Capitulo 1
El Jeep frenó demasiado cerca del cordón, como siempre. Jackson bajó primero—buzo gris oscuro, expresión de alguien que no terminó de dormirse ni de despertarse del todo. Dio un bostezo, acomodó la tira de la mochila en el hombro y esperó.
Después bajó John. Negando con la cabeza antes de que Maya dijera algo, porque ya sabía lo que venía.
Había puesto una playlist de pop en el trayecto de la casa a la escuela. Una que ella odiaba. Él lo sabía y la había puesto igual.
Maya bajó desde el asiento del copiloto azotando la puerta.
—Tú me habías dicho que esa canción te gustaba—dijo John sin mirarla.
—Eso fue hace un año—respondió Maya poniéndose delante de él, alzando levemente la voz.
Jackson los miró a los dos con una sonrisa tranquila.
—Cada día parecen más un matrimonio—dijo, y siguió caminando delante sin esperar respuesta.
— Cállate, Jack — dijo Maya.
Cruzó los brazos y caminó junto a John mirando para otro lado. Él no dijo nada más. Tampoco aceleró para alcanzar a Jackson ni se quedó atrás. Caminó al ritmo de ella, como si no lo hubiera decidido.
Harlow High estaba llenándose despacio. Grupos en la entrada, mochilas en el piso, el ruido sordo de una mañana de lunes que Maya conocía de memoria y que le resultaba igual de molesta que la primera vez.
En la entrada, apartadas del flujo de alumnos, estaban Amber y Samanta. Relajadas, mirando pasar a la gente con la indiferencia de quien lleva años siendo mirada y ya se aburrió de eso.
Samanta tenía dos vasos de café desechables en la mano — uno para ella, uno para Maya. Lo hacía todos los lunes desde décimo grado. Maya jamás se lo había pedido. Samanta jamás lo había anunciado. Simplemente aparecía con los dos vasos y ya.
Amber estaba a su lado con el Herald recién impreso, marcando la segunda página con un resaltador naranja.
Jackson llegó con paso lento y fue directo a Samanta. Le rodeó la cintura con el brazo.
— ¿Pusiste lo del partido del viernes? — le preguntó a Amber.
— Sí. Puse que ganamos de milagro porque el equipo contrario era pésimo.
— Hola, nena — le dijo Jackson a Samanta sin prestarle más atención al asunto.
— Hola, cariño — respondió ella correspondiendo el beso.
Amber seguía marcando. Jackson le empujó el codo con el suyo. La línea del resaltador se fue hasta el borde de la página.
— Idiota — dijo Amber. Sin gritar. Sin levantar la vista.
— ¿Puedes relajarte? Ni siquiera entramos a la escuela.
Amber negó con la cabeza y siguió con lo suyo.
Al lado, John intentaba rodear a Maya con el brazo. Ella todavía no lo perdonaba por lo del auto. Desviaba la vista cada vez que él se acercaba, que era exactamente lo que John necesitaba para seguir intentándolo. La sujetó de la cintura y la pegó contra él — la espalda de ella contra el pecho de él. Maya soltó una sonrisa pequeña y negó con la cabeza.
— ¿Te rindes? — dijo John a su oído.
— Lo hiciste a propósito.
— Sí. A veces me gusta hacerte enojar.
— Qué infantil — dijo ella sin mirarlo.
John rio. Le tomó las manos y miró sus uñas.
— ¿No usas rosa hoy?
Maya sacó las manos de entre las de él y hundió la cara en su bufanda negra.
— Cállate — casi un susurro.
— Eres la única gótica que ama el rosa.
Maya se dio vuelta rápido y le puso un dedo en los labios.
— Okey. Okey. Cállate — dijo —. Te perdono.
John sonrió. Ella se puso de puntillas y le dio un beso.
Tres minutos después apareció Evan desde la esquina, caminando desde la parada del bus con las dos tiras de la mochila puestas y los lentes torcidos. Se acercó al grupo. No dijo hola. Simplemente llegó y se sumó, como si hubiera estado ahí desde el principio.
Un chico de otro grupo lo miró de reojo al pasar. Después miró a John y a Jackson. Después volvió a mirar a Evan. No dijo nada. Siguió caminando.
La campana sonó y el flujo de alumnos empezó a moverse hacia adentro. El grupo entró junto — casi todas sus clases eran las mismas, algo que ninguno había planificado en voz alta pero que todos habían maniobrado en silencio durante la inscripción.
Los pasillos de Harlow High eran amplios y ruidosos a esa hora. A los costados, puertas de aulas y filas de casilleros azules empotrados en la pared.
John y Jackson caminaron juntos hacia los suyos hablando de Sinister, que salía ese otoño y que Jackson ya había visto el tráiler cuatro veces.
— Dicen que es la más perturbadora del año — dijo Jackson.
— Todos dicen eso de todas — respondió John.
— Esta vez es verdad.
Llegaron a sus casilleros. El de Jackson en la esquina. Abrió la puerta, guardó la mochila y se quedó un segundo quieto. En el techo del casillero había una foto de él y Samanta — en el techo de alguna casa, los dos riendo hacia la cámara. Al lado, un paquete de cigarrillos vacío que no recordaba haber dejado ahí. Lo miró un segundo. Cerró el casillero.
John abrió el suyo, a dos casilleros de distancia. Adentro, un balón de fútbol americano viejo que usaban en las salidas improvisadas al parque. Y una foto — él de niño, entre sus padres, los tres mirando a la cámara. Se mordió el borde interior de la mejilla y cerró el casillero de un golpe suave.
