Prólogo
La primera vez que creí estar enamorada fue de mi noviecito de la secundaria, David. Y es que yo pensaba que esas maripositas en el estómago que sentía cuando estábamos cerca, nos tomábamos de la mano o nos dábamos besos, eran el amor más grande que podía experimentar. Eso me llevó a querer dejar de ser niña y convertirme en mujer, según yo, porque ya conocía el amor.
David me llevó a su casa cuando sus papás estaban de viaje y ahí, en el sofá, frente a la televisión, dos adolescentes jugaron a sentirse mayores. Pero la realidad estuvo muy lejos de lo que yo imaginaba por lo que veía en televisión, en esas telenovelas donde se besan con adoración y luego la escena cambia al amanecer mientras el televidente imagina todo lo que sucede con los protagonistas. En mis limitados trece años, yo veía el amor como un acto casi glorioso de entrega.
¿Cuál fue el resultado de mi aventura de querer ser grande? Pues que tuve que comportarme como grande y dejar mi niñez de lado, ya que mis ansias de crecer trajeron como consecuencia un embarazo inesperado. En la televisión jamás ocurría que los protagonistas enfrentaran las consecuencias de sus decisiones antes de que la cámara se fuera hacia el amanecer.
Por supuesto que todo fue una locura de llantos, culpas, regaños y abandono… Los padres de David lo mandaron a estudiar al extranjero con unos tíos, cerrando toda posibilidad de hacerse responsable de nada, por lo que yo me quedé sola con un embarazo que desataba mis peores miedos y angustias.
Mis padres me apoyaron, por lógica, pero no fue fácil. Aunque debo decir que me siento orgullosa de que, en el momento en que descubrí que estaba embarazada, decidí tener al bebé, pese a que parecía tener todo en contra. Tuve que salirme de la escuela y cuidarme durante un embarazo de riesgo por mi corta edad. Tuve que olvidar mis sueños de ser independiente y viajar por el mundo, según yo, lográndolo con los frutos de mi trabajo, ya que había soñado con ser una exitosa abogada, pero todo cambió para mí.
Hace dieciocho años que soy madre y puedo decir que serlo me hizo descubrir el verdadero amor. Tengo treinta y dos años y mi hijo es mi único acierto entre los errores de mi vida; es mi motivación y mi compañero de aventuras.
No viajé, pero logré sacar adelante a mi pequeño a pesar de mi inmadurez y corta edad. Nunca más supe de David y, es que poco lo recuerdo. Ni siquiera le guardo rencor. Quiero pensar que no regresó a conocer a su hijo cuando tuvo la edad de ser responsable de sí mismo por motivos excepcionales y no por egoísmo. Eso ya lo juzgará Dios. Yo, mientras tanto, decidí vivir mi vida sin riesgos, sin problemas, sin abandonos, sin mariposas en el estómago y sin las penurias del amor.