A su lado Sin querer

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Summary

Camila nunca imaginó que el olor a pólvora y colonia cara se convertiría en su única salida. Mientras la sangre de otros mancha el asfalto, Dante la observa no como a una víctima, sino como a un problema que preferiría eliminar. Él es todo lo que ella desprecia: violencia pura y poder absoluto. Ella es la única voz que no se quiebra ante él. Atrapados en una guerra que no eligieron, la línea entre el asco y el deseo se vuelve tan delgada que un solo roce podría incendiarlos a ambos.

Genre
Action
Author
Maria
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Prologo

El eco de los disparos aún parecía flotar en el aire cuando Camila abrió los ojos. El almacén abandonado estaba envuelto en un silencio opresivo, interrumpido solo por su respiración agitada. No recordaba cómo había llegado allí. Solo fragmentos: la tarde tranquila en la biblioteca, el café derramado, una mano firme tirando de ella hacia un callejón.

Tenía las muñecas atadas y la garganta seca por el miedo. Frente a ella, las voces de sus captores se apagaron de golpe, como si algo invisible hubiera cambiado el equilibrio del lugar. El ambiente se tensó. Nadie se movía.

La puerta se abrió.

No con violencia, sino con una calma que resultó aún más aterradora.

Entonces lo vio.

Dante entró como si el lugar le perteneciera. Su traje oscuro contrastaba con el abandono del almacén, y su presencia bastó para que los hombres armados retrocedieran un paso. No parecía un salvador. Parecía una sentencia.

Sus ojos se posaron en Camila apenas un instante. No había compasión en ellos, ni urgencia. Solo una evaluación fría, como si decidiera cuánto problema representaba.

Lo que siguió ocurrió rápido. Órdenes breves. Movimientos precisos. El caos se disolvió tan abruptamente como había comenzado, dejando tras de sí un silencio pesado y definitivo.

Cuando Dante volvió a mirarla, ya no quedaba nadie más.

Se acercó sin prisa y le retiró la mordaza con un gesto firme. Camila alzó la barbilla, negándose a mostrarse débil, aunque el corazón le golpeaba con fuerza.

—Eres un problema —dijo él, con una voz baja y controlada—. Y ahora estás bajo mi responsabilidad.

No fue alivio lo que sintió Camila.

Fue rabia.

Porque no la había salvado por bondad.

La había reclamado.

Y en ese instante entendió que su vida acababa de entrar en un mundo del que no sería fácil escapar… especialmente mientras permaneciera a su lado, sin querer

Capitulo 1.

El Mercedes negro se deslizaba por las calles de la ciudad como una sombra silenciosa y letal. En el asiento trasero, Camila se abrazaba a sí misma, intentando ignorar el frío que le calaba los huesos. No era solo el aire acondicionado a máxima potencia, sino la presencia del hombre sentado a su lado.

Observó el reflejo de la ventanilla: calles conocidas, luces de semáforos, peatones ajenos a su mundo derrumbándose. Nadie miraba el coche. Nadie sabía que dentro viajaba alguien que había dejado de ser libre.

Dante no la miraba. Estaba absorto en su teléfono, la mandíbula tensa, la expresión indiferente de alguien a quien todo aquello le resultaba una molestia menor. Tenía las mangas de la camisa blanca remangadas, y los tatuajes que cubrían sus antebrazos se insinuaban como advertencias. En un momento levantó la mano, hizo una seña mínima al conductor y el coche cambió de ruta sin una sola palabra.

Camila tomó nota de todo. Cruces. Salidas. Cámaras. No sabía por qué, pero una parte de ella se negó a apagarse.

—¿A dónde me llevas? —preguntó al fin.

Su voz sonó más firme de lo que se sentía por dentro.

Dante no levantó la mirada.

—A un lugar donde no te degüellen antes del amanecer. Deberías estar agradecida, universitaria.

Camila soltó una risa breve, amarga.

—¿Agradecida? Mataste a tres personas frente a mí. Me metiste en este coche como si fuera equipaje. No sé quién eres, pero sé lo que eres. Un criminal.

Eso consiguió su atención.

Dante giró la cabeza despacio. Sus ojos grises eran fríos, cortantes, como si cada palabra que ella decía fuera un ruido innecesario.

—Soy el criminal que evitó que mañana tu nombre aparezca en las noticias. Los hombres que te tenían no eran aficionados. Trabajaban para los Valenti. Si te suelto ahora, no llegarías viva a la esquina.

El apellido cayó como una piedra.

—¿Y por qué te importa? —replicó ella, inclinándose hacia él, invadiendo un espacio que olía a sándalo y peligro—. No pareces el tipo que hace favores.

