El Círculo de Betancourt

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Summary

Fernando Garza, un joven y brillante abogado condicionado por una peculiar discapacidad, está a punto de descubrir que algunos horrores existen mucho antes de que alguien sea capaz de imaginarlos.

Genre
Horror
Author
JavierLT
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

Al Final de la Escalera de Caracol.

Cuando Fernando Garza encendió su automóvil, el reloj marcaba ya las 14:45. Al salir del garaje, sintió de inmediato el impacto del característico calor seco de la Ciudad de México. Junio apenas comenzaba, pero el sol ya hacía arder el asfalto con una intensidad sofocante.

No había avanzado siquiera 300 metros cuando la primera gota de sudor se deslizó por su nariz e impactó directamente en su recién impreso currículum, humedeciendo la tinta a tal punto que su nombre ya no era legible.

Al llegar a la dirección que le habían compartido, comenzó a estacionar su coche en un milagroso espacio de parquímetro que se encontraba a escasos metros de la puerta principal. Con el vehículo aún en movimiento, deslizó la mano derecha por todos los bolsillos de su saco en busca de las monedas suficientes para pagar, por lo menos, por 45 minutos.

Segundos después, Fernando se encontraba frente a un imponente y sombrío inmueble que sólo podía describirse como una mansión.

Al tocar el timbre, se percató de la belleza de la cantera gris que componía la fachada principal, perfectamente conservada pese al evidente paso de las décadas. No pudo evitar reflexionar sobre lo improbable que resultaba encontrar una construcción de esas características en plena colonia Roma, rodeada de edificios de oficinas, cafeterías pretenciosas y departamentos remodelados con torpe modernidad. La casa parecía pertenecer a otra época, como si hubiera permanecido inmóvil mientras el resto de la ciudad se transformaba a su alrededor.

Su pensamiento fue interrumpido por un chillido agudo, acompañado de la apertura de una pesada puerta de madera y, detrás de ella, un par de ojos verdes casi transparentes que lo miraban de arriba abajo con aprensiva curiosidad.

Cuando la puerta se abrió por completo, pudo contemplar la figura entera. Se trataba de Fernando Betancourt, un hombre espigado y raquítico, con un semblante que reflejaba una especie de perpetuo disgusto con cuanto lo rodeaba. Al verse frente a frente, ambos disimularon una sonrisa, hasta que Betancourt rompió el silencio:

—Saludos, tocayo. Adelante, por favor.

Al adentrarse en la casa, Fernando sintió como si la temperatura descendiera diez grados de golpe. Un intenso escalofrío le recorrió la espalda baja, donde la camisa, adherida a su piel por el sudor, le provocaba una intensa incomodidad.

Después de cruzar una estrecha entrada principal, compuesta por azulejos que alguna vez fueron blancos, siguió al señor Betancourt por una bellísima escalera de caracol.

Mientras ascendían, Fernando no pudo evitar mirar discretamente hacia su alrededor. En los muros que envolvían la escalera, alumbrados tímidamente por discretos rayos de sol que se filtraban desde el tragaluz del edificio, podían apreciarse extrañas figuras casi antropomorfas, formadas por caprichosas manchas de humedad que ascendían sobre la pared como cuerpos deformes. Por unos segundos, pensó en preguntar al respecto. No lo hizo.

Al llegar al segundo piso, Betancourt dejó escapar dos tosidos profundos, se detuvo frente a una alta puerta de nogal y giró el picaporte.

—Mi despacho —dijo con voz seca.

Fernando entró intentando ocultar su nerviosismo. El cuarto era enorme, mucho más de lo que permitía imaginar el exterior de la casa. Las paredes estaban cubiertas de libreros hasta el techo, repletos de tomos jurídicos encuadernados en piel oscura. El aire olía a polvo, tabaco viejo y algo más difícil de identificar: un aroma húmedo y metálico que parecía provenir de algún rincón invisible de la habitación.

Betancourt señaló con su largo y esquelético dedo una silla de cuero negro.

—Por favor, toma asiento. ¿Whisky o coñac?

—Soy alérgico al alcohol —respondió Fernando, fingiendo seguridad.

Betancourt frunció el ceño y se deslizó silenciosamente por el cuarto. Dándole la espalda, se detuvo frente a una curiosa estatua de piedra: una figura agazapada que parecía una gárgola a medio formar, como si el escultor hubiera abandonado su trabajo antes de terminarla.

—Tienes muy poca experiencia, tocayo. ¿Qué te hace pensar que puedes trabajar aquí? ¿Sabes siquiera lo que hacemos? —preguntó, sin girarse a verlo.

La ráfaga de preguntas tomó por sorpresa a Fernando. Aún mareado por el extraño olor que flotaba en la habitación, enderezó la espalda y comenzó a juguetear nerviosamente con el dije de su collar. El metal estaba helado.

—Entiendo sus preocupaciones, señor Betancourt. Naturalmente, conseguir trabajo ha sido complicado con mi condición, pero no tenga dudas de que capacidad no me falta. Fui el promedio más alto de mi generación, no falté un solo día a clases y... —hizo una pausa involuntaria— y le aseguro que, si me da una oportunidad, no voy a decepcionarlo.

Betancourt no respondió. Permaneció inmóvil frente a la estatua. El silencio se prolongó varios segundos. Fernando tragó saliva. Por alguna razón que no logró explicar, tenía la incómoda sensación de que el hombre ya no estaba observando la gárgola. Tenía la impresión de que, desde algún punto de la habitación, algo más lo estaba observando a él.

—¿Condición? —exclamó finalmente Betancourt.

Fernando tardó unos segundos en responder. Sintió un ligero calor subirle por el cuello. Odiaba esa parte. Siempre llegaba. Entrevista tras entrevista, tarde o temprano terminaban ahí.

—Epilepsia —dijo finalmente—. Bueno... epilepsia fotosensible. Creí que el licenciado Pardo se lo había mencionado.

Betancourt permaneció inmóvil durante algunos segundos. Luego giró lentamente la cabeza, apenas lo suficiente para mirarlo de perfil.

—¿Fotosensible?

Fernando asintió.

—Me lo diagnosticaron hace unos años. Las luces intensas, ciertos patrones, algunas secuencias visuales... pueden detonar episodios. Pero está controlado. Llevo años sin una crisis.

Betancourt no respondió de inmediato. Sus ojos verdes lo escaneaban con intensidad. No había compasión ni preocupación en ellos. Había algo distinto. Curiosidad.

—¿Patrones...? —preguntó en voz baja.

Fernando tragó saliva.

—Sí. Formas repetitivas, imágenes muy particulares. Los médicos nunca me explicaron exactamente por qué, pero...

Se interrumpió.

Por un instante, algo llamó su atención a un costado de la habitación. Entre los libreros, justo donde un par de espacios vacíos interrumpían las hileras de tomos oscuros, le pareció distinguir un par de ojos.

Atónito, Fernando clavó la mirada en Betancourt. El hombre sonreía. Apenas una línea delgada y torcida en mitad del rostro.

Una súbita sensación de alarma le recorrió el cuerpo. Se puso de pie de un salto y buscó desesperadamente la salida. Antes de lograr dar dos pasos, sintió las piernas ceder bajo su peso. Volvió la vista hacia Betancourt una última vez. El hombre seguía ahí, inmóvil, observándolo con absoluta calma. Fernando intentó avanzar una vez más. La oscuridad llegó primero y, un instante después, perdió el conocimiento.