No te necesité

All Rights Reserved ©

Summary

Cuando todos te quieren destruir y arrebatártelo todo, solo hay dos opciones, luchas o cedes. Julián O´connel esta dispuesto a luchar y de ser necesario destruirlos hasta que no quede nada de ellos.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Mi vida en la mansión O’Connor siempre estuvo marcada por la ausencia y el desdén. Desde pequeño aprendí a no esperar afecto, ni palabras cálidas, solo órdenes y miradas frías. Los salones, decorados con obras de arte y muebles antiguos, eran testigos silenciosos de mi soledad, y las paredes parecían absorber mis silencios y dudas. Crecí rodeado de lujos, pero el vacío en casa era imposible de llenar. A pesar de todo, me refugié en los libros y en mi propia fortaleza interior, preparándome para enfrentar cada día con la cabeza en alto, aunque por dentro me sintiera solo.


Después de la muerte de mi madre, Marissa Liber una hermosa omega y de familia acaudalada, cuyas últimas palabras apenas recuerdo como un susurro entre el dolor y la fragilidad, mi padre depositó en mí una carga invisible. Me culpaba, y ese sentimiento se convirtió en un peso que arrastré durante años. Giorgio O’Connor, el poderoso Alpha, era una figura imponente, pero distante. Su mirada era dura, su voz siempre exigente, y cada gesto parecía recordarme que nunca sería suficiente para él.


Tres años después, Claire Moral una omega de bajo nivel de feromonas llegó a la mansión. Su apariencia de sencillez y delicadeza era solo una máscara. Detrás de esa fachada de “madrastra compasiva”, se escondía una persona calculadora, que no dudaba en ejercer su poder en mi ausencia de protección. Cuando mi padre estaba fuera, ocupándose de los negocios, Claire se dedicaba a consolidar su lugar en la familia, usando cada oportunidad para maltratarme y manipular la percepción de quienes la rodeaban. Mirando su actuación, solo podía suspirar ante lo patética y ridícula que resultaba su intento de engañar a todos.


El tiempo en la mansión transcurría lento y pesado. Cada día parecía igual al anterior, marcado por la indiferencia de mi padre y la hostilidad de Claire. En ocasiones, caminaba por los jardines buscando consuelo en la naturaleza, lejos de las miradas inquisitivas y las palabras punzantes. Allí desarrollé una determinación silenciosa, una fuerza interior que se forjó en la adversidad.


Al cumplir doce años, sentí la necesidad de escapar de ese entorno asfixiante. Deseaba libertad, una oportunidad de existir sin las cadenas del pasado. Pedí que me inscribieran en el internado de élite más prestigioso de Arderal, convencido de que ahí podría encontrar mi propio espacio, lejos de los viejos fantasmas y manipulaciones. Mi padre no se opuso; en realidad, parecía aliviado por mi partida, especialmente cuando supo que Claire había quedado embarazada, asegurando aún más su posición en la familia.


No sentí tristeza al dejar la mansión. Más bien, experimenté un extraño alivio. Sabía que la distancia me daría la oportunidad de buscar mi propio camino, lejos de las sombras y el ruido de quienes nunca me comprendieron.


Sin embargo, antes de irme, Claire hizo algo fuera de lugar. Hablando con mi padre, lo convenció de aprobar un matrimonio concertado con una familia de élite de la ciudad. Mi padre no se negó; al contrario, afirmó que estaba en la edad perfecta para concertar un compromiso.


-Como Alpha y tu futuro sucesor, nuestro pequeño Julián debe asegurar un buen matrimonio. Pero no hay muchos omegas de buenas familias, ¿qué tal un Alpha?-, dijo ella de forma simple, casi trivial, como si estuviera hablando de cualquier otro asunto doméstico.


La propuesta de Claire resultaba tan extraña como desconcertante. Normalmente, el matrimonio entre Alphas no era bien visto, aunque fuera entre hombre y mujer: entre ellos no podrían consolarse ni hacer más llevadero el Rut con las feromonas del contrario, ya que ambos Alphas buscarían imponer su voluntad, incapaces de ceder o sostener la vulnerabilidad del otro. Era una combinación que, en la mayoría de las familias de la alta sociedad, se evitaba precisamente porque el resultado era una lucha constante por el dominio. Lo que Claire sugería era, básicamente, que no tuviera la opción de formar una buena familia, que no me permitieran escoger o siquiera soñar con lo que otros consideraban normal.


