Capítulo I: Rata de reyes
El cielo escarlata da sofocadas exhalaciones de dolor para que todo desdichado sintiera lo que tanto le hacía agonizar. Las nubes se arremolinaban como rostros burlescos desde las chimeneas industriales con aquel humo que se extienden hasta difuminar su forma por aquel manto grisáceo y turbulento que acaba con cualquier pequeño resto de vida que trate de alzar vuelo, ya que la humedad vertiginosa resulta ser tan ácida que quema rápidamente a los incautos que en la necesidad satisfagan su sed con aquel ácido que no tarda en extender en el mugroso concreto sus entrañas licuadas.
—¡Nos aproximamos al destino!
Se escuchó la voz de un hombre joven por los parlantes tras el permiso autorizado del capitán.
—Que asco de lugar, no se si sería mejor haber elegido no abandonar tierra.
Susurro un delgado tripulante que observaba con miedo las aguas negras que brillaban como una esmeralda mortífera.
—Calla cobarde. Que no te escuché Ahura Mazda, nuestro dios es clemente con nosotros por ser fieles y no tenerle miedo a nada.
Expresó una joven de facciones finas, sus ojos eran color avellana clara que podía transmitir un brillo de fuego que no se dejaba apagar por nada.
—Estimada señora, le pido que nos deje la tarea de disciplinar a los cadetes a los oficiales. Para eso estamos.
Comento de manera gentil un hombre alto que portaba un bigote delgado que se enroscaba con elegancia notoria.
—Discúlpeme, no es que… Pero mire…
Tartamudeó el joven antes la inevitable reprimenda, ya que tal desacato de hablar sin permiso hizo que su superior apretaba el puño con notorio odio. Un suave pero intenso sonido del cuero de sus guantes hacía algo peor.
—Calma, debe tener un buen motivo…
Dijo la joven desviando la mirada que cruzó la vista con algo que se movía desde el fondo.
—¡Por Ahura Mazda! Que se apiade de nosotros…
Expresó un marino al darse cuenta de aquellos ojos que no eran los únicos siguiendo la embarcación.
—¿Serán sirenas?
Preguntó el segundo oficial haciendo un sutil gesto con su boca que hizo mover de manera sutil el bigote de un lado a otro.
—No, no los ataquen, asegúrense de mantenerse firmes. No quiero que nadie toque el agua.
La expresión de la joven no se veía sometida al miedo o preocupación que rodeaba al resto ante la nueva y extraña fauna. La joven se mostraba decidida a actuar de manera certera a los desafíos que se impusieran en el viaje, mientras su mirada se volvía a tierra.
De cubierta estos se movían con eficiencia pese a las agitadas aguas que a su vez se desquitaba con las orillas que destacaban la lejanía se lograba apreciar las formas de la desgracia pueblerina que se había asentado hace tanto en el continente deshabitado por la luz rancia de la humanidad. La embarcación vestía una estructura frágil bajo la eficaz estructura ostentosa que albergaba a una tripulación que servía a un señor de tierras petrificadas.
Siempre había susurros entre los marineros salvo cuando debían preparar la cubierta por la tempestad de un océano despojado de su inhumanidad.
—Puede que esto sea parte de su plan.
Pronunció para sí el oficial. A lo cual la joven le devolvió la mirada sabiendo lo que mantenía inquieta a la mayoría.
—Explícate. Los secretos valiosos son para aquellos en vida, muertos no servirá de nada.
Le respondió la joven, deseaba evitar que las amenazas tuvieran el peso suficiente para serles un calvario.
—No sabemos si este hereje es de fiar…
Murmuró el uniformado de alto nivel en la embarcación.
—Es desición del sultán, además mi tío sabe manejarlo. Tu solo mantente listo…
Respondió la joven, observando la figura desvencijada de un anciano moverse con naturalidad por el suelo que no dejaba de moverse por las embestidas de las olas.
Este ocasionalmente parecía decirle unas palabras tranquilizadoras a los jóvenes que tenían problemas para mantenerse en pie.
