Margarita
En ese lugar se encontraba, depositada como pocos, en uno de los tantos manicomios de una ciudad que la había repudiado y que estaba más loca que ella. Fue desechada como un objeto que ya no es útil, pero que tampoco se puede tirar en el basurero. Ella, que era la persona más triste del lugar, había sido encerrada por su propia familia cuando quería llorar libremente su pérdida, de la que pocas mujeres logran salir y no muchas pueden sobrellevar.
Vivía atormentada por penurias y recuerdos de un pasado —y una esperanza— que la hicieron aferrarse a una vida que ya no quería. Ella, quien irónicamente era la menos enferma, pero sí la más repudiada por los suyos.
Su vida parecía una completa historia de fantasía, pues el amor lo es para quienes lo han vivido intensamente, pero también para quienes lo han perdido de la misma manera.
Margarita la llamaban los enfermeros y los demás internos, a pesar que otro era el nombre que sus padres le habían dado. No opuso resistencia cuando comenzó a ser llamada así antes de dejar de hablar. Disfrutaba la compañía de las blancas margaritas que crecían en el jardín de San José. Le gustaba verlas durante sus silenciosos paseos y cuando estaban en plena flor.
Sus hábitos de sueño cambiaron sin explicación. Sus psicólogos y cuidadores no comprendieron que había renunciado a las luces diurnas, salvo cuando quería ver los jardines floridos de agosto.
Dormía sin problemas en el día, cuando los demás habitantes de aquel mundo aparte vigilaban sus propias fantasías: gritando, saltando o simplemente deambulando, refugiados en mundos imaginarios y tan reales para ellos como lo es la cotidianidad para nosotros. Prefirió ocultarse del sol, como un vampiro que espera a la noche oscura y lúgubre para despertar.
Tal vez en el día sus sueños no la atormentaban tanto como en las noches, antes de que decidiera cambiar sus hábitos. Tal vez alimentaban en su corazón tenues esperanzas, que con cada minuto parecían desvanecerse. Unas esperanzas que nadie lograba entender, pues pertenecen al femenino universo de los sentimientos profundos y ocultos.
De Seguro soñaba con los días en que fue feliz, cuando todo el mundo a su alrededor la veía como una persona normal; a lo mejor soñaba con un angelito en especial, uno que había sido humano y que le alegró la vida por unos momentos, marchándose abruptamente. A lo mejor en el País de los Sueños su espíritu viajaba hacia eras pasadas e invisibles, cuando los seres humanos alcanzaron una ignota beatitud y la locura era apenas una alegría no censurada o condenada.
¿Quién ha de saberlo si no ella?
Todo cambiaba al llegar la noche. Margarita despertaba para sentarse en silencio frente a la ventana de su habitación. Miraba con ahinco al cielo, sin importar que las nubes del invierno le impidieran a sus ojos de caramelo acercarse a las estrellas, como si esperara.
Para todos era evidente que su mirada no tenía otro motivo más que esperar con paciencia por la llegada de algo o alguien; una espera que la hizo callar después que su familia y amigos la condenaron a la locura; una espera que, a pesar la fragilidad de su salud, la aferraba a mantener la mirada fija en un punto del cielo, un punto que solo ella conocía.
En su expediente había antecedentes de una vida que se puede calificar de normal, ya que hacía parte de esa serie de reglas y convencionalismos con que los seres humanos solemos adornarnos. Una carrera profesional satisfactoria, un trabajo que le dio todo lo necesario y una hermosa casa donde depositó todos los gustos que la sociedad le inculcó.
De nada sirvió lo que había conseguido, pues el amor, cuando tocó a la puerta de su casa, echó al traste con todos sus planes y proyectos; un amor del que ninguna persona dio razón y que le dejó un hijo, en quien había depositado una gran ilusión, tal como suelen hacerlo casi todas las madres. Sin embargo, el día en que dio a luz a un niño sano y vigoroso, de ojos celestes, como gotas cristalinas de mar, éste le fue arrebatado sin que nadie lograra explicar lo sucedido.
Largamente lloró Margarita la pérdida de su hijo. Muchas noches pasó en vela, arañando la esperanza de volver a ver esos ojos que, desde el primer instante en que los vio, la atraparon en un remolino de amor; en deseo por verlo crecer, dormir junto a él, oír su llanto de cachorro que quiere con ansiedad ser adulto y de acariciar su piel de seda.
