golpes en la pared

All Rights Reserved ©

Summary

Noah Salvatore llegará a la vida de Celeste Lombardi para poner su mundo de cabeza. El desorden, el ruido y las madrugadas sin dormir se convertirán en una pesadilla para ella. Pero lo que Celeste jamás imaginó fue que terminaría enamorándose del chico que más odiaba. A su lado, descubrirá emociones, riesgos y deseos que nunca se habría atrevido a experimentar. Mientras tanto, Noah comenzará a encontrarle sentido a una vida que creía perdida. Entre discusiones, paredes golpeadas y sentimientos imposibles de ignorar, ambos entenderán que algunas personas llegan para destruir tu rutina… y cambiar tu vida para siempre.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

idiota...

El sonido de la batería volvió a sacudir el techo.

Celeste Lombardi cerró los ojos lentamente mientras sostenía el resaltador entre los dedos. Contó mentalmente hasta cinco intentando mantener la calma.

Uno.

Dos.

Tres.

Otro golpe retumbó por todo el apartamento.

Abrió los ojos de golpe.

—No… no, no, no…

Miró la pantalla de su computador donde seguía abierto el documento sobre pedagogía infantil que llevaba leyendo la última hora sin entender absolutamente nada.

No podía concentrarse.

Era imposible.

La batería seguía sonando como si estuvieran dando un concierto dentro de su sala.

Miró la hora.

2:17 a.m.

Celeste dejó caer la cabeza sobre el escritorio.

Llevaba despierta desde las seis de la mañana. Había pasado toda la tarde en la universidad preparando una exposición y todavía le faltaba estudiar para un parcial importante.

Y el idiota del 202 había decidido arruinarle la existencia otra vez.

El sonido de los platillos hizo vibrar la lámpara.

—Lo voy a matar…

Tomó su café frío y bebió un sorbo haciendo una mueca horrible.

Asqueroso.

La batería se detuvo unos segundos.

Celeste suspiró aliviada.

Entonces comenzó otra vez.

Más fuerte.

Más rápida.

Como si el vecino estuviera poseído.

—¡DIOS!

Se levantó de la silla de golpe.

Caminó de un lado a otro por el pequeño apartamento mientras intentaba ignorarlo. Pero no podía.

Nunca podía.

Desde hacía dos semanas el apartamento 202 se había convertido en el peor castigo de su vida.

Primero fueron pasos a medianoche.

Después música.

Después fiestas.

Después risas.

Después botellas cayendo.

Y finalmente… la batería.

La maldita batería.

Celeste caminó hasta la pared que conectaba ambos apartamentos y golpeó tres veces con fuerza.

Silencio.

Esperó unos segundos.

Sonrió apenas.

Tal vez por fin había entendido.

Entonces un redoble perfecto respondió desde el otro lado.

Celeste abrió la boca indignada.

—¿En serio?

Otro redoble.

Más fuerte.

Ella tomó una almohada y la lanzó contra la pared.

La batería siguió sonando.

—Te odio… te odio muchísimo…

Regresó al escritorio intentando seguir estudiando.

“Teorías del aprendizaje…”

Pum.

“Desarrollo cognitivo…”

PAM PAM PAM.

Celeste cerró el libro lentamente.

Ya estaba.

Había alcanzado su límite.

Salió del apartamento usando un enorme buzo gris y unos shorts deportivos. Ni siquiera se molestó en arreglarse el cabello. Sus ojeras eran visibles y estaba demasiado cansada para aparentar dignidad.

Caminó directo hasta el 202.

La música seguía escuchándose desde dentro.

Golpeó la puerta.

Nada.

Volvió a golpear.

Nada.

La tercera vez prácticamente intentó derribarla.

—¡ABRE LA PUERTA!

La batería se detuvo.

Finalmente.

Celeste respiró agitadamente mientras esperaba.

Escuchó pasos acercándose.

La puerta se abrió lentamente.

Y por un segundo olvidó completamente por qué estaba ahí.

El chico frente a ella era alto. Muchísimo más de lo que esperaba.

Tenía el cabello oscuro desordenado, una camiseta negra sin mangas y varios tatuajes cubriéndole los brazos. Sus manos sostenían unas baquetas y pequeñas gotas de sudor bajaban por su cuello.

Pero lo peor eran sus ojos.

Cansados.

Oscuros.

Y absurdamente bonitos.

Él la observó unos segundos antes de hablar.

—¿Tú eres la loca de los golpes?

Celeste parpadeó.

—¿Perdón?

El chico apoyó el brazo contra el marco de la puerta mirándola con una mezcla de cansancio y diversión.

—La del 203. La que golpea la pared cada vez que ensayo.

El olor a alcohol llegó hasta ella.

Perfecto.

Además de insoportable, borracho.

Celeste cruzó los brazos.

—Son las dos de la mañana.

—Sí, sé leer la hora.

—Hay personas intentando dormir.

—Y hay personas intentando trabajar.

Ella soltó una risa incrédula.

—¿Trabajar? ¿Eso haces? Porque parece más bien que estás intentando invocar demonios con esa batería.

Por primera vez él soltó una pequeña carcajada.

Y Celeste odió admitir que tenía una risa bonita.

—Esa fue buena, vecina.

—No soy tu vecina. Soy tu víctima.

Él sonrió apenas.

—No sabía que eras dramática.

—No sabía que eras un alcohólico sin respeto por los demás.

El silencio cayó entre ambos.

La sonrisa del chico desapareció apenas un poco.

