Capítulo 1: El fin de la normalidad
La luz del sol entraba por la ventana, iluminando el cuaderno abierto sobre la mesa. Elizabeth Kiromy movía el lápiz con suavidad, sombreando las montañas que había imaginado mil veces. Era un paisaje tranquilo, de esos que ya a casi nadie le gustaba visitar.
Kiromy levantó la mirada. En la televisión, una reportera con mascarilla hablaba frente a un hospital rodeado de policías.
«…las autoridades confirman que se trata de un brote localizado de un virus neurológico que causa episodios de violencia extrema. El Ministerio de Salud asegura que la situación está bajo control y que los casos están siendo contenidos. Se recomienda a la población evitar zonas de aglomeración y mantener la calma.»
Desde el sofá, Bryan soltó una risa corta y amarga.
—Bajo control, mi culo —exclamó.
Apagando el televisor con el control remoto y quedándose mirando la pantalla negra como si esta le hubiese insultado.
—Siempre dicen lo mismo —habló en voz alta—. “Mantengan la calma”. “Está controlado”. Para que cuando la gente por fin vea la realidad, sea demasiado tarde.
Kiromy cerró el cuaderno lentamente.
—¿Tan grave crees que es? Solo han dicho que son unos cuantos agresivos. No es la primera vez que pasa algo así.
Bryan la miró. Esa mirada que ella conocía muy bien: la de quien ha visto suficiente mierda en la vida como para no confiar en nada.
—Cuando la gente empiece a matarse en plena calle sin motivo alguno, no solo serán “unos cuantos agresivos”. Ve a vestirte. Vamos al supermercado.
—Pero Bryan, tengo que terminar este dibujo para-…
—Ahora. —la cortó, con ese tono que no otorgaba réplica—. Y lleva tu mochila.
Kiromy dio un largo suspiro, pero terminó obedeciendo. Sabía que discutir con su tío cuando entraba en modo protector era perder el tiempo. Desde que Michael se había marchado, Bryan era lo más cercano a una familia que le quedaba, aunque su forma de cuidar fuera como la de un perro callejero enseñando las muelas.
Diez minutos después los dos caminaban por la acera hacia el supermercado. La ciudad parecía normal. Autos tocando bocina, personas caminando apuradas al trabajo, el olor a pan recién horneado. Pero Bryan caminaba alerta, con las manos dentro de los bolsillos de su chaqueta negra, escaneando cada esquina.
—Vamos a robar provisiones —dijo Bryan mientras acomodaba su mochila—. Así que ve preparándote.
—Espera, ¿robar provisiones? —Kiromy se detuvo—. Bryan, eso está mal. Podrían arrestarnos.
—Cuando se acaben las cosas en los estantes, vas a desear haber robado hoy —respondió dejando a Kiromy unos metros atrás—. Muévete.
Kiromy lo siguió de mala gana. Todavía creía que su tío estaba exagerando.
Pero al llegar al supermercado, todo cambió.
A pesar de ser un lunes por la mañana, el lugar estaba repleto. Gente empujándose, carritos de compra chocando entre sí, gritos por los pasillos. Las estanterías ya estaban medio vacías. Era como si la ciudad entera hubiese tenido la misma idea al mismo tiempo.
Bryan analizó el lugar con la mirada y soltó una risa corta.
—Esto es perfecto. Con tanto alboroto, nadie va a notar si agarramos algo. Pero, a la vez, no me gusta —su expresión cambió—. No pensé que habría tantas personas. Por lo general, estos idiotas no suelen tomarse las noticias en serio; si de verdad se han preocupado, es porque la situación es grave. No debemos estar aquí mucho tiempo.
Se adentraron rápidamente. En el suelo había latas y botellas de agua tiradas. Bryan se agachó y empezó a meter todo en su mochila. Kiromy lo imitaba, pero con lentitud y culpa en el rostro.
—Date prisa, Kiromy.
—Esto está mal… —susurró ella.
De pronto, un individuo entró al supermercado. Su caminar era errático, como si estuviera borracho o drogado. Tenía la mirada perdida y se tambaleaba. Se acercó a un estante vacío, se tomó la cabeza con ambas manos y se quedó ahí, confundido. La mayoría de la gente estaba demasiado desesperada comprando como para notarlo.
Pero Kiromy sí lo notó.