Aun así, el sentimiento de tristeza y de soledad fue más fuerte, derrumbándola por completo y transformando su noción de realidad en una de horror. Se entregó a gritos y alaridos de dolor, aullidos de terror y golpes en su propia humanidad, hasta que su estado cambió, junto con sus hábitos de dormir. Su vida se apagó hasta volverse un caparazón sin vida, un ánima en pena.
Cuando comenzaron las preguntas por el paradero del padre de su hijo perdido, ella relató con ardor en su voz el encuentro con un ser que no pertenecía a este mundo, un ente que logró henchirla de aquello que pocos logran conseguir en los albores del erotismo y el verdadero amor.
Le llamaba ángel, pues hablaba de unos ojos marinos y profundos como los abismos insondables del mundo, llenos de un encanto primigenio. Describió con pasión la bondad y piedad de una piel que provocó latidos vertiginosos, hasta llevarla a un éxtasis difícil de entender.
Habló con devoción de cada contacto con su piel, cada caricia que hizo erizar su cuerpo y relajar sus músculos, llevando su mente a donde ningún otro hombre en el mundo pudo siquiera acercarla. Describió con precisión sus manos fuertes en extremo, pero delicadas y suaves como el mismo aire, que en más de una ocasión estuvieron ahí para ella
Habló de una voz mágica, como el canto de ángeles y el toque de trompetas, en un coro armónico y concordante, que describió mundos más allá del nuestro, paraísos que los seres humanos difícilmente lograremos alcanzar. Habló del vacío que hay arriba del cielo oscuro y sin vida..
De muchas otras cosas habló Margarita sobre su ángel. Pero, como era de esperar, nadie creyó ni atendió a sus palabras, que para ella resultaban tan verdaderas y tan contundentes como las conclusiones de los doctores, quienes descartaron toda posibilidad de tratarla y la encerraron en cuatro paredes frías y muertas. Nada de lo que dijo fue digno de un juicio científico o medianamente racional.
Muchos años pasó Margarita en San José, dormida aun en días maravillosos y hermosos, negándose a cambiar de hábitos; ni siquiera cuando sus padres se acordaban que, en algún lugar apartado de la ciudad, tenían una hija que amaron. Muchas fueron las horas oscuras que pasó sentada en su cuarto, viendo las estrellas vagabundas, las nubes densas y oscuras o la niebla que cubría la sabana, impidiéndole ver siquiera su propio cuerpo.
En una noche de agosto, cuando la oscuridad aparecía con normalidad y mientras los internos dormían sin más problemas que los de su propia locura, una tenue niebla apareció desde algún recóndito lugar del bosque sabanero. Atravesó las murallas del pabellón psiquiátrico, vadeando el mar de margaritas, orquídeas y otras flores de los jardines. Llegó hasta los pasillos y habitaciones más alejadas del edificio republicano, llevando una cósmica fragancia que sedujo a los despiertos.
Uno a uno cayeron en brazos del sueño profundo, sin importar el lugar o la condición de recluso o enfermero, médico o paciente. Todos fueron poseídos por un halo somnoliento, a excepción de Margarita. Ella permaneció despierta, inmutable, como una estatua en medio de la plaza, intentando horadar el velo neblinoso que le impedía mirar al cielo cundido de estrellas vivas.
Mientras sus ojos intentaban ubicar el punto que la niebla le ocultó, su corazón comenzó a palpitar con fuerza, provocando que se levantara de su silla. Al hacerlo, una luz cegadora cubrió la habitación, obligándole a tapar su rostro, pues el brillo era como el del sol del mediodía en un día de verano.
Aun así, su corazón continuó latiendo con ímpetu, pues reconoció en la niebla un aroma que anhelaba volver a sentir. Los recuerdos la abrumaron con ira y dolor, pero también con alegría y esperanza.
Pero Margarita no demostró temor alguno, trataba de controlar el ímpetu que amenazaba con derrumbarla, de mantener la calma que tuvo durante los años que estuvo en silencio, a la espera de este momento, de controlar los temblores y de regular las emociones que la sofocaban.
—¿Eres tú mi ángel, has venido por mí? —pudo articular con dificultad mientras sus cuerdas vocales se activaban tras años de silencio.
