ALYSSA

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Summary

Una joven vendida por su propia familia cuando apenas era una niña llega a manos de la corona, no por misericordia, sino por conveniencia. Durante años es moldeada en secreto para ser la esposa perfecta: aprende a moverse, hablar y sonreír como la nobleza, mientras soporta en silencio el desprecio y el abuso de quienes la rodean. Nadie la ve como persona. Todos la ven como una herramienta. En medio de esa vida que nunca eligió, el amor la encuentra — y la traiciona. Un hombre que prometió verla, que la hizo sentir real, que usó su corazón como entretenimiento mientras construía su futuro con otra... Lo que sigue es una historia de romance y fuego, de deseo y venganza, de una mujer que aprendió a ser objeto y decide convertirse en arma. En su camino hacia la destrucción de quienes la criaron y la vendieron, aparece quien menos espera: la persona a la que será entregada. Alguien que podría cambiarla... o unirse a ella. Porque hay reinos que merecen arder. Y hay amores que nacen entre las llamas.

Genre
Drama
Author
DANIELA R
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1


El Gran Salón del Palacio de Weysia nunca había sido tan luminoso ni tan frío al mismo tiempo.

Cientos de velas ardían en los candelabros de cristal que colgaban del techo abovedado, derramando una luz dorada sobre las mesas cubiertas de seda blanca, sobre los vestidos bordados de las damas de la corte, sobre las copas de vino que nunca parecían vaciarse. Afuera, el invierno golpeaba los muros del palacio con viento y nieve, pero adentro todo era calor artificial, risas ensayadas y palabras que no significaban nada.

Dos reinos habían estado en guerra durante 20 años.

Veinte años de sangre derramada en campos que ya no recordaban el color de la hierba. veinte años de aldeas quemadas, de familias rotas, de niños que crecieron sin padres y de padres que murieron sin ver crecer a sus hijos. weysia contra Erlwyn. Una disputa que comenzó por tierras, continuó por orgullo, y terminó —o pretendía terminar— por agotamiento.

Las negociaciones de paz habían comenzado hacía tres meses. Erlwyn exigía una alianza sellada en sangre, no en tinta. Una unión matrimonial entre su heredero y una hija de la corona de weysia . Los reyes Aldren e cecilia habían aceptado con sonrisas diplomáticas mientras por dentro calculaban cómo proteger lo que más amaban.

Nadie en ese salón sabía que la solución llevaba ocho años viviendo dentro del palacio.

Nadie excepto los reyes.

Y ella.


Alyssa estaba de pie junto a la columna del extremo este del salón, donde la luz llegaba justa y las miradas llegaban poco. Había aprendido a ocupar esos espacios con los años. Los bordes. Las sombras. Los lugares donde podías existir sin que nadie te exigiera nada.

Llevaba un vestido de terciopelo rojo oscuro, sencillo comparado con los de las damas que la rodeaban, pero impecable. Diez años de instrucción habían hecho de ella alguien que sabía moverse, hablar, sentarse y sonreír como si hubiera nacido entre columnas de mármol. Como si nunca hubiera conocido el olor a tierra húmeda de la aldea donde creció. Como si no recordara la mañana en que su familia la tomó de la mano, la llevó ante los emisarios del palacio, y la soltó frente a ese lugar

Tenía seis años.

No lloraron. O si lloraron, ella no los vio. Solo vio sus espaldas alejándose.

diez años después, alyssa sabía exactamente quién era en ese palacio: una inversión. Un seguro. Una pieza en un tablero que otros movían con guantes blancos y con una mente calculadora.

Lo había sabido siempre, en algún lugar profundo donde guardaba las verdades que dolían demasiado para sacarlas a la luz. Pero durante los últimos meses algo había nublado esa claridad.

Kai Qelcay.

Lo encontró al otro lado del salón, como siempre lo encontraba: perfecto. Alto, de cabello oscuro peinado hacia atrás, con una casaca azul medianoche que hacía juego con el anillo de su familia. Reía con alguien de la corte, la mano en el pecho, los dientes blancos, los ojos brillantes.

Esos mismos ojos que tres semanas atrás la habían mirado solo a ella en un jardín nevado.

“Eres la mujer más extraordinaria que he conocido, Alyssa.”

Qué hermosas habían sonado esas palabras en ese momento. Qué completa la habían hecho sentir. Por primera vez en su vida alguien la había mirado no como un objeto de valor, sino como una persona de valor. Había salidas en carruaje, libros que él dejaba en su habitación con notas escritas a mano en los márgenes. Había una noche, una sola, en que ella eligió creerle.

Un mes antes de este banquete.

