CENIZAS DE PLAGUELANDS

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Summary

En un imperio antaño próspero, una catástrofe conocida como "La Grisura" ha convertido a los vivos en errantes sin alma y a los muertos en caballeros hambrientos. El protagonista es un Exiliado que despierta sin memoria clara en las Tierras de la Plaga. Su objetivo no es solo sobrevivir, sino descubrir si queda algún rastro de su identidad en un mundo donde el tiempo se ha detenido y la muerte es solo un ciclo doloroso.

Genre
Fantasy
Author
Juan
Status
Complete
Chapters
30
Rating
n/a
Age Rating
16+

1. El Despertar Del Cuervo

El silencio en las Tierras de la Plaga no es la ausencia de sonido; es una presencia física que presiona los tímpanos hasta que el pulso del propio corazón suena como un tambor de guerra en la distancia.

Kaelen despertó con el sabor del hierro y la tierra seca en la boca. Lo primero que sintió no fue el dolor, aunque este llegó pronto, sino la humedad del rocío filtrándose a través de su túnica de lino deshilachada. Abrió los ojos y lo único que vio fue un cielo de un gris opresivo, un color ceniza que parecía querer desplomarse sobre la tierra. No había sol, solo una luminiscencia pálida y enferma que no proyectaba sombras claras.

Intentó moverse, pero un gemido se escapó de sus labios agrietados. Su mano derecha buscó instintivamente algo a su lado, un arma, un amuleto, un recuerdo... pero solo encontró la hierba marchita y el tacto frío de una piedra afilada.

—¿Dónde...? —Su voz era un graznido roto.

Como respuesta, un graznido real, mucho más potente y burlón, resonó sobre él. Un cuervo de plumaje negro azabache, con ojos que brillaban con una inteligencia malévola, estaba posado sobre una rama retorcida de un árbol muerto a pocos metros de distancia. El ave ladeó la cabeza, observándolo como un carnicero evalúa una pieza de carne que aún se resiste a morir.

Kaelen se incorporó sobre sus codos. El mundo dio vueltas. Los recuerdos eran fragmentos de un espejo roto: el brillo de una armadura de gala, el grito de una mujer cuyo nombre se le escapaba entre los dedos y el frío metálico de unos grilletes. Exiliado. Esa palabra vibró en su mente con la fuerza de una sentencia. Había sido arrojado más allá de las fronteras, a las tierras donde el Imperio de Lubenia enviaba sus pecados para que fueran devorados por la Grisura.

A pocos metros de él, descansaba un cadáver.

No era un cadáver reciente. La carne se había retraído sobre los huesos, dejando una máscara de agonía eterna. Llevaba los restos de un jubón de cuero y, apretada en su mano esquelética, una nota de pergamino amarillento. Kaelen, impulsado por un instinto de supervivencia que ignoraba su propio agotamiento, se arrastró hacia el cuerpo. Cada centímetro de movimiento era una batalla contra la rigidez de sus músculos.

Al llegar, desprendió la nota. Sus dedos temblaban.

“Si lees esto, aún no te han encontrado. La luz es tu vida. No dejes que la noche te alcance sin un fuego, o el Invitado vendrá por ti. No busques el camino de regreso; no existe. Solo queda hacia adelante, hacia la niebla.”

Kaelen dejó caer el papel. Un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima le recorrió la columna. Miró a su alrededor. Estaba en un claro rodeado de pinos deformes que parecían dedos retorcidos buscando el cielo. No había pájaros cantando, ni el sonido del viento entre las hojas. Solo el cuervo, que ahora bajaba de la rama y saltaba con torpeza hacia él.

—Largo... —susurró Kaelen, lanzando una piedra pequeña hacia el ave.

El cuervo apenas se inmutó. Saltó hacia atrás y graznó de nuevo, señalando con el pico hacia la linde del bosque. Fue entonces cuando Kaelen lo escuchó.

Arrastre. Respiración sibilante. El choque de huesos contra metal.

Desde la espesura de los pinos, emergió una figura. Al principio, Kaelen pensó que era otro superviviente, pero la forma en que caminaba —con la cabeza inclinada en un ángulo imposible y los brazos colgando como péndulos muertos— le dijo la verdad. Era un Errante. Lo que quedaba de un hombre, ahora consumido por la Plaga, con la piel estirada y grisácea como el pergamino que acababa de leer. En su mano derecha, arrastraba el resto de lo que parecía ser una azada de granjero, ahora convertida en un arma improvisada de puro óxido.

Kaelen sintió que el pánico le cerraba la garganta. Estaba desarmado, débil y hambriento. Buscó desesperadamente a su alrededor. Sus ojos se fijaron en una piedra de granito con un borde inusualmente recto y un trozo de madera resistente que había caído de un árbol cercano.

El instinto de Astora. En su mente, una voz que recordaba a un instructor de armas le habló: “Un soldado nunca está desarmado mientras su voluntad sea de acero”.