Entonces, a pocos metros de ellos, dos hombres empezaron a discutir por unas cuantas latas de conserva. Uno empujó al otro, quien cayó al suelo. La multitud de alrededor observaba la escena.
—¿Qué me miran, idiotas? —gritó el agresor, lleno de rabia—. ¿Tienen algún problema? ¡Vengan aquí y lo resolvemos!
De repente, el tipo demacrado se acercó lentamente al que gritaba. Con la cabeza baja y voz débil, apenas murmuró:
—Ayuda…
El hombre lo agarró del cabello con violencia.
—¿Y tú quién mierda eres? ¡Aléjate de mí, hueles a basura! ¡Qué puto asco!
Levantó el puño para golpearlo.
Pero el individuo levantó la cabeza.
Su boca se abrió de forma imposible, los ojos completamente vacíos. Con un movimiento inhumano se abalanzó y le clavó los dientes en plena cara.
El grito del hombre fue desgarrador.
En menos de un segundo, el caos se desató por completo. El mordido cayó al suelo convulsionando violentamente. El monstruo ya se lanzaba sobre otra persona. Y el que acababa de ser mordido se levantó apenas unos segundos después, con el rostro desfigurado pero la mandíbula intacta, empezando a atacar también.
Todo pasaba demasiado rápido.
Para Kiromy, sin embargo, parecía suceder en cámara lenta.
Bryan la tomó fuerte de la mano.
—¡Puta madre! ¡Tenemos que salir de aquí AHORA!
Corrieron entre la multitud. Empujones, gritos, gente cayendo. Kiromy no podía dejar de mirar hacia atrás. Veía cómo las personas eran mordidas, convulsionaban y se volvían a levantar. Uno de ellos, todavía con sangre cayéndole por la boca, la miró directo a los ojos. Esa mirada se le clavó en el cerebro.
De repente, Bryan tropezó. Ambos cayeron. Kiromy aterrizó de rodillas. Al levantar la vista, una de esas aberraciones estaba unos metros frente a ella, observándola fijamente. Soltó un grito salvaje, escupiendo litros sangre, y se lanzó de manera inhumana.
Kiromy solo pudo mirar como esa cosa se le acercaba.
Pero el ataque nunca llegó.
Bryan le metió un codazo brutal en la mandíbula. Se escuchó un crujido húmedo y la quijada del demonio quedó colgando de forma grotesca. Eso les dio segundos valiosos.
—¡Arriba! —gritó Bryan, levantándola de un tirón.
Salieron del supermercado empujando a quien se interpusiera. Afuera el caos era aún peor. Gente corriendo, autos chocados, personas transformándose en segundos.
Un joven estaba a punto de subir a su vehículo. Apenas estaba cerrando la puerta, Bryan interrumpió y la volvió a abrir de golpe, para luego agarrar al joven de la camisa y sacarlo violentamente tirándolo al suelo.
—¡SUBE, KIROMY! —gritó.
Ella estaba paralizada, incapaz de creer lo que veía.
—¡¿QUÉ ESPERAS?! ¡SUBE! ¡HAZ CASO!
El joven intentó levantarse y volver al auto. Una criatura los vio y corrió hacia ellos a toda velocidad, con pasos erráticos, pero terriblemente rápidos.
Bryan, dominado por la ira, sujetó al joven y lo lanzó contra la bestia. Los gritos del chico al ser mordido fueron horribles.
Bryan tomó a Kiromy del brazo y la empujó a la fuerza dentro del auto. Se subió después, pisó el acelerador hasta el fondo y arrancaron derrapando, sin mirar atrás.
El motor rugía mientras devoraban la carretera que salía de la ciudad.
Kiromy con una respiración agitada sacó su celular y lo apretaba sin parar. La pantalla solo mostraba “sin señal”.
—Nada… Internet cayó por completo.
Bryan no apartaba la vista del camino. Tenía sangre ajena en el antebrazo y los nudillos blancos sobre el volante.
—¿A dónde vamos ahora? —preguntó ella con voz temblorosa.
—Lejos de aquí —respondió Bryan sin mirarla—. Lo más lejos posible.
Kiromy apoyó la frente contra la ventana. Los árboles pasaban borrosos. En el horizonte, columnas de humo se elevaban desde la ciudad.
Todo había empezado como una mañana normal.
Y de un momento para otro, el mundo dejó de ser normal.