Caminó hasta donde estaba el grupo.
Maya y Samanta estaban junto a sus casilleros tomando el café del lunes. El murmullo del pasillo era alto. Por eso ninguno escuchó a Evan a tiempo.
Un chico de tercer año lo había arrinconado tres metros más allá. Más alto, más ancho, con esa seguridad específica de quien sabe que nadie va a intervenir.
Pero antes de que John o Jackson lo vieran, un compañero de clase pasó junto a Maya.
— Maya, me encantaron las fotos que tomaste para el diario — dijo de paso, sin detenerse.
John dio un paso hacia adelante. Apretó el puño. Lo siguió con la mirada hasta que el chico desapareció entre los estudiantes.
Maya se puso en el medio.
— Gracias, Todd — le había dicho al chico. Ahora miraba a John. — Basta.
John seguía con la mandíbula apretada.
— Es solo un compañero de clases — dijo Maya.
John exhaló despacio. Maya le sujetó la mano un momento, luego la soltó.
— No tienes derecho a una escena así. De todas formas — dijo, y le dio un sorbo al café dándole la espalda.
John frunció el ceño.
— ¿A qué te refieres con eso?
Maya guardó la bufanda en su casillero. Cerró la puerta. Empezó a caminar.
— Luego lo hablamos, cariño.
— Responde. ¿A qué te refieres? — insistió John siguiéndola.
Ella no respondió. Siguió caminando hacia clase con John dos pasos detrás, y esa distancia de dos pasos decía exactamente lo que ninguno estaba dispuesto a decir en voz alta.
En su casillero, Jackson estaba besando a Samanta. Ella lo apartó. Se relambió los labios despacio y lo miró.
— Bebiste — dijo.
No era una pregunta.
Jackson negó con la cabeza y miró a otro lado. Luego miró a su alrededor para asegurarse de que nadie escuchara.
— Solo una cerveza — confesó.
Samanta se dio vuelta y empezó a caminar. Jackson la sujetó del brazo.
— No lo hagas, nena. Fue la última vez.
Ella se detuvo. Habló sin levantar la voz, con esa firmeza que aparecía pocas veces y que siempre lo dejaba sin argumentos.
— Si vuelve a pasar se lo digo a John — dijo.
Jackson asintió. Se acercó con cara de perro arrepentido, intentando retomar los besos.
Samanta dio un paso atrás con una sonrisa que no era exactamente una sonrisa.
— De castigo no me tocas en todo el día — dijo, y se fue.
Jackson la vio alejarse. Suspiró. Siguió su camino al otro lado de la escuela.
Tres metros más allá, Axel le sacaba dos cabezas a Evan y lo sabía.
— Tengo examen esta tarde y no estudié — dijo —. Dame un papel con los apuntes.
— La última vez que lo hice me suspendieron dos días — respondió Evan.
— ¿Y a mí qué?
— No, Axel. No lo voy a hacer — dijo. La voz le temblaba pero las palabras salieron enteras.
Axel levantó la mano y lo sujetó del hombro. Cerró el puño.
El clic de una cámara lo detuvo.
Se dio vuelta. Amber estaba detrás de ellos con su sonrisa de siempre y la cámara entre las manos.
— Solo tomo evidencia — dijo —. Así que mejor vete, o se la muestro al directorio.
Axel miró a Amber. Miró a Evan. Se fue sin decir nada más.
Evan se acomodó los lentes con un dedo.
— Gracias, Amber.
Ella le dio una palmada en el hombro y empezó a caminar.
— Descuida. La pubertad te llegará pronto.
— Ja. Muy graciosa — dijo Evan, siguiéndola.
Las horas pasaron como pasan los lunes.
Jackson estaba en su salón con los auriculares puestos, golpeando dos lápices sobre el escritorio según el ritmo de algo que nadie más escuchaba.
Samanta estaba con el resto de las porristas discutiendo los cambios del uniforme para el torneo — con esa seriedad específica que el resto de la escuela nunca terminaría de entender.
Amber estaba en la oficina del consejo estudiantil. Hablaba pero tomaba notas de lo que decían los demás. Siempre tomaba notas.
Evan tenía la PSP escondida debajo del escritorio. La pantalla iluminaba levemente sus lentes desde abajo. Llevaba cuarenta minutos en el mismo dungeon y no tenía intención de salir.
El entrenamiento de fútbol se había cancelado — el entrenador había salido corriendo porque su hija había nacido ese mediodía. El campo estaba vacío.
John estaba en las escaleras del primer piso. Sentado en el alféizar de la ventana, con la espalda contra el marco y las rodillas levemente dobladas. Miraba afuera.
Abajo, en el estacionamiento, estaba Maya.
Tenía la Pentax colgada al cuello y caminaba despacio entre los autos. Fotografiaba el cielo gris. Las hojas — rojas, naranjas, amarillas — aplastadas contra el asfalto mojado. Un auto verde que alguien había estacionado torcido. Cosas que nadie más hubiera mirado dos veces.
John la observó sin moverse.
Había algo en la manera en que Maya miraba las cosas — esa atención lenta, casi sin prisa — que él reconocía sin poder nombrarla. Como si ella supiera que las cosas duran poco y quisiera guardarlas antes de que se fueran.
No pudo evitar pensar en aquel día. En lo que había pasado entre ellos dos — no el grupo, no Jackson ni Samanta ni nadie más. Solo ellos. Algo que los había cambiado de una manera que ninguno había explicado en voz alta y que sin embargo los dos cargaban desde entonces.
Maya levantó la cámara y tomó una foto del cielo.
John no se movió de la ventana.