PRÓLOGO: Justicia de Sombras
La niebla de la medianoche no caminaba por El Desfiladero de las Almas; la devoraba. Aquel angosto y peligroso paso de piedra, tallado directamente en el acantisca que sostenía la fortaleza real, se había transformado en un laberinto de siluetas fantasmales suspendidas sobre un abismo sin fondo.
Alexander, envuelto en su capa de viaje, apretó el puño alrededor de la empuñadura de su espada, refugiándose en la hendidura de la roca viva. Su armadura de placas brillantes, el orgullo que había forjado desde niño tras renunciar a su derecho al trono, se sentía inusualmente pesada bajo ese frío húmedo. En su hombrera derecha, el relieve esculpido de un león rugiente con ojos de gema destellaba tenuemente bajo la luna: era el emblema de la Orden del León de Jade.
Su presencia allí era estrictamente confidencial. Como uno de los caballeros de élite de la orden que su propia madre había fundado a inicios de su soberanía para la protección absoluta del linaje, Alexander tenía una misión crucial: el servicio de inteligencia sospechaba que un alto diplomático de la corte cruzaría el desfiladero esa noche para vender secretos militares a los enemigos del imperio. Alexander estaba ahí para arrestarlo en nombre de la justicia, para demostrar que el escudo que su madre había creado no toleraba la traición.
Entonces, el silencio de las rocas se rompió.
No fue un grito, ni los pasos apresurados del traidor que esperaba. Fue un sonido sordo, pesado y rítmico que erizó los vellos de su nuca.
Clanc... clanc...
Botas de hierro golpeando el suelo escarpado. Y tras ellas, el arrastre agónico de unos eslabones metálicos. Alguien caminaba por el borde del abismo arrastrando cadenas. Alexander se pegó a la pared de piedra, conteniendo la respiración, y deslizó un milímetro su acero fuera de la vaina.
A través de la bruma, una silueta colosal comenzó a dibujarse. Era un caballero, pero no uno de los suyos. Vestía una armadura completa de un metal tan ennegrecido y corroído que parecía forjado con las cenizas de un incendio antiguo. Su casco estaba coronado por púas afiladas como una corona de espinas, y una capa andrajosa y negra flotaba a su espalda, moviéndose de una forma antinatural que desafiaba al viento.
Pero lo más terrorífico no era su porte, sino lo que llevaba en la mano izquierda. Un farol antiguo de metal negro.
El fuego en su interior no era ámbar ni mortal. Era una llama viva de un azul espectral e infernal que devoraba la oscuridad. A medida que el caballero oscuro avanzaba, Alexander notó con horror que el espacio parecía distorsionarse bajo el fulgor azul; los bordes del desfiladero y el vacío inferior se desvanecieron en la niebla y un silencio absoluto, como el de una tumba sepulcral, cayó sobre las rocas. El joven príncipe intentó gritar para dar la alarma a sus hombres apostados en la salida, pero descubriría con horror que el farol también absorbía el sonido; de su garganta no salió más que un suspiro mudo.
Unos metros más adelante, agazapado detrás de una saliente, el diplomático noble que Alexander estaba cazando temblaba de pavor. Al verse acorralado por la niebla teñida de azul que bloqueaba la única senda de escape, el hombre cayó de rodillas, arrastrándose hacia atrás sobre las piedras frías mientras sus finas ropas de seda se desgarraban contra la roca.
—¡No, por favor! ¡Espera! —suplicó el noble, con la voz quebrada por un pánico primario, extendiendo las manos temblorosas hacia la imponente figura de metal—. ¡Tengo oro! ¡Tierras! Puedo darte los nombres de quienes me pagaron... ¡puedo entregarte a los verdaderos traidores! ¡Piedad! ¡Tengo una familia!
Las súplicas rebotaban contra el casco espinoso del verdugo, pero era como implorarle clemencia a una montaña o al invierno. La entidad no vaciló. No hubo palabras, ni juicios, ni un milímetro de duda en su postura. Avanzó con el mismo paso pesado, implacable, arrastrando las cadenas. El fulgor azul de su farol iluminó el rostro desencajado del diplomático, bañándolo en una luz helada que parecía congelar sus lágrimas en las mejillas.
—¡Por los cielos, mírame! ¡Soy un par de la corte! ¡Tengo derecho a un juicio! ¡Exijo ver a la reina! —gritó el hombre en un último y desesperado intento de aferrarse a las leyes de los hombres.
Fue su última palabra. La figura de negro alzó su espada pesada y dentada con una sola mano. El acero cortó el aire brumoso en un parpadeo limpio.
Un golpe seco. Las súplicas se ahogaron de golpe y la cabeza del noble rodó hacia el borde del camino.
Alexander, paralizado por un terror existencial que jamás había sentido en el campo de batalla, vio a la masa de metal agacharse con una calma metódica para guardar la cabeza en un saco de tela bastarda. Sin embargo, antes de retirarse, la criatura se detuvo.
Lentamente, el gigantesco casco de espinas giró hacia la hendidura de la roca.
A través de la densa niebla y el fulgor azul, la mirada invisible del verdugo se clavó directamente en los ojos de Alexander. El joven príncipe sintió que el aire se congelaba en sus pulmones; el monstruo sabía exactamente que él estaba allí desde el principio. Durante un segundo eterno que pareció congelar el tiempo, Alexander esperó el golpe mortal. Pero la criatura no hizo nada en su contra. Solo sostuvo la mirada, como si reconociera algo en la sangre del joven, y luego, con la misma parsimonia con la que había llegado, dio un paso hacia atrás.
Su silueta comenzó a desdibujarse, fundiéndose de manera inmediata con la neblina y la oscuridad del desfiladero. En el instante en que desapareció en la nada, la llama azul del farol se apagó por completo, devolviendo la noche a su estado ordinario. La bruma volvió a ser ordinaria y el tintineo de las cadenas se extinguió en el eco del viento.
Con el corazón golpeándole las costillas, Alexander cayó de rodillas en el lugar de la ejecución. Sus manos temblorosas buscaron en el suelo cubierto de escarcha, buscando una respuesta, una prueba de que lo que acababa de presenciar era real.
Sus dedos tropezaron con un objeto pequeño de cera que yacía junto al charco de sangre, dejado caer como un desecho sin importancia. Era el resto de un sello real utilizado para lacrar cartas confidenciales. Al limpiarlo bajo la fría luz de la luna, el mundo del joven príncipe se derrumbó en mil pedazos.
Grabado en la cera de la sentencia cumplida estaba el emblema personal de la reina Jade.
El espía no iba a ser arrestado para ir a juicio. Había sido ejecutado en las sombras. Y el monstruo que se movía a través de la nada era el siervo de su propia madre.