Sus manos, siguiendo una memoria muscular que su mente consciente había olvidado, tomaron la piedra y la madera. Con un trozo de cuerda de lino que colgaba de su propio jubón, comenzó a unir la piedra a la madera, creando una herramienta primitiva pero funcional. Sus dedos sangraban por el esfuerzo de apretar el nudo, pero no se detuvo. El Errante estaba a diez metros. Ocho. Cinco.

El olor llegó primero: una mezcla de carne podrida y ozono. El Errante levantó la azada, emitiendo un sonido que era mitad gemido y mitad hambre pura.

Kaelen se puso en pie, tambaleándose. Su nueva hacha de piedra pesaba una tonelada en su mano debilitada. El cuervo, desde una distancia segura, observaba el espectáculo con expectación.

—Hoy no —gruñó Kaelen, apretando los dientes hasta que le dolieron—. Si he de morir en este hoyo, me llevaré a la muerte conmigo.

El Errante se lanzó hacia adelante con una velocidad antinatural. Kaelen esquivó el primer golpe de la azada, sintiendo el aire del impacto pasar a milímetros de su rostro. El impulso del monstruo lo dejó descubierto. Kaelen no lo pensó; golpeó con toda la fuerza de su cuerpo, descargando la piedra afilada contra el hombro del atacante.

El sonido fue un *crack* seco de hueso rompiéndose. Pero el Errante no gritó. No sentía dolor. Se giró con una mueca desencajada, tratando de morder el cuello de Kaelen.

La lucha se convirtió en una danza desesperada sobre el barro. Kaelen sentía la fuerza inhumana de los brazos del muerto sobre sus hombros. La Grisura emanaba de la criatura como un calor gélido que entumecía sus sentidos. En un último esfuerzo de voluntad, Kaelen empujó al Errante hacia atrás, lo hizo tropezar con una raíz expuesta y, mientras la criatura caía, descargó el hacha de piedra una, dos, tres veces sobre su cráneo, hasta que el movimiento cesó y solo quedó el sonido de su propia respiración entrecortada.

Kaelen se dejó caer de rodillas, con el pecho ardiendo. Sus manos estaban cubiertas de un fluido oscuro y espeso que no parecía sangre real. Miró al cielo. La luz empezaba a palidecer aún más. La advertencia de la nota resonó en su cabeza: No dejes que la noche te alcance.

Sabía que esto era solo el comienzo. Había sobrevivido a su primer encuentro, pero estaba solo, sin comida y en un territorio que lo odiaba. Se levantó, usando el hacha como apoyo, y comenzó a caminar hacia el bosque. Detrás de él, el cuervo emprendió el vuelo, siguiéndolo como una sombra que espera su turno.

El Exilio de Kaelen de Astora acababa de empezar.

Kaelen no se permitió el lujo de descansar. El cadáver del Errante, ahora una masa inerte de carne grisácea, comenzaba a disolverse en un vaho fétido que atraía a los insectos del páramo. La adrenalina, ese calor artificial que lo había mantenido en pie, empezaba a evaporarse, dejando tras de sí un frío calador que nacía desde sus huesos.

Miró sus manos. El hacha de piedra, aunque tosca, había resistido. Era su único vínculo con la vida.

—Madera —susurró para sí mismo, como si pronunciar la palabra le diera el poder de conseguirla—. Necesito fuego.

Se adentró en la espesura de los pinos. En las Tierras de la Plaga, los árboles no parecen seres vivos; parecen monumentos a la desesperación. Sus troncos están cubiertos de un musgo negruzco que exhala una humedad ácida, y sus ramas se entrelazan de tal forma que apenas dejan pasar la luz cenicienta del cielo. Kaelen comenzó a golpear un pino joven, cuya madera parecía menos corrompida. Cada golpe del hacha de piedra resonaba en el vacío del bosque como un disparo.

Clac. Clac. Clac.

El esfuerzo físico era una tortura. Sus músculos, atrofiados por el tiempo pasado en las mazmorras imperiales del que solo conservaba destellos de pesadilla, protestaban con cada impacto. El sudor frío le corría por la frente, mezclándose con la suciedad y la sangre reseca. Sin embargo, no se detuvo hasta que el primer tronco cedió, cayendo con un estrépito sordo sobre el suelo cubierto de agujas secas.

Mientras recolectaba las ramas, la mente de Kaelen empezó a divagar hacia el vacío de su memoria. Recordaba el peso de una capa de terciopelo sobre sus hombros, el sonido de trompetas de plata anunciando el alba en Astora y el rostro de un rey que le otorgaba una medalla de honor. Pero esos recuerdos se sentían como si pertenecieran a otra persona, a un hombre que había muerto mucho antes de que él despertara en ese claro. Lo único real ahora era el dolor en sus palmas y la urgencia de construir una defensa antes de que la luz desapareciera por completo.

