La Niebla de Băile Mureş

All Rights Reserved ©

Summary

En el eterno pueblo brumoso de Băile Mureș, Matei y Adrian se encuentran en medio de una atracción intensa y prohibida. Mientras Matei lucha contra el odio a su propio cuerpo y Adrian esconde cicatrices autoinfligidas, ambos se ven arrastrados hacia un romance tóxico lleno de secretos, celos y deseos peligrosos. A su alrededor, Azucena sobrevive prostituyéndose y Leslya se hunde lentamente en las drogas, tejiendo una red de mentiras y dependencia que amenaza con destruirlos a todos.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

El árbol que nunca es el mismo

La niebla no se había levantado en todo el día en Băile Mureș.

Se pegaba a las casas de piedra, se enredaba entre los árboles del bosque y convertía las calles en caminos de silencio húmedo. El Colegio Católico San Ignacio se alzaba en medio de esa bruma como un viejo que ya ha visto demasiado: paredes claras desgastadas, una cruz de metal torcida por el viento constante y un patio donde un solo árbol parecía vigilarlo todo.

Matei conocía ese lugar mejor que su propia piel. Había crecido entre esos pasillos, entre esas miradas conocidas. Y aun así, siempre se sentía fuera de lugar.

Caminaba por el corredor principal con su libreta apretada contra el pecho, como si fuera un escudo. Leslya y Azucena lo esperaban en el patio, como casi todos los días.

Leslya hablaba sin parar, moviéndose de un lado a otro, llenando el aire con palabras que a veces sonaban demasiado rápidas, demasiado brillantes. Sus manos temblaban ligeramente cuando pensaba que nadie la miraba.

Azucena, en cambio, permanecía quieta. Su cabello rubio tan claro que parecía plateado caía sobre sus hombros con una calma casi artificial. Observaba todo con esos ojos verdes claros, como si estuviera calculando el precio de cada cosa… y de cada persona.

—Llegas tarde —dijo Leslya en cuanto lo vio.

—Es la misma hora de siempre —respondió Matei sin levantar la vista.

Azucena solo sonrió levemente, pero no dijo nada. Sabía que Matei no estaba allí del todo. Su mente siempre parecía estar en otro sitio.

Matei se sentó bajo el árbol y abrió su libreta. Empezó a dibujar las ramas desnudas que se perdían en la niebla. Nunca quedaba igual. Porque él tampoco se sentía igual cada día.

Ese mismo día, por la tarde, llegó Adrian.

Uniforme nuevo. Mirada inquieta. El peso de ser el desconocido en un lugar donde todos parecían conocerse desde siempre.

Se unió a un grupo de chicos en el pasillo, riendo cuando tenía que reír, asintiendo cuando tenía que asentir. Pero sus ojos buscaban algo más. Algo real.

Y lo encontró en el cruce de un pasillo.

Matei venía con Leslya y Azucena. Adrian salía del aula. Se miraron solo un segundo. El tiempo se detuvo lo suficiente para que ambos lo sintieran: un tirón silencioso, incómodo, inevitable.

Leslya notó la forma en que Matei se quedó quieto.

—¿Lo conoces? —preguntó en voz baja.

Matei tardó en responder.

—No… pero parece que sí.

Adrian tampoco apartó la mirada hasta que sus compañeros lo empujaron a seguir caminando. Sintió algo extraño en el pecho. Como si acabara de ser visto por primera vez en mucho tiempo.

Esa noche, la niebla cubría el pueblo como un secreto que nadie quería contar.

Adrian abrió Instagram sin mucha esperanza. Buscó el nombre que había escuchado en el pasillo.

@matei.sketch

Dibujos del árbol. De la niebla. De ventanas iluminadas en casas antiguas. Imágenes que parecían capturar la soledad que él mismo sentía.

Dudó. Luego le dio seguir.

En su habitación, Matei vio la notificación.

“Adrian te ha seguido.”

Se quedó mirando la pantalla un rato largo. Entró al perfil de Adrian. Pocas fotos. Una vida normal en apariencia. Pero había algo en esa normalidad que le inquietaba.

Minutos después, su teléfono vibró.

Adrian:

Soy el nuevo del colegio.

Matei:

Lo sé.

Adrian:

Este lugar es… extraño. Todos ya se conocen.

Matei:

Te acostumbras. O eso dicen.

La conversación continuó en mensajes cortos, torpes, pero ninguno de los dos cerró el chat. Fuera, la niebla presionaba contra las ventanas, como si quisiera entrar y escuchar.

Algo pequeño había empezado a moverse entre ellos.

Y todavía no sabían que, en Băile Mureș, nada permanecía inocente por mucho tiempo.