Prohibida para ti

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Summary

Hay cosas que una buena chica del campo no debería hacer en Seúl. Yu las hace todas. Estudiante de medicina, sola, endeudada hasta el cuello, descubre que su cuerpo abre puertas que su esfuerzo no logra. Lo que empezó como un favor estratégico a su jefe se convierte en algo más oscuro, más adictivo, más difícil de detener.

Genre
Erotica
Author
Haza
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

No debes


Francamente, no sé cómo llegué a esto.

Mi vida no era esta que imaginé cuando dejé el pueblo. Las luces de Seúl —esas que de niña veía como promesas titilando al otro lado del valle— hoy parecen apagarme en lugar de alumbrarme. Que el Sr. Choi me haya echado fue el último clavo en mi ataúd de ilusiones. Necesito conseguir dinero como sea. El receso invernal me da algo de aire, sí, pero la presión crece al mismo ritmo que mi desesperación por no volver al pueblo derrotada, con la cola entre las patas, dándole la razón a mi madre.

No es solo que no sepa qué hacer; es que tampoco quiero contárselo a las pocas personas que demostraron algún interés genuino en mí. Mis amigas de la facultad creen que sigo en el convenience store. Mi madre piensa que estoy bien. Mi padre… mi padre dejó de preguntar hace meses.

Seúl fue la puerta a mi descubrimiento emocional y sexual. Aprendí cosas de mí que en el pueblo jamás habría podido nombrar. Pero no puedo evitar pensar que fue justo aquí donde todo empezó a irse al diablo. Como dicen en mi tierra: 자업자득 —jaeop-jadeuk—, uno cosecha lo que siembra. Y yo, evidentemente, sembré mal.

Aun así, hay un placer extraño en saber que estás mandando todo al carajo. Una especie de vértigo. Desconozco hasta dónde soy capaz de llegar; sospecho que más lejos de lo que mis padres soportarían imaginar. Tal vez tenían razón sobre Seúl: al final del día, esta ciudad es solo un cortejo de perversiones lentas para una pueblerina como yo.

En casa, abro una lata de Cass y dejo que el frío del aluminio me despierte la mano. El cuartito huele a humedad otra vez. La calefacción funciona a medias, así que me envuelvo en la frazada y hago cuentas. La renta se cobra mañana. Si la pago, no voy a tener nada para comer durante el resto del mes. Tampoco voy a poder cubrir la electricidad ni el agua. Si no la pago… bueno, Kim no es de los que esperan.

Las deudas empiezan a ahogarme, una a una, como si alguien me hundiera la cabeza en agua fría y la sacara solo para que respirara antes de empujarla de nuevo.

Y entonces pienso —porque ya lo pensé antes, aunque no quiera admitirlo— que hay muchas formas de resolver estos problemas.


El Sr. Choi me echó por acostarme con él. Sé que suena raro; déjenme terminar.

No era feo. Treinta y cinco años, alto, de hombros bastante decentes para alguien que se pasaba el día detrás de un mostrador. Lo que tenía Choi no era falta de atractivo, sino una especie de inocencia que no terminaba de irse del todo. Esa torpeza de los hombres que crecieron en barrios tranquilos, que se casaron jóvenes y nunca aprendieron a leer a una mujer más allá de lo evidente. Tenía el pelo prolijo, las manos limpias, una sonrisa fácil que se le borraba cuando creía que nadie lo miraba.

Era el encargado de la sucursal. Su vida amorosa, evidentemente, era un desierto. Su esposa se había alejado después del primer hijo; me lo contó él mismo, un martes a las tres de la mañana, con la voz pastosa, mientras yo limpiaba las máquinas de café. No me sorprendió. Hay hombres a los que el matrimonio les desactiva el alma sin que se den cuenta, y él era uno de esos —demasiado bueno, demasiado quedado, demasiado solo dentro de su propia casa.

Al principio solo me observaba de lejos. Con claras intenciones, eso sí, pero sin la grosería de los hombres mayores que ya no tienen nada que perder. Lo suyo era más bien la mirada del que no se atreve: medio culpable, medio fascinada. Yo podría haberlo ignorado por completo, y de hecho lo hice durante las primeras semanas. Pero desde un punto de vista estratégico, esa mirada me servía. Vivir sola en Seúl no es barato. Conseguir el favor de alguien con poder sobre tu horario, tus turnos y tu sueldo nunca está de más, aunque mis métodos quizás no fueran los más limpios.

Cuando reponía mercadería y me agachaba, lo miraba de reojo. Su cuerpo era todo menos sigiloso: respiraba más fuerte, se quedaba quieto donde no tenía nada que hacer, fingía revisar inventario en góndolas que ya había revisado. Se le iba la mirada a mis senos cada vez que le hablaba, y al darse cuenta de que yo me daba cuenta, bajaba los ojos como un niño al que pescaron robando caramelos. Esa vergüenza suya, más que su deseo, fue lo que me convenció de que podía manejarlo.

