es gris, casi blanco. Una llovizna fina empieza a caer sobre el pavimento.
Es hoy.
Mis dedos rozan el dobladillo de mi sudadera vieja, donde he escondido un par de calcetines extra y unos pocos billetes que logré rescatar de la mesa de la entrada semanas atrás. Llevo meses planeando esto en silencio, memorizando los horarios en que los clientes entran por la puerta trasera del prostíbulo, el momento exacto en que él sale a recibir la mercancía o a pagarle a los proveedores.
No sé a dónde voy a ir. No hablo inglés. No sé en qué parte exacta de este enorme y confuso país me encuentro. Solo sé que si me quedo aquí una semana más, la chica que fui en Chile va a desaparecer para siempre, devorada por el monstruo de su obsesión.
Miro hacia el suelo. A través de las rendijas de la madera, empiezo a escuchar las primeras risas gruesas y el tintineo de los vasos abajo. El negocio está abriendo. El horror cotidiano comienza.
Y mi cuenta regresiva para escapar, también.