Mi padre no se negó; la apoyó sin dudar, aceptando la propuesta casi con alivio, como si así pudiera desentenderse aún más de mi vida. En su mente, cumplir con el deber de asegurar una alianza prestigiosa era suficiente. Poco importaba que el camino estuviera lleno de contradicciones, de incertidumbre y de riesgos emocionales. Claire, satisfecha con el respaldo, se dedicó a organizar detalles y a comunicar la decisión a quienes debían saberlo. Yo, por mi parte, observé todo el proceso desde la distancia, sintiendo que mi destino se tejía sin mi voz, como una pieza más del complicado ajedrez social de la familia O’Connor.


Así, la víspera de mi partida quedó marcada por esta noticia inesperada, por la sensación de que mi libertad y mi futuro estaban una vez más moldeados por manos ajenas. Y aunque el internado prometía un respiro, sabía que el compromiso impuesto sería una sombra persistente, un recordatorio constante de lo poco que mi opinión pesaba en los asuntos importantes de mi vida.


Pocas semanas después, Claire anunció a mi padre el candidato: “Alexandre Monteiro”, un Alpha de quince años perteneciente a una de las familias más prominentes de Arderal. Mi padre solo asintió sin preguntar nada; lo único que le importaba era que el contrato prenupcial quedara establecido antes de mi partida al internado. Claire se había movido con una rapidez sorprendente, tejió acuerdos en la sombra y mantuvo conversaciones discretas con ambas familias, asegurándose de que nada escapara a su control. Las charlas entre los O’Connor y los Monteiro se llevaron a cabo con éxito, casi como si el destino estuviera ya sellado en tinta antes de que yo siquiera pudiera expresar una palabra.


El día del anuncio, la mansión estaba colmada de una energía extraña, una mezcla entre celebración y resignación. Recuerdo los destellos de las cámaras, los murmullos de los asistentes, el peso de los ojos inquisitivos de la alta sociedad y la presencia abrumadora de los medios. Me encontraba en las amplias escaleras principales, vestido con un atuendo que Claire había elegido cuidadosamente, al lado de Alexandre Monteiro, cuyo rostro apenas me resultaba familiar. Él se mantenía erguido, impecable, con esa seguridad que solo otorgan el linaje y el privilegio.


Mientras el anuncio era proclamado en voz alta, sentía que mis manos sudaban a pesar del frío mármol bajo mis pies. Los flashes no cesaban, y el zumbido de las voces se mezclaba con el eco de la soledad que ya me era habitual. Mi nombre, unido al de Alexandre, circulaba entre la multitud como una moneda de cambio. Vi a Claire sonreír triunfante al pie de la escalera, satisfecha por su victoria social, y a mi padre asentir con la misma expresión ausente de siempre, como si todo esto no fuera más que otro asunto de negocios resuelto con eficacia.


En ese instante, comprendí con absoluta claridad que mi vida se había transformado en un espectáculo para el beneficio de otros. El compromiso, lejos de representar un lazo voluntario, era una jaula dorada, una decisión tomada en despachos ajenos, donde mi voz y mis deseos no tenían cabida. A pesar del bullicio, experimenté una profunda desconexión, como si todo se desarrollara a cámara lenta y yo solo fuera un espectador atrapado en mi propio destino.


El aplauso final selló el compromiso de manera pública y definitiva. Me sentí aún más ajeno a todo lo que sucedía a mi alrededor, consciente de que, aunque el internado prometía refugio, el peso de ese compromiso impuesto me seguiría como una sombra persistente, recordándome que la libertad era una ilusión lejana, moldeada y restringida por las manos de quienes jamás se preocuparon por escucharme.


Me alejé de Alexandre con una sonrisa fingida, esa que solo logra ocultar el desconcierto tras una fachada de cortesía, y me dirigí al jardín, donde el aire parecía menos denso que dentro de la mansión. Solté un suspiro profundo y, al estirarme, sentí cómo el peso de la ceremonia se desprendía momentáneamente de mis hombros. Caminé despacio, dejando que mis pasos resonaran en las losas, hasta que un murmullo me hizo detenerme. La voz de Claire, junto con la de su madre, Sabana, llegaba desde una esquina oculta entre rosales y fuentes, ambas mujeres se escuchaban preocupadas, sus palabras flotaban en el aire con la tensión de quien trama algo fuera de la vista de todos.