No me considero del todo inocente. Lejos de cualquier histeriquería barata, siempre me gustó ser directa. El sueldo del convenience store no era nada del otro mundo; las ventajas que podía sacar, en cambio, si actuaba con inteligencia, no eran despreciables.

Empezamos con un juego pequeño. Un roce "accidental" al pasar entre góndolas estrechas. Un manoteo torpe —el suyo, esta vez— que dejé pasar como si no lo hubiera notado, solo para que él se pasara después dos días sin poder mirarme a la cara. Inflar el ego de un hombre como Choi es fácil precisamente porque no está acostumbrado: alcanza con sonreírle dos segundos de más, dejar caer un bolígrafo cerca de sus pies, preguntarle algo y escuchar la respuesta como si me importara. La culpa hace el resto del trabajo.

Dos semanas después de haber sido contratada, empezamos nuestros encuentros a la hora del cierre, en el baño del fondo. Al principio fueron sesiones cortas. Sexo oral apenas, lo justo para tenerlo de mi lado. Su miembro tampoco era gran cosa —ni horrible ni memorable, simplemente promedio—, pero la primera vez que se lo tomé en la boca él temblaba como si fuera la primera vez de su vida. Y tal vez para él lo era, en algún sentido. La primera vez fuera del libreto.

Pero las sesiones se fueron alargando. Sus manos empezaron a querer controlarme cada vez más, a guiarme la cabeza con esa firmeza torpe de los hombres que recién descubren que pueden pedir cosas. Y controlarme tenía un precio. Yo no había venido desde el campo a Seúl para volverme el secreto sucio de un encargado de convenience store, por más decente que fuera.


Fue una madrugada de octubre cuando decidí ponerle palabras al asunto.

Lo detuve con la palma abierta sobre su pecho, todavía con la respiración agitada, las luces fluorescentes del baño parpadeando sobre nosotros. Lo miré a los ojos. Él tenía esa expresión bobalicona de los hombres a punto de creer que la suerte por fin les sonríe.

—Escucha —le dije, con la voz más tranquila que pude—. Hacer esto es divertido. Pero no puedo perder mucho tiempo aquí: tengo otro trabajo al salir. Si quieres que esto siga siendo divertido, podemos arreglarlo. Depende de cómo quieras tú ayudarme a mí.

Lo dije sin pestañear, en el tono más casual que encontré, como si estuviera negociando el precio de una caja de cigarrillos en lugar de mi propio cuerpo. Él tragó saliva. No respondió enseguida —Choi nunca fue rápido para estas cosas—, pero en sus ojos vi exactamente lo que esperaba ver: había entendido perfectamente.

Casi sin pensarlo, me besó. Un beso desesperado, mal apuntado, de alguien que llevaba demasiado tiempo sin que lo besaran con ganas. Me subió a la encimera del lavadero. La cerámica estaba fría incluso a través de la ropa. Sus besos eran señal clara de excitación, pero no tenía ganas de fingir que me gustaban; fingir desgasta, y yo necesitaba reservar energías. Tomé su cabeza entre mis manos y la guié, sin sutileza, hacia el lugar donde en realidad iba a ser útil.

Él entendió rápido. Me bajó los jeans —no fue tarea sencilla, los llevaba apretados como me gustaba— y cuando vio mi ropa interior palideció un instante, como si recién en ese momento dimensionara lo que le estaba pidiendo. Esa mirada de incredulidad fue justo lo que necesitaba para confirmar que lo tenía agarrado por donde quería.

—Si quieres usarlo —le dije, suave pero clara—, primero tienes que ganártelo.

Le sostuve la cabeza con las dos manos. Su boca no era precisamente la mejor herramienta para la tarea —demasiado entusiasta, poco preciso, esa torpeza típica de quien aprendió mirando y nunca preguntando—. Aun así, dejar que se esforzara por excitarme tampoco era mal negocio para mí. Cerré los ojos, apoyé la nuca contra el azulejo helado y dejé que la lámpara fluorescente zumbara sobre nosotros.


Quince minutos después, podía decir que al menos de mi parte el negocio había sido placentero. Y sospecho que no era la única: sus jadeos cada vez más urgentes funcionaron como un interruptor. Era hora de que las cosas se pusieran interesantes para él.

La protección era innegociable. Pero después de cómo se había esforzado, decidí que merecía un pequeño premio. Abrí el sobre con los dientes, lentamente, sosteniéndole la mirada. Un gesto de falsa sumisión, calculado al milímetro. Se lo coloqué con la boca, deslizándome despacio, sintiendo cómo le temblaban las piernas contra la encimera.

