El juego de Darkness

Summary

Cuando su hermana Jessy desaparece sin dejar rastro en el frío pueblo de Duskwood, la vida de Phil Hawkins se convierte en una cuenta regresiva infernal. Un misterioso criminal bajo el alias de Darkness afirma tenerla cautiva y lo arrastra a un juego psicológico sin reglas: obedecer órdenes implacables, hablar o ver a su hermana morir. Mientras el pueblo se llena de rumores repugnantes que lo señalan como el principal sospechoso y las autoridades locales cierran el cerco, Phil se encuentra atrapado en una red de paranoia, extorsión y secretos desenterrados. Su única línea de apoyo oscila entre un hacker pragmático llamado Jake, un volátil agente del FBI y el asfixiante e intrigante interés del jefe de la policía, Alan Bloomgate.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Algo estaba mal, lo supe de inmediato. Aquella madrugada, el silencio que me recibió tras abrir la puerta me erizó la piel. Era oscuro, frío y denso; reptó como una serpiente sobre mi brazo y se me enroscó en la garganta; me asfixiaba, era demasiado… silencioso y, tal vez —esto es solo una posibilidad— premonitorio. Yo nunca fui un creyente, ¿Dios, el infierno con sus demonios y los presagios? Simples cuentos para niños; la vida era lo que era: una lucha constante por no hundirte en la miseria, por destacar, por… no morir. Sin embargo, mientras miraba el cuadro torcido en la pared del recibidor, en medio de las densas sombras apenas iluminadas por la luz que atravesaba los cristales de la ventana, mi corazón pareció saltarse un latido. Dos o tres.

Me tomó un minuto completo moverme. Dar el primer paso fue casi doloroso de una forma que no supe explicarme entonces; ahora, no obstante, lo sé con certeza: miedo. Era miedo. Yo… estaba aterrado. ¿De qué?, ¿por qué? Estaba a punto de averiguarlo.

No encendí las luce; lo sentía impropio, como si al hacerlo quebrantara una ley tácita que desconocía. Tropecé con los muebles, pateé la mesa de cristal y maldije con los dientes apretados; el cenicero se tambaleó hacia el piso. El sonido estridente del vidrio quebrándose en miles de fragmentos tuvo que haber sido mi primera pista, pero sin darme cuenta la ignoré; mi atención se encontraba en el silencio. Aquella había sido, para mí, la mayor de las señales. La única.

No se me aceleró el pulso; en cambio, una corriente gélida y ardiente al mismo tiempo me atravesó el cerebro, me tiró del cuero cabelludo y descendió a lo largo de mi espalda. Olvidé cómo respirar por un momento, con la vista fija en la oscuridad cada vez más densa y en la nada. Inexistencia misma. Ahí estaba, era eso.

—¡Jessy, ya llegué!

Las palabras salieron antes de que ordenara mis pensamientos, antes de que el primero lograra formarse siquiera. Nada, vacío, silencio. La opresión en mi pecho se incrementó y el estómago se me encogió hasta volver a dejarme sin aire.

»¿Jessy? —La voz me tembló un poco, fue apenas perceptible, a la vez que avanzaba por las escaleras.

El chirrido de las suelas de mis botas contra la madera no ayudaba. Me las quité y las abandoné a mitad del camino; una rodó escalones abajo, resonando con más fuerza en aquel ominoso silencio. Vacío, la nada, inexistencia. Tragué con dificultad la saliva espesa en mi boca y me humedecí los labios secos. Recién entonces noté el sabor del último whisky que bebí antes de volver a casa; era amargo, desagradable, Jamás me pareció tan repulsivo.

Me detuve al ver el halo de luz que se proyectaba en el pasillo por medio de la puerta entreabierta de mi hermana. De nuevo, tragué con aspereza; fue como si granos de arena mezclados con sal se deslizaran despacio, mierda, tan despacio por mi esófago que fue incluso doloroso.

Apreté la manija y dudé un par de segundos. La solté. Últimamente, Jessica había estado discutiendo conmigo por entrar sin llamar. «¡Ya no soy una niña, Phil!», me gritaba, lanzándome una de sus almohadas, y «¿qué pasa si estoy desnuda?» o «¡las chicas necesitan privacidad!». Tenía razón, desde luego que la tenía, así que hice lo que deseaba. Le di su espacio, dejé de preguntar, de entrometerme. No lo sabía entonces, no tan bien como lo sé ahora; ese fue mi primer error.

Golpeé la madera con los nudillos; el «Toc. Toc. Toc» llenó el silencio que era rotó por mi respiración cada vez más pesada. Ella no respondió. Empujé la puerta con la mano temblorosa.

—Voy a pasar, tápate o lo que sea.

Me recibió el silencio —otra vez ese maldito silencio, que volvió a enroscarse alrededor de mi cuello y apretar hasta cortarme la respiración— y una cama a medio hacer. El televisor estaba encendido, aunque sin volumen, sintonizado en un documental sobre leyendas urbanas. Por inercia, me saqué el celular del bolsillo y busqué el reloj con la mirada. Eran las dos con veinticinco minutos y quince segundos; los conté. Dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve… Tomé aire, tanto como los pulmones me lo permitieron y exhalé despacio.