El silencio se estiró. Dante cerró el teléfono y, por primera vez desde que había entrado al coche, le dedicó toda su atención. Se inclinó hacia ella lo justo para que Camila distinguiera la cicatriz que partía su ceja izquierda.

—No los hago —dijo—. Pero tu padre tiene algo que me pertenece. Hasta que aparezca, tú eres mi garantía.

Camila sintió la rabia abrirse paso entre el miedo.

—No soy un objeto.

—Esta noche —respondió él—, eres una variable.

El coche se internó por una avenida privada. Muros de piedra. Cámaras visibles y otras que no lo eran tanto. El Mercedes se detuvo frente a una mansión imponente, demasiado silenciosa para ser un hogar. Un guardia abrió la puerta de inmediato, sin preguntas.

Dante bajó sin mirar atrás. Camila dudó un segundo antes de seguirlo. El aire nocturno olía a pino y metal.

El vestíbulo la recibió con una opulencia fría: mármol blanco, arte moderno, una escalera que parecía diseñada más para impresionar que para subirla. El silencio no era paz. Era control.

Camila contó al menos tres cámaras antes de llegar al centro del salón.

—Marco —llamó Dante.

Un hombre alto emergió de las sombras. Sus ojos se posaron en Camila solo un instante, con algo parecido a la cautela.

—Llévala al ala este —ordenó Dante—. Que no salga.

Camila se detuvo en seco.

—¿Encerrarme? ¡No puedes hacerme esto! Tengo clases. Tengo una vida.

Dante se detuvo al pie de la escalera. La miró por encima del hombro con una lentitud que la hizo arder por dentro, como si la estuviera midiendo por última vez antes de colocarla en su sitio.

—Esa vida terminó esta noche. Aquí sigues mis reglas… o no sigues ninguna.

—¡Eres un monstruo!

Marco la tomó del brazo con suavidad, pero Camila no apartó la mirada de Dante.

—Descúbrelo por ti misma —respondió él, sin emoción—. Descansa, universitaria. Mañana empezamos.

La puerta se cerró con un sonido metálico. El cerrojo giró una vez. Luego otra.

Camila apoyó la frente en la madera. Respiró. Contó. Se obligó a no gritar. La habitación era amplia, elegante, diseñada para impresionar… y para encerrar. No había ventanas que pudiera abrir. Solo cristal grueso y cortinas pesadas. Nada fuera de lugar. Nada vivo.

Se sentó en el borde de la cama de seda y se abrazó las rodillas. No iba a llorar. No ahora. No aquí.

Al cerrar los ojos, el recuerdo regresó con una claridad cruel.

Todo había empezado apenas seis horas antes.

El campus estaba en calma. Camila caminaba hacia la parada del autobús, repasando mentalmente su examen de derecho civil. Tenía planes. Rutinas. Seguridad. Una vida que creía sólida.

El coche negro apareció primero como una coincidencia. Luego como una certeza.

Cuando los dos hombres bajaron, su instinto gritó. Corrió. Se metió en un callejón que resultó ser una trampa.

—Camila Valenti —dijo uno, mostrando una navaja—. Tu padre nos debe mucho dinero.

El segundo coche bloqueó la luz.

Dante descendió con una calma antinatural, como si el caos le perteneciera.

—Están en mi territorio —dijo—. Y esa chica me sirve viva. Váyanse. O no salgan de aquí.

—¿Y tú quién demonios eres?

Dante exhaló el humo del cigarrillo.

—El último error que van a cometer.

Camila comprendió entonces la verdad: no era un rescate. Era una disputa. Y ella, la moneda.

—¡No soy un objeto! —gritó, intentando escapar.

Dante la sujetó del brazo y la arrastró detrás de él.

—Quédate quieta si quieres seguir hablando —murmuró.

Las armas aparecieron. El callejón estalló. Camila se cubrió los oídos mientras Dante se movía entre el caos con una precisión aterradora. Cuando el silencio regresó, él se limpió una gota de sangre de la mejilla y la miró sin interés.

—Levántate. Nos vamos.

Presente.

Camila abrió los ojos en la habitación oscura. El recuerdo del tacto de Dante aún quemaba en su piel. Lo odiaba. Por salvarla. Por encerrarla. Y por ese segundo imperdonable en el que su mirada se había quedado atrapada en la de él.

Se puso de pie y recorrió la habitación con la mirada, memorizando cada detalle.

—No me vas a quebrar —susurró al silencio—. No soy tu garantía.

Era una promesa.

O una amenaza.