Capítulo 1
El sol de Seúl no pedía permiso para entrar por el gran ventanal del departamento, pero esa mañana parecía ensañarse especialmente con el rostro de Kim Jongin. Con veintisiete años, una carrera en ascenso como diseñador arquitectónico en una de las firmas más competitivas de la capital y un carisma que usualmente le servía para salir ileso de cualquier situación, Jongin debería haber tenido el control de su vida.
No lo tenía. En absoluto.
—¡Yejung! ¡Por el amor de Dios, dime que no le diste de comer galletas al pez otra vez! —exclamó Jongin, mientras saltaba en un solo pie por el pasillo, intentando meter el izquierdo en un mocasín de cuero que se resistía a cooperar.
Un par de ojos enormes, brillantes y completamente desprovistos de culpa lo miraron desde el borde del sillón. Yejung, de cuatro años recién cumplidos, tenía las mejillas manchadas de mermelada de fresa y sostenía un dinosaurio de plástico verde en una mano y una rebanada de pan a medio morder en la otra.
—Cherris tenía hambre, papá. Me lo dijo con burbujas —respondió el niño.
Jongin se detuvo, respirando hondo. Su camisa de vestir, perfectamente planchada hace apenas diez minutos, ya exhibía una pequeña huella dactilar de color rojo pegajoso justo cerca del abdomen. Podría haberse enojado, podría haber gritado, pero la verdad era que mirar a esa réplica en miniatura de sí mismo, con el cabello despeinado apuntando en todas direcciones, siempre le desarmaba el pecho. Ser papá soltero a los veintisiete no venía con un manual de instrucciones, y la mayoría de los días se sentía como si estuviera pilotando un avión en medio de una tormenta mientras aprendía a leer los paneles de control, pero no cambiaría ese caos por la paz más absoluta del mundo.
—Cherris come comida de pez, campeón. Las galletas le dan dolor de panza —dijo Jongin, arrodillándose para quedar a su altura. Usó el pulgar para limpiar la mermelada de la mejilla del niño, ganándose un quejido dramático—. Ahora, arriba. El autobús de la guardería no nos va a esperar y papá tiene una presentación con los inversionistas en exactamente cuarenta y cinco minutos. Si llego tarde, mi jefe me va a convertir en comida de pez a mí.
—¿Con burbujas? —preguntó Yejung, parpadeando con curiosidad.
—Con muchas burbujas. Anda, por favor, ponte los tenis. Los que tienen luces.
Yejung asintió con entusiasmo, motivado por la promesa de las luces LED en sus talones, y corrió hacia su habitación arrastrando el dinosaurio.
Jongin aprovechó esos dos minutos de tregua para mirarse en el espejo del recibidor. Tenía ojeras ligeras que el café apenas lograba disimular, pero sus ojos oscuros seguían manteniendo ese brillo travieso y cálido que lo caracterizaba. A pesar del cansancio crónico, Jongin no era un hombre amargado. Amaba la vida, amaba la música que ponía a todo volumen los viernes por la noche mientras cocinaba desastres culinarios con su hijo, y amaba la vibrante, ruidosa y caótica ciudad que se extendía más allá de sus paredes. Sin embargo, muy en el fondo, donde el ruido de los juguetes y los planos arquitectónicos no lograban llegar, había un pequeño espacio vacío. Un espacio que a veces, en las noches más silenciosas cuando Yejung ya dormía, se sentía extrañamente frío. Anhelaba algo que parecía imposible en su itinerario: alguien con quien compartir el peso, alguien a quien mirar después de un día largo y saber, sin palabras, que todo estaría bien. Un romance real, de esos que te aceleran el pulso pero te calman el alma.
Un suspiro romántico y un tanto patético escapó de sus labios, interrumpido inmediatamente por el sonido de algo rompiéndose en la habitación contigua.
—¡No fui yo! —gritó la voz de Yejung a la distancia.
—¡Kim Yejung!
El trayecto hacia la guardería fue una coreografía perfecta de prisa urbana. Seúl a las ocho y media de la mañana era un monstruo de asfalto y luces de freno rojas. Jongin llevaba a Yejung cargado en un brazo, asegurando la mochila con estampado de cohetes espaciales con el otro, mientras esquivaba a los oficinistas trajeados que caminaban como autómatas hacia las estaciones de metro.
—¡Más rápido, papá! ¡Como un cohete! —animaba Yejung, riendo a carcajadas mientras el viento de la mañana le alborotaba el flequillo.
—¡Hago lo que puedo, comandante! —jadeó Jongin, sintiendo que el gimnasio al que pagaba la membresía y al que nunca asistía no era necesario teniendo un hijo de quince kilos que amaba la velocidad.