—¿Te había dicho la vez que conocí al jefe mayor de las camarillas?
Una voz seca venía de un escuálido anciano que miraba entre sus cataratas como aquel infame pueblo seguía con su ritmo pese a la inclemencias del mal tiempo.
—¿Vuelves a divagar anciano? ¿Acaso el sultán no te paga lo suficiente por hacer tu trabajo y callar?
Respondió una joven de cabellera negra como la obsidiana más profunda y una tez blanca platinada que contrastaba con el mundo que le rodeaba.
—Sabes de estas condenadas rutas, no quiero cuentos. Solo debes guiar.
Amenazó al viejo sujetándolo de su cuello, el sonido de la piel inmaculada pero dura de la joven curtida, contra la piel como papel desechado del viejo hizo un sonido que pareció callar incluso al infame mar.
—Zahra. Es suficiente.
Se impuso una grave y majestuosa voz que detuvo toda violencia.
Entre los marinos apareció un hombre de aspecto solemne, su turbante portaba bellas y largas plumas que ondeaban a su propio ritmo.
—El sultán fue generoso al darnos a este sirviente…
Expresó con cierta humildad, la cual fue acogida con un gesto de agradecimiento del anciano.
—¡Tio! ¡Es un esclavo, no es nada!
Expresó con indignación la joven que irrumpió de manera descortés al hombre que actuaba como uno de los consejeros más altos del sultán, este visir cumplía con esta nueva tarea de escoltar a quienes reemplazarían a los vigilantes de las sombras que tenía el sultán en este lugar perdido.
—No irrumpas, debes calmar tu mente y enfocarte en desvelar los valores que entrega la vida. Hay un dicho antiguo, hasta la más pequeña piedra puede volcar a una gran carreta.
Dijo aquel hombre dando un movimiento con la mano mientras frotaba su abundante barba puntiaguda.
—Eh… comprendo tío, agradezco su lección.
Respondió la joven como buena aprendiz, regresando la vista a aquel desvencijado hombre que había sufrido tormentos que acabaron con casi toda su vitalidad.
—Bien. Cuéntame anciano, como fue que conociste a esas camarillas. ¿Hay algo que debamos saber antes de mandar a las Ir de Ahura Mazda para que cambien de lugar con las anteriores Ir. Solo espero que esos Ir de Angra Mainyu no nos hagan tanto problema en el puerto.
Expresó la joven, lo cual parecía un misterio, en esa embarcación era un secreto a voces.
—Por un percebe… verás, cuando lleguemos tendremos que ser recibidos por los obreros, a uno se le debe sobornar, pero no a todos.
El anciano soltó un modismo habitual del puerto ante la situación que le planteaban, esperando no estar tan desactualizado.
—¿Por qué no se soborna a todos?
Preguntó la joven confundida. El viejo se dio cuenta que ninguno de los que estaba en esa embarcación habían navegado a estas aguas más al norte.
—Si se les soborna a todos, nos pedirán más. Quienes revisen los compartimientos deben ser a quienes se le de un monto, mientras que hablamos con el jefe de inspección, sutilmente le dejamos algo de valor. Así pasamos la inspección.
La joven quiso gritar pero solo volteo confundida a su tío luego de la tonta explicación. En hombre afirmó su faja y apuntó al anciano como si supiera la respuesta de un acertijo.
—Si le pagamos a todos, sabrán que su valor es mayor que el resto, por lo que pedirán más y nos pueden delatar… Pero como los Ir de Angra Mainyu tienen la codicia en sus negros corazones, se callaran para no compartir las riquezas con sus heréticos congéneres.
El hombre vestido de seda fue locuaz al momento de declarar su respuesta, recibiendo multitud de asentamientos por parte de sus subordinados. En cambio el viejo sonrió, dando unos aplausos suaves.
—Excelente señor Ahmet. Excelente, ya sabe a lo que se enfrenta pero le advierto que en estas aguas negras hay cosas mucho peores.
