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Amor Apocalíptico

Summary

Zombie +18

Genre
Horror
Author
AmirZGamer
Status
3mo ago
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1

Llevaba once días sin hablar con nadie. Once días desde que vio a su hermano menor convertirse frente a él en menos de cuatro minutos. Desde entonces solo corría, se escondía y contaba balas como si fueran caramelos. 

Esa tarde entró a un edificio de oficinas que alguna vez había sido de vidrio reluciente. Ahora parecía un acuario roto. Subió hasta la cuarta planta porque escuchó un ruido que no era el típico arrastre de pies podridos: era algo más... rítmico. Como tacones. Empujó la puerta de vidrio esmerilado con el logo de una agencia de modelos todavía pegado.

Y allí estaba ella.

Parada en medio del open space, de espaldas a él. Vestido negro ajustado, roto en un hombro, pero todavía elegante. Pelo largo, castaño oscuro, cayéndole en ondas perfectas hasta la mitad de la espalda. No se movía como las demás. No se tambaleaba. Solo... estaba ahí. Mirando por la ventana rota hacia la ciudad que ya no existía.

Daniel levantó el bate de béisbol que llevaba desde el día 3. Lo empuñó con las dos manos. Dio un paso.

Ella grio la cabeza y joder. Era guapa. Demasiado guapa para ser una de ellas. Pómulos altos, labios carnosos todavía pintados de un rojo oscuro que no se había corrido, ojos grandes enmarcados por pestañas postizas que seguían intactas. Pero los ojos... los ojos eran blancos lechosos, sin pupila. Muerta. Pero muerta de revista.

Daniel tragó saliva. El bate tembló un poco. Ella dio un paso hacia él. Tacones Clac, Clac, Clac, Lento. No agresivo. Casi... curioso.

—Qué mierda... —susurró él.

Cuando estuvo a tres metros, Daniel vio el resto.

El vestido era ceñido, de esos que parecen pintados sobre la piel. Y debajo... se transparentaba algo. Negro. Encaje. Ligueros. La tela del vestido estaba tan rota por detrás que dejaba ver claramente la curva de su culo, firme, redondo, imposiblemente perfecto para alguien que llevaba semanas muerto. Los pechos empujaban contra la tela rota, los pezones marcados bajo el encaje de un sujetador push-up que nadie le había quitado.

Daniel sintió algo que no debería sentir. No era solo miedo. Era otra cosa. Más sucia. Más humana. Bajó el bate. Solo un poco. Ella ladeó la cabeza, como si entendiera que él no iba a golpearla todavía. Ella ladeó la cabeza, como si entendiera que él no iba a golpearla todavía

Se acercó. Levantó una mano temblorosa y agarró el borde roto del vestido por el hombro sano. Tiró. La tela cedió con un sonido seco. El vestido se abrió por delante como una cortina barata. Cayó a los lados

Y ahí estaba.

Lencería negra completa. Sujetador de encaje, braguita alta con ligueros, medias hasta medio muslo. Todo caro. Todo de marca. Todo puesto con la misma precisión que cuando una estilista la preparó para un shooting que nunca llegó a hacerse. Daniel soltó el aire que llevaba conteniendo desde hacía diez segundos.

—Hostia puta... —murmuró.

Ella no atacó. Solo lo miró. O lo que quedaba de mirar en esos ojos blancos. Daniel dio otro paso. Ahora estaba tan cerca que podía olerla, perfume caro todavía agarrado a la piel, mezclado con algo dulce y podrido, como flores marchitas dentro de un coche cerrado. Levantó la mano otra vez. Esta vez no para romper nada. Solo para tocarle la mejilla. Ella no se movió.

Sus dedos rozaron la piel fría. Suavísima. Todavía suave. Como si la muerte se hubiera olvidado de estropearle la cara.

—¿Cómo te llamas? —preguntó en voz baja, sabiendo que no iba a contestar

Silencio.

Solo el viento moviendo papeles viejos por el suelo y el lejano gemido de otros infectados en plantas inferiores. Daniel dejó caer el bate al suelo. Sonó fuerte. Luego, sin pensarlo demasiado, se quitó la mochila. Sacó la única botella de agua que le quedaba. La abrió. Mojó dos dedos y le pasó el agua por los labios secos y agrietados.