Claire respondía con impaciencia, casi irritada por la insistencia de su madre. Le reprochaba su constante presión: -Deja de preocuparte y presionarme madre, ya me deshice de Julián, en unos días se irá a un internado y no será más una preocupación, además, con este matrimonio quedará fuera de la herencia y todo será para mi hijo- Cada frase era como un golpe sordo, dejando en claro que su objetivo era eliminar cualquier obstáculo para asegurar el futuro de su descendencia.


Sabana, con voz cautelosa y algo temblorosa, preguntó si Claire estaba completamente segura de que ese niño sería un Alpha. La duda era evidente; la posibilidad de que el plan no saliera como esperaba le llenaba de ansiedad. Claire suspiró con frustración y, con tono tajante, le recordó que la Doctora Vermont se había asegurado de que la inseminación se realizara con los mejores genes disponibles. -Así que deja de preocuparte- añadió, como si esa garantía bastara para desvanecer todas las inquietudes de su madre.


Sabana miró hacia la fuente, el reflejo del agua temblaba bajo la luz, y volvió a hablar. Esta vez su voz era más baja, casi un susurro: -Giorgio cree que eres una omega dominante; si se entera que eres recesiva va a dudar de que ese bebé sea tuyo. Y si descubre que es producto de una inseminación... nos va a matar- El temor se filtraba en cada palabra, revelando el riesgo que implicaba el plan de Claire y la fragilidad de los secretos sobre los que se sostenía su futuro.


Claire, irritada y con los nervios a flor de piel, abofeteó a su madre de manera seca, fría, y le habló en voz baja pero firme: -No digas nada de eso nuevamente, deja tu maldita paranoia, él jamás se va a enterar. Una vez que este bebé nazca y se manifieste como Alpha, toda la herencia será para él. Así que cuida tus palabras, madre. Ahora solo me queda que Julián firme la sesión de la herencia que le dejo su estúpida madre. - La determinación de Claire era implacable, no permitía dudas ni objeciones, y controlaba cada detalle para asegurarse de que nada escapara a su dominio.


Oculto entre los arbustos, escuché cada palabra sin inmutarme, sintiendo que había descubierto un secreto vital, una pieza esencial en el juego de la familia O’Connor. Esbocé una sonrisa irónica; no revelaría nada por el momento. Preferí observar cómo, con cada mentira, el imperio familiar se acercaba a su propia ruina. Aquella revelación era el inicio de una trama mucho más compleja. Sonreí de nuevo, dejando tras de mí el jardín y regresando a la fiesta, donde el bullicio y las luces no podían ocultar el peso de los secretos que ahora llevaba conmigo. Era el testigo silencioso de una caída anunciada.


Al regresar a la fiesta, sentí cómo el ambiente se había transformado: las personas se acercaban con sonrisas estudiadas, felicidades vacías y comentarios cargados de segundas intenciones. Era como si la sala se hubiera convertido en un mercado de aspiraciones y alianzas, donde cada palabra buscaba un beneficio oculto. Algunos, con evidente ambición, me presentaban a sus hijos con la esperanza de forjar una amistad que pudiera traducirse en futuras oportunidades. Otros, más discretos, buscaban iniciar conversaciones sobre negocios bajo la apariencia de felicitaciones sinceras. En medio de esta corriente de intereses, Alexandre se abrió paso hacia mí. Su presencia era imponente, su voz firme y su mirada decidida. Me indicó que necesitaba hablar conmigo en privado, y sin oponer resistencia, accedí a acompañarlo hasta la oficina de mi padre.


Al entrar, el silencio nos envolvió. Alexandre, visiblemente tenso, dejó escapar un suspiro pesado y se acomodó en el sillón que estaba frente a mí. Su gesto fue meticuloso, y pronto sacó de su saco un documento cuidadosamente doblado. -Fírmalo- ordenó, sin titubeos. Tomé el papel entre mis manos, notando el frío que emanaba de su contenido. Al leerlo, descubrí que se trataba de un contrato que me obligaba, como prometido, a respetarle y complacerle en todo aspecto. Además, debía cederle todas mis acciones en la empresa de mi padre, así como las propiedades, empresas y el capital que mi madre me hubiera legado. Todo pasaría a ser administrado por él, en su papel de alpha y futuro esposo. Para cubrir mis gastos en la Academia, el documento estipulaba que recibiría cada mes tan solo 300 créditos.