Pronunció con entusiasmo el anciano, pareciendo perder un instante la apariencia demacrada con la que se le conoció durante tanto tiempo.
—Son cosas simples que debe atender un buen visir. Además si no tuviera que esforzarme en llevar a cabo la resolución de situaciones como estás, el sultán nunca me habría encargado tal valiosa misión.
Expresó con cierta petulancia Ahmet, aunque no era nada comparado con otros. En un pueblo de tal renombre se debía andar con cuidado, incluso si se tiene una figura distinguida de por medio.
Pero la conversación fue irrumpida por una abrupta quietud que alertó al anciano.
— Rayos. Se acerca un terror del mar.
Murmuró alguien pero fue silenciado por otro. Nadie quiso ver quien fue tan imprudente, quienes perdían el equilibrio solo trataron de seguir con el movimiento natural y golpearse contra la madera del barco.
—...
Sonidos secos se hicieron eco en un breve instante, luego un silencio mortuorio.
—.... Los segundos se volvieron minutos, quienes estaban en el suelo pese a los golpes y ocasionales astillas inoportunas en su carne tuvieron la suerte, quienes estaban de pie sentían el hormigueo del cuerpo recorrer su piel como un enjambre que ya no se movía bajo su piel, sino que la consumía con violencia y desesperó.
—Yo te cuido. ¿Hola? ¿Qué ocurre? ¿Hay alguien?
Unas voces parecían recorrer los pasillos.
—Puedes confiar, ya no hay nada.
Murmuró alguien en el oído de cada uno de los presentes, sabían que era una regla importante, nunca voltear a ver a este horror de las profundidades.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué están todos quietos? Has oído mal, quieren engañarte. Da la vuelta… aún hay tiempo…¿ o tal vez no?
Cada alma en el barco estaba seca, sudaban frío, sentían como perdían el cabello mientras sus ojos parecían evaporar todo atisbo de vida.
—¿Lo ves? Da la vuelta y sígueme. Necesitas agua.
La voz parecía tentadora, incluso habían algunos que estaban llorando para contenerse a la necesidad de tan siquiera relamer sus labios que se habían descascarado sin soltar ni una gota de sangre.
Sentían que sus cuerpos comenzaban a desaparecer, volviéndose sacos de piel vieja maltratada por el calor peor que en los desiertos más abrasivos.
— …
Algunos de los cadetes si bien se les prohibió hacer el más mínimo movimiento abrían sus bocas como peces fuera del agua, estaban secos y tan solo deseaban respirar pero hasta el aire en el océano inmundo estaba seco.
Sus cuerpos parecían colapsar, pero por extraña razón seguían ahí como figuras momificadas. Como estatuas que amenazaban a la vida evocando lo que alguna vez fueron pero presentando algo peor que la propia muerte, por lo que siguieron estando en aquella posición sin moverse pese a la terrible situación en la que estaban.
—...
Los minutos parecían eternos, no había cielo, ni mar o nada a su alrededor. Solo una imagen difusa que se proyectaba de donde tenían los ojos.
—...
Fue entonces que un atisbo de humedad pareció golpearles, todo aquello que los había vuelto arena más seca que una duna, era solo un sueño o más bien una pesadilla.
—...
Todos seguían quietos, nadie deseaba moverse sabiendo que las palabras del anciano indicaba que hasta que no sintieran que el infierno en el mar volvía a desatarse. Esas palabras no se entendieron en aquel momento, muchos habían propuesto combatir discutiendo sobre lo que se encontrarían por la ruta marítima que albergaba más secretos de lo que desearía, pero una cosa era cierta desde que en tiempos primitivos la humanidad conoció a los primeros de la superficie marina, haciéndolos consciente aquellos horrores del mar no podían ser combatidos con nada hecho por sus propias manos, incluso cuando implicaba sacrificar tantos de ellos.
La respiraciones eran audibles únicamente, el clima y el tiempo parecían haberse detenido por temor a ser arrastrados por lo que no lograban ni imaginar. Solo aguardar que aquello que era su depredador les diera un fin rápido o se satisfaciera con lo cazador, pero no entregando toda la embarcación podría alimentarse a una sola de esas atrocidades que menciono aquel viejo que transportaban como guía.