Ella entreabrió la boca. No mordió. Solo dejó que el agua le resbalara por la comisura.

Daniel sintió que algo dentro de él se rompía. No sabía si era cordura, moral o las pocas neuronas que todavía le funcionaban bien.

Se quedó mirándola un rato largo. Después se sentó en una silla giratoria rota, a un metro de ella. Ella se quedó de pie frente a él. Como una estatua macabra vestida de Victoria’s Secret

—No sé qué coño voy a hacer contigo —dijo al fin, casi riéndose de sí mismo—. Pero no te voy a matar... todavía.

Ella ladeó la cabeza otra vez. Y por un segundo, juraría que sonrió. O tal vez solo era su imaginación jodiéndolo más fuerte que nunca.

Daniel se quedó sentado un rato más, mirándola como si fuera una alucinación con tacones. Al final se levantó, recogió el bate del suelo y se lo colgó al hombro. No dijo nada. Solo se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la salida de la planta.

Pasos. Los suyos. Pesados, cansados.Y luego... clac. Clac. Clac.Se paró en seco. Giró la cabeza.

Ella lo seguía. Despacio, pero sin dudar. El vestido roto colgaba como una capa rota a los lados, la lencería negra todavía perfecta debajo. Los tacones resonaban contra el suelo de moqueta industrial como si estuviera desfilando en una pasarela abandonada. Daniel resopló.

—No vengas —dijo en voz baja—. No soy tu puto novio postapocalíptico.

Ella ladeó la cabeza. Y entonces soltó un gruñido bajo, gutural, pero distinto al de los otros zombis. No era de hambre. Era de... ¿indignación? Como diciendo: “¿En serio me vas a ignorar después de lo que viste, imbécil?”

Daniel puso los ojos en blanco y siguió caminando. Bajaron las escaleras. Ella detrás. Clac. Clac. Clac. Él intentaba no mirar atrás, pero cada pocos pasos sentía esos ojos blancos clavados en su nuca.

Llegaron a la planta baja. El vestíbulo estaba hecho mierda: cristales rotos, papeles volando, un par de cuerpos secos tirados contra la pared. Daniel se dirigió hacia la salida principal, pero antes de cruzar la puerta giratoria vio el letrero luminoso (todavía encendido por algún milagro eléctrico residual)“Lencería & Ropa Femenina – Piso -1”.

Ella se detuvo de golpe frente al escaparate roto. Gruñó otra vez. Más fuerte. Más insistente. Se giró hacia él y señaló con un dedo tieso hacia la oscuridad de la tienda. Daniel suspiró.

—¿En serio? ¿Quieres ir de compras ahora?

Gruñido. Más largo. Como un “sí, coño, entra”.

Él miró alrededor. No había infectados cerca. Todavía tenía algo de luz natural filtrándose por las ventanas altas. Maldijo por lo bajo y entró.

La tienda era un caos elegante: perchas caídas, maniquíes desnudos tirados, pero todavía quedaban muchas cosas colgadas. Vestidos cortos, corpiños, conjuntos de encaje, tangas con brillos, medias de rejilla. Todo lo que una modelo como ella habría usado en un shooting subido de tono.

Ella caminó directo hacia un perchero y empezó a revolver. Con torpeza, sí, pero con intención clara. Agarró un body negro de encaje transparente, lo sostuvo contra su pecho y gruñó mirando a Daniel. Él se cruzó de brazos.

—¿Quieres que te ayude a cambiarte? ¿En serio?

Gruñido corto. Impaciente.

Daniel se acercó. Le quitó el body de las manos. Ella levantó los brazos sin que se lo pidiera, como si recordara perfectamente el protocolo de un fitting. Él le sacó restos del vestido roto por completo. Quedó solo en la lencería vieja. Luego le puso el body nuevo. La tela era dina, elástica. Se ajustó perfecto a sus curvas. Los pechos quedaron realzados, el corte alto en las caderas dejaba casi todo el culo al aire.