El brillo disminuyó con parsimonia, dando paso a una tenue y calmada luminosidad que revelaron una segunda presencia.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz que la abochornaba, vio una tenue figura frente a ella, acercándose como si titubeara con cada paso. Se trataba de una ser humanoide,alto y ancho, pero oscuro y difuso.
Había algo en el ser que le resultó familiar a Margarita y entendió la naturaleza de la criatura que veía. De ojos y cabello negro, con hebras grises en sus sienes. Una piel curtida por el paso de años de dolor e incertidumbre.
Retrocedió con cautela, debatiéndose entre su memoria y la imagen frente a ella. Recordaba a su ángel con claridad, como si fuese una fotografía cincelada con nitidez.
No era él.
—¿Eres tú? —preguntó él. Su voz, pulcra y llena de paz, inundó la habitación. Había compás y armonía en cada tonalidad, llenando la habitación con una paz difícil que tranquilizó por un momento el corazón de Margarita.
Ella lo miraba de arriba a abajo. Había frialdad en sus ojos de caramelo, mientras escudriñaba cada hebra de la extraña vestimenta gris y azul del recién llegado.
—Sé que tu nombre no es Margarita —volvió a hablar él—. Tu nombre es el de una torre alta y blanca, cuyas agujas brillan con las luces del alba y el crepúsculo. Sé que atraviesas una pena honda y tu esperanza es poca, pero latiendo tenuemente. Sé que esperas a alguien a quien solías llamar angel. El que te mira en este momento.
Margarita no se perturbó ante las palabras del ser de ojos negros. Se mostró tranquila, fría y serena; un copo de nieve cayendo al helado suelo para morir.
Exhaló con fuerza y profundidad, exaltada. Como si acabará de oír una terrible blasfemia.
—¡Tú no eres él! —trató de gritar con la frialdad de su mirada y dolor en su garganta—. Mi ángel es más hermoso que tú. Sus ojos azules y la expresión de su rostro me transmiten más paz de la que siento ahora contigo. No puedes ser él.
El ser se mostró perturbado con las palabras frías e hirientes de Margarita, mientras su mirada se tornaba triste, dolorida. Quiso extender sus manos hacia ella, pero Margarita lo evadió dando un paso hacia atrás.
La luz se volvió moribunda, revelando un cielo pulcro y encandilado de estrellas, mientras que la niebla —antes intensa— ahora se disipaba. Solo quedaba un vaho en el suelo que cubría los pies de Margarita, más no los del ser, que parecía caminar sobre la neblina. En su rostro andrógino comenzaba a aparecer la desesperación y la desazón, así que prefirió sentarse en la cama.
—¿Qué daño te han hecho en este mundo? —preguntó el ser. Su voz, que antes parecía dulce y llena de una paz inmutable, ahora sonaba triste, acongojada —¿Es que te han quitado la esperanza?.
Margarita, lejos de contestarle, le dio la espalda para ocupar el lugar que antes tenía, en su silla de madera. Volvió al letargo que le hacía mirar las estrellas.
El ser dio un respingo, había compasión en sus ojos negros y de alli nació un brillo de intensa resolución.
—Si no crees que soy tu ángel, entonces te contaré una historia, de seguro te hará despertar de ese sueño que llaman locura humana.
Margarita siguió sin responder, ni siquiera se movió de su asiento. Miraba las estrellas con un fuerte deseo en sus ojos, tal como horas atrás.
—Hace algún tiempo —comenzó a decir el ser —, viajando por lugares distantes y ajenos al saber humano, mi corazón se hallaba en busca de una paz esquiva. El odio y la venganza opacaron todo sentimiento de alegría y tranquilidad, relegando toda esperanza de redención. Navegué por la frialdad del vacío cósmico, acumulando el poder y el valor para llevar a cabo mi empresa. Cada día era un día menos de espera y de vida para los enemigos que ignoraban mi existencia.
»Pero el destino suele reírse de nuestros planes y proyectos. Por desgracia para mí, caí en un mundo tan insignificante que su devenir aun no importa a nadie en el universo. Un mundo alejado de todo lo es, en realidad, la civilización. Era éste, tu mundo.
»Maldije mí desdicha al caer acá, sin esperanzas de volver siquiera a vislumbrar los paraísos que hay más allá de la sempiterna oscuridad del vacío. Tuve que vivir en diferentes lugares, trasladarme entre fronteras para evitar contagiarme de humanidad. Pensaba que la enfermedad de su salvajismo y atraso me degradaría, hasta que los largos años de mi existencia vieran pasar generaciones enteras de podredumbre y desesperanza. Envejecería a la par con este mundo al que odiaba por su vetusta sociedad.