Las dudas brotaban de la misma forma que desaparecían, pues la desconfianza que tenían al viejo era notoria y aumentaba a cada instante solo para disolverse en el aire al igual que sus ganas de huir, sabiendo que les podría aguardar algo mucho peor.
Fue un bramido o chillido que explotó en sus cabezas, un dolor atroz que implosión en sus cabezas, sentían que se derretía su cabeza mientras era sacudida con terrible dolor, entonces fue que la embarcación cayó de golpe siendo azotada brutalmente por el agua que amenazó con entrar para reclamar a los marinos.
—¡Auxilio! ¡Auxilio!
Una seguidilla de gritos de los hombres se hizo presente entre gorgoteos húmedos.
El agua entro arrastrando a los más cercanos hacia el interior de la embarcación para apoyarlos y luego solo para regurgitarlos para engullir sus cuerpos con el mar lentamente, como si se tratara de un vil juego.
—¡Rápido! ¡Sujetese y rezen a quien percebes deseen bola de marineros de agua dulce!
Grito el anciano a todo pulmón, esas palabras extrañas eran claras pese a desconocer el significado, el segundo azote vino tras terminar sus palabras y la embarcación con sus tripulantes se elevaron como un cohete que aplastaba todo hueso ante la inercia.
—¡Lanet olsun!
Se escuchó por sobre todos los insultos de quienes caían ante un fallido agarre, pues ni al sacrificar sus uñas y dedos lograron estabilizarse ante la embestida pero al menos no serían arrojados al mar.
—¡Obedezcan!
Gritó con furia el visir maldiciendo en su consciente al anciano por decirle que aguardaran su señal discreta que le comento aquel vejestorio antes.
Pues tras alzarse hubo una peor sensación de estar en equilibrio con el mundo que solo era el preludio de lo peor.
—¡Tenía razón Ilyas! ¡Tenía razón! ¡Por Ahura Mazda!
Gritó el oficial con medio cuerpo fuera de la embarcación, detrás suyo algunos lo sujetaban pero parecían ser arrastrados a la desgracia.
—Si te digo que me hagas caso sobre un monstruo marino o un burdel, siempre tendré razón!
El viejo grito, pero nadie le escucho, ya que en ese momento nadie estaba atento más que salvar a quien tuvieran al lado como a su mismos, fue ahí que un segundo oficial perdió el agarre deslizandose por la madera, ya no la astillaba, sus dedos sin uñas solo podían dejar un camino que recordaría lo que fue de el antes de ser tragado por el agua.
— …oh señor de los divino cuya misericordia es infinita, he blandido la yatagán en tu nombre y la de los divinos. En estos momentos …
Aquel joven de piel moteada que era un segundo oficial sangraba por la nariz, dejando ver el tabique perdiendo su elegancia, en cambio había una expresión perdida, que le centraba todo de si para sobrevivir.
—¡Toma mi mano! ¡Debes…!
Gritó el visir que no alcanzó a lograr hacer algo y descendió junto al resto impactando con el borde del alerón de lo puente.
—¡Doppelganger! ¡Doppelganger!
Se escuchó más allá, donde habían varias figuras de hombres alejándose con una maraña de arcilla orgánica y extremidades con aspectos biológicos peleando entre sí antes de caer lejos del barco.
El azote fue despiadado y muchos no tuvieron la fuerza para aguantar los quejidos y sollozos, pues el doctor tendría más trabajo que nunca.
No obstante, para quienes oyeron el grito no había tiempo de lamentos.
Zahra fue la primera en pararse desenvainando su yatagán pero su avance fue detenido por la fragilidad de su pierna que sólo dio un sonido húmedo.
La joven mujer cayó, su dolor era intenso pero se negaba a ser débil y dejar que las abominaciones acabarán con la tripulación que les había dado el sultán, se forzó a pararse pero una mano la sostuvo.
