La danza de la brisa blanca
Bajo el resplandor de un atardecer que teñía el cielo de oro y violeta, Thalía caminaba entre la maleza y las flores del jardín real. Sus pasos eran suaves, casi etéreos, como si intentara alcanzar con su figura la inalcanzable cima del firmamento. Sus brazos, largos y delicados, se mecían al compás de una brisa que susurraba promesas de libertad.
En el silencio de la tarde, el eco de su vida anterior la perseguía como una sombra. Recordaba a la mujer que fue: una “villana” creada por el desprecio, marchita por un amor unilateral y el vacío de unos padres ausentes. Recordaba el frío de los escombros y el peso de una muerte miserable que le arrebató hasta la belleza. Pero ahora, bajo esta nueva luz, la duda persistía: ¿era este anhelo de libertad real o solo un sueño efímero? Fuese como fuese, allí estaba ella de nuevo. Una belleza incomprendida que, tras haber sido destruida y olvidada, se aferraba a esta segunda oportunidad con una intensidad que le erizaba la piel.
Thalía comenzó a bailar. Un baile dedicado al destino, a quien sea que le hubiese devuelto el aliento. Sin embargo, el peso de sus propios pensamientos la hizo tambalear. Sus pies perdieron el equilibrio; era inútil evitarlo, la gravedad reclamaba su tributo. Pero ella ya no temía caer, porque sabía que siempre volvería a ponerse en pie.
Antes de tocar el suelo, unos brazos fuertes rodearon su espalda. El movimiento fue brusco, casi impulsivo, pero el calor que desprendía aquel hombre fue el refugio más genuino que había sentido jamás. Thalía no se resistió; en su rostro se dibujó una sonrisa leve y delicada, cargada de una sinceridad profunda que nunca se había permitido mostrar.
Aquella dama, antaño rechazada por la sociedad y desdichada por un amor que solo le trajo ruina, finalmente comprendió la verdad: no necesitaba perseguir lo que deseaba con desesperación, sino aceptar el amor de quien realmente estaba dispuesto a verla.
—Gracias por elegirme, Su Alteza… —susurró con un hilo de voz.
Tras semanas de reuniones estratégicas, alianzas forjadas bajo las sombras y un esfuerzo incansable por escapar del destino trágico que la acechaba, Thalía finalmente se permitió rendirse al cansancio. En los brazos del joven príncipe de tierras lejanas, sintió que el peligro se disipaba.
—Ahora... voy a descansar... —murmuró antes de que el sueño la reclamara.
El hombre, de mirada enigmática y porte firme, observó el rostro sereno de la joven. La cargó con cuidado, como si sostuviera el tesoro más frágil y valioso del mundo. Mientras se alejaba con ella, susurró para sí mismo:
—Tus ojos, que alguna vez fueron cielos apagados por el luto, ahora brillan con una luz despejada. No fui yo quien te eligió, Thalía. Fueron tus ojos los que me llamaron, implorando que te llevara conmigo.
—Duerma bien, mi princesa.