Ante semejante propuesta, una carcajada se escapó de mis labios. Era absurdo pensar que esa cantidad serviría siquiera para adquirir un par de zapatos decentes. En el silencio de la oficina, rompí el documento sin dudar, dejando los fragmentos caer sobre la mesa. Mi voz, seca y firme, se alzó: -Todos ustedes creen que, porque no digo nada, aceptaré todo lo que desean. Pero no soy estúpido, mucho menos alguna clase de tonto dispuesto a entregar su patrimonio por capricho ajeno-. Sin esperar respuesta, me levanté y salí de la oficina, sintiendo una mezcla de alivio y desafío.


De nuevo entre la multitud, mi mirada buscó al abogado Aliston Bredont, conocido por su destreza despiadada y su capacidad para conseguir cualquier objetivo por más imposible que pareciera. Era un personaje temido y respetado, cuya reputación precedía cada movimiento. Me acerqué a él, posicionándome a su costado, y en un susurro apenas perceptible le dije: -Centro comercial Ashford, joyería Staunton, una de la tarde-. Luego me alejé con paso decidido, dejando tras de mí el eco de una partida que, sin duda, se tornaba cada vez más compleja y peligrosa.


La fiesta de compromiso continuó sin sobresaltos; todos parecían mantener la compostura y nadie sospechaba los verdaderos motivos tras las celebraciones. Las luces brillaban sobre las cabezas de personas que fingían alegría, y el murmullo alegre servía de tapiz para los acuerdos silenciosos. El aire estaba impregnado de perfumes caros y expectativas ocultas, y los rostros, aunque sonrientes, ocultaban intenciones que solo se revelaban en miradas fugaces y apretón de manos calculados. Al terminar, mi padre me llamó discretamente a su oficina, lejos del bullicio. El pasillo parecía más largo de lo habitual, cada paso resonando en mi pecho como un tambor de incertidumbre.


Nos miramos en silencio, y él habló con voz grave, casi ceremoniosa: -Claire piensa que aún eres muy joven para lidiar con todas las responsabilidades que tu madre te dejó, así que ella desea ser tu albacea para administrar tus bienes. Una vez te cases, Claire te entregará todo de regreso; creo que es algo bastante factible, así que firma la cesión de derechos administrativos-. Su propuesta era clara, pero el documento que puso sobre la mesa me resultó sospechoso desde el primer momento. Lo tomé y lo leí detenidamente; aunque solo tenía doce años, la vida me había enseñado a desconfiar de las palabras envueltas en promesas de protección. Cada párrafo pretendía sonar legalmente convincente, adornado con términos que buscaban anestesiar cualquier duda, pero era una trampa para arrebatarme lo que mi madre me había dejado. Sentí el peso de mi herencia, no solo material, sino moral, y me pregunté cuántos más intentos habría para arrancar de mí lo que por derecho me pertenecía.


Con calma, dejé el documento sobre la mesa y pregunté, sin ocultar el desdén en mi voz, y con una frialdad que surgía del cansancio acumulado: - ¿Quién se cree tu esposa para pedirme administrar los bienes que me dejó mi madre? -.


Mi padre frunció el ceño y suspiró, intentando justificar la petición: -Solo dale el gusto, sé que no la quieres, pero ella te ha cuidado desde que se volvió mi esposa. Lo hace por tu bien-.


Sentí ganas de reírme; él solo repetía lo que ella decía, pero jamás había prestado verdadera atención a esos supuestos cuidados. Era como si no entendiera el trasfondo, como si la realidad le quedara distante. Respondí con firmeza, dejando claro mi posición: -No lo haré-. Me puse de pie, tomé el documento y me retiré a mi habitación, decidido a no ceder ante manipulaciones disfrazadas de protección.


En el trayecto, el eco de la conversación reverberaba en mi mente. Recordé las veces que Claire se había presentado como salvadora, cuando en realidad cada gesto estaba calculado para garantizar su propio ascenso. Me sentí pequeño y vulnerable, pero también ardiendo en una determinación silenciosa. Al cerrar la puerta de mi habitación tras de mí, me prometí que jamás firmaría nada que pusiera en peligro el legado de mi madre. La noche se alargaba, y en la penumbra, decidí que mis pasos serían firmes, que nadie volvería a decidir por mí.


A la mañana siguiente me levanté, me vestí y bajé al comedor donde el desayuno ya me esperaba, cuidadosamente preparado en la mesa. Mi padre ya se había marchado y Claire, sentada frente a mí, me miraba con furia contenida, sin pronunciar palabra. Detrás de mí estaba mi guardaespaldas, un Alpha imponente que había contratado y que solo obedecía mis órdenes; lo había incorporado la última vez que Claire intentó golpearme, y desde entonces su autoridad sobre mí se había visto limitada. Lamentablemente para ella, los Alphas solemos desarrollarnos más rápido y nuestra comprensión del mundo es más aguda, por eso ya no podía hacer lo que deseaba.


