Relato unico
Era su tercera vuelta bordeando la plaza, las personas a su alrededor se complacían de ternura al verla, junto a su cochecito tapizado de ositos infantilezcos, cubierto por una blanca sábana de lino. Al cabo de un rato, se refugió del radiante sol que pintaba de bermejo su delicado rostro. Acomodó el cochecito con cierta despreocupación y, meciendo con suavidad, susurraba el tarareo de una canción de cuna.
La presencia de una niña, de sonrisa amplia adornada del intenso rubio de sus cabellos, interrumpió su canto. Acechada por la intrépida curiosidad, levantó sin cuidado la sábana de lino, la sorpresa fue imposible de contener en aquellas manitas, dejando caer el lino. La niña volvió el intenso azul de sus ojos hacia la mujer. Envuelta en fuertes balbuceos, retrocedió hacia sus padres. La mujer mantuvo la mirada en el lino —ahora sucio—. Las personas le sonreían al pasar, no tardó en discernir la tensión de sus rostros. Esa deformación le afectó con una intensidad incontenible. Miró el cochecito con cierta limerencia.
—¿Por qué no lloras?
El encanto se empañó de lucidez.
—¿Por qué no dices nada? —agregó con una aflicción que desató en un mar de lágrimas.
Su mirada, fija en el interior del cochecito, se envolvió de un agudo aturdimiento. Su amado bebé, embadurnado de un tono rubicundo que disimulaba la palidez grisácea de su piel, supuraba un hedor dulzón. La pequeña cabecita permanecía cubierta por lo que parecía un saco de harina, adornado con ojos de botón y sonrisa de hilo, unido al cuello mediante una sutura desprolija.
La mujer se apresuró a rociar su perfume, con toque a cerezas, sobre el cochecito. Limpió sus lágrimas con el lino sucio y se incorporó en busca de su bebé, cubriéndolo con la tela.
—No te resfríes, mi amor.
No tardó en recuperar la sonrisa, con el labial y el rimel derramado. Continuó su paseo tirando del cochecito, en total desanclaje.