Helado de frambuesa y las primeras chispas de un amor inesperado

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Summary

Un llavero de Pikachu. Una espada hecha de cartón. Y un “combate” infantil que nunca debió ser importante… pero lo fue. En un complejo de Lima, dos niños de 10 años se cruzan como si fuera un evento inesperado dentro de un juego que ninguno sabía que estaba jugando. Pero ese encuentro no se queda como un simple “primer nivel”. Con los años, lo que empezó como una amistad empieza a sentirse menos como casualidad… y más como una partida que ya estaba empezada antes de que ellos la entendieran. Todos los sábados...

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capitulo 1: El primer episodio de mi Otaku aventura

Capítulo 1: El primer episodio de mi aventura otaku


Pov: Thiago


Si algo había aprendido viendo Sailor Moon, era que ciertas cosas llegan cuando menos te lo esperas.


Pero ni en mis mejores fantasías otakus pude prever la aventura que la vida me tenía preparada al mudarme con mis padres a los 10 años al cuarto piso de un enorme complejo departamental ; un laberinto de torres idénticas y misteriosas, como esos lugares donde Usagi terminaba metiéndose por accidente.


Mucho menos mientras exploraba los alrededores, disfrutando de un delicioso helado de frambuesa, la tranquilidad del lugar y el tibio sol de finales de febrero.


Entonces lo escuché:


—¡Hiciste trampa!


Entré en modo alerta de inmediato.


Seguí el origen de la discusión con la mirada hasta que me detuve cerca de la zona de juegos de uno de los edificios. Dos niños discutían con una chica de coleta alta mientras intentaban arrebatarle algo de las manos.


Varios chipitaps estaban esparcidos por el suelo como evidencia de una tragedia infantil en progreso.


Afortunadamente, todavía no había sido detectado.


Eso me dio tiempo suficiente para hacer un rápido análisis otaku de los sospechosos.


Sujeto A: cabello negro, desordenado como si Pikachu le hubiera lanzado un Impactrueno directo a la cabeza.


Habilidad especial: hacer trampa y luego hacerse el inocente.


Sujeto B: cabello castaño, risa sospechosa y energía de secuaz secundario de anime.


Habilidad especial: molestar en grupo.


Finalmente, ella.


Pequeña. Coleta alta. Pantalón verde, casaca amarrada a la cintura y una camiseta de Ash Ketchum.


A juzgar por la camiseta, era claramente alguien de cultura.


Sentí un inesperado respeto otaku hacia ella.


Dos contra uno.


Entendí la situación de inmediato… y también sentí un impulso de intervenir, aunque con un poco de miedo porque los niños eran claramente más grandes que yo.


Pero no me iba a rendir.


Me armé de un valor que incluso a mí me sorprendió e improvisé.


Cerca de mí, junto al estacionamiento, había un pedazo de cartón abandonado.


Ni siquiera recordaba haberlo visto antes.


Pero mi cerebro hizo clic.


“Equipo detectado.”


Sin pensarlo demasiado, lo recogí con total seriedad y grité:


—¡Oigan! —dije, medio seguro, medio tartamudeando—. ¡Déjenla tranquila!


Usaba el cartón como si fuera el arma de una protagonista de anime, como si en cualquier momento fuera a iniciar una transformación heroica.


Por un microsegundo, realmente me sentí como el tipo que llega a salvar a la Sailor Scout principal en el momento perfecto.


Un héroe.


El salvador del episodio.


O… mejor dicho.


Como Tuxedo Mask.


Los tres voltearon hacia mí.


—¿Y tú quién eres, gordito? —dijo el niño de cabello castaño, mirándome de arriba abajo.


Luego miró a su amigo.


—¿Lo conoces?


—No —respondió el otro, encogiéndose de hombros.


El de cabello castaño volvió a mirarme.


—Ah… entonces eres de los raros que aparecen de la nada.


Bajé la mirada al cartón.


—¿Y ese qué? ¿Tu escudo de papel?


El otro niño soltó una risa inmediata.


El de cabello castaño rió aún más fuerte.


—¿En serio vas a hacer algo con eso? Qué miedo… estoy temblando.


Su amigo también rió.


Sentí cómo mi confianza se desarmaba en tiempo real.


“Error crítico…”


“Modo protagonista… fallando…”


Pero antes de que pudiera retroceder…


La chica dio un paso adelante, visiblemente molesta.


No dijo nada al principio. Solo exhaló.


Y luego se movió.


Rápida. Precisa.


Sin exageración.


Un movimiento corto de brazo, un paso firme… y el primero de los niños soltó lo que tenía sin entender cómo.


Los chipitaps cayeron al suelo.


El segundo intentó reaccionar.


Ella giró apenas el cuerpo.


Una postura.


Control.


Suficiente.


—Karate —dijo con calma.


Silencio.


—Cinta amarilla —añadió, como si fuera lo más normal del mundo.


Los dos niños la miraron.


—¡Está loca! —gritó uno.


Y salieron corriendo.


Yo me quedé congelado, con el cartón en una mano y lo que quedaba de mi helado derretido en la otra.


“Eso fue… increíble.”


Pensé mientras la miraba recoger del suelo el objeto que había estado protegiendo todo el tiempo: un llavero de Pokémon edición especial.


Seguí quieto frente a ella hasta que rompió el silencio.


—Gracias —dijo—. Pero no necesitabas intervenir. Aunque fue valiente.


Parpadeé.


“¿Valiente… yo?”


Por primera vez desde que todo empezó, no sabía qué decir.


Ella suspiró y su expresión se suavizó.


Se agachó a recoger los chipitaps como si nada hubiera pasado.


Reaccioné tarde y me agaché junto a ella.


Mientras recogíamos, el silencio ya no era incómodo.


Era… extraño.


Más calmado.


Como si la pelea ya perteneciera a otra historia.


—Soy Valeria… ¿y tú eres?


—Yo… soy Thiago.


Pausa.


El viento del complejo volvió a sentirse normal.


—Lamento lo de tu helado —dijo ella.


Bajé la mirada al cono derretido.


—No importa… ya estaba casi todo derretido.


Silencio.


—Oye… ¿te gusta Pokémon?


La miré de reojo.


—Sí.


—Ah… yo también.


Pausa.


—¿Y Sailor Moon? —pregunté, un poco más bajo.


—También. Sailor Júpiter es la mejor.


Me quedé congelado.


“Ok… esto es real.”


Sin pensarlo mucho, hablé más bajo de lo normal:


—Eres como ella…


—¿Yo?


—Sí… fuerte… no te dejas ganar fácil…


Me observó un segundo.


Luego sonrió levemente.


—¿Dónde vives?


—En este edificio. Cuarto piso.


—Yo también.


Silencio.


Parpadeé.


“…¿en serio?”


—Entonces… somos vecinos —dije, sorprendido.


—Sí. Vamos al mismo colegio, ¿no?


—Santa Emilia… sí.


—Perfecto.


Su tono bajó un poco.


—Entonces nos vamos a ver mucho.


Tragué saliva.


—S-supongo que sí…


Se levantó.


—No te metas en problemas sin pensar, Thiago.


No respondí.


Solo la miré alejarse.


El complejo estaba silencioso.


Demasiado silencioso.


Bajé la mirada.


El helado ya no estaba.


El cartón tampoco.


Solo quedaba una sensación extraña en el pecho.


Como si ese día hubiera desbloqueado una nueva ruta en mi vida.

Y no hubiera forma de volver atrás.