Celeste se dio cuenta demasiado tarde de lo que había dicho.

Pero ya estaba cansada para arrepentirse.

Él bajó la mirada unos segundos antes de volver a verla.

—Noah.

—¿Qué?

—Mi nombre. Noah.

Ella frunció el ceño.

—No recuerdo habértelo preguntado.

—Y yo no recuerdo preguntarte si podías golpear mi pared como policía frustrada.

Celeste sintió ganas de empujarlo por las escaleras.

—Tengo un examen mañana.

—Qué triste.

—Y no he podido estudiar por tu culpa.

—Entonces supongo que si repruebas ya sabes a quién echarle la culpa.

Ella abrió la boca indignada.

—Eres insoportable.

—Y tú viniste hasta mi puerta en pijama a gritarme. Creo que ambos tenemos problemas.

Celeste bajó la mirada un segundo.

Dios.

Seguía usando las medias desiguales.

Qué vergüenza.

Noah notó hacia dónde miraba y sonrió de lado.

—Bonitas medias.

—Cállate.

—La azul combina contigo.

Celeste sintió la cara arder del enojo.

O tal vez no solo del enojo.

—¿Sabes qué? No me interesa hablar contigo. Solo deja de tocar esa cosa infernal.

Noah giró una baqueta entre los dedos.

—Lo pensaré.

—No, no lo pienses. Hazlo.

Él la observó en silencio unos segundos.

Y entonces sonrió.

Lento.

Molesto.

Peligrosamente atractivo.

—Buenas noches, vecina.

Y le cerró la puerta en la cara.

Celeste quedó inmóvil unos segundos.

—Idiota…

Entonces la batería volvió a sonar.

Más fuerte que antes.

Celeste golpeó la pared furiosa.

Dos segundos después Noah respondió con un redoble perfecto desde el otro lado.

Y así comenzó la guerra entre el 202 y el 203.

Celeste entró al apartamento azotando la puerta detrás de ella.

—Lo odio… juro que lo odio.

Tomó el celular del escritorio y llamó inmediatamente a su novio.

La llamada fue respondida después de varios tonos.

—¿Cielo? —la voz adormilada de Tomás sonó al otro lado.

—Voy a matar a mi vecino.

—Buenas noches para ti también…

Celeste comenzó a caminar de un lado a otro por la sala mientras hablaba.

—No, escúchame. Ese hombre es un demonio. Un demonio con batería. Lleva semanas haciendo ruido, pero hoy se superó. Son más de las dos de la mañana y sigue tocando como si estuviera en un concierto.

Tomás soltó una pequeña risa.

—Tal vez solo está practicando.

—Tomás.

—Ya, ya… perdón.

Celeste dejó caer el cuerpo sobre el sofá.

—Encima es arrogante.

—¿Lo viste?

Ella hizo una mueca.

—Sí.

—¿Y?

—Y nada.

Tomás guardó silencio unos segundos.

—Eso sonó sospechoso.

—No sonó sospechoso.

—Celeste, te conozco.

Ella rodó los ojos mirando el techo.

—Solo digo que tiene cara de problema. Muchísimos tatuajes, cabello desordenado y olor a alcohol.

—Definitivamente acabas de describir a alguien atractivo.

—¡NO ESTOY DICIENDO ESO!

Tomás soltó una carcajada.

—Celeste está nerviosa…

—Celeste está cansada.

La batería volvió a escucharse desde el otro lado de la pared.

PAM PAM PAM.

Celeste cerró los ojos lentamente.

—¿Escuchas eso? ¿¡LO ESCUCHAS!?

—Sí… wow.

—Exacto.

Tomás bostezó.

—Habla con administración mañana.

—Ya lo haré.

—Y ahora intenta dormir.

Celeste suspiró.

—Sí…

—Buenas noches, cielo.

—Buenas noches.

La llamada terminó.

El apartamento quedó en silencio por unos segundos… hasta que la batería volvió otra vez.

Celeste soltó un grito ahogado contra un cojín.

Necesitaba aire.

Caminó hasta la pequeña puerta corrediza que conectaba con el balcón y salió envuelta en el frío de la madrugada.

El edificio estaba casi completamente oscuro.

La ciudad brillaba a la distancia entre luces amarillas y ruido lejano. El viento movió suavemente algunos mechones de su cabello y por primera vez en toda la noche sintió que podía respirar.

El balcón era pequeño y estaba dividido solo por una pared baja entre el 202 y el 203.

Celeste apoyó los brazos en la baranda cerrando los ojos.

Silencio.

Finalmente.

Ni batería.

Ni gritos.

Ni ruido.

Solo el viento fresco golpeándole el rostro.

Y entonces lo escuchó.

No música.

No golpes.

Una guitarra.

Celeste abrió los ojos lentamente.

La melodía venía del otro lado del balcón.

Suave.

Tranquila.

Triste.

Completamente distinta al caos de hacía unos minutos.

Frunció el ceño confundida.

Se acercó apenas a la división entre ambos balcones.

Y ahí estaba él.

Noah Salvatore estaba sentado en el suelo con una guitarra entre las manos. Tenía la cabeza ligeramente agachada mientras tocaba despacio, como si ni siquiera notara el mundo alrededor.

Ya no parecía el chico arrogante de hace unos minutos.

Ni el vecino insoportable.

Ni el baterista alcohólico.

Por primera vez desde que lo había conocido… parecía en paz.

Celeste se quedó inmóvil observándolo.

Y por primera vez en muchos meses…

Ella también se sintió en paz.