Un ruido a su izquierda lo puso en alerta. Un arbusto se agitó. Kaelen se agachó, ocultándose tras un afloramiento de piedra caliza. A través de la niebla, vio a un ciervo. Pero no era el animal majestuoso que recordaba de las cacerías reales. Esta criatura tenía llagas abiertas en los costados y sus ojos eran dos pozos de color blanco lechoso. El animal olisqueó el aire, emitió un chillido que sonó más humano que animal y desapareció entre las sombras.

—Incluso los inocentes están malditos —masculló Kaelen, sintiendo una punzada de lástima que fue rápidamente sofocada por el hambre.

Regresó al claro donde había despertado, cargando tantos troncos como sus fuerzas le permitían. El cadáver del primer Errante ya no estaba; solo quedaba una mancha oscura en la hierba. Eso lo inquietó más que la presencia del monstruo mismo. En Lubenia, nada permanece muerto por mucho tiempo, o algo más grande se encarga de limpiar los restos.

Con los troncos y las piedras, empezó a delimitar lo que sería su refugio. No era más que una estructura circular de apenas dos metros de diámetro, pero en su mente se proyectaba como una fortaleza. Enterró los postes con desesperación, usando una piedra pesada para golpearlos contra el suelo endurecido. Mientras trabajaba, el cielo pasó del gris ceniza a un violeta profundo y amenazante.

La temperatura bajó drásticamente. El aire comenzó a oler a ozono y a tierra mojada. Una lluvia fina, casi invisible, empezó a caer, apagando la poca esperanza que Kaelen tenía de encender un fuego fácilmente.

—Vamos... —rogó, mientras frotaba dos palos de pino seco sobre un nido de hierba y fibras de lino que había arrancado de su propia túnica.

Sus manos ardían. El cansancio era una marea roja que amenazaba con sumergirlo en la inconsciencia. Si se dormía ahora, no despertaría. El susurro de la nota del cadáver volvió a su cabeza: “El Invitado vendrá por ti”.

De repente, una brizna de humo. Una pequeña chispa roja, frágil como una vida en este lugar, cobró fuerza. Kaelen sopló con la suavidad de quien sostiene el alma de un niño. La llama creció, alimentándose de la resina del pino, y pronto una hoguera vibrante iluminó el claro.

El calor fue una bendición violenta. Kaelen se acercó tanto a las llamas que el vello de sus brazos se chamuscó, pero no le importó. El fuego era la frontera. El fuego era la ley.

Sin embargo, su alivio duró poco.

A medida que la oscuridad se volvía absoluta fuera del círculo de luz de su hoguera, el bosque cambió de tono. Los sonidos de la noche no eran los de los grillos o el viento; eran susurros. Voces que parecían llamarlo por su nombre desde la negrura entre los árboles. Kaelen tomó su hacha de piedra y se sentó de espaldas a la pequeña empalizada que había construido, mirando hacia el exterior.

Entonces lo vio.

A unos veinte metros, más allá del alcance de la luz, el aire pareció espesarse. No era un monstruo de carne y hueso. Era una silueta de oscuridad más pura que la noche misma, una sombra alta y encapuchada que se movía sin tocar el suelo. No tenía pies, ni rostro visible, solo dos puntos de un vacío profundo donde deberían estar los ojos.

El Invitado Nocturno.

El ser no entró en el círculo de luz, pero se quedó allí, estático, observándolo. Kaelen sintió que el frío de la criatura atravesaba el calor de las llamas. El Invitado levantó una mano esquelética y señaló hacia la hoguera, y por un segundo, las llamas vacilaron, reduciéndose a meras brasas.

Kaelen gritó, un sonido de pura resistencia primaria, y lanzó más madera al fuego. Las llamas rugieron de nuevo, elevándose hacia el cielo nocturno. La sombra retrocedió un paso, fundiéndose con la oscuridad de los pinos, pero Kaelen sabía que no se había ido. Estaba allí, esperando a que la madera se agotara, esperando a que el hombre se rindiera.

Esa noche, Kaelen de Astora no durmió. Pasó las horas alimentando el fuego con una mano y sosteniendo su hacha con la otra, mientras el cuervo, posado en lo alto de su empalizada, lo observaba con sus ojos fijos.

Había sobrevivido al primer día. Pero en el horizonte de su mente, sabía que Lubenia no era un lugar para sobrevivir, sino un lugar para morir lentamente. Y él, por alguna razón que aún no comprendía, se negaba a aceptar su destino.

Al clarear el alba, con los ojos inyectados en sangre y el cuerpo temblando de agotamiento, Kaelen se puso en pie. La hoguera era ahora un montón de cenizas blancas. Miró hacia el bosque, donde la niebla empezaba a levantarse de nuevo.

—Mañana —susurró con una determinación feroz—. Mañana construiré algo mejor. Mañana buscaré comida. Mañana... recordaré quién soy.

El primer capítulo del exilio había terminado, pero la historia de las Tierras de la Plaga apenas comenzaba a escribirse con su sangre.