Alyssa apartó la mirada de él y tomó un sorbo de agua. Tenía el estómago cerrado desde la mañana. Algo en el ambiente del salón se sentía distinto, cargado, como el aire antes de una tormenta. Los reyes Aldren e Cecilia llevaban horas con expresiones demasiado neutras, demasiado controladas. La princesa nataly , la menor, llevaba un vestido nuevo. Demasiado elaborado para una celebración ordinaria.

Alyssa lo había notado. Siempre notaba todo. Era lo único que nadie le había podido quitar.

Cuando Kai se apartó del grupo y se dirigió al centro del salón, ella sintió algo moverse en su pecho. Una advertencia. Antigua e instintiva como el frío.

La sala fue callando sola, como si todos lo hubieran ensayado.

Kai levantó su copa.

— Esta noche —comenzó, con esa voz grave que llenaba espacios— tengo el honor de compartir con todos ustedes una noticia que llena mi corazón de una alegría que no merezco.

Pausa calculada. Miradas expectantes. Alyssa no respiraba.

— Su Majestad el Rey Aldren ha tenido a bien concederme la mano de la Princesa nataly de Weysia.

El salón estalló.

Aplausos. Exclamaciones. El sonido de copas chocando. Nataly bajó la mirada con una sonrisa ensayada, las mejillas rosadas, las manos juntas sobre el regazo. Aldren asintió desde su trono con la dignidad fría de quien acaba de mover una pieza importante. Cecilia sonrió, perfecta e impenetrable.

Y alyssa, no se movió.

No porque se hubiera quedado sin fuerzas. Sino porque en ese instante preciso algo dentro de ella que había estado doblado durante años se quebró de una manera tan limpia, tan total, que por un momento no sintió absolutamente nada.

Luego llegó todo junto.

El odio. El asco. La traición. El dolor.

No como oleadas. Como un muro.

Vio la escena completa de pronto con una claridad brutal: las salidas en carruaje, las notas en los libros, la noche en el jardín, todo lo que ella había interpretado como la primera vez que alguien ve, era simplemente la estrategia de un hombre que necesitaba mantenerla tranquila. Útil. Disponible. Mientras negociaba en otro salón, con otras personas, su futuro real.

Ella nunca había sido una opción.

Era un entretenimiento mientras esperaba la opción verdadera.

Su mano encontró la daga ceremonial que llevaba sujeta al cinto, parte del protocolo de su rol en el palacio. Los dedos la rodearon despacio.

Y alyssa caminó hacia el centro del salón.


Los murmullos comenzaron cuando la vieron moverse. Se abrieron a su paso sin que ella lo pidiera, quizás porque algo en su expresión no era el llanto que todos esperaban. No había lágrimas en su cara. Había otra cosa. Algo más antiguo y más peligroso.

Se detuvo en el centro. Bajo los candelabros. Donde la luz caía sobre ella como un juicio y ese vestido resaltaba en todo el salón.

Sacó la daga.

El salón contuvo el aliento colectivamente cuando el filo tocó el aire y se posicionó cerca de su garganta. No tembló. Ni un milímetro.

— Qué salón tan hermoso —dijo, y su voz salió baja al principio, casi íntima—. Qué gente tan elegante. Qué copas tan llenas.

Nadie habló. Nadie se movió.

— Diez años —continuó, y ahora la rabia empezaba a filtrarse entre las palabras como agua entre grietas—. Diez años dentro de estas paredes aprendiendo a caminar como ustedes, a hablar como ustedes, a sonreír como ustedes. Diez años convenciéndome de que si lo hacía bien suficiente, si era perfecta suficiente, si callaba suficiente... —se interrumpió, la mandíbula apretada— alguna vez dejaría de ser un objeto.

Miró a kai directamente. Él no bajó los ojos, pero algo en su postura se tensó.

— Tú —dijo ella, y la palabra cayó como una piedra en agua quieta—. Me miraste como si importara. Me hablaste como si tuviera nombre. Y yo, que debería haberlo sabido mejor que nadie, te creí.

Una pausa.

— Qué patética, fui una idiota todo este tiempo.

Recorrió el salón con la mirada. Damas que no bajaron los ojos con vergüenza sino con incomodidad. Caballeros que la observaban con la expresión fría de quien mira un espectáculo inconveniente. Nadie dio un paso hacia ella. Nadie abrió la boca.

Esperaban.

Alyssa lo vio claramente: esperaban que terminara. Que se quitara del medio de una forma u otra, y que el banquete pudiera continuar.

— Ninguno —dijo, casi para sí misma—. Ninguno de ustedes siente nada, claro soy un objeto de reemplazo.