»Sin embargo, mientras deambulaba por tu mundo, viendo con lástima e impotencia cómo los hombres se destruían unos a otros, conocí a una mujer que me hizo olvidar las malignas intenciones de mi corazón y los estúpidos miedos que mi raza me infundió. Junto a ella, experimenté el amor y la pasión que éste sentimiento produce.
»Al principio ella fue altanera y maleducada conmigo, sin que yo le diera motivos para tal actitud. Pero me negué a hacerle daño, como generalmente mi amargado corazón reaccionaba con las criaturas que se interesaban en mi vida. Creo que no me soportaba y reconozco que yo tampoco a ella.
»De esa manera aprendí a conocerla y abrí mi corazón para que ella hiciera lo propio conmigo. Poco a poco me sedujo con una singular sensibilidad, sus ojos tiernos y —quién lo diría— humildes. Me enamoré de ella y ella de mí.
»Todavía guardo en mi mente las imágenes de ese momento, cuando nos entregamos en cuerpo y alma a ese sentimiento tan extraño. Fue la primera vez en mucho tiempo que experimenté regocijo. La calidez de su cuerpo pequeño y frágil me devolvió la vitalidad y las energías para darle un giro distinto a mi ser. Gracias a ella creo en el destino y le agradezco su intervención al atarme a su cálida esencia. ¡Ella es el verdadero ángel!
El silencio que hubo en la habitación se fue rompiendo por la agitación que el ser escuchaba cerca de la ventana. Casi podía oír el frenesí del corazón de Margarita, debatiéndose entre recuerdos y sensaciones, entre dudas y recuerdos.
—¿Deseas que continúe con mi historia? —preguntó el ser. Su voz volvía a cobrar la vitalidad que tuvo en un principio. Sin embargo, Margarita seguía inmutable en su silla, salvo por el palpitar de su corazón y la agitación de su respiración.
—Ocurrió un día, cuando estaba en los días más felices de mi vida y todo salía bien, que los oscuros deseos de mi corazón despertaron de nuevo. Volví a caer en los días de angustia y desesperación, pues estaba atado al odio con cadenas invisibles difíciles de romper. Los enemigos que con tanto ahínco traté de buscar y eliminar aparecieron aquí.
»Se ocultaban en los abismos insondables de la Tierra, conspirando e infectando a la humanidad con el nauseabundo hedor de su maldad. Con paciencia y esfuerzo, se hicieron con poder e influencia sobre la vida de tus hermanos.
»Recuerdo que fueron venerados como dioses por los seres humanos, cegados por el falso resplandor que sus promesas de progreso ofrecieron a un mundo ahogado en la miseria del atraso.
»Los recuerdos de incontables martirios y humillaciones me cegaron, apartando lo único que me había hecho feliz. Entonces, de una manera irresponsable, la abandoné para ir en busca de la venganza que dejé atrás. Ignoraba que en sus entrañas crecía el fruto de nuestra unión. Me fui con la promesa de volver por ella y llevarla al mundo del cual le hablé, para mostrarle los paraísos que alguna vez yo había visto. Fui egoísta por seguir un sueño que me trajo muchos problemas y que, estoy seguro, también los trajo a este insignificante mundo.
De nuevo reinó el silencio, como si nadie ocupara un lugar allí o Margarita no estuviera oyendo.
Entonces, el ser se puso de pie y comenzó a recorrer la habitación, corroído por la desesperación y la impotencia de ver a esa mujer sumergida en un mar de indiferencia.
—¿Aún no me recuerdas? —preguntó lleno de ganas tirarse a sus pies y llorar ante ella.
Margarita no dijo nada y continuó mirando por la ventana. Los latidos de su corazón estaban llenos de una fuerza incontenible, amenazando con consumirla.
—Mi venganza fue terrible —continuó el ser, esta vez arrodillado a un costado de Margarita—, tan desproporcionada que hubo una terrible perturbación en la ciudad. Las cuotas de destrucción, dolor y muerte que dejé a mi paso, se transformaron en pensamientos que sacuden mi conciencia constantemente.