Mientras le subía las tiras por los hombros, sus dedos rozaron la piel fría de su vientre. Bajo la mirada sin querer y ahi estaba.

La braguita del body era abierta por abajo. Un corte atrevido, diseñado para... bueno, para no estorbar. Y entre sus piernas, contra todo pronóstico y toda lógica biológica, había un brillo húmedo. No sangre. No putrefacción. Humedad. Real. Como si su cuerpo, aunque muerto, todavía recordara cómo reaccionar a un toque.

Daniel se quedó congelado.

Ella gruñó bajito. No de amenaza. Era un sonido ronco, casi... placentero. Sus caderas se movieron apenas, un movimiento instintivo, buscando más contacto. Él tragó saliva. La mano que tenía en su cintura bajó un poco más. Rozó el borde del corte. Sintió el calor extraño (no frío del todo) y la humedad resbaladiza en sus dedos.

Ella cerró los ojos blancos un segundo. Gruñó más profundo. Las caderas empujaron hacia adelante, buscando.

Daniel retiró la mano como si se hubiera quemado.

—Joder... esto no está bien —murmuró, pero su voz salió ronca.

Ella abrió los ojos otra vez. Lo miró fijo. Y por primera vez desde que la vio, extendió una mano hacia él. No para arañar. Para tocarle el pecho. Los dedos fríos se posaron sobre su camiseta sucia, justo encima del corazón que le latía como un tambor.

Daniel no se movió.Ella gruñó suave. Casi como un “quédate”.

Fuera, en la calle, se escuchó un coro lejano de gemidos. Los infectados normales se acercaban. Daniel miró hacia la salida. Luego a ella. Al body nuevo que le quedaba como pintado. A la humedad que todavía brillaba entre sus piernas.

—Mierda —dijo al fin—. Vamos. Pero si me muerdes, te parto la cabeza con el bate. Aunque estés buena.

Ella ladeó la cabeza. Y juraría que esa vez sí sonrió. Una sonrisa muerta, torcida, pero sonrisa al fin. Clac. Clac. Clac. Salieron juntos de la tienda. Él delante con el bate.Ella detrás, ahora con lencería nueva y un caminar que parecía más seguro. Y por primera vez en once días, Daniel no se sentía tan solo.

Caminaron todo el día. O más bien, Daniel caminó. Ella lo seguía como una sombra con tacones y lencería nueva. El sol pegaba fuerte, el asfalto olía a muerte y gasolina vieja. Daniel hablaba solo, como si tuviera un compañero imaginario que respondía con gruñidos.

—Oye, ¿tú no tienes hambre? —le preguntó en un momento, mientras rebuscaba en una gasolinera abandonada—. Porque yo sí. Pero no de lo que tú quieres, ¿eh?

Ella se paró frente a un congelador roto. Dentro había un paquete de hamburguesas crudas que se habían convertido en una masa marrón-verdosa. Gruñó fuerte, señalando con un dedo tieso. Daniel negó con la cabeza.

—No. Ni de coña. Eso es carne humana o de perro o yo qué sé. No voy a dejar que te comas a nadie. Ya eres un puto niño caprichoso con tacones.

Gruñido largo, indignado. Ella se acercó, lo agarró del brazo con fuerza fría pero no agresiva. Tiró de él hacia el congelador. Daniel se zafó.

—¡Que no, joder! ¡No!

Justo entonces, una rata enorme, gris y asquerosa, salió corriendo de detrás de una estantería volcada. Pasó rozando los pies de ella. En un movimiento rápido, casi felino para ser muerta, ella la atrapó con una mano. La rata chilló. Ella se la metió entera en la boca. Crujió. Sangre negra le manchó los labios rojos. Tragó.

Daniel se quedó mirando, asqueado y aliviado a partes iguales.

—Vale... rata cuenta como no-humano. Te perdono esta vez.

Ella lo miró con esos ojos blancos y ladeó la cabeza, como diciendo “gracias, imbécil”. Siguieron caminando. Al atardecer vieron una casa aislada al borde de la carretera. Techo de tejas rojas, jardín muerto, pero puertas y ventanas intactas. Parecía segura. Entraron.