Había algo profundamente hermoso en la forma en que la ciudad reaccionaba a ellos. A pesar de la mirada fría de la metrópoli, una señora mayor que vendía pasteles de arroz les sonrió al pasar, y un joven universitario detuvo la puerta del ascensor del metro solo para que Jongin pudiera entrar sin golpear la mochila del niño. La paternidad le había enseñado a Jongin a ver la amabilidad oculta en las esquinas más grises de la rutina.
Cuando finalmente llegaron a las puertas de la guardería “Pequeños Brotes”, Jongin sentía que había corrido un maratón. Dejó a Yejung en el suelo y se agachó para acomodarle el cuello de la chaqueta.
—Muy bien, campeón. Hoy es un día importante para papá, ¿recuerdas? Sé un buen chico, no le pintes la cara a tus compañeros con marcadores permanentes y hazle caso a la maestra.
Yejung lo miró, su pequeña manita aferrándose a la corbata de Jongin. El tono juguetón del niño cambió por un momento, volviéndose extrañamente maduro, una de esas transiciones que siempre lograban conmover el corazón de Jongin hasta la médula.
—Vas a ganar, papá. Eres el mejor constructor del universo —dijo Yejung, dándole un sonoro beso en la mejilla que dejó un rastro húmedo.
Jongin sintió un nudo de pura emoción en la garganta. Todo el cansancio, la camisa manchada, los tenis con luces y las desveladas valían la pena por ese maldito segundo. Abrazo al niño con fuerza, aspirando el aroma a champú de manzana y tiza que siempre lo acompañaba.
—Te amo, monstruito. Te veo por la tarde.
Vio a Yejung entrar corriendo al edificio, saludando a su maestra con el dinosaurio en alto. Solo cuando la puerta se cerró, Jongin se permitió mirar su reloj.
Nueve menos veinte.
—Mierda —susurró. Si no atrapaba el siguiente tren de la línea verde, su carrera arquitectónica pasaría a ser historia antigua.
El metro de Seúl en hora punta es una experiencia cercana a la supervivencia. Jongin logró deslizarse entre las puertas corredizas justo antes de que se cerraran con un chirrido metálico. Quedó atrapado entre un hombre maduro que leía el periódico en su tableta y una chica que escuchaba música a un volumen criminal.
Aferrado al pasamanos superior, Jongin cerró los ojos y trató de repasar mentalmente los puntos clave de su presentación.“El diseño sostenible del complejo residencial de Gangnam no solo optimiza el espacio urbano, sino que redefine el concepto de comunidad...”. Las palabras se mezclaban en su cabeza con la lista del supermercado (leche, pañales nocturnos, más mermelada) y el recuerdo persistente de que probablemente había dejado la cafetera encendida.
A pesar del estrés que amenazaba con contracturarle los hombros, una sonrisa involuntaria apareció en su rostro. Recordó la primera vez que tuvo que llevar a Yejung a la oficina porque el niño se había negado a quedarse con la niñera. Había sido un desastre absoluto: Yejung terminó gateando debajo de la mesa de juntas durante una videollamada con inversores extranjeros y saludando a la cámara con una galleta medio masticada. Su jefe casi sufre un infarto, pero los clientes se rieron tanto que terminaron firmando el contrato esa misma tarde. Jongin siempre decía que su hijo era su mejor amuleto de la suerte, aunque fuera uno sumamente destructivo.
Cuando el tren anunció su parada en la estación de Samseong, Jongin se abrió paso entre la marea de gente utilizando su mejor sonrisa de “lo siento, tengo prisa pero soy un buen ciudadano”. Salió a la superficie y el aire fresco de la mañana lo golpeó, trayendo consigo el olor a asfalto, café tostado y el bullicio inconfundible del distrito financiero.
Corrió las dos calles que lo separaban del imponente edificio de cristal de la firma. Los paneles de vidrio reflejaban el cielo azul de la primavera y el ir y venir de cientos de profesionales que, al igual que él, intentaban ganarle al reloj. Al cruzar las puertas giratorias del vestíbulo, el aire acondicionado lo recibió como una bendición.
—¡Kim! ¡Llegas tres minutos tarde! —gritó Chanyeol, su colega y mejor amigo, desde el mostrador de recepción, sosteniendo dos vasos de cartón humeantes.
—Tuve una crisis diplomática con un dinosaurio y un pez dorado —respondió Jongin, deteniéndose para recuperar el aliento y aceptando el café que su amigo le tendía como si fuera el santo grial—. Gracias, te debo la vida. ¿Cómo está el ambiente allá arriba?
Chanyeol, un hombre absurdamente alto con una energía que rivalizaba con la de Yejung, hizo una mueca dramática.