Tuve que disimular una sonrisa: la naturaleza no había sido especialmente generosa con Choi. Nada catastrófico, simplemente modesto, una de esas cosas que se manejan en silencio y sin comentarios. Aun así, ya estaba listo, ansioso, y por la forma en que respiraba auguré que esto iba a ser un trámite breve. Mejor para mí.

Cuando intentó avanzar por donde el instinto le decía, lo frené en seco. Hay cosas que no negocio. El sexo vaginal por dinero era una de ellas, y sospecho que siempre lo va a ser; algo en mí lo guarda para otra cosa, para alguien que todavía no apareció. Choi me miró desconcertado, con esa cara de animal al que le cambian las reglas a mitad del juego.

Le propuse lo otro. Se lo dije al oído, despacio, como si le estuviera ofreciendo un secreto en vez de una negociación. Vi cómo abría los ojos —primero sorpresa, después algo más parecido al hambre—. Era evidente que nunca lo había hecho. Eso me convenía: la primera vez de un hombre con una mujer es una deuda que él no olvida.

Le expliqué que había que ir con calma, que la lubricación no era opcional. Fingí un poco de fragilidad, le hice creer que para mí también era casi nuevo, que podía dolerme si se apuraba. Funcionó como siempre funciona con los hombres como él: sus manos, que un rato antes habían querido controlarme, ahora temblaban tratando de no romperme.

Le tomé las muñecas y le guié los dedos. Primero los masajes, le susurré, despacio, sin apurar nada. Que aprendiera a leer el cuerpo antes de pretender entrar en él. Le mostré dónde, le mostré con qué presión, le mostré cuándo detenerse. Choi era torpe pero obediente —la mejor combinación posible para una noche como esa—. Sus manos ardían, no sé si de excitación o de concentración; quizás de las dos cosas. Yo cerré los ojos y dejé que aprendiera, sabiendo que cada minuto que él pasaba esforzándose por hacerlo bien era un minuto más de poder que yo iba acumulando sobre él.


Cuando le di la señal, sentí sus manos calientes apoyarse en mis caderas. Le pedí que fuera cuidadoso —más para mantenerlo a él al borde que por mí; yo ya sabía que no iba a ser nada del otro mundo—. Lo sentí avanzar despacio, demasiado despacio, con esa contención torpe del que tiene miedo de arruinar algo que no entiende del todo. Y aun así, había algo electrizante en esa lentitud. El sexo anal siempre tiene sus picos altos, y esa primera vez con Choi no fue la excepción.

Empezó a gemir antes de tiempo, antes incluso de haberse rendido del todo a la escena, y por un instante me pareció patético. Pero entonces levanté la mirada y nos vi en el espejo del baño: él detrás, los ojos cerrados, la boca entreabierta, esa expresión de hombre que está cruzando una frontera de la que ya no va a poder volver del todo. Y algo en esa imagen me prendió a mí también.

Pensé en su casa. En la cena que probablemente lo esperaba —o no, vaya uno a saber—. En el hijo dormido. En la esposa que se había apagado un poco más cada año. Y ahora ese hombre, ese padre, ese encargado con sonrisa fácil de barrio tranquilo, estaba aquí, en el local cerrado, perdiendo la cabeza con una empleada doce años menor que él.

No era amor. No era ni siquiera deseo limpio. Era otra cosa: una mezcla rara de poder, de venganza simbólica contra todos los Sr. Choi del mundo, y sí —no voy a mentir— de excitación genuina. Esa imagen del espejo se me quedó grabada. Sospecho que se me va a seguir quedando grabada durante mucho tiempo.


Lo sentí demasiado prudente —disfrutándolo, sí, pero sin atreverse a soltar la mano—. Decidí tomar las riendas yo. Empecé a mover las caderas, despacio al principio, después con un ritmo propio, y noté cómo él se entregaba al mío sin siquiera darse cuenta. Era lo que necesitaba: que dejara de pensar.

Sin separarme del todo, le hice un gesto. Quería un lugar más cómodo. Choi entendió, o creyó entender; me sostuvo entre los brazos y, sin terminar de despegarse de mí, me llevó hasta la pequeña cocina del fondo. Había un sofá viejo ahí, gastado, donde el personal solía comer al mediodía. Esa misma noche iba a ser cómplice de algo bastante menos inocente que una pausa de almuerzo.

Una vez ahí lo dejé hacer. Daba lo mejor de sí —se le notaba en el esfuerzo, en la respiración entrecortada, en cómo me agarraba como si temiera que me evaporara—. La verdad es que no era nada del otro mundo. Pero un buen negocio necesita un buen cierre, así que empecé a fingir. Subí el volumen de mis jadeos, dejé escapar su nombre una vez —solo una, calculada—, le hice creer que me estaba llevando a algún lado al que en realidad nunca llegué.

