Ojos de amor

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Summary

Es una historia de mafia,soy nuevo en escribir, no les garantiza nd bueno pero es solo una historia que salió de la nd en unos 30 minutos entonces si buscas leer algo nuevo y cliché date un toque

Genre
Action
Author
Job Atlai
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1

José tenía veintiséis años, pero en la frontera el tiempo no se medía en cumpleaños. Se medía en miedo, en lealtades compradas y en los nombres que la gente pronunciaba en voz baja. Y el suyo era uno de esos nombres.

En Chihuahua, nadie preguntaba quién mandaba.

Todos lo sabían.

José.

La reunión se llevaba a cabo en el último piso de un hotel privado al norte de la ciudad. Las ventanas enormes mostraban las luces lejanas de la carretera y el movimiento lento de los tráileres que cruzaban mercancía durante la madrugada. Afuera hacía frío, un viento seco que golpeaba el cristal como si quisiera entrar. Dentro, el ambiente era distinto: humo de tabaco, vasos de whisky caro y hombres armados fingiendo tranquilidad.

Había doce personas sentadas alrededor de la mesa.

Ninguna hablaba demasiado.

Esperaban.

José llegó diez minutos tarde, no porque fuera irresponsable, sino porque podía hacerlo. Cuando la puerta se abrió, dos hombres se levantaron de inmediato. Otro apagó el cigarro con nerviosismo. Incluso el ruido de la música en el fondo parecía bajar.

Él entró sin prisa.

Medía 1.68, una estatura que muchos subestimaban hasta que lo tenían enfrente. Porque José no necesitaba imponerse físicamente; había algo más pesado en él. Algo que hacía que la habitación entera cambiara cuando cruzaba una puerta.

Vestía completamente de negro: botas limpias, pantalón recto, camisa oscura remangada hasta los antebrazos y una cadena plateada apenas visible en su cuello. No llevaba extravagancias. Los verdaderos hombres poderosos no necesitaban demostrar dinero; el poder ya hablaba por ellos.

Su rostro era serio, joven todavía, pero endurecido por años de violencia. Tenía la mandíbula marcada y una cicatriz delgada cerca de la ceja derecha. Sin embargo, lo que más llamaba la atención eran sus ojos.

Grises con verde.

Fríos.

Parecían cambiar según la luz, como si ocultaran algo debajo de la mirada. Eran ojos que nunca revelaban miedo, cansancio ni duda. Algunos decían que José podía mirar a alguien durante cinco segundos y descubrir si mentía.

Y casi siempre tenían razón.

—Buenas noches —dijo finalmente.

Su voz era tranquila. Eso era lo peligroso.

No gritaba.

Nunca necesitaba hacerlo.

Uno de los hombres, un proveedor de Sonora, se aclaró la garganta antes de hablar.

—Pensamos que no vendrías, José.

Él caminó hasta la cabecera de la mesa y tomó asiento lentamente.

—Si no hubiera venido… tú serías el primero en saberlo.

El hombre tragó saliva y bajó la mirada. Algunos soltaron una risa nerviosa.

José apoyó un brazo sobre la mesa mientras uno de sus escoltas le servía whisky. Ni siquiera volteó a verlo. Su atención estaba en los demás.

Observándolos.

Midiéndolos.

En Chihuahua circulaban muchas historias sobre él. Algunas eran ciertas; otras no. Se decía que había empezado trabajando para un grupo pequeño cuando apenas tenía diecisiete años. También se decía que a los veinte ya controlaba rutas enteras de tráfico de armas entre la frontera y el norte del país.

Pero lo que realmente lo volvió temido fue otra cosa.

Su forma de castigar.

José no perdonaba traiciones. Jamás.

Un antiguo socio intentó vender información a un grupo rival años atrás. Tres días después apareció colgado de un puente con una sola frase escrita sobre el pecho:

“La lealtad no se negocia.”

Desde entonces nadie volvió a intentar jugarle sucio.

Uno de los presentes abrió una carpeta llena de fotografías y documentos.

—Las nuevas rutas están listas. Pero hay movimiento federal cerca de Juárez.

José tomó una de las fotos y la observó en silencio.

Un convoy militar.

Sonrió apenas.

—¿Y desde cuándo los soldados detienen negocios?

Nadie respondió.

Porque sabían que para José el miedo era una debilidad. Él había construido su imperio precisamente sobre el riesgo. Mientras otros líderes se escondían, él aparecía en restaurantes, clubes o reuniones importantes sin preocuparse demasiado. Claro, siempre estaba protegido, pero nunca parecía paranoico.

Eso confundía a sus enemigos.

Parecía demasiado tranquilo para alguien con tantos muertos encima.

Uno de los hombres más jóvenes de la mesa habló con inseguridad.

—Hay rumores de que quieren quitarte la plaza.

La habitación quedó en silencio.

José levantó la vista lentamente.

Sus ojos gris verdoso se clavaron en el muchacho como cuchillos.

—¿Rumores?

El joven asintió.

—Sí… dicen que viene gente de fuera.

José tomó un sorbo de whisky y dejó el vaso sobre la mesa con suavidad.

—Que vengan.

Así de simple.

Sin tensión.

Sin enojo.

Eso era lo aterrador de él. La violencia para José era algo natural, casi cotidiano. No disfrutaba matar, pero tampoco le quitaba el sueño hacerlo. Había aprendido desde muy joven que en la frontera sobrevivían los hombres capaces de endurecer el corazón.

Y José tenía el corazón convertido en piedra.

Uno de sus escoltas se acercó y le susurró algo al oído. José escuchó sin cambiar la expresión.

Luego se levantó despacio.

Todos los presentes hicieron lo mismo automáticamente.

—La reunión terminó —dijo.

—¿Eso es todo? —preguntó alguien.

José acomodó el reloj plateado en su muñeca antes de caminar hacia la salida.

—Por ahora.

Se detuvo un instante junto a la puerta y giró apenas el rostro.

—Y díganles algo a los que quieren entrar a Chihuahua…

Sus ojos brillaron bajo la luz tenue.

—Aquí mando yo.

Después salió acompañado por sus hombres.

La puerta se cerró detrás de él y nadie habló durante varios segundos.

Porque aunque José solo tenía veintiséis años, ya era una leyenda oscura en la frontera.

Un hombre joven.

Rico.

Inteligente.

Despiadado.

El dueño de Chihuahua.

Y quizá lo más peligroso de todo era que todavía estaba creciendo.