—Sobrina, no sigas. Tu pierna está rota, nosotros iremos.
El visir Ahmet tras su sobrina se levantó y le ayudó a estabilizar su pierna que ensuciaba su pantalón plegado, similar al del resto de tripulantes, su herida expuesta que generaba una mancha de sangre rojiza en estas situacion era lo mejor ya que aliviaba la conciencia del hombre ante de haber perdido a su sobrina en manos de esos horrores cambiantes o tener que matar una copia repulsiva de su querida sobrina que recordaba tanto a su estimada hermana.
—¡Por el caleuche! ¿Qué percebes es un doppelganger?
Preguntó el anciano aún en el suelo, un tripulante trataba de levantarlo con cuidado. Las miradas de cada uno se dirigían a las heridas de otros, quienes aún no sangraban, eran observados con mayor desconfianza.
—Son cosas que cambian de forma, nunca se les ha visto su verdadera piel. Se dice que incluso nunca han tenido.
Murmuró el marinero, aunque fue interrumpido por el viejo Ilyas que le sujetó el dedo torcido para dejarlo en su lugar.
—Gracias.
Murmuró sacudiendo su mano, a lo que el viejo le miró con pesadez.
—Otra palabra extraña de ustedes. Procura no decir eso cuando llegues al puerto.
Dijo el viejo con un gesto desagradable, aquello era símbolo de debilidad. Como un indicio de muerte para cuando lo dijeras a la persona incorrecta.
—¡Estén atentos! ¡Los doppelganger nunca están solos!
Alzó su voz Ahmet observando las aguas que no mostraban signos de vida, que conocía bien la malicia de los cambia formas que habían ingresado antes de embarcar al barco o tal vez venían en las provisiones, pero una cosa era cierta y es que aquello reciente era más un misterio absoluto, una agonía que pese a haberse superado, había robado algo de su cordura.
—Anciano. ¿Qué pasa con las bestias del agua?
El visir alzo su voz mientras el bullicio de los oficiales dando órdenes y revisando la cubierta para asegurarse que no subiera el cambia formas.
—Esos hombres y el roba pieles ya están muertos. Además es solo un terror del mar. Siempre cazan solos…
Este pronunció caminando con un desliz de su pie al dar los pasos que contrastaba con el movimiento del mar que volvía a su inclemencia habitual.
Este dudo en seguir hablando del terror del mar, pues las miles de historias contadas por los marinos que lograron verle, siempre contaban con un detalle especial ya que cuando se trataba del terror del mar. Solo quedaba uno que pudiera difundir el terror de lo que vio, siendo lo último que vería, sentiría y oyera. Pues era otro de los regalos de aquella bestia demencial.
—El capitán debe seguir con lo suyo, pronto atacará de forma física.
Exclamó el anciano acercándose a Ahmet que dio una exhalación de fastidio ante la horrible verdad que les había advertido el anciano.
—¿Entonces volverá a atacar? Si se muestra tendremos que responder también con fuego.
Respondió el visir con notorio enfado, viendo a su sangre siendo asistida por los marinos. La herida estaba expuesta pero no había dañado nada importante por lo que se aseguraban de volverlo a su sitio y hacerle un torniquete hasta que tuvieran tiempo de observar mejor las heridas.
—No hay necesidad, será una pérdida. Los que cayeron son más que suficiente para el horror del mar.
Mencionó sin preocupación el anciano, regresando la mirada al superior quien parecía olfatear su mentira pero el igual mentiria en una situación como aquella, solo después que dejara a todos a masivo se aseguraría de saber toda la verdad que oculta el anciano.
—Oh, se nota que el sultán te aprecia por tus habilidades.
Dijo el anciano cambiando su expresion al no poder ocultarle todas las cosas a aquel hombre bien vestido.
—Hay que considerar que el ataque de ahora será un regalo… siempre y cuando no choquemos contra el muelle.
Sus palabras fueron acompañadas de una sonrisa sádica, un detalle que perturbaba al visir pero que encantaba al sultán ante la complejidad de la libertad de los hombres por expresarse abiertamente.