Mi chef exclusivo se acercó para retirar los platos vacíos, le agradecí y me retiré del comedor. -Erden, trae el vehículo- ordené, y el mayordomo se acercó para preguntarme a dónde iba, seguramente enviado por Claire para obtener información. Lo miré con desdén y respondí frío: -No preguntes lo que no debes, recuerda tu lugar-. Fui distante y firme. Erden me abrió la puerta del vehículo y subí. Era uno de los más recientes modelos espaciales, de última generación, equipado con propulsión de éter y elevación biomagnética, reflejo de la independencia que había elegido.


Llegué al centro comercial Ashford, donde la multitud fluía como un río de rostros desconocidos y murmullos. El aire, cargado de aromas a café y perfumes, me envolvía mientras ascendía por las escaleras hacia el segundo nivel, donde se encontraba la joyería Staunton. Al ingresar, el ambiente cambió de inmediato: la luz era suave, las vitrinas relucían y los empleados se movían con discreta eficiencia. Sin titubear, uno de ellos se acercó y me invitó a pasar al área VIP, apartada de la mirada curiosa de los clientes comunes.


En el salón privado, la atmósfera era aún más opulenta, marcada por el silencio y el lujo. El abogado Aliston Bredont estaba allí, sentado en un sillón de cuero oscuro, con el porte elegante y la mirada inquisitiva que lo caracterizaba. Me detuve unos segundos, permitiendo que la tensión se hiciera palpable, antes de saludarle con un gesto formal. Me senté frente a él, y en un movimiento calculado, coloqué el documento sobre la mesa, permitiendo que el peso de la situación se manifestara.


Aliston tomó el documento entre sus manos, sus dedos recorriendo el papel con meticulosidad. Mientras lo revisaba, le narré en voz baja todo lo acontecido: desde lo que escuché en el jardín, los susurros y las propuestas que intentaban doblegar mi voluntad, hasta el episodio en la oficina, donde Alexandre me presentó un contrato que rompí sin vacilar. Le expliqué que este último documento, aunque envuelto en legalismos, buscaba el mismo objetivo: arrebatarme la herencia que mi madre me dejó, bajo el disfraz de protección y conveniencia.


-Quiero ampararme legalmente en todo lo posible, Aliston. No quiero dejar una sola brecha que puedan utilizar para robarme mi patrimonio-, expresé con voz firme, el tono impregnado de una determinación que no admitía dudas.


El abogado asintió, comprendiendo no solo el trasfondo jurídico, sino también la lucha personal que estaba enfrentando. Abrió su maletín y extrajo una carpeta con documentos, comenzando a analizar la situación bajo todas las perspectivas posibles. Enumeró los pasos a seguir: revisión de cada cláusula, preparación de recursos legales, y vigilancia de cualquier movimiento sospechoso de quienes buscaban aprovecharse de mi vulnerabilidad.


Aliston me miró con gravedad, sus ojos reflejaban la experiencia de quien ha visto demasiadas batallas legales, y pronunció con voz baja pero contundente: -Ellos no descansarán hasta dejarte prácticamente en la calle y sin nada, cerrando cualquier camino y aislándote. Esto no será barato-.


Sentí cómo el peso de sus palabras se asentaba en el aire. Lo miré directo a los ojos, sosteniendo la mirada con una seguridad feroz, casi depredadora. Una sonrisa confiada se dibujó en mis labios. Mi respuesta, sin titubeos, rompió el silencio:


-No me veas como un mocoso, Aliston. Sé perfectamente que nada en la vida es gratis, mucho menos lo que realmente vale la pena. Tus honorarios serán cubiertos en su totalidad, no pienso regatearte un solo crédito: tendrás un millón de créditos nivel plata por tu trabajo. Además, te otorgaré un cinco por ciento de mis acciones en Capital Estelaris, y cuando mis futuras empresas se consoliden, también recibirás acciones de ellas. Tú luchas por mi causa, y yo sé recompensar la lealtad y el talento-


Mi voz era firme, convincente, cargada de una determinación inquebrantable. Sabía que esa inversión era necesaria, no solo para blindar mi patrimonio, sino para dejar claro que no me doblegarían con amenazas ni trampas legales. Aliston, por un breve instante, dejó traslucir una chispa de respeto en su mirada antes de asentir, comprendiendo que estaba ante alguien dispuesto a ir hasta las últimas consecuencias por lo que le pertenecía.