Apenas cruzaron el umbral, un infectado salió de la cocina arrastrando los pies. Era un tipo gordo con camiseta de Metallica rota. Se lanzó hacia Daniel con un gemido ronco.

Pero antes de que Daniel levantara el bate, ella se interpuso. Con un movimiento rápido y preciso, clavó los tacones en el suelo para impulsarse y le arrancó la garganta al otro zombi de un mordisco limpio. El cuerpo cayó como un saco. Ella escupió sangre negra al suelo y se limpió la boca con el dorso de la mano.

Daniel se quedó con el bate a medio camino.

—...Gracias —dijo, casi sin aliento—. En serio. Gracias.

Ella solo gruñó bajito, casi suave, y entró más adentro de la casa. Pasaron la noche allí. Daniel encontró latas de atún y galletas rancias en la despensa. Comió sentado en el sofá del salón. Ella no comió nada más. Se sentó en el sillón de enfrente, piernas cruzadas al principio. Luego, sin ningún pudor, las abrió.

Daniel intentó no mirar. Falló estrepitosamente.

Las bragas del body negro eran finas, transparentes en el centro. La tela se había mojado otra vez, marcando cada detalle. La luz de la linterna que tenía encendida en el suelo jugaba con las sombras y hacía que todo pareciera más... real.

Ella soltó un gruñido largo, ronco. Era inconfundible: “Así es, mírame, pervertido. Maldito necrófilo.” Daniel se puso rojo hasta las orejas.

—¿Qué coño quieres que haga? ¿Que no mire? ¡Estás ahí sentada como si fueras en un puto casting para OnlyFans zombie! ¡Zombie provocativa!

Ella respondió con otro gruñido, más profundo. Y entonces, lentamente, abrió más las piernas. Las manos muertas bajaron hasta la tela de las bragas. Tiró con fuerza. El encaje se rasgó por los lados con un sonido seco. Las bragas quedaron colgando, rotas, inútiles.

Y ahí estaba todo a la vista.

Su vagina expuesta, pálida pero no putrefacta. Los labios hinchados de una forma antinatural, brillantes de esa humedad imposible. No olía a podrido. Olía a ella: perfume viejo mezclado con algo animal, algo vivo que no debería estar. Soltó un gruñido que ya no era gruñido. Era casi un gemido. Largo, bajo, vibrante. Las caderas se movieron apenas, un vaivén lento, invitador. Los ojos blancos fijos en él.

Daniel dejó caer la lata de atún al suelo. El sonido metálico resonó en la casa vacía. Se levantó despacio. Dio un paso. Otro.Ella no se movió. Solo esperó, piernas abiertas, cuerpo muerto pero deseante.

Daniel se arrodilló frente al sillón. Sus manos temblaban cuando tocaron los muslos fríos. Subieron despacio. Rozaron la piel húmeda. Ella echó la cabeza hacia atrás y soltó otro gemido-gesto. Las caderas empujaron hacia su mano.Daniel cerró los ojos un segundo.

—Esto está muy mal... —susurró.

Pero no paró.Y ella tampoco. La noche se hizo larga en esa casa al borde de la carretera.

Daniel se levantó del sillón como si le hubieran dado un calambre. El corazón le latía en los oídos. No dijo nada. Solo murmuró un “voy a ver si hay algo útil por ahí” y salió del salón caminando rápido, casi huyendo.

Entró en la habitación de al lado. Era el dormitorio principal. Cama grande con sábanas revueltas, fotos familiares en la pared (una pareja sonriente que ya no sonreía), un armario abierto con ropa de hombre y mujer. Cerró la puerta detrás de él. No con llave, solo la empujó.

Se dejó caer sentado en el borde de la cama. Respiraba fuerte. Miró sus manos. Todavía temblaban. Todavía olían a ella.

—Maldita zombie puta... —susurró entre dientes—. ¿Qué coño me estás haciendo? ¿Eh? ¿Te crees que porque estás buena y muerta puedes venir a joderme la cabeza así? Eres una jodida aberración con tacones y lencería. Una muerta provocativa de mierda que me tiene aquí como un adolescente pajillero...

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