Un crujido y las olas que se movieron al unísono que sacaron de si los corazones de los hombres que supieron que venía la arremetida.
La embarcación tomó vuelo, elevándose y acelerando. Algo que pondría en peligro la embarcación si no controlaban rápidamente las velas.
—¡En posiciones! ¡Carguen las velas! ¡Contraigan como si un Jinx e mahi nos tratará de comer!
Las órdenes del visir eran claras, actuar o morir. Las miradas de duda fueron breves pero las irrumpieron por la disciplina de actuar de forma inmediata. Por su parte en el puente hubo forcejeos, gritos y cristales romperse.
Fue entonces que de la parte alta salió un hombre por la ventana, o lo que parecía un hombre cambiante, ya que estaba unido a un cordón de fibra muscular incoherente que se dividía en más extremidades, rostros que bramian con horror la inevitable muerte.
Era esa imagen como un faro de alivio ya que ante la muerte lograban desvelar a los doppelganger que no soportaban la idea de morir, era por ello que siempre cambiaban tratando de ser libres del amarre de la muerte. La parte de lo que parecía un hombre empezaba a deslizarse como raíces musculares entre ojos y extremidades amorfas que trataban de huir a algo que tenían enfrente.
— ¡Ahí está! ¡Si morimos, nos iremos con ellos!
Rugió el visir alzando la espada curva con fuerza, recibiendo gritos de odio de parte de los marinos que alzaban sus arcabuces. Aquellas armas de gran calibre fueron alzadas comenzando así rafagas mortales de proyectiles del porte de un puño.
—Me lleva el caleuche. Con que así suena esas horribles cosas…
Murmuró el anciano, viendo a otra de esas cosas moverse, siendo abierta de par en par por los impactos desgarradores de la munición cargada.
Chillidos de agonía salieron de aquellas bestias que veían la muerte inminente ya sea por los humanos o lo que tenían frente suyo.
—¡Ahora! ¡Las velas deben estar totalmente abiertas! ¡Estamos en lo alto!
Gritó el capitán que sangraba de un corte en la frente, por otro lado de las ventanas se asomaban tripulantes igual de mal heridos, estos alzaron arcabuces para disparar al resto de la bestia y cortaban el resto de esta sujeta al puente. Donde abrieron fuego para terminar de arrojar los restos de la criatura moribunda a las aguas putrefactas.
Todo se veía caótico pero a su vez organizado, las velas se abrieron recibiendo el impacto del viento que ralentizó la embarcación, provocando que se levantará, las telas apenas resistía con los sonidos de sus cuerpos abriéndose como las cuerdas reventando ante la presión, algunos infortunados fueron catapultados fuera del barco o para su suerte la tensión con el impacto los cortaba antes de arrojar los restos a la profundidad del olvido.
Fue en este momento en que nadie entendía lo que había ocurrido o porque debían hacer esto pero ante la confianza del capitán como del visir la expresión de seguridad era clave que todo estaba planeado.
Algunos rezos se hicieron audible mientras la caída de la embarcación mostraba una montaña de agua que se alejaba de ellos, a medida que bajaban y apreciaban la lejanía, esto era el terror del mar. Algo que nunca vieron pero que condujo a la locura solo para llevarles a una violenta carga como si una bestia salvaje masticar sus pequeños cuellos. Tal masa de agua continuó y terminó por romperse sobre una estructura de hormigón oxidado, las primeras bodegas solo eran un recuerdo de antaño, desde la doceava bodega, apenas se podía ver algo de vida y un trabajo más normal de civilización que sobrevivía a duras penas.
—Ese olor…
Dijo alguien cubriéndose la nariz por la putrefacción y desechos aglomerados.
—Mi señor, observé, hay hombres… en el agua…
Alzó un hombre en la orilla, pero su lengua dudo en decir lo que observaban sus ojos ya que cuerpos hinchados en infinidad de Estados de descomposición como edades estaban arremolinados en el agua.