»Ahí comprendí que perderte era el más grande de mis temores. De manera que, con dolor y preocupación, emprendí el regreso a tus brazos, pues era lo único capaz de aminorar el peso que aún cargo.
»Sin embargo, cuando parecía que por fin descansaría en tu regazo, una sabia entre mi pueblo apareció. Tuve que ir con ella para ser juzgado por la dureza y crueldad de mi venganza. Me culpó de tu destino, que hasta entonces ignoraba.
»Relató el martirio a que fuiste sometida, traicionada por mí, por tu familia; relegada a un lugar cruel, tan frío como la mirada que traes ahora. El tiempo sin ti se convirtió en mi peor enemigo.
»El veredicto de culpabilidad sobre mi fue contundente y expedito, pues corresponde al orden de causa y efecto, que pocas veces observan los seres humanos. La condena proferida por mi jueza fue igualmente rápida e implacable.
»Con un poder que pocos seres humanos han conocido, ella abrió un profundo abismo en las mareas del tiempo, empujándome al vacío. Los largos años de mi vida se consumieron en segundos, hasta dejar esta insignificante forma. Sometido al terrible destino de los humanos.
El ser tomó la mano de Margarita, sintiendo cada contorno de su piel ajada, recorriendo con la yemas de sus dedos las pinceladas que el tiempo dejó en las manos ancianas de su amada.
—Pero mi jueza no fue del todo despiadada conmigo, pues su juicio abarca extensos eones. Conocedora de los saberes más antiguos y la justicia que hace libres a las criaturas conscientes, vió con sabiduría la redención en mi rostro y el amor que te profeso.
»Me otorgó la libertad de volver a tu lado. Comprendió, al igual que yo, que el amor es una fuerza universal, capaz de mover los corazones más duros. De manera que hice lo único que me quedaba: cumplir con una promesa lejana que me mantuvo aferrado a la cordura.
»Pero al regresar, me enteré que robaron de su lado a la criatura que daba sentido a su vida y, sin saberlo, a la mía. Mi corazón se afligió, porque gracias a mis malas acciones, ella está aquí, repudiada por su familia, que la consideran enferma. ¡Pero ya no se afligirá más!, pues él ya se encuentra a salvo, arropado por sueños cósmicos y canciones de estrellas fugaces, ignorante de todo el padecimiento que sufrieron sus padres. Mientras que yo he venido por su madre, ¡por ti!
Margarita recordó que parte de aquella historia hacía parte de la suya. Los recuerdos de una felicidad, de un fugaz momento de éxtasis la apabullaron hasta saturarla. En un impulso de fuerza, amor y un baño de lágrimas abrazó a su ángel, llamándolo en una lengua que no era humana y por el nombre que alguna vez le había dado. Luego, como si el destino se ensañara contra ella, su corazón se rompió en un estallido húmedo y mortal.
El ser, desgarrado por el dolor y la impotencia, se derrumbó sobre ella. La pena y la desesperación arrancaron intensos gritos que atravesaron las paredes de la habitación y los altos murales de San José. Pero el somnoliento trance no despertó a nadie que pudiera compartir su tristeza o consolar a su corazón.
Sin embargo, en un desesperado acto de amor, el ser invocó las últimas gotas de su feérica esencia. Un poder que difícilmente lograremos comprender, pues pertenece a zonas dónde la razón aun no se acerca, pero llama fantasía. Puso su mano en el pecho de Margarita, inyectándole vitalidad, reconstruyendo zonas que habían sido mortalmente heridas por la alegría del reencuentro. El aire regresó a los pulmones de ella, hasta que la chispa de su vida se encendió de nuevo.
Al terminar, el ser parecía consumido por el tiempo. Como si eras enteras transcurrieran desde que puso su mano en el pecho de Margarita. Ahora su cabello era blanco, su piel pálida y arrugada, y sus ojos grises, casi apagados.
—Perdóname —dijo él— perdona todo el sufrimiento que he traído a tu vida.
Antes de que pudiera seguir hablando, Margarita lo atrajo hacia su boca, sellando el reencuentro con un cálido beso. Entonces, el brillo, que parecía menguar con la vida del ser, cobró nueva vida. San José brilló por segunda vez en la noche estrellada, como una de ellas, mientras los amantes se reconocían nuevamente.
Al llegar el amanecer y cuando todos despertaron, el brillo se había marchado. Y con él, los amantes.
Nunca más volvió Margarita a pisar este mundo.