—El director está en su modo “si este proyecto no sale, los despido a todos y me mudo a una isla”. Los inversionistas ya están en la sala de juntas. Ah, por cierto, tienes algo rojo en la camisa... ¿eso es sangre?
Jongin miró hacia abajo, horrorizado. La mancha de mermelada de fresa parecía extrañamente alarmante sobre la tela blanca.
—Mermelada. Es mermelada de fresa, Chanyeol.
—Bueno, reza para que piensen que es un diseño abstracto de vanguardia. Vamos, muévete.
Ambos subieron en el ascensor de alta velocidad hacia el piso cuarenta. Mientras los números ascendían rápidamente, Jongin enderezó la espalda. El papá caótico que limpiaba mermelada y buscaba tenis con luces se transformó, por pura necesidad profesional, en el arquitecto Kim Jongin. Se abotonó el saco para ocultar la mancha del crimen culinario, se acomodó la corbata que Yejung había arrugado con su despedida y respiró hondo.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, la luz deslumbrante de la sala de juntas lo recibió. A través del gran ventanal, toda la ciudad de Seúl se desplegaba a sus pies: un laberinto de rascacielos, puentes que cruzaban el río Han y calles hormigueantes de vida. Era una vista imponente, emocionante y un tanto abrumadora.
Jongin caminó hacia el frente de la sala, colocó su tableta en el atril y miró a los hombres y mujeres de negocios sentados alrededor de la mesa de roble. Su jefe lo miraba con una ceja alzada, frotándose las sienes. Jongin sonrió, esa sonrisa suelta, segura y cálida que siempre lograba relajar las tensiones en cualquier habitación.
—Buenos días a todos —comenzó Jongin, y su voz sonó firme, llena de una pasión genuina que no tenía nada que ver con el cansancio de sus hombros—. Antes de mostrarles los planos estructurales del proyecto de Gangnam, me gustaría hablarles de algo que a menudo olvidamos cuando diseñamos para una gran ciudad. No estamos construyendo solo paredes de concreto y fachadas de cristal. Estamos construyendo los escenarios donde la gente va a vivir, a reír, a correr por las mañanas porque llega tarde, y a construir recuerdos. Estamos diseñando hogares dentro del caos.
Mientras pasaba la primera diapositiva digital, el puntero láser en su mano se mantuvo firme. Jongin se sumergió por completo en su trabajo, defendiendo cada línea, cada columna y cada espacio verde que había diseñado durante semanas de noches en vela. Era bueno en lo que hacía, amaba su trabajo, y la adrenalina de ver los rostros de los inversionistas asentir con aprobación era una de las mejores sensaciones del mundo.
Sin embargo, a mitad de la explicación sobre el sistema de aislamiento térmico, sus ojos se desviaron por una fracción de segundo hacia el reflejo del ventanal. Vio su propia imagen: un hombre joven, realizado, profesional, vistiendo un traje elegante en el piso más alto de un rascacielos. Y luego pensó en el dinosaurio de plástico verde que probablemente se había quedado tirado en el suelo de su sala, y en el beso húmedo en su mejilla que todavía sentía como un pequeño tatuaje de calidez.
Su vida era un absoluto y perfecto desastre. Estaba llena de esquinas difíciles, de responsabilidades que a veces le apretaban el pecho con una angustia silenciosa, y de un cansancio que se le metía en los huesos. Pero mientras terminaba su presentación bajo los aplausos genuinos de la sala, Jongin sonrió con los ojos iluminados. Sabía que el día apenas estaba comenzando, que la tarde traería más correderas, más desorden y más preguntas existenciales de un niño de cuatro años.
La vida urbana era rápida, exigente y a menudo solitaria para un hombre de su edad que cargaba con tanto peso sobre la espalda. Pero mientras recogía sus cosas y aceptaba las felicitaciones de sus superiores, Jongin sintió una extraña corazonada en el pecho. El aire de la primavera en Seúl se sentía diferente hoy, casi como si la ciudad estuviera conteniendo el aliento, preparando el escenario para algo que estaba a punto de cambiar su rutina para siempre.
Aún no sabía cómo, ni cuándo, ni bajo qué caóticas circunstancias ocurriría, pero mientras caminaba de regreso al ascensor con el corazón latiendo a ritmo acelerado, Kim Jongin tuvo la absoluta certeza de que, en medio de todo su hermoso desastre, lo más emocionante de su vida estaba a tan solo una taza de café de distancia.
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Vida Normal - Mon Laferte
Seré la mejor mamá, todo arreglaré. Every day, every night.
Nunca estuve mejor, estoy llena de amor.
Yo venceré y tendré la vida más extremadamente normal.
Siento que describe lo que siente Jongin jajaja fue divertido inspirarme en esta canción