Funcionó como siempre funciona. Mis gemidos lo envalentonaron; sentí cómo perdía el ritmo, cómo se volvía más torpe, más urgente, más mío. Y entonces lo escuché derrumbarse contra mi espalda, esa rendición ronca, casi infantil, de los hombres que terminan creyendo que acaban de vivir algo extraordinario.

Se quedó quieto unos segundos, abrazado a mí por detrás, con la frente apoyada entre mis hombros. Lo sentí respirar como si recién en ese momento se acordara de cómo se hacía. Tenía la piel caliente, el pulso desordenado, todo el cuerpo aflojado de una manera que jamás le había visto antes. Era como si algo que llevaba años acumulado dentro de él se hubiera vaciado de golpe sobre ese sofá viejo. Murmuró algo que no entendí —un gracias, tal vez, o una disculpa, vaya uno a saber—. Su voz salió rota, ablandada, como la de un hombre que acaba de despertarse de un sueño largo.

Me separé despacio. Le di unos segundos para que volviera a sí mismo antes de pasarle una toalla del estante. Mientras me vestía, lo miré de reojo: seguía sentado en el sofá, con los pantalones todavía a media pierna, el pelo despeinado por primera vez desde que lo conocía. Tenía los ojos perdidos en algún punto del piso, una sonrisa medio idiota colgándole de la boca, esa expresión característica de los hombres recién liberados de una tensión que ni sabían que cargaban.

Me acomodé el pelo en el reflejo del microondas, me ajusté el sostén, me subí los jeans con un movimiento corto. Mientras tanto él me observaba como si yo fuera otra cosa, una aparición, algo demasiado nuevo para nombrar.


—Estuvo bien —dije, sin darme la vuelta del todo—. Pero esto no es algo que pueda repetirse. Al menos, no así.

Lo escuché moverse detrás de mí, demasiado rápido. La voz le salió un poco quebrada.

—¿Cómo… cómo que no se repite?

Me di la vuelta despacio, con esa calma estudiada que les desarma cualquier intento de discusión. Le sonreí apenas, lo justo para que entendiera que no estaba enojada, pero tampoco disponible.

—Choi, eres un buen hombre. Tienes una familia. Yo tengo mis cosas, mis tiempos, mi facultad. Lo que pasó… pasó. Y estuvo bonito —mentí, con tono de quien dice una verdad evidente—. Pero no soy de las que se ofrecen gratis dos veces. Y tú no eres de los que estarían cómodos pagando por lo mismo cada semana.

Le bastó medio segundo para que la cara se le descompusiera. Vi cómo se le movía la nuez en la garganta, cómo la sangre le abandonaba el rostro y volvía toda junta. Empezó a hablar atropellado, buscando los pantalones con una mano y la billetera con la otra.

—No, no, espera. Espera. No quise… no es que… mira, yo entiendo. Entiendo. No quería que sonara así. Es que… tú sabes cómo es mi situación en casa, ¿no? Lo de mi esposa, lo del niño. Hace meses que…

Lo dejé hablar. Es importante dejarlos hablar cuando se ponen nerviosos: terminan ofreciéndose ellos solos.

—Mira —siguió, ya con la billetera en la mano—, déjame al menos… déjame agradecerte. No como un pago, no es eso. Es que sé que estás complicada con la facultad, con el alquiler, tú misma me lo dijiste el otro día. Toma. Por favor.

Sacó los billetes sin contarlos, con esa torpeza de quien no quiere parecer calculador. Me los extendió con la mano un poco temblorosa, evitando mirarme a los ojos. Yo los miré sin tocarlos primero, dejando que el silencio hiciera el trabajo. Después estiré la mano, despacio, y los recibí como si le estuviera haciendo a él un favor a mí.

—Eres un buen hombre, Choi —repetí, guardándolos en el bolsillo trasero del jean—. De verdad.

Él asintió varias veces seguidas, como si esa frase fuera lo único que necesitaba escuchar. Vi en sus ojos cómo hacía cálculos: cuánto tenía guardado, cuánto podía sacar sin que su esposa lo notara, qué tan seguido podía repetirse esa escena si jugaba bien sus cartas. Y vi también, debajo de todo eso, la otra cosa: el miedo a perderme antes de haberme tenido del todo.

Me acerqué, le di un beso suave en la comisura de la boca —ni en los labios ni en la mejilla, exactamente en el medio, ese lugar ambiguo que los deja pensando durante días—, y le dije buenas noches. Salí del local sintiendo el peso del billete en el bolsillo y el peso, más interesante todavía, de saber que esa puerta no estaba cerrada del todo. Solo entornada. Justo lo suficiente.

Y lo más interesante de todo es que no fue la última vez que las cosas se pusieron así de interesantes.