El silencio se prolongó, pesado pero lleno de significado. Tomó unos segundos para ordenar sus papeles y, mientras lo hacía, sentí que una nueva etapa comenzaba: ya no era solo una batalla por dinero o bienes, sino por mi propio destino. Ahora no estaba solo en esta guerra silenciosa; a mi lado tenía a un aliado formidable y, juntos, enfrentaríamos la tormenta que se avecinaba.


–Te pareces a tu madre, Marissa. Por muy omega que fuera, jamás permitió que la manipularan; tan firme era en sus convicciones que, incluso después de su muerte, tu padre nunca pudo siquiera rozar un solo crédito ni poseer ningún bien que ella te dejara. Es una verdadera lástima que Giorgio no pueda ver el valor que tienes, Julián. Por eso, te sugiero que tomemos medidas más allá de lo ordinario: iniciemos un registro de seguridad de nivel Rojo, el más alto, para proteger tu patrimonio. Anexaremos permisos de seguridad de la gama más avanzada, basados en tecnología genética; un sistema tan seguro que ningún código puede ser alterado o manipulado, ni siquiera por los mejores especialistas en falsificación. Pero no nos detendremos ahí: redactaré cláusulas de seguridad adicionales, diseñadas para cerrar cualquier resquicio legal, de modo que, si alguien intenta apropiarse de tus bienes mediante documentos falsos, simplemente no lo logre. Todos los documentos deberán ser verificados y notariados con tu firma y la mía, sellando así cada transacción e impidiendo cualquier intento de fraude o abuso. De este modo, tu legado y la voluntad de tu madre serán verdaderamente inquebrantables-.


Mientras hablaba, Aliston desplegó sobre la mesa una serie de carpetas holográficas de alta seguridad, hojas de seguridad y dispositivos de autenticación. Su destreza y meticulosidad quedaban patentes en cada movimiento: tomó el teléfono, realizó varias llamadas rápidas, su voz, absorbida por el susurro insonorizado del salón privado, gestionaba citas en las Oficinas Estelares, consultaba con especialistas en validación genética y coordinaba con notarios de máxima confianza.


El ambiente, antes cargado de tensión, empezó a teñirse de una seguridad renovada. Cada hoja firmada, cada medida adicional, era un ladrillo en la muralla que blindaría su futuro. Por primera vez en mucho tiempo sintió que el miedo retrocedía ante la estrategia, que la vulnerabilidad cedía terreno a la certeza. Aliston, ahora completamente concentrado en su labor, iba anotando detalles, anticipando posibles amenazas y reservando un margen para imprevistos.


La sensación de tener un verdadero aliado crecía con cada paso. Observé su concentración y su profesionalismo: sabía que, junto a él, ninguna tormenta legal me sorprendería indefenso. Unidos por la causa y la determinación, estábamos cimentando no solo la defensa de mis bienes, sino el control sobre mi destino y el respeto por la memoria de mi madre.


La operación transcurrió con una meticulosidad casi ceremonial, en la que cada uno desempeñó su rol con cautela para evitar levantar sospechas. Julián llegó primero a las Oficinas Estelares, donde todo estaba preparado y su presencia era esperada por personal especializado en procedimientos de alto nivel. El ambiente era discreto y profesional, diseñado para proteger la privacidad y asegurar que ningún detalle se filtrara al exterior. Poco después, Alister apareció, sumándose a la acción con su habitual elegancia y autoridad, saludando con una seña sutil al encargado de seguridad. Ambos se reunieron en una sala privada, donde el protocolo de blindaje patrimonial inició sin demora.


La revisión de documentos fue exhaustiva: cada propiedad fue transferida a nombre de Julián bajo estrictas cláusulas de seguridad de nivel Rojo, que garantizaban la máxima protección frente a intentos de suplantación, manipulación o fraude. Las empresas vinculadas al patrimonio familiar fueron modificadas conforme a nuevos estatutos legales y, desde ese momento, la representación oficial recaía en la Firma de Abogados de Alister, “Consorcio Legal Esmeralda”. Esta alianza no solo blindaba los intereses de Julián, sino que también reforzaba la estrategia defensiva en posibles litigios futuros. El fideicomiso y todas las cuentas en el Banco Interestelar se ajustaron a las normas más avanzadas, asegurando que solo Julián pudiera acceder a sus bienes.