—Sean fuertes, este lugar está lejos de la luz de Ahura Mazda. Nos enfrentamos contra el mal.
Dijo un oficial que se sacaba la chaqueta rasgada en el forcejeo del momento. Entonces la embarcación pareció detenerse, los obreros del muelle vestidos con harapos alzaron las escaleras para abordar. Entre ellos había algunos obreros con uniformes de construcción que aparentaban resguardar su seguridad.
—Bien, bien. Hagamos esto rápido sucios marinos de agua dulce.
Gruño un viejo tosco, su barba incipiente se movía por la brisa rancia del mar, dejando algunas liendres al descubierto.
Uno de los oficiales se presentó, pese a estar asqueado con el hombre se mostró amigable y dócil.
Fue ahí que ante la agresividad de la confianza que mostraba, fue mostrando más firmeza, entregando los datos de la embarcación y su propósito aunque parecía aquel sucio hombre estar más interesado en otras cosas, a lo que uno oficial le extendió una bolsa de piedras envuelta en tela que podría valer algo en el mercado como trueque.
El hombre intercambió las palabras de manera más cooperativa, viendo que a regañadientes sería todo lo que conseguiría con el oficial mientras todo se desarrollaba con más calma, haciendo que de vez en cuando un oficial entregará una bolsita de chucherías, polvos y demás cosas a los harapientos para resguardar el secreto. Entre ellos se miraban con recelo resguardando su botín como si la amenaza fuera real.
Ante la impertinencia de uno que se escabullia, se cayeron unas piedras lo cual atrajo la atención de unos jirones que estaban holgazaneando en las cajas, actuaron rápido pero no tan rápido como para separarse de la multitud que los trago.
Gritos horrendos surgieron brevemente desde el centro del conflicto, ya que de la codicia pasaron al hambre.
—¡Ustedes deben ser mis clientes!
Mencionó una voz como graznidos secos que alzó las armas al instante de todos. Pese a las impresiones que daba aquella mujer de piel grasosa que tenía un cabello igual de grasoso que tenía escondida las costras de caspa capilar.
—Veo que son muy callados, no se preocupen. Cornelio, lárgate a un callejón a morirte porteño asqueroso.
Gruñó la mujer, su rostro recordaba al de una rata, aunque las ratas parecían no ser tan bravas como aquella mujer.
—Que los mares se abran y te lleven a los avernos para que jamás puedas pisar tierra firme.
Maldijo el hombre entre escudos reiterados, dejando baba verdosa tras de sí.
—Asumo que está dulce pincoya es nuestra amada Madam Rattue.
Pronunció Ilyas, tratando de ser cortés pero la mujer le lanzó una mirada asesina.
—Otro porteño malviviente. Anda a buscar a una de esas sucias a los burdeles.
La mujer señaló inquisitiva al anciano que levantó las manos con una sonrisa con aires pícaros.
—Mal nacido… ¿Eres un porteño que salió y volvió a esta pocilga? Bueno… cosa de porteños.
Exclamó la mujer frustrada ante la idea de ese vejestorio, igual entre sus pensamientos el estar aquí o en otro lado era exactamente lo mismo.
—Bueno bruja marina. ¿Tienes nombre o que?
Respondió con bravura el viejo, haciendo que la mujer hiciera un gesto que mostraba sus dientes amarillentos cubiertos por sarro.
—Soy Ilyas, pero aquí es Elías. Este es el distinguido visir Ahmet y el resto.
Exclamó el anciano poniéndose firme mientras los que provenían de tierras áridas no comprendían el conflicto entre los dos.
—Desde luego que conoceré a un noble cuando lo vea. Y se nota claramente que son uniformados de otras tierras. Mi nombre es Agnes Rattue, orgullosa comerciante de todo tipo y colaboradora a la causa que les sea correcta.
Esta dijo con una reverencia bien trabajada, el grupo que parecía prepararse solo podían cuestionarse para sus adentros qué clase de rarezas encontraría en aquel pueblo.