¡Por El Escudo!

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Summary

En un mundo cubierto por humo, acero y máquinas fuera de control, un niño despierta entre ruinas sin recordar siquiera su nombre. Lo único que conserva son fragmentos: sirenas, vapor, puertas metálicas… y un miedo que no entiende. Perdido en un mundo destruido por AXIS —la inteligencia mecánica que transformó la humanidad en parte de su maquinaria— el niño encuentra refugio junto a Salvador, un viejo maestro que decide enseñarle cómo sobrevivir… y cómo sostener una katana no para matar, sino para comprender el peso de usarla. Junto a Naru, un inventor obsesionado con crear; Inka, una niña silenciosa que juega con extraños fluidos color negro capaces de moverse como si estuvieran vivos; y Yuki, un torbellino de energía capaz de llenar de vida incluso los lugares más vacíos… el niño comienza a descubrir algo que jamás había tenido: un hogar.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: Hambre

No recuerdo cómo salí de AXIS.

Solo recuerdo correr.

El vapor quemándome la garganta.

Sirenas.

Metal cerrándose detrás de mí.

Y luego…

silencio.

Desperté entre chatarra oxidada y concreto partido.

El cielo estaba gris. Inmóvil.

Yo también.

Tenía tanta hambre que me dolían los huesos.

Hambre de días.

Tal vez semanas.

Me arrastré hasta una estructura caída y me escondí detrás.

Esperé.

Sabía lo único que tenía que hacer para sobrevivir:

esperar a que alguien pasara…

y quitarle su comida.

Pasos.

Lentos.

Arrastrados.

Me asomé.

Un anciano delgado caminaba por el camino cubierto de polvo.

Llevaba un cesto.

Sin pensarlo, salté hacia él.

Grité.

Caí sobre su espalda.

Y al siguiente segundo…

ya estaba en el suelo.

No entendí cómo.

Intenté levantarme.

Recibí otro golpe.

Y otro.

Y otro.

Pero…

no dolía como debía doler.

No había rabia en sus golpes.

No había intención de lastimarme.

Había… calma.

Yo gritaba, forcejeaba, intentaba morderlo.

Él respiraba tranquilo.

Como si supiera exactamente cuánto golpear sin romperme.

Hasta que ya no pude moverme.

Quedé boca arriba, jadeando.

Esperando el golpe final.

El anciano se acercó.

Se arrodilló a mi lado.

Puso el cesto frente a mí.

Lo abrió.

El olor me hizo temblar.

Comida.

—Come, niño.

No entendí.

—Sacia tu hambre.

Lo miré confundido.

—No dejes que el hambre y tu odio te quiten tu humanidad.

Tomé la comida con las manos temblorosas.

Comí desesperado.

Llorando sin darme cuenta.

El anciano se sentó a mi lado.

En silencio.

Esperando a que terminara.

Cuando por fin pude respirar…

preguntó:

—¿De dónde vienes?

No supe qué responder.

Porque no lo sabía.

Solo recordaba vapor.

Metal.

Y miedo.

El anciano asintió, como si ya supiera la respuesta.

—Entonces vienes de ese lugar…

Se levantó con dificultad.

Tomó su cesto.

Y comenzó a caminar.

—Ven.

No pregunté a dónde.

No pregunté por qué.

Solo lo seguí.

Porque por primera vez desde que tengo memoria…

no tenía hambre.

Caminé detrás del anciano sin decir nada.

No porque confiara en él.

Sino porque mi cuerpo ya no tenía fuerzas para desconfiar.

El camino estaba lleno de restos de metal.

Tuberías reventadas.

Estructuras inclinadas como esqueletos gigantes.

Después de un rato llegamos a una casa.

Pequeña.

De madera vieja.

Rodeada de piezas de metal colgadas como campanas que chocaban con el viento.

clink… clink…

El anciano se detuvo.

—Para que nadie llegue sin avisar.

Entramos.

Olía a té, madera y aceite.

Se sentó con dificultad.

Yo me quedé de pie, mirando todo, listo para correr si era necesario.

El anciano me observó un momento.

—¿Sabes usar una espada?

Negué con la cabeza.

—Bien.

Eso pareció alegrarlo.

Se levantó, caminó hacia una esquina y regresó con un objeto envuelto en tela.

Lo puso frente a mí.

—No porque quiera que pelees.

Hizo una pausa.

—Sino porque quiero que aprendas a no tener que hacerlo.

Desenvolvió la tela.

Una katana.

Vieja, pero cuidada con un respeto casi religioso.

—Si vienes de donde creo que vienes… te enseñaron a sobrevivir.

Me miró directo a los ojos.

—Yo te enseñaré a vivir.

No entendí esas palabras en ese momento.

Pero algo dentro de mí… se aflojó.

Esa noche dormí bajo un techo.

Sin vapor.

Sin sirenas.

Sin miedo.

Y antes de quedarme dormido, escuché al anciano decir desde la otra habitación, en un susurro cargado de rabia contenida:

—AXIS… nunca perdonaré lo que les haces. Solo son niños.

Ahí supe que él sabía de dónde venía.

Y aun así…

me dejó quedarme.