Uno de los pasos más innovadores fue la incorporación de la firma genética de Julián a los parámetros de seguridad; esta tecnología convertía su identidad en una llave digital imposible de duplicar, elevando el nivel de protección a un estándar inalcanzable para hackers y falsificadores. En ese entorno de vigilancia extrema y confianza reforzada, Alister presentó a Calisto Meller, un joven asistente de confianza, seleccionado por su lealtad y talento. Calisto sería el secretario particular de Julián, fungiendo como canal para transmitir instrucciones a la persona designada como Director Interino mientras Julián alcanzaba la mayoría de edad. Su presencia añadía una nueva capa de control, supervisión y apoyo logístico, asegurando que las operaciones diarias se mantuvieran bajo estricta vigilancia.


Finalizada la jornada, la despedida fue breve pero significativa. Julián, consciente de la magnitud de lo realizado, estrechó la mano de Alister con firmeza y gratitud. La tranquilidad que sentía no era solo por la protección de sus bienes, sino por la certeza de haber cimentado un entorno donde el legado y la memoria de su madre permanecerían intactos, a salvo de cualquier amenaza externa. En la puerta, Calisto le entregó un dossier con las claves de acceso y los contactos de emergencia; todo estaba en orden, listo para enfrentar el futuro. Alister, por su parte, se quedó revisando los últimos detalles, mientras Julián partía rumbo al Internado Galáctico. Sabía que, a partir de ese día, ninguna tormenta legal podría arrasar con su vida. Había dejado todo en manos expertas y, por primera vez en mucho tiempo, el miedo cedía terreno ante la seguridad, la estrategia y la confianza en sus aliados.


Antes de partir hacia el Internado Galáctico, Julián dedicó la mañana a realizar las últimas compras, asegurándose de que tanto él como Calisto tuvieran absolutamente todo lo necesario para afrontar la vida en la Academia Estelar. Desde uniformes elaborados con tejidos de última generación, pasando por dispositivos de comunicación, libros de estudio, hasta kits de higiene y accesorios personales; nada quedó fuera de la lista. Calisto, siempre atento y meticuloso, revisó con Julián cada artículo, haciendo ajustes para garantizar que la logística de su arribo fuera perfecta y no faltara ningún detalle.


La adquisición de los boletos para la Aeronave Isis resultó ser toda una experiencia. El proceso, lejos de ser simple, requirió validaciones de seguridad, confirmación de identidades y autorización especial debido al estatus de Julián. Ambos recibieron credenciales con acceso prioritario, lo que les permitiría abordar sin demoras y con total discreción. La nave, elegante y silenciosa, estaba programada para partir rumbo a la Academia Estelar al día siguiente por la mañana, marcando el inicio de una nueva etapa en sus vidas.


Al regresar a la imponente Mansión, el ambiente era distinto: un silencio expectante llenaba los pasillos, y Claire aguardaba en la sala, visiblemente nerviosa, con las manos entrelazadas y la mirada fija en la puerta. Julián, aún con la adrenalina del día, se sentó frente a ella, preparado para escuchar lo que intuía serían más intentos de manipulación. Claire, después de unos segundos de vacilación, se decidió a hablar. Su voz, quebrada y llena de remordimiento, revelaba una faceta que nunca antes había mostrado.


-Julián, sé que en todo este tiempo no te he tratado muy bien; fui dura contigo y no supe cómo darte afecto. Sé que mi petición puede sonar absurda, pero solo tienes 12 años y no tienes la capacidad para administrar tus bienes- explicó, extendiéndole el mismo documento que su padre le había presentado la noche anterior. -Por eso deseo ser tu albacea; déjame hacerlo y demostrarte lo mucho que en verdad me preocupo por ti. Solo fírmalo y yo me encargaré de todo-.


Julián, quien había aprendido a leer entre líneas, le dedicó una pequeña sonrisa, tomó el documento y lo sostuvo por un instante. Claire, al notar el gesto, dejó que la esperanza se reflejara en su rostro, pero ese destello se apagó abruptamente al ver cómo Julián rompía el papel con un movimiento decidido. -Ni lo sueñes, estúpida omega- le dijo con voz fría antes de levantarse y marcharse a su habitación, dejando a Claire enmudecida por la sorpresa y el rechazo.