Me acerqué a la cama y levanté las sábanas, sin saber qué buscaba con exactitud. Ella no estaba ahí, lo sabía, y aun así… Miré debajo de la cama; nada. Abrí el armario; nada. Las gavetas de su cómoda; nada. Llamé a la puerta del único baño dentro de los dormitorios —el mismo que le había dejado por ser una chica. Porque necesitaba privacidad y yo podía cruzar el maldito pasillo sin problemas—, ella no contesto; abrí. Una vez más, nada. Nada, nada, nada. ¿Dónde se había metido? Temí lo peor.

Apreté mi celular con tanta fuerza que se me blanquearon los nudillos. Fue doloroso y, de alguna manera, ese dolor me ayudó a aferrarme a la cordura.

La llamé; me mandó al buzón. Una, dos, siete veces. A la decimoquinta, me detuve. Respiré. «Cálmate. Piensa». Le escribí a sus amigos, el mismo mensaje para todos. Las respuestas comenzaron a llegar cinco minutos después: «No está aquí. No la veo desde el martes. ¿Quizás esté con Amy? Creo que la vi ayer con Ash, ¿o fue Richy?». Todos dieron nombres; cada uno me llevó a la misma pared. Me golpeé con ella una, otra, otra y otra vez.

Bajé corriendo las escaleras y salí de nuevo a la calle. No me preocupé por las botas ni la chaqueta: No sentí las piedras ni el asfalto al correr hacia la comisaría;el viento me azotaba la cara, húmedo y pesado. Llegué en quince minutos, sin aire, sudado y tembloroso.

Cuando crucé el umbral, todos los ojos se fijaron en mí; sin embargo, fue el oficial Bucket quien arrugó la nariz como si yo fuera un pedazo de mierda apestando el lugar. Lo ignoré; solo seguía resentido porque no quise ampliar su línea de crédito en mi bar. Pero, ¡hombre!, ya me debía quinientos y yo no era un centro de beneficencia para policías con borrachos.

—Vengo a denunciar una desaparición —dije. La voz me salió más quebrada de lo que quería—. Jessica no está.

Bucket esbozó una sonrisa torcida y levantó una ceja.

—Espera setenta y dos horas, Hawkins.

—¡Mi hermana está desaparecida!

—Es el protocolo.

—¡Me limpio el culo con tu protocolo de mierda! ¡Te digo que Jessica…!

—¡Y yo te digo que esperes setenta y dos horas! —Soltó una risa baja, mordaz, y añadió con calma—: ¿No se la pasa siempre con su noviecito, Rogers? Son jóvenes, ya sabes…

—¡Ella no es así!

—Que tú sepas.

Un pitido me llenó los oídos y la vista se me nubló. ¿Cómo se atrevía a insinuar…? Apreté las manos tan fuerte que las uñas me lastimaron las palmas, pero fue precisamente ese pequeño dolor el que me salvó de cometer un asesinato. En contra de mis impulsos, retrocedí un paso y me aclaré la garganta.

—Por favor, hombre, es… es mi hermana.

—Veré qué puedo hacer. Espera, si para mañana al mediodía no ha regresado, levantaré el reporte.

Asentí. No tenía caso continuar insistiendo; me había chocado con otra pared. En silencio, me di media vuelta y salí arrastrando los pies cubiertos por los calcetines empapados, con la cabeza gacha. La lluvia había empezado a caer, fina y helada. Envié un nuevo mensaje para todos «Si está contigo, dile que la espero en casa. Dile que no estoy enojado». Recibí las mismas respuestas que no llevaban a nada. Un maldito muro.

Volví a casa para esperarla. Esa noche no dormí. Esa noche, ella no regresó.



Había transcurrido ya una semana. Una semana sin noticias, sin pistas, una semana de inexistencia. Una semana de búsquedas que no arrojaban resultados. Una semana de miradas disimuladas que no pretendían esconder su lástima, de silenciosos apretones en el hombro, de condolencias disimuladas. Duskwood había comenzado a darla por muerta; yo no. No pude, me negué, o pretendí al menos. Sin embargo, luego de quince días, mi determinación también flaqueó. Me odié por ello, me odio aún ahora, porque de no haber cedido, tal vez… ¡Carajo!, tal vez habría sido diferente.

Ahora, mirando por la ventana cómo la lluvia golpea el cristal en ritmos irregulares, me pregunto si habría cambiado algo. ¿Habría evitado atravesar el infierno con los pies desnudos y conocer al demonio? ¿Habría cerrado la puerta antes de que entrara? No lo sé. Lo cierto es que no existe el «hubiera» y pensar en ello ya no me sirve de nada.

Aquella noche también llovía. Un relámpago rasgó el cielo sin luna y el trueno resonó un segundo después. Yo miraba las gotas caer, igual que ahora, pensando en las mismas cosas que ahora, culpándome como ahora; sin poder llorar como ahora… porque derramar una sola lágrima por Jessica sería darla por muerta y rehusaba hacerlo.

La pantalla de mi celular se iluminó antes de que llegara el sonido.

Me quedé mirando la pantalla. Las letras se desdibujaron, oscilaron, se volvieron borrosas. Algo tibio me recorrió las mejillas hasta morir en mis labios; en sabor salado me llenó la boca. ¿Lágrimas? «No. No ahora». Finalmente, lloraba y, sin embargo, no aliviaba mi malestar. Llorar solo significaba una cosa; no quería aceptarla.

Llorar ahora solo significa una cosa, que continúo rehusándome a aceptar…