Fue entonces cuando el Rey Aldren se puso de pie.

La voz del rey llenó el salón sin necesidad de alzarse. Era el tipo de voz que había aprendido a no necesitar el volumen para hacerse obedecer.

— Alyssa.

Ella no giró la cabeza.

— Dejen que hable —dijo alguien entre los presentes, con el tono de quien propone algo razonable para terminar con una escena incómoda.

El rey ignoró el comentario. Descendió los tres escalones del estrado con paso medido y se detuvo a varios metros de ella, lo suficientemente cerca para que su voz llegara sin que pareciera un enfrentamiento.

— Baja el arma —dijo, sin súplica, sin amenaza. Como una instrucción.

— ¿Para qué? —respondió alyssa. La daga no se movió—. ¿Para seguir siendo útil?

Aldren III de Weysia la miró durante un momento largo. Y entonces hizo algo que nadie en ese salón esperaba: habló con la verdad.

— Sí —dijo—. Para eso te trajimos.

El silencio que siguió fue diferente al anterior. Más pesado.

— Erlwyn exige sangre real —continuó el rey, y su voz era la de alguien rindiendo cuentas sin pedir perdón—. O lo que parezca suficientemente real para satisfacerlos. Ana y nataly son mis hijas. No las entregaré al heredero de Erlwyn. Tú fuiste preparada para ocupar ese lugar. Para vestir sus ropas, hablar con su acento, firmar con un nombre que no es el tuyo si es necesario.

— Soy un reemplazo —dijo alyssa

— Eres una solución —corrigió él.

— Para un problema que nunca fue mío.

Nadie en el salón habló. Nadie defendió a Alyssa. Nadie cuestionó al rey. Algunos miraban el suelo. Otros, los más honestos en su crueldad, la miraban a ella con una especie de curiosidad clínica, como si estuvieran esperando ver qué hacía una pieza cuando finalmente entendía que era una pieza.

Alyssa bajó lentamente la vista hacia la daga en su mano.

El filo era pequeño. Ceremonial. Diseñado para verse, no para usarse.

Como ella.

Sintió algo moverse en su pecho. No el muro de antes, sino algo más quieto y más profundo. Como el momento exacto en que el agua deja de hervir y empieza a enfriarse.

Diez años de instrucción. De humillaciones calladas en los pasillos del servicio. De golpes que no dejaban marcas visibles porque las personas que se los daban sabían exactamente dónde no dejarlas. De aprender a doblar la espalda en el ángulo correcto, a pronunciar cada sílaba con la cadencia de una noble, a borrar cada rastro de la niña de seis años que llegó con los pies sucios y el corazón todavía entero.

Todo eso para ser entregada.

Toda esa pérdida para terminar siendo moneda de cambio en una guerra que ni siquiera había elegido presenciar.

alyssa miró al rey.

Luego miró a kai, que permanecía inmóvil con su copa todavía en la mano, el compromiso recién anunciado brillándole en los ojos como una victoria.

Luego miró al salón entero. Doscientas personas. Doscientas personas que en conjunto no habían movido un músculo para detenerla cuando creyeron que iba a hacerse daño. Que habían esperado, en silencio, a que el problema se resolviera solo.

Y en ese instante, algo que había estado muriendo dentro de ella durante doce años terminó de morir.

Pero también, en ese mismo instante, algo empezó.

Bajó la daga despacio. No porque el rey se lo hubiera pedido. No porque tuviera miedo. Sino porque comprendió, con una claridad que casi dolía por lo nítida que era, que morir en ese salón sería hacerles el favor más grande de su vida.

Y ella había terminado de hacer favores.

La colocó sobre la mesa más cercana con un sonido suave, casi delicado.

Luego se enderezó.

Diez años de instrucción en la columna. Diez años de aprender a ocupar un espacio como si le perteneciera.

— Muy bien —dijo, y su voz era otra cosa ahora. No rabia. No llanto. Algo sin nombre todavía, que ella misma estaba descubriendo en tiempo real—. Soy una solución. Soy un reemplazo. Soy lo que necesiten que sea.

Miró al rey a los ojos.

— Pero recuérdelo, Su Majestad —continuó, despacio, pronunciando cada palabra como si la clavara en la piedra—. A partir de esta noche, yo también lo sé.

No esperó respuesta.

Se giró, y caminó hacia las puertas del salón con la espalda recta y los ojos secos, dejando detrás de ella doscientas personas en silencio y una daga sobre una mesa de seda blanca.

Nadie la detuvo.

Y por primera vez en diez años, eso no se sintió como abandono.

Se sintió como el comienzo de algo, algo que cambiaria el destino de los dos reinos.