El resto del día transcurrió en una atmósfera de tensión contenida. Julián, desde su cuarto, repasó los pasos recientes y preparó mentalmente el viaje. Calisto pasó a revisar los itinerarios, verificó los sistemas de comunicación y envió actualizaciones a Alister, asegurando que la seguridad y la transición de poderes estuvieran perfectamente alineadas. La Mansión, normalmente vibrante y llena de actividad, parecía ahora un santuario silencioso en el que se fraguaba el futuro.


En la noche, Julián se asomó a la terraza y contempló el cielo estrellado. Sabía que el viaje a la Academia Estelar era mucho más que una simple mudanza: representaba la consolidación de su independencia, el cumplimiento de la voluntad de su madre y el cierre definitivo a cualquier amenaza sobre su legado. Con el apoyo de Calisto y Alister, sentía que, por fin, controlaba su destino. La certeza y el orgullo reemplazaron al miedo, y en su interior floreció la convicción de que ninguna tormenta, por más intensa que fuera, lograría doblegarlo.


Por la mañana, el ambiente en la Mansión era el de una despedida inminente. Erden, siempre puntual, acompañó a Julián al puerto de abordaje, asegurándose de que todo estuviera en orden para el viaje. Calisto ya esperaba allí, revisando los itinerarios y la logística con meticulosa precisión. No obstante, el puerto estaba lejos de ser un escenario privado: Alexandre también se encontraba presente, y a su lado caminaba un omega de apariencia delicada y mirada inquieta, claramente alguien que había llegado bajo el amparo de Alexandre.


Julián, centrado en sus propios asuntos, apenas prestó atención a quienes lo rodeaban. Para él, lo que Alexandre hiciera o dejara de hacer era irrelevante; la prioridad estaba en las listas de artículos que Calisto le entregaba y los documentos que debía aprobar antes de partir. En la sala de espera, el silencio era interrumpido solo por el sonido de las teclas y el murmullo de instrucciones. Alexandre, decidido a no pasar desapercibido, se acercó a Julián seguido por el pequeño omega, que permanecía pegado a él, casi como una sombra.


-Julián, no deberías ignorarme, soy tu prometido-, dijo Alexandre en un tono que buscaba llamar la atención. Julián levantó la vista apenas un instante, con gesto impasible, y enseguida regresó a sus documentos, aprobando reportes y dictando nuevas indicaciones a Calisto. Alexandre insistió, presentando al omega: -Te presento a Clerivan Charles. Irá al mismo internado al que vas; te encargarás de cuidarlo y darle todo lo que necesite-. Julián los miró de reojo, alzando una ceja en señal de incredulidad ante lo que escuchaba. Luego, fijó su mirada en Calisto, quien de inmediato asintió y comenzó a teclear en su dispositivo táctil.


La información de Clerivan apareció en el pad holográfico de Calisto: -Clerivan Charles, hijo del jardinero de la zona este de la Mansión Monteiro. Omega de rasgo bajo, 12 años, madre omega masculino, padre Beta-. Clerivan, al sentir la mirada fría de Julián, intentó mantener la postura, pero la seguridad se le esfumó y terminó escondiéndose tras Alexandre. Julián, con una sonrisa apenas perceptible, respondió con voz firme.


- ¿Por qué tendría que hacer lo que pides, Alexandre? Este omega no es mi responsabilidad, es el hijo de tu jardinero; paga tú por sus cosas y no me molesten-.


Sin perder tiempo, Julián se puso de pie, dirigiéndose a Erden: -Erden, recuerda hacer todo tu trabajo mientras no me encuentre. Una vez termine mis estudios regresaré, así que ya sabes qué hacer-. La solemnidad de sus palabras dejó en claro el alcance de las instrucciones. Después miró a Calisto: -Calisto, subamos a la aeronave-. El asistente, diligente, recogió los documentos y siguió a Julián hasta la puerta de embarque, dejando atrás a Alexandre y Clerivan sin más consideraciones.


A medida que caminaban hacia la aeronave Isis, Julián sintió el peso de la transición: cada paso lo alejaba de intrigas familiares y lo acercaba a la promesa de independencia. El puerto, con su bullicio de viajeros y agentes de seguridad, era testigo de una separación de caminos; mientras Alexandre intentaba retener lo irremediable, Julián avanzaba con determinación. La nave, elegante y silenciosa, esperaba por él y Calisto, brillando bajo la luz de la mañana como símbolo de la nueva etapa. Julián sabía que el viaje a la Academia Estelar era más que un traslado físico; era la confirmación de su autonomía, de la confianza depositada en quienes sí le acompañaban honestamente, y de la fuerza recién encontrada para defender todo lo que había construido.